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Capítulo 3: La sombra del pasado

Capítulo 3: La sombra del pasado

El aliento se le congeló en la garganta.

El vehículo del fiscal Ramírez continuaba avanzando lentamente bajo la lluvia torrencial de Polanco, pero para Renata, el mundo exterior había dejado de existir. El aire dentro del auto se volvió denso, sofocante, cargado de una verdad tan siniestra que hacía que la traición de Alonso y los insultos de Doña Evangelina parecieran simples juegos de niños.

Con las manos temblando de forma descontrolada, los ojos de Renata repasaban una y otra vez el nombre impreso en el expediente judicial: Elena Valdés de la Colina.

Junto al nombre, una fotografía escaneada en alta resolución mostraba el rostro de una mujer de unos cincuenta y cinco años, de elegancia fría, pómulos marcados y una mirada gris e impasible. Una mujer que irradiaba un poder absoluto.

—No… esto es un error —murmuró Renata, con la voz quebrada por el impacto—. Mi madre murió cuando yo tenía tres años. Mi padre me dejó en un internado de la beneficencia en Iztapalapa antes de desaparecer. Yo no tengo familia. ¡No tengo a nadie!

El fiscal Ramírez suspiró con pesadez, manteniendo la vista fija en el asfalto mojado.

—Eso es lo que le hicieron creer toda su vida, Renata. La historia oficial que consta en el registro civil fue alterada hace veinticuatro años. Elena Valdés no solo está viva, sino que es la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valdés Internacional, uno de los conglomerados financieros más poderosos y oscuros de América Latina.

Renata miró la pantalla de su teléfono. El mensaje de texto seguía ahí, estático, amenazante en su sencillez:

“Buen trabajo con los Ibarra, hijita. Ya cumplieron su función. Ahora es momento de que regreses a casa con tu verdadera familia.”

El pulso le retumbaba en los oídos como un tambor de guerra.

—Si ella es mi madre… ¿por qué me abandonó en un orfanato de Iztapalapa? ¿Por qué me dejó crecer entre la carencia y el desprecio? —preguntó Renata, apretando el teléfono contra su pecho con una mezcla de rabia y terror—. ¡¿Y qué tiene que ver ella con los Ibarra?!

—Según las transcripciones bancarias y los correos encriptados que logramos recuperar del servidor central de Alonso —explicó Ramírez, deteniendo el auto frente a una luz roja—, la familia Ibarra estaba al borde de la bancarrota absoluta hace siete años. Tu supuesta suegra, Doña Evangelina, le debía decenas de millones de dólares a inversionistas muy peligrosos.

El fiscal hizo una pausa estratégica y miró a Renata a través del espejo retrovisor.

—Fue entonces cuando Elena Valdés se puso en contacto con ellos. Les ofreció un trato: ella inyectaría capital fresco para salvar el apellido Ibarra y limpiar sus deudas, a cambio de una sola condición.

—¿Cuál? —preguntó Renata en un hilo de voz, aunque en el fondo de su alma ya intuía la devastadora respuesta.

—Que Alonso te buscara. Que enamorara a la joven contadora huérfana de Iztapalapa, que se casara contigo y que te convirtieran en la cara visible de Ibarra Financiera. Ellos debían entrenarte, usar tu firma y preparar el terreno para que, cuando el fraude fiscal fuera inevitable, toda la responsabilidad penal recayera sobre ti.

Un escalofrío violento recorrió la columna vertebral de Renata.

Toda su vida de casada, cada beso de Alonso, cada cena familiar donde Doña Evangelina la humillaba haciéndola sentir inferior, cada palabra condescendiente… nada de eso había sido casualidad. No era simplemente que la odiaran por ser de un barrio humilde; la odiaban y la humillaban porque sabían que solo era una marioneta, una pieza sacrificable en un tablero de ajedrez diseñado por su propia madre biológica.

Incluso la humillación de esta noche, la violencia de hundir su cara en el pastel de aniversario, había sido el detonante planeado para obligarla a reaccionar y entregar las pruebas que destruirían a los Ibarra en el momento exacto en que Elena Valdés lo necesitaba.

—Me utilizaron… —susurró Renata, sintiendo cómo las lágrimas, esta vez de pura furia, le quemaban las mejillas—. Todos me utilizaron. Los Ibarra para salvarse de la ruina… y mi propia madre para destruir a los Ibarra sin ensuciarse las manos.

—Elena Valdés usó a los Ibarra como un escudo térmico —asintió Ramírez con severidad—. Quería eliminar a una familia rival en el sector financiero y, al mismo tiempo, probar si tú tenías el carácter suficiente para sobrevivir al fuego. Ella no quería una hija débil. Quería una heredera capaz de destruir a sus enemigos.

El teléfono de Renata volvió a sonar. Esta vez no fue un mensaje. Era una llamada entrante desde un número privado.

El silencio dentro del vehículo se volvió sepulcral.

—Conteste —sugirió Ramírez en tono bajo—. Tenemos la línea intervenida. Si habla lo suficiente, podremos rastrear su ubicación exacta.

Renata respiró hondo. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, ajustó su postura y, con una entereza que ni ella misma sabía que poseía, deslizó el botón verde para contestar la llamada. Puso el altavoz.

—¿Hablo con mi brillante hija? —resonó una voz femenina, pausada, elegante y carente de cualquier tipo de calidez humana.

Renata apretó los puños.

—No sé quién eres —respondió Renata con voz firme y helada—. Pero si crees que después de lo que me hiciste pasar voy a atender a tus llamados, estás completamente loca.

Una risa suave y cristalina sonó al otro lado de la línea.

—Oh, Renata… tienes exactamente la misma entonación de voz que yo cuando tenía tu edad. Tan fiera, tan orgullosa. Ver cómo le asestaste esa bofetada a esa arpía de Evangelina Ibarra me trajo tan hermosos recuerdos. Esa familia de mediocres merecía caer de la manera más humillante posible.

—¡Me usaste! —sentenció Renata, aplastando las palabras con rabia—. ¡Permitiste que esa mujer me pisoteara durante seis años! ¡Permitiste que Alonso jugara conmigo!

—Te entrené —corrigió Elena sin perder la compostura—. Te puse en la fragua para ver de qué estabas hecha. Si te hubiera dejado en la comodidad de mi imperio, serías una niña mimada e inútil como los primos de Alonso. Necesitabas aprender a odiar, Renata. Necesitabas aprender cómo se siente el barro en la cara para desear, con cada fibra de tu cuerpo, estar en la cima. Y hoy demostraste que estás lista.

—No estoy lista para nada que venga de ti. Voy a entregarte a la fiscalía. El fiscal Ramírez está a mi lado y tiene todo para destruirte a ti también.

Hubo una breve pausa en la línea. Luego, Elena suspiró con falsa pena.

—Ah, el querido fiscal Ramírez… Un hombre honesto, sin duda. Pero tan ingenuo. Revisa su bolsillo derecho, Renata.

Renata miró fijamente la nuca del fiscal Ramírez. El hombre, sorprendido, se llevó la mano al bolsillo derecho de su saco. De él sacó una placa de policía… y un sobre blanco sellado con un holograma dorado del Grupo Valdés.

El fiscal Ramírez palideció al instante. Frenó el auto en seco al borde de la avenida.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceó el fiscal, abriendo el sobre con manos temblorosas. Dentro había un cheque al portador por una cifra astronómica y una fotografía de su propia hija pequeña saliendo del colegio.

—Como verás, mi querida Renata —continuó la voz de Elena a través del altavoz del teléfono—, en este mundo no hay héroes ni salvadores. El fiscal Ramírez trabajó para mí desde el primer día. Él fue quien aseguró que las pruebas contra los Ibarra fueran perfectas y que tú salieras ilesa del arresto. Todo ha sido un libreto escrito por mí.

El fiscal Ramírez miraba la foto de su hija con el rostro bañado en sudor frío, incapaz de articular palabra, atrapado en la red de la mujer más peligrosa del país.

—Ahora, Renata —dijo Elena con un tono imperioso que no admitía réplica—, mira hacia tu izquierda.

Renata giró lentamente la cabeza hacia la ventanilla del auto.

Acompañando al vehículo en medio de la lluvia, una limusina negra de cristales blindados se detuvo a escasos centímetros. La ventanilla trasera descendió un par de dedos, permitiendo entrever los ojos grises y fríos de la mujer de la fotografía.

—Baja del auto del fiscal —ordenó Elena por el teléfono—. Si lo haces, la hija de Ramírez llegará a salvo a su casa esta noche, los Ibarra se pudrirán en la cárcel para siempre y tú tomarás el lugar que te corresponde a mi derecha. Si te niegas… bueno, sabes perfectamente de lo que soy capaz.

Renata miró al fiscal Ramírez, quien la observaba con los ojos suplicantes de un hombre destruido por la extorsión. Miró el sobre rojo en su regazo. Miró la limusina negra.

Comprendió en ese instante que la batalla contra la familia de su esposo apenas había sido el prólogo. El verdadero monstruo no era Doña Evangelina ni Alonso. El verdadero monstruo llevaba su misma sangre.

Con una serenidad aterradora, Renata tomó su bolso, guardó la memoria USB con las pruebas de los Ibarra y colocó la mano sobre la manija de la puerta.

—Voy a bajar —dijo Renata al teléfono, fijando su mirada en los ojos grises que la observaban desde la limusina—. Pero escucha muy bien lo que te voy a decir, Elena.

—Te escucho, hijita.

—Entraré en tu coche. Aceptaré tu imperio. Pero no pienses ni por un segundo que soy tu heredera.

Renata esbozó una sonrisa helada, idéntica a la que le mostró a Alonso antes de que la policía lo derribara sobre el pastel.

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—Voy a aprender todo lo que sabes… y luego te voy a quitar absolutamente todo.

Sin esperar respuesta, Renata abrió la puerta del auto y se adentró en la tormenta, caminando con paso firme hacia la limusina donde su verdadera pesadilla estaba a punto de comenzar.

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