Chapter 15 - La confesión del abogado

La víspera de la gala, Julian Cross pidió una cámara.
No quería un interrogatorio privado ni un acuerdo sellado. Quería que su confesión formara parte de la transmisión.
—Eso puede enviarte a prisión —dijo Emily.
Padre e hija estaban sentados en una pequeña sala del hospital. Julian parecía haber envejecido una década en dos días.
—Debería ir a prisión.
—Te obligaron.
—Al principio. Después seguí firmando porque me convencí de que podía controlar el daño.
Emily apartó la mirada.
—No quiero perderte.
—Ya te perdí cuando elegí proteger mi reputación en lugar de decirte la verdad.
Ella tomó su mano.
—Entonces vuelve diciendo toda la verdad.
La grabación comenzó.
Julian explicó cómo Victor había infiltrado jueces, médicos y empresas de seguridad. Admitió que falsificó el poder de Bianca, ocultó la identidad de Sofia y confirmó la muerte de Thomas sin exigir una segunda autopsia. También reveló que Thomas había creado empresas secretas para refugios, algunas legales y otras no.
—Los Westwood no son inocentes —dijo frente a la cámara—. Pero existe una diferencia entre romper una norma para esconder a una víctima y destruir vidas para conservar poder. Yo dejé de distinguir esa diferencia cuando el miedo se volvió mi única ley.
Entregó claves del servidor, copias notariales y una lista de funcionarios comprados.
Al terminar, Emily apagó la cámara.
—¿Hay algo más?
Julian miró hacia la puerta.
—Sí. Victor no trabaja solo.
—Pierce está detenido.
—No hablo de Pierce. Hablo de alguien dentro del consejo.
La presidenta, Margaret Cole, había dirigido Westwood Hotels durante las crisis. Había votado a favor de Victor, luego de Gabriel y finalmente de Thomas sin mostrar lealtad a nadie.
—Margaret administraba las cuentas de compensación —dijo Julian—. Ella movió el dinero de Victor durante veinte años.
Eleanor escuchó la confesión desde otra habitación.
Margaret había sido su amiga desde la universidad. Estuvo junto a ella en el funeral de Sofia, organizó el homenaje de Thomas y visitó a Eleanor después del accidente.
—¿Por qué no aparece en el libro azul? —preguntó.
—Thomas sospechaba, pero nunca consiguió una firma directa.
—¿Qué quiere ahora?
—La compañía después de que Victor destruya a ambas familias.
Gabriel pidió detenerla de inmediato.
El fiscal negó.
—Solo tenemos el testimonio de un coacusado. Si la arrestamos sin pruebas, Victor sabrá que descubrimos su última aliada.
—Entonces la invitamos a la gala —dijo Bianca.
Margaret aceptó sin vacilar.
El día del evento, la mansión recuperó su apariencia perfecta. Se colocaron flores blancas, alfombras nuevas y mesas para cuatrocientos invitados. Bajo la elegancia, agentes vestidos como camareros vigilaban cada entrada.
Maya supervisó al personal.
—Nadie trabaja en una zona sin salida —ordenó—. Si suena la alarma, abandonan la casa. No esperan permiso.
Una cocinera que Bianca había despedido volvió para ayudar como testigo.
Bianca se acercó.
—Señora Alvarez, le debo una disculpa.
—Me debe seis semanas de salario y el tratamiento médico de mi hija que perdí cuando me despidió.
—Ya están pagados. También firmé una compensación adicional.
—El dinero no cambia cómo me habló.
—No.
La mujer la miró durante un momento.
—Entonces aprenda a vivir sabiendo que algunas personas no la perdonarán.
Bianca asintió.
—Eso intento.
En la biblioteca, Eleanor preparaba el programa de la transmisión. Comenzaría con la confesión de Julian, seguiría con los testimonios de Sofia, Celeste y Maya, y terminaría con los archivos originales del libro azul.
Daniel entró escoltado. Había aceptado colaborar a cambio de una reducción de condena.
—Victor conoce los túneles mejor que la policía —advirtió—. Entrará por la antigua chimenea de servicio.
—Los agentes la vigilan.
—Margaret puede desactivar sus radios desde el centro de control.
Eleanor lo observó.
—¿Por qué debo creerte?
—Porque Thomas murió creyendo que yo podía hacer una cosa correcta.
—No conviertas su muerte en tu redención automática.
—No lo hago.
Daniel le entregó un reloj.
—Era de Thomas. Lo tomé del coche.
Eleanor reconoció la inscripción que había grabado treinta y cinco años atrás.
—Debiste entregármelo.
—Sí.
—Debiste hacer muchas cosas.
—Sí.
La repetición, sin excusas, suavizó apenas su rabia.
—Colabora y di la verdad en el tribunal —dijo—. Eso es todo lo que puedes ofrecer.
A las siete, los invitados comenzaron a llegar. Empresarios, periodistas, empleados y familias de pacientes desaparecidos ocuparon el salón.
Margaret Cole apareció con un vestido plateado.
—Eleanor, qué alivio verte recuperada.
Intentó abrazarla.
Eleanor dio un paso atrás.
—Guardemos las demostraciones para las cámaras.
Margaret sonrió.
—Siempre fuiste directa.
—Y tú siempre supiste cuándo fingir que lo apreciabas.
La presidenta percibió la sospecha, pero mantuvo la calma.
Gabriel llevaba un vendaje bajo el traje. Se acercó a Bianca, que usaba un vestido verde sencillo, parecido al que llevaba cuando humilló a Eleanor.
—Elección peligrosa —dijo él.
—Quiero recordar quién era cuando empezó esto.
—No eres solo esa mujer.
—Pero esa mujer sigue siendo mi responsabilidad.
A las ocho, Eleanor subió al escenario.
—Esta gala solía celebrar el crecimiento de una compañía —comenzó—. Esta noche celebraremos algo más difícil: la verdad.
Las pantallas mostraron a Julian.
Su confesión se transmitió a millones de espectadores.
Margaret abandonó discretamente su mesa. Maya la siguió a distancia.
En el sótano, Margaret abrió el centro de control usando una copia del rostro de Victor en una máscara digital. Él estaba esperándola.
—Llegas tarde —dijo.
—Julian habló.
—Entonces cortaremos la transmisión.
—Primero quiero mi transferencia.
Victor sonrió.
—Todavía piensas como una contable.
Maya escuchaba detrás de la puerta con el grabador activo.
Margaret abrió el panel y comenzó a desactivar cámaras.
—Cuando la casa arda, todas las pruebas desaparecerán.
—Y la familia con ellas.
—Ese era el acuerdo.
Maya retrocedió, pero pisó un fragmento de vidrio.
Victor abrió la puerta de golpe y la sujetó.
—La heredera sin nombre —dijo—. Siempre apareces donde no debes.
Margaret apuntó hacia Maya.
—Mátala y terminemos.
Victor negó.
—No antes de que firme.
Arriba, la pantalla se apagó en medio del testimonio de Sofia. Las puertas del salón se bloquearon. Un olor a gas comenzó a extenderse.
Bianca miró a Gabriel.
—Ha empezado.
Eleanor tomó el micrófono de emergencia.
—Todos hacia las salidas laterales. No corran.
Pero las salidas no se abrían.
En el centro de control, Victor colocó un documento frente a Maya.
—Transfiere tus derechos y abriré las puertas.
—Aunque firme, nos matarás.
—Probablemente.
Maya sonrió con una calma que desconcertó a Margaret.
—Entonces no eres muy bueno negociando.
Desde el reloj de Maya llegó la voz de Eleanor.
—No necesita negociar. Solo necesitábamos que Margaret confesara el plan.
Las pantallas se encendieron otra vez.
La conversación del sótano estaba siendo transmitida en directo desde un sistema independiente instalado por Samuel.
Margaret palideció.
Victor miró a la cámara.
—¿Crees que una confesión importa si nadie sale vivo?
Activó el sistema de gas.
Una chispa roja comenzó a parpadear sobre el panel.
Gabriel golpeaba las puertas desde el salón. Daniel corría por el túnel de la chimenea. Samuel intentaba cortar el suministro exterior.
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Y Maya, atrapada entre los dos últimos arquitectos de la conspiración, vio que el temporizador marcaba sesenta segundos.
Debía elegir entre firmar la renuncia, atacar a Victor o confiar en una familia que acababa de aprender a no guardar secretos.