Chapter 2 - La firma que Gabriel no recordaba

Gabriel encerró a Bianca en el despacho principal y colocó sobre la mesa el documento que, según ella, había firmado durante su luna de miel.
—Explícamelo otra vez —dijo—. Esta vez sin sonreír.
Bianca se sirvió agua mineral con una calma que lo enfureció todavía más.
—No tienes derecho a interrogarme como si fuera una criminal.
—Acabas de convertirte en apoderada de mi madre usando una firma que no recuerdo haber puesto.
—La pusiste.
—¿Dónde está el original?
—Registrado en la oficina del condado.
—Quiero la grabación de la firma, los testigos y el notario.
Bianca dejó el vaso.
—¿Todo matrimonio necesita una cámara encendida cada vez que alguien confía en su pareja?
Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No pronuncies la palabra confianza.
Por primera vez, la expresión de Bianca mostró una grieta.
—¿Crees que fue fácil entrar en esta familia? Tu madre me miró desde el primer día como si yo fuera una ladrona. Tus amigos hacían apuestas sobre cuánto duraría el matrimonio. Los periódicos me llamaban cazafortunas antes de que terminara la recepción.
—Y decidiste demostrar que tenían razón.
—Decidí protegerme.
—Arrojando agua sucia sobre una mujer que casi murió.
—Ella estaba espiándome.
Gabriel se quedó quieto.
—¿Qué dijiste?
Bianca comprendió que había hablado demasiado.
—Entró en el despacho. Revisó mis cosas.
—Este es su despacho.
—Ya no.
Gabriel arrancó el teléfono de la base y llamó a la oficina de seguridad.
—Quiero las grabaciones de todos los pasillos desde las seis de la mañana.
Una voz nerviosa respondió que el sistema estaba en mantenimiento.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche, señor.
Gabriel miró a Bianca.
—Qué coincidencia.
—No todo gira alrededor de tus sospechas.
—No. Últimamente todo gira alrededor de tu padre.
En la habitación de invitados, Victor seguía frente a Eleanor.
—Di algo —la provocó—. Quiero escuchar el milagro.
Eleanor sostuvo su mirada. Luego se llevó una mano a la garganta y dejó escapar un sonido débil, desordenado, similar al que producía durante las sesiones de rehabilitación.
Victor negó con la cabeza.
—Thomas siempre decía que eras la mejor jugadora de póquer de los dos. Pero Thomas también tenía la mala costumbre de subestimarme.
Eleanor tomó una libreta de la mesita y escribió con letra temblorosa: “Sal de mi habitación.”
Victor leyó la frase y soltó una carcajada.
—Esa habitación tampoco es tuya. Nada aquí lo será cuando terminemos.
Ella escribió otra pregunta: “¿Qué quieres?”
—Lo mismo que tu esposo me robó: la compañía, la casa y mi nombre limpio.
Eleanor subrayó una palabra: “Robó.”
—Sí. Thomas falsificó informes para expulsarme del consejo. Hizo creer a todos que yo desviaba dinero.
Eleanor sabía que era mentira. Había visto parte de las cuentas. Victor había creado empresas fantasma y transferido millones. Sin embargo, Thomas nunca llegó a presentar todos los documentos. Murió antes de entregar el expediente a la fiscalía.
Victor se inclinó.
—Dime dónde está el libro azul.
Eleanor mantuvo una expresión vacía.
—No finjas que no sabes. Thomas guardaba un registro personal. Fechas, cuentas, nombres. Si ese libro aparece, puede molestarme. Si desaparece, el pasado queda enterrado.
Eleanor escribió: “No existe.”
Victor le arrancó el lápiz.
—Sofia también decía que no sabía nada.
El nombre golpeó a Eleanor como una puerta abierta en medio de una tormenta. Victor observó su reacción y sonrió.
—Ahí estás. La verdadera Eleanor.
Ella se obligó a respirar lentamente.
—Tu hija era valiente —continuó él—. Demasiado valiente para su edad. Vio algo en el cobertizo que no debía ver. Después hubo fuego. Una tragedia terrible.
Eleanor escribió: “Murió.”
—Eso te dijeron.
Antes de que pudiera añadir algo, alguien golpeó la puerta.
—Señor Vale —llamó Maya—. El vehículo médico ha llegado.
Victor desbloqueó la puerta.
—Hablaremos después. Y Eleanor, si intentas escapar, no serás tú quien pague. Gabriel tiene una debilidad peligrosa por la gente que ama.
Maya entró cuando él se marchó. Cerró la puerta y mostró el grabador.
—Lo tengo.
Eleanor se llevó un dedo a los labios. Señaló la lámpara, el detector de humo y el reloj. Maya entendió: podían estar escuchándolas.
La joven abrió el armario y comenzó a doblar ropa como si preparara la maleta. Eleanor escribió en una hoja pequeña: “No centro médico. Casa de verano. Busca a Samuel Reed.”
Maya frunció el ceño. Samuel Reed había sido investigador de seguros para Westwood Hotels antes de desaparecer del ámbito público. También era el hermano menor de Julian, el abogado.
Eleanor añadió: “Confía solo si dice: el lago no guarda secretos.”
Maya dobló el papel y lo ocultó bajo la plantilla de su zapato.
Abajo, el vestíbulo se había llenado con dos enfermeros y un administrador del centro Silver Pines. El administrador entregó a Gabriel una orden de traslado firmada por el doctor Pierce.
—Su madre requiere vigilancia continua —explicó—. Tenemos una suite privada preparada.
—No irá a ninguna parte —respondió Gabriel.
Julian se interpuso.
—Legalmente, no puedes impedirlo.
—Soy su hijo.
—Bianca es la apoderada médica registrada.
—Con documentos fraudulentos.
—Hasta que un tribunal determine lo contrario, son válidos.
Gabriel sacó su teléfono.
—Entonces llamaré a la policía.
Victor se acercó.
—Hazlo. Los agentes verán a un hombre alterado intentando interferir con el tratamiento de una paciente vulnerable. ¿Quieres que eso aparezca mañana en todos los periódicos financieros?
—Me importa un demonio la prensa.
—Al consejo sí le importa. Y a los bancos que financian tus hoteles también.
Bianca se aproximó a Gabriel con voz baja.
—Déjala ir esta noche. Mañana podremos solicitar otra evaluación.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque no está segura aquí.
—¿De quién? ¿De ti?
La puerta de la habitación se abrió y Eleanor apareció con Maya. Caminaba despacio, apoyada en un bastón. Al ver a los enfermeros, fingió confusión.
Gabriel corrió hacia ella.
—Mamá, no tienes que ir.
Eleanor le tocó la mejilla. Quería que entendiera que no debía luchar en ese momento. Necesitaba salir de la casa antes de que Victor encontrara la llave y la carta.
Miró hacia la ventana lateral. Un sedán gris estaba aparcado al otro lado de la avenida. Durante dos segundos, las luces se encendieron y se apagaron.
Era la señal de Samuel Reed.
Eleanor dejó que los enfermeros la condujeran hacia el vehículo.
Maya llevó la maleta. Al pasar junto a ella, Bianca susurró:
—No volverás.
Eleanor giró la cabeza y, aprovechando que Victor estaba detrás, dejó que una palabra escapara de sus labios, clara y firme.
—Veremos.
Bianca se quedó petrificada.
—¿Qué acabas de decir?
Eleanor volvió a adoptar la expresión ausente.
—La oí —dijo Bianca—. ¡Ella habló!
Victor la sujetó del brazo.
—Estás nerviosa.
—No. Dijo “veremos”.
—El doctor explicó que puede emitir palabras aisladas sin comprenderlas.
Gabriel miró a su madre con esperanza.
—Mamá, ¿puedes hablar?
Eleanor abrió la boca, pero dejó salir únicamente un sonido débil.
El vehículo médico arrancó bajo una lluvia fina.
Gabriel observó hasta que desapareció tras las rejas de la propiedad. Después regresó al despacho y encontró a Julian guardando documentos.
—Tú me viste crecer —dijo Gabriel—. Sabes que mi madre nunca habría elegido a Bianca como apoderada.
Julian evitó sus ojos.
—Las personas cambian después de un accidente.
—¿Cuánto te pagó Victor?
—No hagas preguntas cuya respuesta pueda destruirte.
Gabriel lo agarró por la solapa.
—Ya estoy destruido.
Julian se liberó y dejó caer una tarjeta sobre la mesa.
—Busca el nombre del notario.
Gabriel observó el documento. La firma había sido certificada por una mujer llamada Laura Bennett.
—¿Qué tiene de especial?
Julian se dirigió a la puerta.
—Laura Bennett murió hace tres años.
Gabriel sintió un vacío en el estómago.
—Entonces admítelo. Los papeles son falsos.
Julian se detuvo sin girarse.
—No puedo admitir nada mientras mi hija siga desaparecida.
Y salió.
Gabriel permaneció inmóvil, comprendiendo que aquello no era solo una estafa legal.
Era una operación sostenida por amenazas.
En la carretera, el vehículo que transportaba a Eleanor tomó la salida hacia Silver Pines. El sedán gris los siguió a distancia.
Maya, que viajaba delante, miró por el retrovisor.
Uno de los enfermeros cerró las cortinas interiores.
—La paciente necesita descansar —dijo.
Luego sacó una jeringa de un estuche metálico.
Eleanor dejó caer el bastón, se enderezó por completo y habló con voz firme:
—Si intentas inyectarme eso, descubrirás que no soy tan frágil como te han contado.
El enfermero se quedó inmóvil.
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El segundo hombre cerró el seguro de las puertas.
—Cambio de planes —dijo—. El señor Vale quiere hablar con usted antes de que llegue al centro.