peak

Capítulo 9: La cacería de Santa Martha

Capítulo 9: La cacería de Santa Martha

El sonido del motor del helicóptero privado retumbaba con la fuerza de un huracán sobre el helipuerto del edificio del Grupo Salazar. El aire helado de la tarde cortaba el rostro de Renata mientras caminaba al lado de Gabriel, acompasando el paso entre guardias armados con fusiles de asalto y chalecos tácticos.

Apenas veinte minutos habían pasado desde la llamada que confirmó la fuga. La ciudad entera estaba a punto de convertirse en un campo de batalla.

—¡Suban! —gritó Gabriel por encima del estruendo de las hileras de las hélices, ofreciéndole la mano a Renata para ayudarla a subir a la cabina del helicóptero.

Renata no vaciló. Subió, se ajustó el cinturón de seguridad de cuatro puntos y se colocó los auriculares de comunicación táctica con la misma frialdad con la que firmaba estados de cuenta. En sus rodillas, la caja de nogal con el reloj de su padre y el microchip de la cuenta Fénix permanecían resguardados.

Gabriel se acomodó a su lado y ajustó su micrófono.

—Informe de situación, Ramírez —ordenó Gabriel a través de la frecuencia encriptada.

En la pantalla del sistema de navegación del helicóptero apareció el rostro desencajado del fiscal Eduardo Ramírez, quien transmitía desde el centro de mando de la Policía Federal.

—*Es un desastre completo, Salazar* —resonó la voz del fiscal, cargada de estática y pánico—. El comando utilizado no era improvisado. Usaron explosivos plásticos C-4 en la barda perimetral norte de Santa Martha. Tenían dos vehículos blindados esperando afuera. Se movieron con precisión militar. Sabían exactamente en qué módulo estaba Elena Valdés y en cuál estaba Alonso Ibarra.

—¿Hubo bajas? —preguntó Renata, apretando el micrófono con los dedos.

—*Cuatro custodios heridos, dos oficiales de la guardia nacional sin vida* —informó Ramírez con pesadez—. Elena no actuó sola desde adentro. La red de contactos de los carteles con los que lavó dinero durante dos décadas se movilizó para sacarla antes de que la trasladaran a un penal federal de máxima seguridad.

Renata miró por la ventanilla del helicóptero. Abajo, las avenidas principales de la Ciudad de México se cubrían de luces rojas y azules de docenas de patrullas que intentaban levantar cercos epidemiológicos de seguridad en las salidas hacia los estados vecinos.

—No van a salir de la ciudad —afirmó Renata con una seguridad helada que hizo que Gabriel la mirara con atención.

—¿Por qué estás tan segura? —pregunto él.

—Porque conozco a Elena y conozco a Alonso —explicó Renata, desplegando en su mente la estructura mental de sus enemigos—. Alonso es un cobarde impulsivo; su primer instinto será buscar dinero en efectivo y un pasaporte falso para huir a Sudamérica. Pero Elena es una mujer narcisista. Su orgullo quedó destrozado cuando la saqué de la sala de juntas arrestada. No se irá del país sin recuperar las llaves de encriptación de Grupo Valdés… y sin matarme a mí.

Gabriel sonrió con amargura, recostándose contra el asiento de piel.

—Tiene sentido. Elena sabe que las cuentas de la empresa están congeladas. Los hombres que la sacaron de la cárcel no trabajan gratis; los mercenarios exigen pagos multimillonarios en dólares. Si no les paga en las próximas doce horas, esos mismos hombres le cortarán el cuello.

—Por eso vendrá por el microchip de la cuenta Fénix —concluyó Renata, tocando la pequeña caja de nogal—. Es el único fondo ilíquido con quinientos millones de dólares al que puede acceder si logra conseguir mi firma biométrica.

El piloto del helicóptero giró la cabeza bruscamente hacia la cabina trasera.

—¡Señor Salazar! ¡Tenemos un problema en el radar! Un dron no identificado está siguiendo nuestra trayectoria de vuelo a baja altitud desde que despegamos del helipuerto.

Gabriel miró por el cristal lateral. A trescientos metros a la derecha, recortado contra el cielo grisáceo de la tarde, un dron negro de grado militar avanzaba a la misma velocidad que el helicóptero, con un punto de luz roja parpadeando en su base.

—¡Diablos! —maldijo Gabriel, sacando su radio táctico—. ¡Nos están rastreando la señal GPS! ¡Nos tienen ubicados!

Antes de que el piloto pudiera maniobrar para cambiar el rumbo, el teléfono móvil que Renata llevaba en el bolsillo interior de su abrigo comenzó a sonar con un tono insistente, desconocido.

Renata miró la pantalla. No había número de origen. Solo una serie de ceros intercalados.

Miró a Gabriel, quien le hizo una señal con la cabeza para que contestara. Apretó el botón de altavoz.

—¿Te gusta la vista desde el cielo, mi niña? —la voz de Elena Valdés irrumpió en los auriculares, acompañada por el zumbido de un motor de camión de alto tonelaje de fondo.

—Veo que sigues cometiendo el mismo error, Elena —respondió Renata sin que le temblara la voz—. Mataste a dos oficiales de la guardia nacional. Ahora no solo la fiscalía te busca por fraude y homicidio; la marina y el ejército tienen orden de disparar a matar en cuanto te tengan a la vista.

Una risa seca, desprovista de cualquier rasgo de humanidad, sonó del otro lado de la línea.

—¿Crees que me importa la guardia nacional? —dijo Elena con desprecio—. He gobernado este país desde las sombras durante veinticuatro años. Las leyes son para los imbéciles como el fiscal Ramírez o tu difunto suegro. Ahora escucha muy bien lo que te voy a decir, Renata, porque no lo voy a repetir.

Un grito de dolor masculino, sordo y angustiado, resonó de fondo en la llamada.

—¡Renata! ¡Por favor, ayúdame! ¡Nos van a matar! ¡Mi mamá está sangrando! —era la voz de Alonso, desesperado, llorando como un niño aterrorizado.

Renata arrugó el entrecejo con asco.

—¿Qué hace Alonso contigo? —preguntó Renata.

—Tu estúpido exmarido y su madre pensaron que liberarlos era un acto de caridad —dijo Elena con crueldad—. Los saqué de la cárcel porque Evangelina todavía tiene una propiedad registrada a su nombre en la zona industrial de Vallejo, un almacén privado que no fue incluido en la cesión de activos que la obligaste a firmar anoche. Ahí es donde están guardados los servidores de respaldo de Ibarra Financiera.

Renata abrió los ojos de par en par. Sus cálculos contables fallaron en un solo punto: Evangelina había mantenido una propiedad oculta en el registro de la propiedad de la periferia.

—¿Qué quieres, Elena? —exigió Renata.

—Quiero el microchip de la cuenta Fénix que Gabriel Salazar te entregó —ordenó Elena con una frialdad absoluta—. Sé que lo tienes. Sé que tu padre guardó esa clave antes de que yo lo envenenara. Te doy dos horas para venir sola al almacén de Vallejo. Traes el chip y me transfieres la titularidad de los fondos.

—Y si me niego, ¿qué vas a hacer? —desafió Renata.

—Si no llegas en dos horas, le cortaré los dedos a Alonso uno por uno y se los enviaré a tu fiscal en una caja. Y después, iré a buscar a cada persona que te haya ayudado en esta vida para descuartizarla frente a tus ojos. Empezando por Gabriel Salazar.

¡CLIC!

La llamada se cortó abruptamente.

El silencio volvió a la cabina del helicóptero, roto únicamente por el rugido de los motores y el tic-tac constante del reloj de plata de Guillermo Valdés.

Gabriel miró a Renata con el rostro tenso, tomando su arma con fuerza.

—Es una trampa, Renata. No puedes ir a Vallejo. Si pones un pie en ese almacén, te matará en cuanto le entregues el chip.

Renata miró el dron militar que continuaba siguiéndolos a la distancia. Luego, bajó la vista hacia el reloj de plata de su padre y hacia sus propias manos. No había miedo en sus ojos. Había la determinación final de una mujer que estaba lista para cerrar la última cuenta de su vida.

—Tienes razón, Gabriel. Es una trampa —dijo Renata, esbozando una sonrisa fría y calculadora—. Pero ella comete el error de pensar que voy a ir a negociar.

May you like

Renata miró a Gabriel a los ojos.

—Llama al fiscal Ramírez. Diles a los equipos tácticos de la Marina que se desplieguen en Vallejo. No vamos a entregarle el chip… Vamos a quemar su último refugio con ella adentro.

Related Stories

Other posts