Chapter 3 - El micrófono en el bolsillo

El primer enfermero sostuvo la jeringa como si fuera una amenaza. El segundo, sentado frente a Eleanor, sacó un teléfono y envió un mensaje.
Maya giró desde el asiento delantero.
—¿Qué están haciendo?
—Vuelva a mirar al frente —ordenó el conductor.
—Esa no es medicación autorizada.
—Señorita Torres, ya no trabaja para la familia Westwood. No complique las cosas.
Maya abrió la puerta mientras el vehículo seguía en movimiento, pero el seguro automático se lo impidió.
Eleanor no apartó la mirada de la aguja.
—¿Qué contiene?
El enfermero sonrió.
—Así que realmente puede hablar.
—Y también puedo reconocer midazolam.
—Entonces sabe que solo dormirá un rato.
—Depende de la dosis. Y de lo que hayan añadido.
El vehículo redujo la velocidad al entrar en un tramo boscoso. Eleanor calculó la distancia hasta el sedán gris. Samuel seguía detrás, pero dos camionetas negras habían aparecido entre ambos vehículos.
Victor había preparado una escolta.
—Maya —dijo Eleanor—, mi bolso.
La joven comprendió. Tomó el bolso de la maleta y se lo lanzó. Eleanor lo abrió, sacó un pequeño frasco de perfume y lo roció directamente en los ojos del hombre de la jeringa.
El enfermero gritó.
Maya se abalanzó sobre el segundo. El vehículo se desvió bruscamente. Eleanor golpeó el botón de emergencia junto a la puerta, pero no funcionó.
—¡Deténgase! —gritó Maya al conductor.
El hombre aceleró.
Eleanor usó el bastón para apartar la jeringa. El enfermero intentó sujetarla, pero ella le clavó el extremo metálico en el pie. No era fuerte como antes del accidente, aunque la rehabilitación le había devuelto más movilidad de la que todos creían.
El vehículo salió de la carretera y entró en un camino de servicio.
Detrás, el sedán de Samuel adelantó una de las camionetas. Hubo un golpe de metal. La segunda camioneta trató de cerrarle el paso.
Maya alcanzó la palanca del freno de emergencia.
—¡Ahora! —gritó Eleanor.
La joven tiró con ambas manos. El vehículo se sacudió. El conductor perdió el control y chocó contra una cerca de madera. Las bolsas de aire delanteras estallaron.
Durante unos segundos solo se escucharon gemidos y el siseo del motor.
Eleanor abrió la puerta trasera con el mecanismo manual y cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. Maya salió detrás de ella.
—¿Está herida?
—Estoy viva. Eso basta.
Una camioneta negra se detuvo a cincuenta metros. Dos hombres descendieron.
—¡Al bosque! —ordenó Eleanor.
Corrieron entre los árboles. Eleanor sentía fuego en la pierna que había sido operada, pero no disminuyó el paso. Maya la sostuvo por la cintura.
Un disparo quebró una rama sobre sus cabezas.
—¡Solo quieren asustarnos! —dijo Maya, aunque su voz revelaba que no estaba segura.
—Victor nunca dispara para asustar.
Llegaron a un arroyo. El puente de madera estaba roto. Detrás se escuchaban pasos.
Entonces el sedán gris apareció por el camino lateral y derribó una barrera. Samuel Reed abrió la puerta del pasajero.
—¡Suban!
Maya ayudó a Eleanor a entrar. Samuel aceleró mientras los hombres alcanzaban la orilla.
Uno de ellos disparó contra la parte trasera. El vidrio se agrietó, pero no se rompió.
—El lago no guarda secretos —dijo Samuel sin apartar los ojos de la carretera.
Eleanor dejó escapar el aire que había contenido.
—Tardaste demasiado.
—Me alegra verte también.
Samuel tenía cincuenta y cinco años, barba entrecana y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Había trabajado como investigador interno para Thomas Westwood hasta la muerte de este. Después desapareció sin explicación. Eleanor lo había localizado dos meses atrás usando un contacto antiguo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Maya.
—A un lugar que Victor cree abandonado —respondió Samuel—. La casa de verano de los Westwood.
—Victor conoce esa casa.
—Conoce la casa. No conoce lo que hay debajo.
Mientras se alejaban, Maya sacó el grabador del uniforme de Eleanor.
—Está mojado.
Samuel lo miró.
—¿Funciona?
La luz azul seguía encendida.
—Grabó todo —dijo Maya—. Bianca diciendo que la casa era suya, Victor hablando del libro azul y la amenaza durante el traslado.
Eleanor tomó el aparato.
—También grabó el nombre de Sofia.
Samuel la miró por el espejo.
—¿Lo dijo directamente?
—Dijo que ella vio algo en el cobertizo y que “eso me dijeron” cuando escribí que había muerto.
—Entonces quiso provocarte.
—O cree que ya no puede perder.
Samuel tomó una curva cerrada.
—Los hombres como Victor siempre creen que ganaron cinco minutos antes de cometer el error que los destruye.
En la mansión, Gabriel revisaba las imágenes de su boda. Había descargado todos los videos grabados por invitados, fotógrafos y teléfonos. Buscaba el momento exacto en que supuestamente firmó la autorización.
Bianca entró sin llamar.
—La residencia informó que el vehículo sufrió un accidente.
Gabriel se levantó.
—¿Dónde está mi madre?
—No lo saben.
—¿Cómo que no lo saben?
—Los enfermeros dicen que dos autos los atacaron y que Eleanor escapó con Maya.
Gabriel tomó las llaves.
—Voy a buscarla.
Bianca bloqueó la puerta.
—La policía ya está en camino.
—Apártate.
—Gabriel, piensa. Si tu madre huyó de una orden médica, Victor puede pedir que la declaren peligrosa para sí misma.
—Tu padre no pedirá nada.
—No puedes tocarlo mientras controle el consejo.
—Observa cómo lo hago.
Bianca bajó la voz.
—Él tiene a la hija de Julian.
Gabriel se detuvo.
—¿Lo sabías?
—Lo descubrí esta mañana.
—Julian dijo que estaba desaparecida.
—Mi padre la tiene en una casa segura. Dice que es para protegerla porque vio algo relacionado con el accidente de Eleanor.
—¿Y tú le crees?
Bianca miró hacia otro lado.
—No sé qué creer.
—Sabías que los documentos eran falsos.
—Sabía que estaban preparados. No sabía lo del notario muerto.
—Esa diferencia no te salva.
Gabriel abrió la puerta, pero Bianca lo agarró.
—Si sales ahora, mi padre activará la cláusula del consejo. Perderás el control de la compañía.
—Que se quede con ella.
—Hay treinta mil empleados.
—Y una madre a la que intentaron secuestrar.
—Puedes salvar ambas cosas si finges que estás conmigo.
Gabriel la observó.
—¿Qué estás proponiendo?
Bianca se acercó hasta hablar casi en un susurro.
—Mi padre busca un libro azul. Cree que tu madre sabe dónde está. Si te enfrentas a él, cerrará todas las puertas. Si aparentas aceptar el acuerdo, te dejará entrar.
—¿Por qué me ayudarías?
Los ojos de Bianca se humedecieron, aunque no cayó ninguna lágrima.
—Porque hoy vi algo en su cara cuando mencionaste a la policía. No era miedo a ser descubierto. Era miedo a que encontraran a alguien.
—¿A quién?
—No lo sé.
Gabriel apartó su mano.
—Arrojaste un cubo de agua sobre mi madre.
—Quería que reaccionara.
—¿Qué?
—Llevo semanas sospechando que fingía no poder hablar. Necesitaba confirmarlo sin que mi padre estuviera presente.
Gabriel la miró con incredulidad.
—Eso es lo más enfermizo que he oído.
—No espero que lo entiendas.
—No. Esperas que crea que humillarla fue parte de un plan noble.
—No fue noble. Fue cruel. Pero funcionó.
Gabriel recordó la expresión de Eleanor. Su silencio, la mano en su muñeca, la forma en que aceptó el traslado sin luchar. Quizá su madre llevaba semanas investigando sola.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
—Haz que mi padre crea que elegiste a tu esposa.
—¿Y cuando baje la guardia?
Bianca sacó del bolsillo una llave digital.
—Entraremos en su oficina privada.
En la casa de verano, Samuel condujo el automóvil dentro de un viejo granero. Cerró las puertas y levantó una trampilla oculta bajo una mesa de trabajo.
Unas escaleras descendían hacia un refugio subterráneo construido durante la Guerra Fría.
Maya ayudó a Eleanor a bajar.
En una pared había una fotografía reciente de una mujer de cabello oscuro saliendo de una clínica.
Maya se acercó.
—¿Quién es?
Eleanor se envolvió en una manta.
—Mi hija.
—Pero todos dicen que Sofia murió.
Samuel colocó sobre la mesa un expediente.
—Esta mujer vive bajo el nombre de Nora Hale. Ha estado internada veintiséis años en una institución financiada por empresas vinculadas a Victor Vale.
Maya abrió el archivo. —¿Por qué no fueron por ella?
—Porque necesitábamos confirmar que no era una trampa —respondió Samuel—. Y porque alguien trasladó a Nora hace cuarenta y ocho horas.
Eleanor cerró los ojos.
Victor sabía que estaban cerca.
Samuel conectó el grabador mojado a un ordenador. El archivo principal apareció en la pantalla.
Reprodujeron la voz de Bianca: “Esta casa es mía.”
Luego la de Victor: “Dime dónde está el libro azul.”
La grabación continuó hasta que surgió un ruido extraño, apenas audible, captado cuando Bianca se inclinó junto a Eleanor.
Samuel aumentó el volumen.
Una voz femenina susurraba:
“Si puedes entenderme, busca debajo del invernadero. Mi padre no sabe que yo también estoy grabando.”
Eleanor miró a Maya.
—Bianca me dejó un mensaje.
Samuel pausó el audio.
—Entonces la pregunta ya no es si trabaja con Victor.
—¿Cuál es la pregunta? —dijo Maya.
May you like
Eleanor contempló la fotografía de Sofia.
—Si está intentando detenerlo… o conducirnos exactamente al lugar donde quiere enterrarnos.