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Chapter 11 - La cena de los mentirosos

Julian Cross bajó la escalera con el libro azul apretado contra el pecho.

No era un volumen elegante. Tenía la cubierta gastada, manchas de humo y páginas sujetas con una banda de cuero. Sin embargo, todos en la mansión comprendían que aquel objeto valía más que la propiedad, los hoteles y las cuentas que Victor había intentado controlar.

Thomas dio un paso hacia el abogado.

—Entrégamelo.

Julian negó.

—La última vez que obedecí a un Westwood, mi hija terminó atada en un hospital clandestino.

Emily apareció desde el comedor, acompañada por dos agentes.

—Papá, estoy aquí.

Julian la miró como si no pudiera creerlo.

—Me dijeron que te habían trasladado.

—Pierce mintió. La policía me sacó de Saint Agnes.

El libro tembló entre las manos del abogado.

—Entonces ya no tienes ninguna razón para huir —dijo Gabriel.

—Sí la tengo. Ese libro contiene mi firma.

Thomas ordenó que todos pasaran al comedor. La misma mesa donde Victor había apuntado a Eleanor se convirtió en escenario de una cena sin comida. Los agentes permanecieron junto a las puertas, pero aceptaron permitir la conversación porque Julian había prometido entregar pruebas.

Eleanor se sentó frente a su esposo.

—Empieza por tu muerte.

Thomas apoyó las manos sobre la mesa.

—Hace cinco años descubrí que Sofia y Celeste seguían vivas. Victor controlaba Saint Agnes mediante Pierce. Mi hermano Daniel trabajaba para él.

Gabriel lo interrumpió.

—El hermano que nunca nos mencionaste.

—Daniel había pasado años en prisión. Cuando salió, me pidió ayuda. Yo me negué.

—¿Y por eso terminó con Victor?

—En parte.

Thomas explicó que Daniel comenzó a copiar documentos de las clínicas. Planeaba vender la información al mejor postor. Cuando Victor descubrió la traición, preparó un accidente para Thomas. Daniel tomó su automóvil sin permiso y murió en su lugar.

—¿Por qué el ADN dijo que eras tú? —preguntó Eleanor.

—Éramos gemelos idénticos. Pierce identificó el cuerpo y Julian confirmó mis objetos personales.

Julian bajó la cabeza.

—Thomas me llamó esa noche. Dijo que, si el mundo creía que estaba muerto, podría entrar en la red de Victor.

Eleanor golpeó la mesa.

—¿Y ninguno pensó que su esposa y su hijo merecían saberlo?

—Cada llamada estaba vigilada.

—Siempre hay una explicación para la crueldad cuando el hombre que la comete se considera un héroe.

Thomas aceptó el golpe sin defenderse.

—Tienes razón.

La respuesta silenció a Eleanor más que una discusión.

Maya señaló el libro.

—¿Qué contiene?

Julian lo dejó sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima.

—Sofia comenzó a escribir números cuando era adolescente. Había visto a Victor transferir dinero desde cuentas de hoteles a fundaciones falsas. Thomas añadió copias de contratos, nombres de jueces, médicos y policías.

—¿Y tu firma? —preguntó Emily.

—Yo legalicé empresas que sabía que no eran reales.

Su hija lo miró con dolor.

—¿Por qué?

—Al principio creí que Thomas las usaba para recuperar fondos robados. Después descubrí que algunas financiaban refugios secretos para testigos. Me convencí de que el fin justificaba los documentos falsos.

Thomas añadió:

—Yo creé una red fuera del sistema porque Victor había comprado parte del sistema.

—Y luego esa misma red permitió que todos mintieran sin control —dijo Eleanor.

—Sí.

Julian abrió una página marcada. Había una orden escrita para interceptar el automóvil de Eleanor seis meses atrás. La firma digital pertenecía a Thomas.

Gabriel se levantó.

—Tú ordenaste el accidente.

—Ordené detener el vehículo y llevar a Eleanor a una casa segura. Había descubierto que Victor planeaba declararla incapaz.

Eleanor lo miró con incredulidad.

—¿Ibas a secuestrarme para protegerme?

—Solo durante veinticuatro horas.

—Qué considerado.

Thomas continuó:

—Julian compartió la ruta con un equipo que creía leal. Uno de ellos trabajaba para Pierce. En lugar de bloquear el camino, empujaron el automóvil por el barranco.

Julian comenzó a llorar.

—Victor me envió una fotografía de Emily. Dijo que, si no entregaba la ruta, la matarían. Pensé que solo querían asustar a Eleanor.

—Todos pensaron algo —dijo Maya—. Y ella fue quien cayó por la montaña.

Bianca observó una nota junto a la orden. Su dirección de correo aparecía como fuente del itinerario.

—Yo envié el horario a mi padre.

Gabriel giró hacia ella.

—¿Qué?

—Me dijo que preparaba una sorpresa para el aniversario de Eleanor. Quería saber qué carretera usaría.

—¿Le creíste?

—En ese momento, sí.

Eleanor la miró.

—No me arrojaste por el barranco, pero abriste la puerta.

—Lo sé.

—Tendrás que vivir con esa verdad.

Bianca asintió, sin pedir consuelo.

Thomas pasó varias páginas hasta una lista de cuentas.

—Victor todavía tiene acceso a quinientos millones de dólares ocultos. Si recupera el libro, puede borrar los rastros y financiar otra identidad.

Samuel, que permanecía junto a Celeste, examinó los códigos.

—Hay una cuenta activada esta mañana.

La transferencia se dirigía a una empresa llamada Green Crown Media. Bianca reconoció el nombre.

—Es la compañía que administra mis redes sociales.

Su teléfono comenzó a vibrar con cientos de notificaciones. Abrió una aplicación y vio un video publicado desde su cuenta verificada.

En las imágenes, Bianca parecía confesar que había inventado las acusaciones contra Victor para apoderarse de la compañía. La voz era casi perfecta.

—Eso nunca ocurrió —dijo.

—Es una falsificación —respondió Gabriel.

Otro video apareció. Mostraba a Gabriel entrando en una habitación de hotel con sobres de dinero. Después, uno de Eleanor pronunciando frases confusas durante la rehabilitación.

Los mercados nocturnos comenzaron a reaccionar. Las acciones de Westwood cayeron en minutos.

Thomas cerró el libro.

—Victor ya no intenta ganar en un tribunal. Está destruyendo la confianza pública.

La televisión del comedor se encendió sola. Victor apareció en una transmisión desde un lugar desconocido, pese a que oficialmente seguía bajo custodia.

—Buenas noches, familia —dijo—. El vehículo que me trasladaba sufrió un accidente. Dos guardias recordaron, demasiado tarde, a quién debían lealtad.

Los agentes se miraron, alarmados.

Victor sonrió.

—Las celdas solo funcionan cuando quienes llevan las llaves creen en la ley.

Eleanor comprendió que el hombre arrestado en Blackwater no era Victor, sino alguien alterado para parecerse a él.

—¿Dónde estás? —preguntó Bianca a la pantalla.

—Donde empezó todo.

Detrás de Victor se veía el viejo cobertizo para botes, reconstruido años atrás.

—Traigan el libro azul antes de medianoche —continuó—. O publicaré archivos que enviarán a Gabriel, Thomas y Julian a prisión. Después haré desaparecer a la única heredera que todavía no sabe que está conmigo.

Maya miró a Sofia.

La silla junto a ella estaba vacía.

Nadie había visto salir a Sofia del comedor.

En la pantalla, Victor abrió una puerta. Sofia estaba atada dentro del cobertizo.

—Mamá —dijo Maya, usando la palabra por primera vez sin darse cuenta.

Sofia levantó la cabeza.

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Victor acercó una llama a una cortina seca.

—Veintisiete años después —dijo—, finalmente terminaremos el incendio.

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