Capítulo 11: La cima de la tormenta

Capítulo 11: La cima de la tormenta
Un mes después.

El sol matutino de la Ciudad de México se filtraba a través de las monumentales cristaleras del piso cuarenta y cinco de la torre corporativa que antes llevaba el nombre de Grupo Valdés. Ahora, en letras de bronce bruñido sobre el mármol del vestíbulo, el nuevo emblema resplandecía ante los ojos de los inversionistas internacionales: Corporación V&S (Valdés & Salazar).
Renata estaba de pie frente al ventanal que dominaba la avenida Paseo de la Reforma.
Vestía un impecable traje sastre de dos piezas en tono azul marino, diseñado a la medida. Su cabello oscuro, peinado en una coleta baja y tirante, no dejaba escapar un solo rebelde. En su muñeca izquierda no llevaba joyas ostentosas; lucía el reloj de plata de su padre, ajustado y marchando con la precisión de un cronómetro de precisión militar.
En la mesa de centro de la oficina ejecutiva descansaban las portadas de los principales diarios financieros del país.
Las fotografías de la semana anterior mostraban la sentencia histórica: Alonso Ibarra y su madre, Evangelina Vda. de Ibarra, habían sido condenados a veintidós años de prisión sin derecho a fianza en un penal de máxima seguridad por lavado de dinero, evasión fiscal y falsificación de documentos. Por su parte, Elena Valdés permanecía recluida en el pabellón de alta seguridad de Santa Martha Acatitla, esperando el inicio de su juicio por homicidio calificado y delincuencia organizada.
La puerta doble de la oficina se abrió con un sonido suave.
Gabriel Salazar entró cargando una carpeta de piel negra y dos tazas de café humeante. Se había quitado el saco, dejando al descubierto su camisa blanca con las mangas dobladas hasta los codos. La fina cicatriz de su ceja derecha se marcaba sutilmente al sonreír.
—El mercado cerró con un incremento del doce por ciento en nuestras acciones esta mañana —dijo Gabriel, colocándole una taza de café sobre la mesa—. La absorción de las carteras de inversión de los Ibarra concluyó sin un solo tropiezo legal. Los bancos internacionales acaban de ratificar la confianza en tu administración, Renata.
Renata tomó la taza, dando un pequeño sorbo sin apartar la mirada del horizonte de la ciudad.
—Las cuentas ya están saldadas con el pasado, Gabriel —dijo en un murmullo meditado—. Pero gobernar este monstruo es mucho más complejo que desmantelarlo.

—Aprendes rápido —comentó Gabriel, sentándose en el sillón de piel frente a ella—. Te convertiste en la mujer más respetada y temida del sector financiero en menos de treinta días. Los mismos ejecutivos que antes te miraban por encima del hombro por tu origen en Iztapalapa, hoy tiemblan cuando entras a la sala de juntas.
Renata se giró lentamente, mirándolo a los ojos.
—Respeto no es lo mismo que miedo, Gabriel. El miedo hace que la gente busque la primera oportunidad para traicionarte. Eso fue lo que arruinó a mi madre y a los Ibarra: creyeron que el dinero compra la lealtad eterna.
—Y tú, ¿qué crees que compra la lealtad?
—La memoria —respondió Renata con firmeza—. No olvidar de dónde vienes y saber exactamente quiénes son tus verdaderos enemigos.
Gabriel abrió la carpeta de piel negra sobre la mesa. Su rostro adoptó una expresión de seriedad profesional que borró de inmediato la sonrisa de sus labios.
—Hablando de enemigos… El departamento de auditoría interna de la filial en Madrid detectó un movimiento inusual esta madrugada.
Renata arrugó el entrecejo, caminando hacia el escritorio.
—¿Qué tipo de movimiento?
—Una transferencia masiva de quince millones de euros autorizada desde una terminal privada en Ginebra —explicó Gabriel, señalando las líneas de código financiero en el reporte—. La firma digital utilizada para validar la transacción pertenece a una entidad registrada como Fideicomiso La Palma.
—Ese fideicomiso era una de las cuentas secreta de mi madre —dedujo Renata de inmediato—. Pero la clave de encriptación fue destruida cuando congelamos sus activos la noche del arresto. Nadie en este país tenía acceso a esa terminal.
—En este país no —corrigió Gabriel con la voz tensa—. Pero hace dos horas, el banco emisor en Suiza confirmó la identidad del apoderado legal que activó la cuenta desde Europa.
Gabriel deslizó una fotografía impresa en papel satinado sobre la mesa.
En la imagen aparecía un hombre de unos sesenta años, elegante, de cabello cano perfectamente peinado, vestido con un traje de alta costura y caminando por las calles de Zurich secundado por tres escoltas armados.
Renata sintió un ligero calco en la nuca.

—¿Quién es él?
—Se llama Aurelio de la Colina —dijo Gabriel—. El hermano menor de tu madre, tu tío biológico. El hombre que manejó la red de triangulación de fondos de Grupo Valdés en Europa durante los últimos quince años sin que tu padre ni las autoridades mexicanas supieran de su existencia.
Renata tomó la fotografía, analizando los rasgos del hombre. Había una frialdad matemática en sus ojos que recordaba de forma inquietante a Elena.
—Mi madre nunca lo mencionó en los expedientes de la empresa —comentó Renata.
—Porque Elena y Aurelio tuvieron una disputa feroz hace diez años por el control del dinero en Europa —explicó Gabriel—. Elena lo exilió a España y le prohibió poner un pie en México a cambio de mantener en secreto las cuentas offshore de la familia. Pero ahora que Elena está en la cárcel y Mateo y Valeria quedaron fuera del mapa, Aurelio considera que el trono de los Valdés le pertenece por derecho de sangre.
El teléfono privado sobre el escritorio de Renata comenzó a sonar con un tono metálico, seco.
Renata y Gabriel se miraron en silencio durante un segundo. Ella caminó hacia el escritorio, ajustó la línea y presionó el botón de altavoz.
—Habla Renata Valdés —dijo con voz firme.
—Qué tono tan impecable, sobrina —resonó al otro lado de la línea una voz masculina, educada, con un acento castellano suave pero profundamente venenoso—. Me alegra comprobar que la sangre de los Valdés no se ha diluido del todo a pesar de tus años en ese barrio marginal de Iztapalapa.
—Aurelio —pronunció Renata sin inmutarse—. Veo que tardaste un mes en reaccionar. Pensé que los cobardes que se esconden en Europa actuaban con un poco más de velocidad.
Una risa distinguida sonó en la bocina.
—No confundas la paciencia táctica con la cobardía, mi querida Renata. Ver cómo destruías a esa familia mediocre de los Ibarra y cómo encerrabas a mi hermana Elena fue un espectáculo sumamente entretenido. Le ahorraste mucho trabajo a mi bufete de abogados.
—El dinero que transferiste desde Ginebra esta madrugada ya está en proceso de congelación por la Interpol —advirtió Renata—. Si crees que puedes tocar un solo centavo de esta corporación, te sugiero que revises el destino de los últimos hombres que intentaron extorsionarme.
—Esos quince millones de euros no eran para mí, sobrina —respondió Aurelio con una tranquilidad helada—. Eran el pago inicial para adquirir el cincuenta y uno por ciento de las acciones de la aseguradora marítima que respalda a Corporación V&S en el Océano Atlántico. A partir de este momento, cada barco de carga, cada envío de mercancía y cada transacción comercial de tu empresa en el extranjero pasa por mis manos.
Renata sintió que el suelo bajo sus pies se volvía a tensar, pero no permitió que su respiración se alterara.
—¿Qué quieres, Aurelio?
—Quiero lo que me corresponde —sentenció el hombre con una voz imperiosa—. Te doy una semana para presentar tu renuncia al consejo directivo y cederme la presidencia de Corporación V&S. Si lo haces, te permitiré conservar una pensión millonaria para que regreses a tu vida tranquila. Si te niegas… bueno, digamos que la historia de tu padre Guillermo no fue la única tragedia familiar que sé orquestar.
¡CLIC!
La llamada se cortó abruptamente.

Gabriel dio un paso al frente, apretando los puños con furia.
—Ese infeliz cree que puede venir a imponernos condiciones desde Europa —maldijo Gabriel—. Voy a mandar a mi equipo de seguridad a Madrid hoy mismo.
—No —intervino Renata, levantando la mano con autoridad—. Aurelio no es un impulsivo como Alonso ni una desesperada como Elena. Es un jugador de ajedrez financiero que lleva una década esperando este momento. Si mandas hombres a Europa, nos meterás en un conflicto diplomático que destruirá las acciones de la empresa en la bolsa.
Renata caminó hacia su escritorio, abrió el cajón central y sacó el microchip con los fondos de la cuenta Fénix que su padre le había dejado.
Miró a Gabriel a los ojos con una determinación renovada.
—Nosotros no vamos a mandar hombres a Madrid, Gabriel —dijo Renata con una sonrisa fría y calculadora—. Vamos a viajar a Suiza nosotros mismos. Vamos a usar los quinientos millones de dólares de la cuenta Fénix para comprar la deuda privada de Aurelio antes de que termine la semana.
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—Le vamos a quitar el piso sobre el que está parado antes de que se dé cuenta —comprendió Gabriel, devolviéndole la sonrisa.
—Aurelio pensó que me asustaría porque nací en Iztapalapa —sentenció Renata, guardando el microchip en su abrigo de viaje—. Es hora de enseñarle a la aristocracia europea cómo pelean las mujeres de México.