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Capítulo 8: Cuentas de sangre

Capítulo 8: Cuentas de sangre

El aroma a café recién molido y madera barnizada en la terraza privada del restaurante de Polanco no lograba enmascarar el hedor a traición que aún impregnaba el ambiente. Era exactamente el mismo salón en el que, menos de dos días atrás, Doña Evangelina le había sumergido la cara en el pastel de aniversario ante las risas crueles de Alonso.

Sin embargo, las manchas de vino tinto de la alfombra habían sido limpiadas y la mesa central volvía a vestir un mantel blanco impoluto.

Renata cruzó el umbral del salón a las 1:58 PM. Vestía su impecable traje blanco marfil, pero esta vez llevaba un abrigo largo de tono camel sobre los hombros y la mirada acerada de quien ya no le teme a ningún fantasma. En su mano derecha apretaba el pequeño estuche de madera de nogal con el reloj de su padre.

En la cabecera de la mesa, la misma silla que antes ocupaba la matriz de los Ibarra estaba ocupada por Gabriel Salazar.

El hombre no se levantó al verla entrar. Tenía una copa de agua con hielo en la mano y la miraba fijamente con unos ojos de un azul helado que contrastaban de manera inquietante con la fina cicatriz que le cruzaba la ceja derecha. A su alrededor, dos hombres de aspecto militar montaban guardia en silencio, con las manos cruzadas a la altura de la cintura.

—Llegas dos minutos temprano, Renata —dijo Gabriel con una voz profunda, pausada, que resonó en el salón vacío con una tranquilidad amenazante—. Me gusta la puntualidad. Demuestra que no le tienes miedo a las deudas.

Renata no esperó a que le ofrecieran asiento. Caminó hacia el extremo opuesto de la mesa, jaló la silla donde horas antes Alonso se había burlado de ella y se sentó con una compostura implacable.

—No vine a hablar de puntualidad, Salazar —respondió Renata en un hilo de voz helado—. Vine a ver la cara del hombre que piensa que puede extorsionarme usando las ruinas de los Ibarra.

Gabriel dejó escapar una sonrisa leve, sin calidez alguna. Hizo un ademán a sus guardaespaldas para que se apartaran hacia la puerta del salón.

—Nadie habla de extorsión, contadora forense —dijo Gabriel, inclinándose hacia adelante y apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Hablo de contratos legales. Tu difunta suegra, esa vieja arrogante que ahora agoniza en custodia policial, le firmó a mi familia un pagaré por ochenta millones de dólares hace seis años a cambio de no hacer pública la quiebra de su financiera. Un pagaré respaldado con las acciones de la firma que tú, brillantemente, le quitaste anoche.

Gabriel sacó un documento antiguo, de papel amarillento pero sellado ante notario público, y lo deslizó sobre la mesa hasta detenerlo frente a ella.

—Tú te quedaste con los activos de Ibarra Financiera, Renata. Y según las leyes comerciales de este país, los activos vienen acompañados de los pasivos. Es decir: la deuda ahora es tuya.

Renata ni siquiera tocó el papel. Se limitó a mirarlo con un desprecio calculado.

—Ese documento fue firmado bajo coacción en un esquema de lavado de dinero que involucraba a mi madre, Elena Valdés —replicó Renata sin parpadear—. Tengo la auditoría forense completa. Si intentas ejecutar ese pagaré en un tribunal, meteré a tus abogados en la misma celda donde Alonso se está pudriendo esta tarde.

Gabriel la observó en silencio durante varios segundos. En lugar de molestarse por la amenaza, soltó una carcajada baja y sincera que hizo eco en las paredes del salón.

—Vaya… Elena de verdad crió a un monstruo a su imagen y semejanza —comentó Gabriel, negando con la cabeza—. Pero te equivocas en una cosa, Renata. Yo no quiero los ochenta millones de dólares. Ese dinero para el Grupo Salazar son simples centavos de cambio.

Renata arrugó el entrecejo, manteniendo la guardia en alto.

—¿Entonces qué quieres? ¿Por qué me citaste en este restaurante? ¿Por qué me pediste en el mensaje que trajera el reloj de mi padre?

Gabriel bajó la mirada hacia el estuche de madera de nogal que Renata sostenía sobre su regazo. Su rostro perdió la burla y se tornó de una seriedad absoluta, casi sombría.

—Porque ese reloj no era de tu padre, Guillermo Valdés —soltó Gabriel con una voz rasposa que hizo que el corazón de Renata diera un vuelco.

Un silencio pesado cayó sobre el salón.

—¿De qué estás hablando? —exigió Renata, apretando el estuche contra sus dedos.

—Abre la cubierta posterior del reloj, Renata —ordenó Gabriel, señalando la caja de madera—. La cubierta secreta que se activa presionando la corona tres veces seguidas. La que tu madre nunca descubrió porque jamás le importó el hombre con el que se casó.

Renata sintió un nudo helado formarse en su estómago. Con manos temblorosas pero precisas, sacó el reloj de plata del estuche. Presionó la corona de metal tres veces consecutivas.

¡CLIC!

La parte trasera del reloj, que parecía una sólida lámina de plata pulida, se saltó ligeramente, revelando un compartimento hueco en el mecanismo interno. Dentro descansaba un pequeño microchip de almacenamiento de datos de color negro y una fotografía en miniatura desgastada por el tiempo.

Renata sacó la fotografía con extremo cuidado.

En la imagen, tomada hace más de veinticinco años en una finca de campo, aparecían dos hombres jóvenes sonriendo abrazados como hermanos. Uno de ellos era su padre, Guillermo Valdés.

El otro hombre, con una cicatriz idéntica en la ceja derecha y los mismos ojos azules que el hombre sentado frente a ella, era el difunto padre de Gabriel: Esteban Salazar.

A Renata se le cortó la respiración.

—Mi padre y el tuyo no eran enemigos, Renata —dijo Gabriel, mirando la fotografía con un matiz de dolor guardado durante décadas—. Eran socios en secreto. Crearon un fondo de inversión privado para proteger las empresas del país del lavado de dinero que tu madre y la familia Ibarra estaban empezando a operar en los años noventa.

Gabriel se puso de pie, rodeó la mesa lentamente y se detuvo a pocos pasos de ella.

—Hace veinticuatro años, cuando tu madre descubrió lo que ellos estaban construyendo, no solo envenenó a tu padre para quedarse con el paquete accionario… También mandó a orquestar el 'accidente de aviación' donde mi padre murió una semana después —confesó Gabriel con una furia contenida que hacía temblar su voz—. Los Ibarra y Elena Valdés destruyeron a nuestras dos familias para construir el imperio corrupto que tú acabas de desmantelar esta mañana.

Renata miró el microchip que sostenía en la palma de su mano. La piel se le erizó por completo.

—El microchip… ¿qué contiene? —preguntó en un hilo de voz.

—La clave de acceso a la cuenta Fénix —respondió Gabriel, inclinándose hacia ella—. Un fondo de garantía internacional con más de quinientos millones de dólares que nuestros padres crearon antes de morir para asegurar que, si algún día sus hijos sobrevivían a la tormenta, tuvieran los recursos suficientes para erradicar por completo la red de corrupción de Elena y los Ibarra en todo el continente.

Renata levantó la cabeza, mirando fijamente los ojos azules de Gabriel Salazar.

—El fiscal Ramírez cree que viniste a cobrarme una deuda de sangre —dijo Renata.

—Vine a proponerte una alianza —corrigió Gabriel, extendiéndole la mano—. Tú tienes la firma contable, el control de Grupo Valdés y la cabeza para destruir sus estructuras desde adentro. Yo tengo el poder político, la seguridad y los recursos para asegurarme de que ni Elena ni los sobrevivientes del clan Ibarra salgan jamás de la cárcel.

Renata miró la mano extendida de Gabriel. Sabía que aceptar esa alianza significaba cruzar el punto de no retorno. Ya no se trataba solo de vengarse de Alonso o de encerrar a su madre. Se trataba de tomar el control de una guerra corporativa a escala continental.

En ese preciso instante, el teléfono de Gabriel vibró en su bolsillo. Él lo contestó con rapidez, escuchando atentamente durante tres segundos antes de que su rostro se desencajara por completo.

—¿Qué dijiste? —exclamó Gabriel con la voz tensa.

Colgó la llamada y miró a Renata con una expresión de extrema urgencia.

—¿Qué pasó? —preguntó Renata, poniéndose de pie de inmediato.

—Hubo un motín armado en el reclusorio de Santa Martha Acatitla hace diez minutos —informó Gabriel con la mandíbula apretada—. Un comando no identificado detonó una pared del sector de alta seguridad.

Renata sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.

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—¿Elena? —susurró.

—Tu madre no está en su celda —dijo Gabriel, sacando su arma de la funda sobobaquera y cargándola con un sonido seco—. Y las cámaras del penal muestran que Alonso Ibarra fue liberado por el mismo comando. Están fuera, Renata. Y la primera orden que Elena dio al salir fue quemar esta ciudad hasta encontrar a su hija.

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