Capítulo 6: El beso de la víbora

Capítulo 6: El beso de la víbora

El aire se extinguió por completo en los pulmones de Renata.
El cuero negro del guante de Elena descansaba sobre la piedra a escasos centímetros de su rostro. Podía sentir el calor corporal de su madre, el aroma sofocante de jazmín que emanaba de su ropa y la presencia de una depredadora que jamás daba un paso en falso.
Renata apretó el bolígrafo de acero en su manga. Su cerebro contable, acostumbrado a analizar escenarios de alto riesgo bajo presión extrema, procesó las opciones en una fracción de segundo: si atacaba, los dos guardias armados de la sala médica adyacente la acribillarían antes de que pudiera salir del sótano. Si se paralizaba, su destino estaba sellado para la mañana siguiente.
Así que hizo lo único que Elena no esperaba de una presa acorralada: sonreír y dar un paso al frente por su propia voluntad.
—Me tomó exactamente cuatro minutos encontrar las inconsistencias en los registros de seguridad de tu mansión —dijo Renata, saliendo del pilar con una elegancia serena y desafiante, acomodándose la solapa de su abrigo—. Para ser la mujer más poderosa del país, tus guardias del sótano son sorpresivamente predecibles.
Elena giró el cuerpo despacio. Sus ojos grises, fijos en su hija, no mostraron sorpresa ni enfado; por el contrario, una chispa de macabra satisfacción brilló en su mirada.
—Escuchar detrás de los pilares… Qué hábito tan vulgar, Renata —dijo Elena, bajando la mano con lentitud—. Pero supongo que escuchaste lo suficiente para entender cómo funciona el mundo real.
—Escuché que trajiste a Evangelina secuestrada para extorsionarla —respondió Renata, manteniendo una distancia prudente—. Y escuché que planeas deshacerte de mí mañana después de la reunión de consejo.
Elena dejó escapar una risa suave, modulada, que resonó en el pasillo de piedra como el eco de una copa de cristal al romperse.
—Oh, mi niña ingenua… ¿De verdad creíste que el plan era matarte camino al aeropuerto? —Elena dio un paso hacia ella, tocando con la yema de sus dedos enguantados la mejilla de Renata, exactamente donde horas antes Evangelina le había empujado la cara contra el pastel—. Esa llamada telefónica era para ti. Sabía que me estabas siguiendo desde que saliste de tu habitación. Sabía que Valeria te azuzaría con la historia de la bóveda. Yo misma dejé abierta la puerta del ascensor de servicio.
El estómago de Renata se contrajo en un nudo helado.
—¿Un simulacro? —murmuró.
—Una prueba de lealtad y de instinto —corrigió Elena, entrelazando las manos a la altura de su cintura—. Quería ver si corrías como una rata asustada a buscar ayuda con la policía o si venías aquí a confrontar al monstruo cara a cara. Los mediocres huyen, Renata. Los verdaderos líderes caminan directo hacia el fuego.
—No te tengo miedo, Elena.
—No deberías tenerme miedo, deberías estar aprendiendo —replicó Elena con un tono repentinamente feroz—. Evangelina Ibarra destruyó a tu padre hace veinticuatro años. Lo empujó al suicidio, compró sus deudas por un centavo y convirtió tu infancia en una pesadilla. Yo no secuestré a esa mujer por codicia; la traje aquí para que sea ella quien te entregue, de su propia mano y entre lágrimas, el control absoluto de todo lo que le quitó a nuestra familia.
Elena hizo un ademán hacia la puerta de la sala médica.

—Entra, Renata. Mira a tu suegra. Mira a la mujer que te humilló frente a todos esta noche.
Renata vaciló un segundo. Luego, empujó la puerta y caminó hacia el interior de la habitación.
Sobre la cama metálica, iluminada por la luz fría de los monitores, Doña Evangelina Ibarra parecía una sombra de la mujer arrogante que reinaba en Polanco. Tenía la cara pálida, los labios secos y los ojos desorbitados por el sedante. Cuando vio a Renata entrar, un gemido de terror ahogado brotó de su garganta.
—Re… Renata… —balbuceó la anciana, intentando levantar una mano temblorosa que estaba atada a la barandilla con una correa de cuero—. Por favor… sálvame… Esta mujer está loca… Te va a matar a ti también…
Renata se acercó lentamente a la cama. Miró los labios resecos de su suegra, los restos de maquillaje corrido en su rostro y la mejilla que aún conservaba la marca roja de la bofetada que le había asestado en el restaurante.
—Seis años, Evangelina —dijo Renata en un murmullo helado, inclinándose sobre ella—. Seis años haciéndome sentir como una cucaracha. Burlándote de mi ropa, de mi origen, de mi cocina. Permitiendo que tu hijo me usara como un trapo sucio mientras robaban millones a mi nombre.
—Fue… fue Alonso… yo no quería… —mintió Evangelina, suplicando con la mirada.
—Usted le dio la orden a Alonso de empujarme la cara al pastel esta noche —la interrumpió Renata, sin una sola gota de compasión en la voz—. Usted quería que todos vieran cómo me pisoteaba antes de mandarme a la cárcel por sus fraudes.
Elena apareció en el marco de la puerta, observando la escena con los brazos cruzados y una sonrisa victoriosa.
—Firma los papeles de cesión de activos, Evangelina —ordenó Elena desde el umbral—. Firmas todo a nombre de Renata… o le diré al doctor que aumente la dosis de anestesia y le diga a los periódicos que moriste por complicaciones de tu infarto en prisión.
Evangelina sollozó, destruida por completo. Con la mano temblorosa, tomó el bolígrafo que el médico le extendió y estampó su firma en los documentos notariales que traspasaban las acciones de Ibarra Financiera a favor de Renata.
Elena se acercó, tomó los documentos, revisó las firmas con ojo clínico y los guardó en su carpeta de piel.

—Felicidades, Renata —dijo Elena, mirando a su hija con un orgullo gélido—. Ahora eres la dueña de la familia que intentó destruirte. Mañana a las ocho de la mañana, en la reunión de consejo, anunciarás la absorción total de los Ibarra por parte de Grupo Valdés. Y Mateo y Valeria no tendrán más remedio que arrodillarse ante ti.
Dos horas más tarde, a las 6:00 AM, el sol comenzaba a despuntar sobre los rascacielos de la Ciudad de México, tiñendo el cielo de un color naranja sangriento.
Renata estaba de pie frente al espejo de su habitación en el tercer piso. Vestía el impecable traje sastre color blanco marfil. Se amarró el cabello en un moño bajo, perfecto y tirante. Ya no había rastro de la chica asustada de Iztapalapa ni de la esposa sometida de Polanco. En el espejo, reflejada con una nitidez aterradora, estaba una mujer tallada en acero y venganza.
Sacó el teléfono satelital del bolsillo interior de su saco. Marcó el número del reclusorio desde donde Alonso le había escrito horas antes.
Al otro lado de la línea, la voz de Alonso sonó desesperada, rota y exhausta.
—¿Renata? ¿Eres tú? ¡Por favor, dime que estás bien! Mi mamá… no sé dónde está mi mamá, la sacaron de la enfermería del penal a medianoche y…
—Tu mamá está viva, Alonso —dijo Renata con una voz tan neutra que parecía emitida por una máquina.
—¿Dónde está? ¡Dime dónde está! ¡Te juro que si nos ayudas a salir de esto, te daré el divorcio, te daré todo el dinero que quieras, pero sálvala!
Renata miró su reflejo en el espejo y ajustó el cuello de su blusa de seda.
—Tu mamá acaba de firmar la cesión total de tus empresas, tus propiedades, tus cuentas bancarias y tus patentes a mi nombre —informó Renata con frialdad—. Ya no tienes nada, Alonso. Tu madre es una indigente financiera y tú pasarás los próximos quince años en una celda de cuatro por cuatro por fraude fiscal y lavado de dinero.
—¡Eres una maldita monstruo! —rugió Alonso por el teléfono, rompiendo a llorar de rabia—. ¡Te convertiste en tu madre! ¡Elena te convirtió en una asesina sin alma!
—No, Alonso —corrigió Renata, esbozando una sonrisa helada frente al espejo—. Ustedes me convirtieron en esto la noche que decidieron que mi dignidad valía menos que un trozo de pastel.
Renata colgó la llamada, destruyó el chip del teléfono satelital y lo arrojó al bote de basura.
Tomó la carpeta con las auditorías de los desfalcos de Mateo, el documento de cesión de los Ibarra y caminó con paso firme hacia el ascensor que la llevaría al piso principal, donde la sala de juntas de Grupo Valdés la esperaba.
Las puertas de cristal de la sala de conferencias se abrieron de par en par a las 7:58 AM.
Alrededor de la gigantesca mesa de caoba estaban sentados los doce miembros del consejo de administración, vestiduras oscuras y rostros serios. A la izquierda, Mateo Valdés la miraba con una sonrisa burlona y confiada. A la derecha, Valeria jugaba con su bolígrafo con nerviosismo. En la cabecera, Elena presidía la mesa como una reina en su trono.

—Señores del consejo —anunció Elena levantándose con majestuosidad—. Les presento a Renata Valdés. Mi hija… y la nueva Directora Operativa de Grupo Valdés International.
Mateo soltó una risita despectiva antes de que Elena terminara de hablar.
—¿Directora Operativa? —intervino Mateo, poniéndose de pie y mirando a los consejeros—. Madre, esto es un chiste. Esta mujer estuvo casada con un estafador de poca monta y ni siquiera sabía que usaban su nombre para lavar dinero. ¿Cómo pretendes que dirija las finanzas de esta corporación? No tiene la preparación, no tiene la clase y no tiene el derecho.
Renata no esperó a que Elena la defendiera.
Caminó directamente hacia el centro de la mesa, lanzó la carpeta con la auditoría de logística justo frente al plato de Mateo y apoyó ambas manos sobre la madera brillante, inclinándose hacia él.
—Tienes tres minutos para presentar tu renuncia irrevocable, Mateo —dijo Renata con una voz que hizo temblar el agua dentro de las copas de cristal de los consejeros—. O le entrego a la Policía Federal las pruebas de los cuatro millones de dólares que desviaste este trimestre mediante facturas falsas en la flota del Pacífico.
El silencio que cayó sobre la sala de juntas fue devastador.
Mateo abrió la carpeta. Al ver las firmas, los sellos de las cuentas en Panamá y los diagramas de flujo que Renata había elaborado en la madrugada, la cara se le cubrió de un sudor frío instantáneo. Miró a su hermana Valeria pidiendo ayuda, pero Valeria apartó la mirada de inmediato.
—Tú… ¿cómo conseguiste esto? —balbuceó Mateo, perdiendo el aliento.
—Soy contadora forense —respondió Renata sin pestañear—. Y a diferencia de ti, yo sí sé trabajar.
Elena sonrió desde la cabecera, complacida por la masacre ejecutiva que acababa de presenciar.
—Firma la renuncia, Mateo —ordenó Elena con voz imperiosa—. Tu hermana tiene el mando ahora.
Mateo, temblando de furia y humillación, firmó el documento de renuncia y salió empujando la silla de la sala de juntas, destruido públicamente.
Renata tomó la cabecera ejecutiva que Mateo acababa de vaciar. Miró a los doce consejeros, que la observaban con un respeto rayano en el terror. Luego, giró lentamente la cabeza hacia su madre.
—Ahora que los incompetentes están fuera de la mesa, Elena… hablemos del segundo punto del día —dijo Renata, sacando una segunda carpeta de su bolso de mano.
Elena entrecerró los ojos. La sonrisa de su rostro se borró gradualmente.

—¿Qué segundo punto? —preguntó la matriz de la familia.
Renata desplegó un documento sellado por la Procuraduría General de la República y la Comisión Nacional Bancaria.
—La auditoría histórica de hace veinticuatro años —anunció Renata, haciendo que la tensión en la sala alcanzara un punto de ebullición—. La que prueba que tú no heredaste Grupo Valdés… sino que mandaste falsificar el testamento de mi padre, Guillermo Valdés, tres horas después de que muriera en condiciones sospechosas.
Toda la mesa ahogó un grito de asombro. Elena se puso de pie bruscamente, tirando su silla hacia atrás, con los ojos inyectados en sangre.
—¡¿Qué estás haciendo, desagradecida?! —rugió Elena, perdiendo por completo la compostura aristocrática.
Renata no se inmutó. Mantuvo la vista fija en su madre y accionó el control remoto de la pantalla gigante de la sala de juntas.
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En la pantalla apareció la orden de aprehensión emitida esa misma mañana contra Elena Valdés por homicidio calificado, falsificación de documentos y despojo de bienes.
Y en ese preciso instante, las puertas dobles de la sala de conferencias se abrieron de par en par, dejando entrar a un escuadrón de agentes federales encabezados por el mismísimo fiscal Eduardo Ramírez.