peak

Chapter 1 - El agua sobre el uniforme

La primera gota cayó sobre el hombro de Eleanor Westwood como si fuera una advertencia. La segunda le recorrió el cuello. La tercera llegó acompañada por el contenido entero de un cubo de agua gris, grasienta y con olor a detergente barato.

Bianca Vale Westwood dejó caer el recipiente de plástico sobre el suelo de mármol del vestíbulo.

—Ahora sí pareces una sirvienta —dijo, acomodándose el vestido verde esmeralda—. Aunque, para ser justa, una sirvienta competente habría limpiado esta escalera antes de que llegaran mis invitados.

Eleanor no respondió.

El uniforme gris se le pegaba al cuerpo. Sus gafas estaban cubiertas de gotas. A sus sesenta y tres años, había aprendido que el silencio podía ser una debilidad o un arma. Aquella mañana era un arma.

Debajo del bolsillo izquierdo llevaba un pequeño grabador negro. La luz azul parpadeaba detrás de la tela mojada.

Maya Torres, la joven encargada de la limpieza, apareció desde el comedor con un paño en la mano.

—Señora Westwood, basta —dijo, mirando a Bianca—. Ella todavía se está recuperando del accidente.

Bianca giró la cabeza con lentitud.

—¿Acabas de decirme “basta” en mi propia casa?

—Esta no es su casa —replicó Maya—. Pertenece a la señora Eleanor.

La sonrisa de Bianca desapareció.

—Mi esposo dirige la compañía. Yo soy su esposa. Eleanor ya no puede administrar ni una cuenta de supermercado. Así que sí, esta casa es mía.

Eleanor levantó la mirada. Seis meses antes, un automóvil había empujado el suyo fuera de una carretera de montaña. Los médicos dijeron que sobrevivir había sido un milagro. Durante semanas no pudo caminar sin ayuda. También perdió temporalmente la voz, y su familia aceptó la conclusión del doctor Aaron Pierce: daño neurológico, confusión intermitente y posible incapacidad permanente.

Lo que nadie sabía era que Eleanor había recuperado la voz hacía más de un mes.

Lo había ocultado porque, la primera noche en que pudo pronunciar una frase completa, escuchó a Bianca hablando por teléfono detrás de la puerta del hospital.

“Todavía no firme nada. El viejo testamento sigue activo.”

Desde entonces, Eleanor fingía más debilidad de la que realmente tenía.

—Limpia esto —ordenó Bianca a Maya, señalando el charco—. Y luego despide a las dos mujeres de la cocina. Se rieron cuando se me cayó la copa anoche.

—No se rieron de usted —dijo Maya—. Una de ellas recibió una llamada diciendo que su hija había salido del hospital.

—No me interesa.

—A mí sí —intervino una voz masculina desde la escalera.

Gabriel Westwood descendía con el rostro pálido y los puños cerrados. Alto, vestido con un traje azul oscuro, parecía exactamente la imagen que las revistas de negocios adoraban: el heredero impecable de un imperio hotelero. Pero sus ojos estaban clavados en el uniforme empapado de su madre.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Bianca dio un paso hacia él.

—Amor, no es lo que parece.

—Parece que arrojaste agua sucia sobre mi madre.

—Ella me provocó.

Gabriel miró a Eleanor.

—Mamá, ¿estás bien?

Eleanor asintió, manteniendo la actuación. Movió una mano con esfuerzo, como si todavía le costara coordinarla.

Bianca se cruzó de brazos.

—Tu madre entró en el despacho privado. Le he dicho cientos de veces que no puede deambular por la casa tocando documentos. El doctor Pierce dijo que necesita supervisión.

—No es una niña.

—Tampoco está en condiciones de tomar decisiones.

Gabriel recogió el cubo y lo lanzó contra una pared. El golpe resonó por todo el vestíbulo.

—Pídele disculpas.

—¿Qué?

—Ahora.

Bianca lo observó durante varios segundos. Después sonrió con una dulzura artificial.

—Por supuesto. Lamento que tu madre interpretara mal una medida disciplinaria.

—Eso no es una disculpa.

—Es lo único que recibirá.

Gabriel dio un paso hacia ella, pero Eleanor le sujetó la muñeca. No quería una explosión. Necesitaba que Bianca siguiera creyendo que tenía el control.

En ese momento sonó el timbre principal. Maya abrió y encontró a Julian Cross, abogado de la familia, acompañado por dos hombres de traje negro.

Julian evitó mirar a Eleanor.

—Gabriel, necesitamos hablar de inmediato.

—No es buen momento.

—Temo que sí lo es.

Uno de los hombres abrió un maletín y sacó una carpeta.

—Estos documentos fueron registrados esta mañana —explicó Julian—. Debido a la incapacidad médica de la señora Eleanor Westwood, el control temporal de la residencia ha pasado al administrador designado por su apoderado.

Gabriel tomó la carpeta.

—Yo soy su hijo y su apoderado.

Julian tragó saliva.

—Ya no.

Bianca se acercó y apoyó una mano sobre el brazo de Gabriel.

—Yo lo soy.

El silencio pareció absorber el aire del vestíbulo.

Gabriel hojeó las páginas. Al final de una de ellas estaba su firma.

—Nunca firmé esto.

—Sí lo hiciste —dijo Bianca—. En Napa, dos días después de nuestra boda. Estabas cansado. Habíamos bebido. Me dijiste que confiabas en mí.

—Era un paquete de documentos para el seguro de viaje.

—También incluía una autorización familiar.

Gabriel levantó la vista hacia Julian.

—Dime que es falso.

El abogado no respondió.

Eleanor sintió un dolor más fuerte que el agua fría. Julian había sido amigo de su esposo durante treinta años. Había sostenido a Gabriel cuando era bebé. Si estaba colaborando con Bianca, el problema era mucho mayor de lo que imaginaba.

Bianca recogió la carpeta y habló sin apartar la mirada de Eleanor.

—A partir de hoy, yo administro esta casa. La señora Westwood será trasladada a una residencia médica esta tarde.

Maya dio un paso al frente.

—No puede llevársela.

—Tú estás despedida.

—Entonces tendrá que despedirme delante de la policía.

Bianca soltó una risa corta.

—La policía no entra en una propiedad privada para resolver berrinches de empleadas.

Eleanor tocó discretamente el bolsillo de su uniforme. El grabador seguía funcionando.

Gabriel se acercó a Julian.

—Voy a impugnar cada página.

—Puedes intentarlo —dijo Bianca—, pero antes deberías revisar la cláusula doce.

Gabriel buscó la sección. Su rostro cambió.

—¿Qué has hecho?

—Protegí nuestro matrimonio. Si intentas retirar mi autoridad antes de que un tribunal declare competente a Eleanor, tus acciones en Westwood Hotels quedan congeladas. El consejo nombrará un director interino.

—¿Quién?

La puerta del despacho se abrió.

Victor Vale, padre de Bianca, salió ajustándose los gemelos de plata. Tenía sesenta años, cabello blanco impecable y la tranquilidad de un hombre que llevaba semanas viviendo dentro de una victoria.

—Yo —respondió.

Gabriel miró a su esposa, luego a Victor.

—Esto fue planeado.

—No seas dramático —dijo Victor—. La empresa necesita estabilidad. Tu madre está enferma y tú estás emocionalmente comprometido.

Eleanor había conocido a Victor durante más de tres décadas. Su difunto esposo, Thomas, lo expulsó de la compañía cinco años atrás tras descubrir irregularidades financieras. Victor juró que algún día recuperaría lo que, según él, le pertenecía.

Ahora estaba en su casa.

Bianca señaló la escalera.

—Maya, prepara una maleta pequeña para Eleanor. El centro médico enviará un vehículo a las cuatro.

Eleanor se quitó lentamente las gafas mojadas. Durante un segundo consideró abandonar la actuación y decirles a todos que podía hablar. Pero Victor la observaba con demasiada atención. Necesitaba saber cuánto sabían ellos.

Maya se acercó para ayudarla.

Al inclinarse, Eleanor susurró apenas, moviendo los labios detrás del cabello de la joven:

—El bolsillo.

Maya se quedó inmóvil. Luego comprendió. Introdujo una mano bajo el paño, sacó el pequeño grabador y lo ocultó en su manga.

Bianca no lo vio.

Victor sí vio algo.

Sus ojos siguieron el movimiento de Maya, pero no dijo nada.

Mientras conducían a Eleanor hacia la habitación de invitados, Gabriel la acompañó. Cuando quedaron solos, cerró la puerta.

—Mamá, mírame —dijo—. Necesito saber si entiendes lo que está ocurriendo.

Eleanor lo miró directamente.

—Voy a sacarte de aquí —prometió él—. Aunque tenga que quemar la compañía hasta los cimientos.

Ella quiso responder. Quiso decirle que no confiara en Julian, que Victor había organizado el accidente y que Bianca buscaba algo en el despacho. Pero cualquier palabra pronunciada en aquella casa podía llegar a oídos equivocados.

Gabriel le besó la frente.

—No dejaré que te lleven.

Cuando salió, Eleanor caminó sin cojear hasta el armario. Retiró una tabla suelta del fondo y extrajo una llave de bronce, una fotografía antigua y una carta escrita por Thomas la semana antes de morir.

En el reverso de la fotografía aparecían Thomas, Victor y una muchacha de diecinueve años frente al viejo cobertizo para botes.

La muchacha era Sofia, la hija de Eleanor, declarada muerta veintisiete años atrás.

Sobre la imagen, Thomas había escrito una frase:

“Ella sobrevivió. Victor lo sabe.”

Eleanor oyó pasos en el pasillo y volvió a guardar todo.

La puerta se abrió.

Victor entró solo.

Cerró con llave desde dentro y dejó de sonreír.

—Puedes dejar de fingir, Eleanor —dijo—. Sé que has recuperado la voz.

Eleanor sintió que la sangre se le helaba.

May you like

Victor se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella.

—La pregunta no es si puedes hablar —susurró—. La pregunta es cuánto tiempo seguirás viva si decides hacerlo.

Related Stories

Other posts