peak

Chapter 4 - La habitación sellada

El invernadero de la mansión Westwood había sido construido por Thomas como regalo de aniversario para Eleanor. Después de la muerte de él, nadie volvió a cultivar las orquídeas. Los vidrios se cubrieron de polvo, el sistema de riego se oxidó y Bianca convirtió una parte del lugar en almacén para muebles que no combinaban con su decoración.

A medianoche, Gabriel cruzó el jardín acompañado por Bianca.

—Si esto es una trampa —dijo él—, no habrá contrato matrimonial capaz de protegerte.

—Deja de amenazarme y mueve esa maceta.

Bajo un enorme recipiente de terracota encontraron una placa de hierro. Bianca introdujo la llave digital en una ranura oculta. Se escuchó un clic.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó Gabriel.

—Vi a mi padre salir del invernadero la semana pasada. Llevaba barro en los zapatos, pero no había llovido.

Juntos levantaron la placa. Una escalera descendía hacia la oscuridad.

Gabriel encendió la linterna del teléfono.

—Tú primero.

—Qué caballeroso.

—Tú tienes la llave.

El pasadizo terminaba en una habitación pequeña, revestida con paneles metálicos. Había un escritorio, dos archivadores y una pared de monitores. En las pantallas aparecían distintas áreas de la mansión: dormitorios, pasillos, cocina, biblioteca y habitaciones del personal.

Gabriel sintió náuseas.

—Tu padre ha estado grabándonos.

Bianca se acercó a un monitor donde Maya aparecía cambiándose el uniforme en su habitación.

—También al personal.

—¿Desde cuándo sabías esto?

—No sabía que había cámaras en los dormitorios.

Gabriel desconectó varios cables.

—No toques nada —dijo Bianca—. Necesitamos copiar los archivos.

En el escritorio había fotografías de Eleanor durante la rehabilitación, informes médicos y horarios de medicación. Una carpeta contenía imágenes del accidente: el automóvil aplastado, marcas de neumáticos y un hombre con chaqueta oscura observando desde la ladera.

Gabriel amplió la fotografía.

—Ese es Aaron Pierce.

—El médico de tu madre.

—Estuvo en el lugar antes que la ambulancia.

Bianca abrió un cajón. Dentro encontró una caja de terciopelo verde. Al levantar la tapa, reveló un collar de plata con un colgante en forma de cisne quemado por un lado.

Gabriel retrocedió.

—Era de Sofia.

—¿Estás seguro?

—Mi hermana lo llevaba el día del incendio.

Bianca tocó el metal.

—Mi padre guardó esto durante veintisiete años.

Debajo del collar había una cinta de casete etiquetada: “Cobertizo, 14 de junio”.

Gabriel encontró un reproductor antiguo en un estante. Introdujo la cinta.

La voz de Thomas llenó la habitación.

“Victor, esto termina hoy. Tengo los estados de cuenta y Sofia te vio transferir los fondos.”

Después se escuchó a Victor, más joven.

“No sabes lo que estás haciendo.”

“Sé que robaste a la compañía.”

“Yo construí esa compañía contigo.”

“Y trataste de vaciarla.”

Hubo un golpe. Luego la voz de una joven.

“Papá, llama a la policía.”

Gabriel se llevó una mano a la boca.

—Sofia.

La grabación siguió con pasos, una puerta y un ruido similar a líquido derramándose.

Victor dijo: “Si salgo de aquí esposado, ninguno de ustedes saldrá.”

La cinta terminó con un estallido y gritos.

Bianca apagó el aparato.

—Mi padre inició el fuego.

—Y conservó la prueba.

—Quizá no sabía que Thomas estaba grabando.

Gabriel la miró.

—¿Por qué guardaría la cinta?

—Porque los hombres como él coleccionan aquello que demuestra su poder.

Un sonido metálico llegó desde la escalera.

La placa superior se cerró.

Gabriel corrió y empujó la trampilla. Estaba bloqueada.

Los monitores se encendieron al mismo tiempo. En la pantalla central apareció Victor sentado en el despacho.

—Me decepcionas, Bianca —dijo a través de un altavoz—. Te di una tarea sencilla.

Ella se acercó a la cámara.

—¿Secuestrar a una mujer enferma y robarle la compañía te parece sencillo?

—Te pedí que mantuvieras a Gabriel bajo control.

—No soy tu empleada.

—Eres mi hija.

—Solo cuando te resulta útil.

Victor sonrió.

—Gabriel, mi hija tiene un talento especial para hacer que los hombres crean que la eligieron. No eres el primero.

Gabriel golpeó la cámara.

—Abre la puerta.

—En unos minutos, la ventilación se detendrá. No morirán. Al menos, no si Bianca me entrega la cinta por el conducto que hay junto al escritorio.

Bianca encontró una pequeña compuerta.

—Si se la damos, perderemos la prueba.

—Si no se la damos, perderemos el aire —respondió Gabriel.

Victor volvió a hablar.

—También quiero que Gabriel firme su renuncia como director ejecutivo. Los documentos están en el cajón inferior.

Gabriel abrió el cajón. Allí estaban las páginas preparadas.

—¿Y después nos dejarás salir?

—Después decidiré si siguen siendo útiles.

La pantalla se apagó.

Bianca examinó las paredes.

—Debe haber otra salida.

—Tu padre diseñó esto como una prisión.

—Thomas construyó el invernadero.

—Pero Victor modificó el sótano.

El aire comenzó a volverse pesado. Gabriel usó una silla para golpear la puerta, sin resultado.

Bianca tomó la cinta.

—Voy a entregársela.

Gabriel la sujetó.

—No.

—Si nos desmayamos, la tomará de todos modos.

—Primero haremos una copia.

—No hay tiempo.

Gabriel abrió el reproductor y extrajo la cinta magnética. Arrancó un tramo, lo enrolló y lo escondió dentro del forro de su zapato.

—Ahora puede creer que tiene todo.

Bianca introdujo el casete por el conducto. Un mecanismo lo arrastró.

La ventilación no volvió.

—Nos engañó —dijo Gabriel.

Bianca respiraba con dificultad.

—No es la primera vez.

En el refugio de la casa de verano, Eleanor escuchó el mensaje oculto una segunda vez.

“Busca debajo del invernadero.”

Samuel examinó los planos antiguos de la propiedad.

—Thomas nunca dibujó una habitación allí.

—Victor pudo construirla después —dijo Maya.

—Necesitaría acceso y permisos.

—Julian podía conseguirlos.

Eleanor se levantó.

—Volvemos a la mansión.

Samuel negó.

—Victor espera eso.

—Mi hijo está allí.

—También lo estaba cuando te entregó a los enfermeros.

Eleanor lo miró con frialdad.

—Gabriel no me entregó. Me dejó ir porque entendió que yo quería salir.

—¿Estás segura?

—Soy su madre.

Samuel apoyó las manos sobre la mesa.

—Y las madres pueden equivocarse.

Maya intervino.

—La grabación de Bianca parecía una advertencia real. Si ella quería conducirnos a una trampa, ¿por qué revelar un lugar que su padre intenta esconder?

Samuel mostró un mapa.

—Porque quizá Victor necesita que Eleanor vaya personalmente. El libro azul solo puede abrirse con algo que ella lleva.

Eleanor tocó la llave de bronce oculta en su ropa.

Thomas le había dicho una vez que la llave protegía “la última verdad de la familia”. Nunca explicó dónde usarla.

Samuel vio el gesto.

—¿Qué no me has contado?

Antes de que Eleanor respondiera, el sistema de radio emitió una señal. Una voz femenina pidió ayuda en una frecuencia privada.

Era Bianca.

—Si alguien escucha, estamos encerrados debajo del invernadero. La ventilación está cerrada. Gabriel está perdiendo el conocimiento.

La transmisión se cortó.

Eleanor tomó su abrigo.

—Ahora ya sabes por qué vuelvo.

Samuel cargó una pistola.

—Entrar por la puerta principal sería suicidio.

—No entraremos por la puerta principal.

Eleanor extendió los planos y señaló un conducto antiguo que conectaba el sistema de calefacción con el jardín.

Maya la miró.

—¿Cómo sabe que sigue abierto?

—Porque cuando Sofia tenía doce años, lo usaba para escaparse de su habitación y nadar por la noche. Thomas creyó que lo había sellado.

—¿Y usted no se lo dijo?

Por primera vez en horas, Eleanor sonrió.

—Las madres también guardan secretos útiles.

En la habitación subterránea, Gabriel cayó de rodillas.

Bianca lo sostuvo.

—No te duermas.

—Dijiste que querías protegernos.

—Lo intento.

—Arrojaste agua a mi madre.

—Ya lo mencionaste.

—Quiero entender por qué.

Bianca cerró los ojos.

—Porque mi padre me dijo que Eleanor había matado a mi madre.

Gabriel la miró, aturdido.

—¿Qué?

—Dijo que Celeste Vale descubrió que Thomas y Eleanor habían robado la compañía. Dijo que intentó denunciarlos y desapareció. Toda mi vida crecí escuchando que los Westwood destruyeron nuestra familia.

—Tu madre murió en un accidente aéreo.

—No había cuerpo.

Gabriel respiró con dificultad.

—En nuestra familia, parece que los muertos tienen la costumbre de no aparecer.

Un golpe resonó detrás de la pared.

Bianca se quedó inmóvil.

Otro golpe.

Luego la voz amortiguada de Eleanor:

—Gabriel, aléjate del panel norte.

Él comenzó a reír y a toser al mismo tiempo.

—Sabía que vendría.

Bianca se acercó a la pared.

—¿Cómo entró?

—Después hablamos —respondió Eleanor—. Ahora agáchense.

Un estruendo abrió una grieta en el panel.

May you like

Pero antes de que la pared cediera por completo, el monitor volvió a encenderse. Victor ya no sonreía.

—Eleanor —dijo—. Gracias por traerme la llave.

Related Stories

Other posts