Capítulo 27: El contrato de sangre

Capítulo 27: El contrato de sangre

Seis meses después de los acontecimientos en Milán, la vida en la Ciudad de México parecía haber alcanzado un equilibrio perfecto. El Centro de Capacitación y Desarrollo Financiero Guillermo Valdés en Iztapalapa no solo se había consolidado como la institución benéfica y educativa más importante de América Latina, sino que su modelo se estaba replicando en otras ciudades del país.
Renata continuaba al frente de la fundación. Su nombre era sinónimo de transparencia, firmeza y justicia. Los periódicos y revistas financieras que años atrás la ignoraron o la calificaron de "la esposa humillada de la familia Ibarra", hoy la retrataban como la arquitecta financiera más brillante de su generación.
Sin embargo, para una mujer que había aprendido a leer el peligro en los detalles más insignificantes de un balance contable, la paz excesiva siempre olía a trampa.
Era una noche de lluvia ligera en las Lomas de Chapultepec. En el estudio principal de la mansión, el fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de caoba. Renata estaba sentada frente al escritorio que perteneció a su padre, revisando el informe de auditoría trimestral de Corporación V&S.
Gabriel Salazar entró a la habitación llevando dos tazas de té caliente. Se había quitado la corbata y traía las mangas de la camisa blanca dobladas hasta los codos.

—La comisión de arbitraje de la bolsa de valores ratificó el traspaso total de los fondos europeos —dijo Gabriel, colocando una taza frente a ella—. Alessandra, Elena y Victoria están totalmente aisladas en sus respectivos penales. Ninguna tiene acceso a activos ni a redes de comunicación.
Renata tomó la taza, pero no bebió. Sus ojos oscuros permanecían fijos en un pequeño documento de papel pergamino que reposaba a un lado de su computadora.
—Todo está demasiado limpio, Gabriel —murmuró Renata en tono meditado—. Cuando un imperio de tres décadas cae en menos de un año, el vacío de poder nunca se queda en silencio. Alguien siempre llega a reclamar el territorio.
—Investigamos cada cuenta, Renata. No queda una sola subsidiaria del Sindicato de la Orquídea activa en el mundo. La fiscalía de Ramírez cerró todos los expedientes pendientes.
—No me preocupan las cuentas del Sindicato, Gabriel —dijo Renata, levantando el pergamino—. Me preocupa esto.

Gabriel arrugó el entrecejo y tomó el papel. El pergamino, que había llegado esa misma tarde dentro de una caja de madera enviada a través de una firma de abogados de la Ciudad de México, contenía una copia fotostática de un contrato de fideicomiso privado redactado en 1985.
En la parte inferior de la última página, al lado de las firmas de Guillermo Valdés y Esteban Salazar, aparecía una tercera firma en tinta negra que nunca antes había figurado en ninguno de los archivos de la familia.
Un sello estampado en rojo decía: Fideicomiso Silencioso – Clan Mendoza.
Gabriel palideció al leer el nombre.
—Los Mendoza… —susurró Gabriel con la voz tensa—. El grupo inmobiliario que financió la compra de los terrenos de Polanco para la familia Ibarra hace cuarenta años.
—Los verdaderos dueños de la tierra sobre la que se construyó el imperio de Doña Evangelina —corrigió Renata, poniéndose de pie y caminando hacia el ventanal—. Yo pensaba que los Ibarra eran los únicos depredadores en esa mesa. Pero la familia Mendoza fue la que prestó el capital inicial a Evangelina a cambio de un pagaré perpetuo respaldado con la sangre de los descendientes Ibarra.
De pronto, el teléfono satelital sobre el escritorio comenzó a vibrar con un patrón de tono corto, insistente.

Gabriel contestó de inmediato y puso el altavoz.
—Salazar… tenemos una emergencia en el reclusorio oriente —resonó la voz agitada del fiscal Eduardo Ramírez desde el centro de mando.
—¿Qué pasó, Ramírez? —preguntó Gabriel, con la mano cerca de su arma táctica.
—Alonso Ibarra… él no se suicidó en la celda hace tres meses —reveló el fiscal con la respiración cortada—. El cuerpo que enterraron en el panteón privado era de un recluso sustituto al que le hicieron cirugía reconstructiva. Acabamos de descubrir que el registro médico fue alterado desde la oficina central de la administración penitenciaria.
Renata sintió un ligero calco en la nuca, pero su rostro no perdió la compostura de acero.
—Alonso está vivo —dedujo Renata sin que le temblara la voz.
—Sí —confirmó Ramírez—. Un comando armado lo sacó del hospital penitenciario hace dos horas usando la identidad del grupo Mendoza. Y Renata… hay algo más.
—Dime.
—Los Mendoza acaban de presentar un recurso de ejecución de hipoteca sobre la mansión de las Lomas y sobre la totalidad de los terrenos de Iztapalapa. Aseguran que la firma de tu padre en el contrato de 1985 los autoriza a embargar cualquier bien asociado al apellido Valdés si la deuda de los Ibarra no es saldada en efectivo antes de las doce de la noche.

En ese preciso instante, un trueno retumbó sobre las colinas de Chapultepec, haciendo parpadear las luces del estudio.
A través del ventanal, Renata vio cómo dos camionetas blindadas de color negro, sin placas ni distintivos, cruzaban lentamente los portones de hierro de la propiedad y se detenían en el patio principal de la mansión.
De la puerta trasera del primer vehículo bajó un hombre joven, vistiendo un abrigo de paño oscuro, apoyado en un bastón de empuñadura de oro con la figura de un felino esculpida.
Incluso en medio de la penumbra y la lluvia, Renata reconoció de inmediato la postura arrogante y los rasgos de la persona que descendía.
Era Alonso Ibarra. Pero ya no lucía como el cobarde histérico que lloraba en el suelo del almacén de Vallejo. Su rostro mostraba una cicatriz profunda en la mejilla izquierda y sus ojos reflejaban una frialdad macabra, desprovista de cualquier rasgo de humanidad.
Detrás de él bajó un hombre mayor, de cabello cano y mirada calculadora: el patriarca del clan Mendoza.

Alonso levantó la vista hacia el ventanal del segundo piso donde Renata lo observaba. Esbozó una sonrisa lenta, llena de veneno, y llevó dos dedos a la sien a modo de saludo militar.
Gabriel desenfundó su arma táctica y se colocó frente a Renata.
—No van a tocar este lugar, Renata —sentenció Gabriel.
Renata miró el reloj de plata de su padre en su muñeca. El tic-tac constante resonaba en el estudio como el tamborilero de una nueva guerra que apenas comenzaba.
—Alonso cometió el error de regresar, Gabriel —dijo Renata, ajustando el botón de su saco azul acero mientras caminaba hacia la gran escalera del vestíbulo—. Piensa que porque cambió de dueños puede volver a humillarme.

—¿Qué vas a hacer?
May you like
—Voy a bajar a recordarle a mi exmarido por qué su madre terminó en un manicomio —respondió Renata con una sonrisa helada.
(CONTINUARÁ...)