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Capítulo 13: El fantasma del pasado

Capítulo 13: El fantasma del pasado

El vuelo transatlántico de regreso a la Ciudad de México transcurrió bajo la penumbra de la cabina ejecutiva del Gulfstream G650. A diez mil metros de altura, las luces parpadeantes de las pantallas mostraban las primeras planas de los portales financieros internacionales: la caída de Aurelio de la Colina en Zúrich había enviado una onda de choque a los mercados de Madrid, Londres y Nueva York, mientras que las acciones de Corporación V&S se disparaban a niveles récord.

Renata observaba las nubes oscuras que cubrían el Océano Atlántico a través de la ventanilla. Llevaba el abrigo de lana gris sobre los hombros y sostenía una copa de agua mineral. A su lado, Gabriel revisaba los informes de seguridad enviados por el fiscal Ramírez desde la capital.

—Aurelio ya fue ingresado a la prisión de alta seguridad en Ginebra —dijo Gabriel, rompiendo el silencio—. Sus abogados han solicitado arresto domiciliario alegando problemas cardíacos, pero los jueces suizos rechazaron la petición. Las cuentas de Luxemburgo están completamente intervenidas.

Renata dio un pequeño sorbo a su copa sin apartar la mirada del abismo nocturno.

—Aurelio era solo una pieza desquiciada de la dinastía, Gabriel —murmuró ella con voz pausada—. Lo que me preocupa no es lo que él intentó hacer en Zúrich, sino las últimas palabras que dijo antes de que la policía se lo llevara.

—"Elena nunca te dejará en paz" —repitió Gabriel, endureciendo el gesto—. Esas fueron las palabras de un hombre desesperado, Renata. Elena está encerrada en el pabellón de máxima seguridad de Santa Martha Acatitla, aislada, vigilada las veinticuatro horas del día y sin acceso a teléfonos o cuentas bancarias.

—Mi madre pasó veinticuatro años construyendo un imperio sobre cadáveres y chantajes —replicó Renata, girándose hacia él con la mirada seria—. Una mujer así no depende de una llamada telefónica para ejecutar una venganza. Si algo aprendí de ella durante estas semanas, es que siempre tiene un plan de contingencia guardado en la oscuridad.

El piloto del jet anunció por el altavoz el inicio del descenso hacia el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El reloj de plata de Guillermo Valdés en la muñeca de Renata marcaba las 11:45 PM.

Una hora más tarde, una caravana de tres camionetas blindadas de color negro avanzaba por las avenidas desiertas de las Lomas de Chapultepec. La llovizna helada volvía a teñir el asfalto de un brillo plateado bajo las farolas del alumbrado público.

La caravana se detuvo frente a los imponentes portones de hierro de la residencia principal.

Aunque la mansión había sido desinfectada de la presencia de Elena y los Ibarra, el lugar conservaba una atmósfera helada, casi fúnebre.

Renata cruzó el vestíbulo de mármol acompañada por Gabriel y dos guardias de seguridad. El mayordomo principal, un hombre mayor que había servido a la familia durante décadas, se acercó de inmediato con una charola de plata en las manos.

—Señora Valdés… Señor Salazar… bienvenidos de vuelta —saludó el hombre con una reverencia respetuosa—. Espero que su viaje a Suiza haya sido próspero.

—Gracias, Tomás —dijo Renata, quitándose el abrigo—. ¿Ha habido alguna novedad en la casa durante nuestra ausencia?

El mayordomo dudó por un segundo, mirando la charola de plata que sostenía.

—Hace aproximadamente dos horas, un mensajero privado entregó un paquete sellado dirigido exclusivamente a usted, señora. El mensajero no dejó identificación y pagó la entrega en efectivo. Dijeron que era de la máxima urgencia.

Gabriel reaccionó de inmediato, interponiéndose entre Renata y la charola.

—¿El equipo de seguridad revisó el paquete con el escáner de explosivos? —exigió Gabriel.

—Sí, señor Salazar. Pasó por los protocolos de rayos X y detección química. No contiene materiales peligrosos. Solamente es una caja de madera.

Renata miró el objeto sobre la charola. Era una pequeña caja de caoba barnizada, cerrada con un cerrojo de latón antiguo. Encima de la tapa, una tarjeta de papel satinado llevaba escrita una sola palabra en caligrafía elegante y reconocible:

“Para mi heredera.”

La letra de Elena Valdés.

El corazón de Renata dio un vuelco sutil, pero su rostro permaneció inexpresivo como el mármol. Tomó la tarjeta, la rompió en cuatro pedazos y tomó la caja de caoba.

—Acompañame al estudio, Gabriel —ordenó Renata.

El estudio de la planta alta olía a libros antiguos y cuero. El gran escritorio de caoba que perteneció a Guillermo Valdés ocupaba el centro de la habitación, iluminado apenas por una lámpara de luz cálida.

Gabriel sacó una navaja táctica y abrió con cuidado el cerrojo de latón de la caja de madera.

Dentro no había cartas de amenaza ni exigencias de dinero. Sobre una cama de terciopelo negro descansaban dos objetos: una grabadora de audio antigua de cinta magnetofónica y una llave de hierro forjado con un número grabado en el mango: 314.

Renata tomó la llave. Era pesada, fría, con un diseño que no correspondía a ningún cerrojo moderno de la mansión ni de las oficinas corporativas.

—¿Un cassette? —murmuró Gabriel, arrugando el entrecejo con extrañeza—. ¿Por qué Elena usaría una grabadora analógica para enviar un mensaje?

—Porque las señales digitales se pueden rastrear y congelar por la fiscalía —respondió Renata, tomando la grabadora—. Mi madre quería asegurarse de que este mensaje llegara a mis manos sin dejar una sola huella en la red.

Renata presionó el botón de Play.

El chasquido mecánico de los engranajes resonó en el estudio, seguido por un siseo estático que duró tres segundos. Luego, la voz de Elena Valdés irrumpió en la habitación, lenta, pausada, cargada de una serenidad venenosa que hizo que el aire del estudio se volviera sofocante.

“Hola, mi niña… Si estás escuchando esto, significa que lograste vencer a tu tío Aurelio en Suiza. Debo felicitarte. Supongo que usaste la cuenta Fénix y el reloj de tu padre para despojarlo de todo. Siempre supe que tenías el talento contable para arruinar a cualquier hombre que se cruzara en tu camino.”

Renata apretó los puños contra el borde del escritorio, escuchando la grabación sin pestañear.

“Pero los negocios en Europa eran solo el tablero menor, Renata. Tú crees que ganaste. Crees que encerrarme en Santa Martha Acatitla y quitarme las acciones de la empresa fue tu gran victoria. Crees que sabes toda la verdad sobre la muerte de tu padre… Pero la verdad es una ilusión que yo misma diseñé para ti.”

Gabriel se acercó a la grabadora, atento a cada frecuencia.

“Durante veinticuatro años te hice creer que Guillermo Valdés murió envenenado por mí la noche que descubrió mi red de lavado de dinero. Dejé los informes forenses falsificados en la bóveda para que los encontraras, permití que el fiscal Ramírez me arrestara frente a los consejeros… porque necesitaba que tomaras el control absoluto de la corporación sin dudar.”

La voz de Elena en la cinta dejó escapar una risita grave, rasposa, que heló la sangre de los presentes.

“Tu padre no murió hace veinticuatro años, Renata.”

El tiempo pareció detenerse en la habitación. Renata sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.

“Guillermo Valdés descubrió lo que yo estaba haciendo, sí… pero no lo maté. Un hombre muerto no me servía de nada para acceder a las firmas biométricas de los fideicomisos internacionales. Lo mantuve sedado, aislado y declarado legalmente muerto con la complicidad de los médicos de la familia Ibarra. La llave con el número 314 que está en esa caja pertenece a la celda subterránea del Sanatorio Psiquiátrico San Gabriel, en las afueras de Toluca.”

A Renata se le cortó la respiración. Miró la llave de hierro que sostenía en la mano.

“Durante dos décadas, tu padre ha estado vivo, encerrado en la oscuridad, esperando que su pequeña hija viniera a rescatarlo. Pero apresúrate, Renata… La dosis de sedantes que los médicos le administran vencerá exactamente a las seis de la mañana de hoy. Si no llegas a tiempo con la llave para liberarlo y aplicar el reactivo, el paro cardiorrespiratorio será irreversible. Tienes cuatro horas.”

La cinta emitió un chasquido seco y la grabación se detuvo.

El silencio que cayó sobre el estudio fue abrumador.

Gabriel miró a Renata con los ojos desorbitados por el impacto.

—No… esto es una locura —exclamó Gabriel, tomando la grabadora con rabia—. ¡Es otra trampa de Elena! ¡Quiere sacarte de la ciudad a mitad de la noche para que caigas en una amboscada en la carretera a Toluca! Tu padre murió hace veinticuatro años, el expediente forense lo confirmó…

—Los informes forenses que yo encontré los puso Elena —interrumpió Renata con un hilo de voz temblorosa, mirando fijamente la llave de hierro en su palma—. Mi madre no mintió en la grabación. Ella sabía que la única forma de mantenerme atada a su juego era guardando la carta más cruel para el final.

—¡Renata, escucha la razón! —insistió Gabriel, tomándola suavemente por los hombros—. Si Guillermo Valdés está vivo, ¿por qué Elena revelaría su ubicación ahora que está en la cárcel?

—Porque si mi padre está vivo y lo rescato… el testamento original que me otorgó el setenta por ciento del paquete accionario de la corporación queda automáticamente anulado —comprendió Renata con una claridad espeluznante—. Un hombre declarado vivo recupera la titularidad de todos sus bienes. Y como Guillermo Valdés ha estado sedado durante veinticuatro años, su tutor legal designado antes de su 'desaparición' vuelve a tomar el control de la empresa.

—¿Y quién era su tutor legal designado? —preguntó Gabriel, con la frente cubierta de un sudor frío.

Renata levantó la cabeza. Sus ojos mostraban un terror puro, ancestral.

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—Doña Evangelina Ibarra.

CONTINUARÁ

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