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Capítulo 15: El asedio de la torre

Capítulo 15: El asedio de la torre

El helipuerto de la torre de Corporación V&S estaba iluminado por el resplandor rojo de las luces de emergencia. La lluvia torrencial sobre Paseo de la Reforma parecía un telón de acero que aislaba los cuarenta y cinco pisos del rascacielos del resto del mundo.

A las 4:50 AM, el helicóptero táctico de la Marina en el que viajaban Renata y Gabriel cortó el aire de la capital a baja altitud, esquivando las torres de comunicaciones.

En el interior de la cabina, el fiscal Eduardo Ramírez recargaba su arma mientras revisaba el plano tridimensional del edificio en su tableta.

—El comando que tomó la torre bloqueó todos los accesos digitales a las 4:15 AM —explicó el fiscal con voz grave—. Cortaron la fibra óptica primaria, desactivaron los ascensores principales y tomaron el control de la red de servidores del piso cuarenta y cuatro. Hay al menos veinte mercenarios con armamento militar custodiando el piso ejecutivo.

Renata ajustaba el cuello de su abrigo gris. En su mano apretaba el estuche de nogal con el reloj de su padre y la llave de la celda 314. En la camioneta médica que venía detrás, su padre, Guillermo Valdés, era trasladado bajo escolta militar hacia un hospital seguro.

—Elena no quiere el edificio, Ramírez —dijo Renata, con los ojos fijos en la silueta oscura del rascacielos que se aproximaba—. Quieres los servidores centrales antes del inicio de la sesión bursátil en Londres. Si logra ejecutar la clave de borrado maestro, destruirá el historial financiero de Corporación V&S y dejará la empresa en quiebra técnica internacional en cuestión de minutos.

—No vamos a permitirlo —aseguró Gabriel, ajustándose el chaleco antibalas sobre su traje—. El equipo de fuerzas especiales entrará por el helipuerto. Tú te quedas en la cabina blindada del helicóptero hasta que neutralicemos el piso cuarenta y cinco.

Renata miró a Gabriel a los ojos con una serenidad glacial.

—Elena no va a negociar con soldados, Gabriel. Ella sabe que yo estoy aquí. Si no ve que yo piso ese piso ejecutivo, presionará el botón de autodestrucción digital y se volatilizarán quinientos millones de dólares en activos. Voy a entrar con ustedes.

El helicóptero se posó con un impacto seco sobre la plataforma del helipuerto.

La trampa en las alturas

Las puertas de cristal de la terraza ejecutiva cayeron destrozadas por los impactos de las granadas de brecha de las fuerzas especiales. El humo blanco de las granadas aturdidoras saturó de inmediato el pasillo del piso cuarenta y cinco.

¡TAP! ¡TAP! ¡TAP!

Los disparos con silenciador resonaron en medio de la penumbra. Los hombres del fiscal Ramírez avanzaban con precisión milimétrica, neutralizando a tres mercenarios armados que custodiaban el pasillo principal.

Renata caminaba justo detrás de Gabriel, resguardada por dos escudos balísticos. El piso ejecutivo, que horas antes lucía como el símbolo de su triunfo sobre la corrupción, ahora parecía un campo de batalla: cristales rotos, cables colgando del techo y los retratos al óleo de la junta directiva perforados por los proyectiles.

Al llegar a las puertas dobles de la oficina presidencial, el silencio volvió a apoderarse del lugar.

Gabriel hizo una señal con la mano. Dos agentes colocaron cargas explosivas de precisión en las bisagras de madera de caoba.

¡BOOM!

Las puertas cayeron hacia el interior con un estruendo sordo.

Dentro de la gigantesca oficina, la luz de la tormenta iluminaba la silueta de una mujer sentada en la sillón de piel del escritorio principal.

Vestía un traje sastre blanco impecable, sostenía una copa de cristal con whisky en la mano y miraba hacia la gran cristalera de la ciudad con una calma aterradora.

A su lado, conectado a la terminal central de servidores, un dispositivo portátil de encriptación mostraba una barra de progreso digital en color rojo: 88% COMPLETADO.

—Llegas tarde para la reunión de consejo, mi niña —dijo la mujer sin girar la cabeza.

La voz era idéntica. La postura era la misma.

Gabriel apuntó su fusil táctico directamente a la nuca de la mujer.

—¡Elena Valdés! ¡Manos sobre la cabeza! ¡Queda usted arrestada por alta traición y terrorismo corporativo!

La mujer dejó escapar una risa suave, modulada, dando un sorbo a su copa. Giró la silla de piel lentamente.

Cuando la luz del foco halógeno iluminó su rostro, Renata y Gabriel se quedaron paralizados.

No era Elena.

Era una mujer de unos cincuenta años, de rasgos faciales modificados mediante cirugía plástica avanzada para imitar con una precisión escalofriante cada pómulo, cada arruga y la mirada gris de Elena Valdés.

—¿Quién demonios eres tú? —exigió el fiscal Ramírez, avanzando con el arma en alto.

La mujer sonrió con una frialdad macabra, mostrando unos dientes impecables.

—Soy el reflejo de la mujer que construyó este imperio, fiscal —respondió la impostora con una voz modulada electrónicamente mediante un pequeño transmisor adherido a su garganta—. La verdadera Elena Valdés nunca pisó este país desde la noche del restaurante de Polanco. Todo lo que arrestaron, todo lo que juzgaron y todo lo que persiguieron no fue más que un teatro diseñado para ganar tiempo.

Renata sintió un pinchazo de hielo en el estómago. Su mente contable recalculó cada evento de las últimas semanas a una velocidad de vértigo.

—La mujer a la que le di la bofetada en el restaurante… —murmuró Renata en un hilo de voz—. La mujer que estuvo en el sótano con Evangelina… La mujer que fue arrestada en la sala de juntas…

—Eran actrices de señuelo, Renata —completó la impostora con deleite venenoso—. Elena Valdés operaba desde su mansión en las Islas Caimán a través de nosotras. Les dio a ti y a los Ibarra la ilusión de una victoria para que reunieras todos los activos de la familia en esta sola cuenta central.

La barra de progreso de la terminal portátil cambió a color verde: 100% COMPLETADO. TRANSFERENCIA MAESTRA EJECUTADA.

—¿Qué hiciste? —rugió Gabriel, dando un paso al frente.

La doble de Elena se puso de pie despacio, arreglándose la solapa de su saco blanco.

—Acabo de transferir la totalidad de los activos de Corporación V&S y los fondos de la cuenta Fénix a la matriz del Consorcio Caimán. La empresa que diriges, Renata… a partir de este segundo es un cascarón vacío con más de mil millones de dólares en deudas no garantizadas.

Un teléfono satelital sobre el escritorio de caoba comenzó a sonar con un tono agudo y constante.

La impostora hizo un ademán hacia el aparato.

—Contesta, Renata. Tu verdadera madre quiere darte la bienvenida al mundo real.

La voz desde el abismo

Renata avanzó lentamente entre los cristales rotos del suelo. Levantó el auricular del teléfono satelital y lo pegó a su oreja.

—¿Disfrutaste el juego, mi niña? —resonó la voz auténtica de Elena Valdés, transmitida desde una línea encriptada en el Caribe, libre de cualquier modulación electrónica. Era una voz llena de una autoridad absoluta, madura y despiadada.

Renata apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—Pensaste que me tenías acorralada, Elena —dijo Renata con una voz helada que no dejó entrever una sola lágrima—. Usaste suplentes, falsificaste informes médicos, liberaste a mi padre para anular mi testamento y vaciaste las cuentas de la empresa.

—Te enseñé a gobernar, Renata —corrigió Elena desde el otro lado del Atlántico—. Te di la oportunidad de ser mi socia, pero preferiste jugar a la heroína con el fiscal y con el estúpido de Gabriel Salazar. Te dejé creer que habías ganado en Polanco, en el sótano y en Zúrich… porque necesitaba que consolidaras todas las propiedades de los Ibarra bajo una sola firma antes de quitártelas.

—Mi padre está vivo, Elena —sentenció Renata—. Y esta vez tiene la clave biométrica original.

Elena soltó una carcajada cristalina y prolongada que resonó en la línea satelital.

—¿Tu padre? Guillermo Valdés es un vegetal que no recuerda ni su propio nombre, Renata. La tutoría legal de Evangelina Ibarra ya fue ratificada por el tribunal supremo hace veinte minutos. En este momento, los abogados del clan Ibarra están tomando posesión de tus propiedades en las Lomas. Eres oficialmente una indigente financiera, exactamente como cuando te saqué del orfanato de Iztapalapa.

Renata miró el reloj de plata de su padre en su muñeca. El tic-tac mecánico continuaba firme.

Una pequeña sonrisa, imperceptible pero afilada como una hoja de afeitar, se dibujó en las comisuras de los labios de Renata.

—Cometiste un solo error, Elena —dijo Renata con una tranquilidad que hizo que la risa de Elena al otro lado de la línea se detuviera de golpe.

—¿De qué hablas? —exigió la voz del Caribe.

—Te concentraste tanto en vaciar las cuentas de Corporación V&S y en usar a tus suplentes… que olvidaste revisar la firma del contrato de absorción que firmé en Zúrich ayer a las cuatro de la tarde.

Un silencio pesado y repentino cayó en la llamada satelital.

—¿Qué hiciste en Zúrich? —preguntó Elena con un tono sutilmente alterado.

Renata sacó de su abrigo una copia certificada del documento que Jean-Paul Laurent le había entregado en el hotel de Suiza.

—No compré la aseguradora marítima a nombre de Corporación V&S, Elena —explicó Renata con deleite calculador—. La compré a nombre personal de la Fundación Guillermo Valdés, una entidad benéfica sin fines de lucro registrada en el registro público de Iztapalapa hace seis años. Todos los activos que transferiste desde esta terminal esta madrugada no llegaron al Consorcio Caimán… Cayeron directamente en la cuenta blindada de la fundación, la cual no puede ser embargada ni por tutores legales ni por fideicomisos offshore.

Al otro lado de la línea, la respiración de Elena se volvió pesada, entrecortada.

—Tú… tú no podías saber que la transferencia se ejecutaría hoy… —balbuceó la mujer más poderosa del país.

—Sé cómo piensas, Elena —asestó Renata—. Sé que usas la codicia de tus enemigos como carnada. Te dejé ejecutar la transferencia porque era la única forma legal de quitarte el dinero sin que tus abogados pudieran apelarlo en ningún tribunal del mundo. Ahora tú y el Consorcio Caimán son los que le deben mil millones de dólares a los carteles europeos. Y ellos no aceptan suplentes.

¡CLIC!

Renata colgó el teléfono satelital, rompió la antena con las manos y la arrojó sobre el escritorio destruido.

La doble de Elena en la oficina la miró con los ojos desorbitados por el horror, comprendiendo que el verdadero monstruo financiero de la familia no era la madre… sino la hija que creció en el barro.

El fiscal Ramírez le colocó las esposas a la impostora, mientras Gabriel caminaba hacia Renata con una mirada de asombro absoluto.

—Lo tenías planeado desde Zúrich… —murmuró Gabriel.

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—Se lo debía a mi padre —respondió Renata, acomodándose el abrigo gris—. Ahora, Gabriel… llama al equipo de seguridad. Vamos a las Lomas a sacar a Evangelina y a Alonso de mi casa para siempre.

CONTINUARÁ

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