Chapter 16 - La caída de Gabriel

El temporizador marcaba cincuenta y cuatro segundos cuando Maya arrancó el documento de la mesa y lo rasgó por la mitad.
—Prefiero perder la casa que entregarles otra vida.
Victor la golpeó contra el panel. Margaret retrocedió, alarmada.
—Necesitamos su firma, no su cadáver.
—No necesitamos nada si todos mueren —respondió Victor.
Maya miró el indicador rojo. El sistema no mostraba una cuenta para la explosión, sino para el encendido de las válvulas. Si lograba retrasarlo unos segundos, Samuel podría cortar el suministro exterior.
—Eleanor dijo que quería el libro azul —dijo Maya—. No lo tiene.
Victor se detuvo.
—¿Dónde está?
—Lo escondí antes de entrar.
—Mientes.
—Revísame.
Mientras él se acercaba, Maya lanzó el grabador contra la cara de Margaret. La mujer levantó los brazos. Maya se agachó y tiró de la palanca amarilla bajo la consola.
Las luces se apagaron.
El temporizador quedó congelado en treinta y dos segundos.
Victor la sujetó del cabello.
—¿Qué hiciste?
—Corté la energía local.
—El sistema tiene batería.
La pantalla volvió a encenderse. Treinta y uno. Treinta.
Desde el túnel apareció Daniel y golpeó a Victor con una barra. Ambos cayeron. Margaret intentó escapar, pero Maya bloqueó la puerta.
—Usted se queda.
—Niña estúpida. No sabes cuántas personas dependen de mí.
—Sé cuántas enterró.
Veinticinco segundos.
Daniel sujetó a Victor mientras Maya buscaba el interruptor manual. Victor sacó una pequeña hoja de la manga y cortó el brazo de su hermano. Daniel lo soltó.
Victor corrió hacia la salida secundaria.
Margaret lo llamó.
—¡No puedes dejarme aquí!
Él no se volvió.
—Nunca fuiste socia. Solo eras la contable.
La puerta se cerró detrás de él.
Margaret observó el temporizador y comprendió que había dedicado veinte años a un hombre que la consideraba prescindible.
Dieciocho segundos.
—La válvula está detrás del panel inferior —dijo—. Necesita dos llaves.
Maya encontró una llave en el collar de Margaret. Daniel tenía la segunda, robada a Victor durante la lucha.
Diez segundos.
Introdujeron ambas. Las giraron al mismo tiempo.
El contador se detuvo en tres.
En el exterior, Samuel cerró la tubería principal. Las puertas del salón se liberaron y los agentes evacuaron a los invitados.
Gabriel entró al centro de control con el hombro vendado.
—¿Dónde está Victor?
Maya señaló el túnel.
—Escapó.
Margaret levantó las manos.
—Quiero un acuerdo.
—Hace un minuto quería quemar a cuatrocientas personas —dijo Gabriel.
—Y ahora puedo entregar a Victor.
Daniel se apoyó contra la pared, sangrando.
—No sabe dónde va. Nunca se lo dice a nadie.
Margaret sonrió.
—A mí sí. Tiene un helicóptero en la azotea del hotel Westwood Crown.
La policía salió inmediatamente. Gabriel quiso acompañarlos, pero dos agentes se acercaron a él.
—Señor Westwood, queda detenido por fraude electrónico, blanqueo de capitales y obstrucción.
Bianca corrió hacia ellos.
—Tenemos la grabación que demuestra que Victor manipuló la transferencia.
—También hay siete cuentas adicionales con la firma de Gabriel.
Thomas, antes de morir, había usado el nombre de su hijo para financiar la red de refugios. Algunas operaciones protegieron víctimas. Otras cruzaron líneas legales que ningún video podía borrar.
Gabriel miró a Eleanor.
—¿Sabías de esas cuentas?
—No.
Daniel habló desde el suelo.
—Thomas las abrió cuando Gabriel tenía diecinueve años. Usó una autorización que el muchacho firmó para su primer fondo universitario.
—Entonces son fraudulentas —dijo Bianca.
El agente negó.
—Dos transferencias fueron confirmadas por el señor Westwood después de asumir la dirección.
Gabriel recordó solicitudes urgentes, claves heredadas y documentos que Julian había certificado. Había firmado sin revisar porque confiaba en el sistema de su padre.
—Yo autoricé algunas —admitió.
Bianca lo agarró del brazo.
—No digas nada más sin abogado.
Gabriel miró a los empleados evacuados bajo la lluvia. Si luchaba públicamente por conservar el cargo, Victor seguiría diciendo que toda la familia solo quería proteger su poder.
—No voy a esconderme detrás de otro apellido —dijo.
Entregó las manos para que lo esposaran.
Las cámaras captaron el momento.
A la mañana siguiente, la imagen del heredero esposado ocupaba todas las portadas. Las acciones de Westwood Hotels perdieron la mitad de su valor. Bancos suspendieron líneas de crédito. Miles de empleados temieron por sus puestos.
Victor nunca llegó al helicóptero. La policía encontró al piloto inconsciente y una máscara facial en el asiento trasero. Había vuelto a cambiar de identidad.
Desde la cárcel, Gabriel llamó a Eleanor.
—El consejo necesita un director.
—Sofia puede reclamar el fideicomiso.
—No conoce la empresa.
—Aprenderá.
—No hay tiempo. Margaret dejó un vacío y los bancos quieren garantías.
Gabriel respiró hondo.
—Vendan mi participación.
—¿Qué?
—Usen el dinero para cubrir salarios y deudas inmediatas.
—Es todo lo que tienes.
—No. Tengo una familia, aunque sea complicada.
—No sacrifiques tu futuro por culpa.
—No es culpa. Es responsabilidad.
Eleanor recordó al niño que había heredado una empresa antes de estar preparado. Durante años lo protegió de cada fracaso, convencida de que el apellido debía mantenerse intacto.
—Hay otra opción —dijo—. Transferir las acciones de la familia a un fideicomiso de empleados mientras se resuelve el caso.
Gabriel guardó silencio.
—Papá lo habría odiado.
—Por eso quizá sea correcto.
El plan permitió estabilizar la compañía. Los empleados eligieron representantes temporales y aceptaron una reestructuración. Por primera vez, los Westwood dejaron de controlar solos aquello que miles de personas habían construido.
Bianca visitó a Gabriel detrás de un cristal.
—El fiscal ofrecerá libertad bajo fianza si entregas todas las claves.
—Ya las entregué.
—También quiere que declares contra Daniel y Julian.
—Diré la verdad.
—Puede que eso incluya admitir negligencia.
—La incluirá.
Bianca apoyó la mano contra el vidrio.
—Estoy orgullosa de ti.
—No necesito que estés orgullosa. Necesito que estés segura.
—Victor me envió un mensaje.
Mostró una fotografía tomada esa mañana. Eleanor salía del hospital junto a Sofia. Una cruz roja estaba dibujada sobre el rostro de Eleanor.
—Quiere el libro —dijo Bianca—. Y cree que yo sé dónde está.
—¿Lo sabes?
—Sí.
Maya lo había escondido dentro del piano del salón, bajo la tabla donde Thomas guardaba partituras para Sofia.
Gabriel miró a Bianca.
—No vayas tras él.
—No pienso ir tras él.
—Conozco esa expresión.
—No. Conocías a Bianca Vale. Beatrice Reed está aprendiendo a hacer planes mejores.
—Eso no me tranquiliza.
Bianca se inclinó hacia el teléfono.
—Victor convirtió nuestras voces en armas. Vamos a quitarle esa ventaja.
Samuel había recuperado una copia completa de la gala antes del corte. Celeste podía identificar las órdenes. Sofia recordaba el incendio. Julian había confesado. Margaret estaba dispuesta a declarar.
Solo faltaba obligar al país a escuchar la secuencia correcta.
Bianca anunció una transmisión pública para la noche siguiente, sin escenario privado y sin archivos editados. Participarían víctimas, empleados y expertos independientes.
Victor respondió con un mensaje enviado a todas las redacciones:
“Si Beatrice habla, publicaré la prueba de que Eleanor Westwood sabía que Sofia estaba viva y eligió la compañía por encima de su hija.”
Eleanor leyó la amenaza.
—¿Es verdad? —preguntó Maya.
Eleanor tardó en responder.
—Hace diecisiete años recibí una fotografía borrosa de una mujer que podía ser Sofia. Thomas dijo que era una estafa. Yo acepté su explicación porque estaba a punto de cerrar una fusión que salvaría la empresa.
Sofia se quedó inmóvil.
—¿Nunca investigaste?
—Contraté a un detective meses después. Para entonces, la clínica había cambiado de nombre.
—Elegiste esperar.
—Sí.
La palabra quebró algo entre ellas.
Sofia salió sin mirar atrás.
Maya siguió a su madre.
Eleanor permaneció sola con el libro azul.
Victor no había inventado aquella culpa. Solo había encontrado el lugar exacto donde la verdad podía destruirla.
En la cárcel, Gabriel vio el mensaje en televisión. Había renunciado al control de la compañía para dejar de proteger apariencias.
Ahora su madre debía decidir si haría lo mismo.
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La caída de Gabriel había terminado.
La de Eleanor apenas comenzaba.