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Capítulo 14: La ruta de las sombras

Capítulo 14: La ruta de las sombras

El reloj de plata marcaba las 2:10 AM.

La lluvia en la carretera hacia Toluca caía en cortinas espesas y oscuras, transformando el asfalto de la autopista en una pista de hielo negro. Las luces altas de las tres camionetas blindadas de Corporación V&S cortaban la niebla de la montaña con un resplandor amarillento y constante.

Dentro del vehículo principal, el ambiente era glacial.

Renata no había pronunciado una sola palabra en los últimos cuarenta minutos. Sostenía entre sus dedos la llave de hierro forjado con el número 314, sintiendo cómo la textura del metal frío le marcaba la piel de la palma. A su lado, Gabriel monitoreaba la señal GPS de las tres unidades tácticas de la Marina que el fiscal Ramírez había desplegado en secreto hacia el sanatorio.

—Faltan veinte minutos para llegar a las afueras de Toluca —dijo Gabriel en tono bajo, rompiendo el denso silencio—. El fiscal Ramírez ya confirmó que el Sanatorio Psiquiátrico San Gabriel es una institución privada que quebró hace diez años. Oficialmente está abandonado, pero las lecturas satelitales muestran que la planta baja mantiene consumo de energía eléctrica de alta potencia.

Renata giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos oscuros reflejaban el destello intermitente del mapa táctico en la pantalla.

—El consumo de energía de las máquinas de soporte vital —dedujo Renata en un murmullo—. Durante veinticuatro años, Elena pagó a médicos corruptos para mantener a mi padre en un coma inducido. No lo mató porque necesitaba su firma biométrica viva para las auditorías de los bancos Suizos cada cinco años.

—Y colocó a Evangelina Ibarra como tutora legal secundaria antes de desaparecer —agregó Gabriel con la mandíbula apretada—. Todo estaba fríamente calculado. Si tú destruías a Elena, la reaparición de tu padre dejaría la empresa bajo el control de la familia Ibarra nuevamente. El contrato de tutoría que Evangelina firmó hace dos décadas sigue vigente en los registros notariales.

—Por eso Evangelina no habló cuando la arrestamos en el sótano —dijo Renata, uniendo las piezas de la conspiración con la precisión de un cirujano—. La vieja sabía que Elena tenía esta última carta. Aceptó ir a la cárcel un par de semanas porque sabía que, al revelarse que Guillermo está vivo, sus abogados tramitarían su liberación inmediata como tutora de un incapacitado multimillonario.

—Pero Evangelina está bajo custodia médica en el hospital central —recordó Gabriel.

Renata sacó su teléfono privado.

—Revisa la custodia del hospital, Gabriel. Ahora mismo.

Gabriel arrugó el entrecejo y marcó de inmediato la línea directa del comandante de la Policía Federal asignado a la guardia del hospital central.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Solo estática respondió del otro lado.

Gabriel palideció.

—No contestan.

—Ya no está ahí —sentenció Renata con una helada compostura—. Alonso y Evangelina montaron un espectáculo de debilidad para que los médicos la trasladaran a un hospital de menor seguridad. Los abogados de la familia Ibarra presentaron el recurso de tutoría ante un juez penal hace tres horas, aprovechando que el fiscal Ramírez estaba concentrado en nuestra llegada de Suiza.

Gabriel golpeó el descansabrazos con rabia.

—¡Esos infelices están yendo al sanatorio en este preciso momento!

—No están yendo a rescatar a mi padre, Gabriel —corrigió Renata, fijando la mirada en la carretera envuelta en niebla—. Van a asegurarse de que las seis de la mañana lleguen sin que la celda 314 se abra. Si mi padre muere de un paro cardiorrespiratorio 'natural' antes de ser liberado, la tutoría se convierte en sucesión hereditaria automática a favor de los Ibarra por el contrato de fideicomiso que Elena firmó.

—Acelere —ordenó Gabriel al chofer con voz de mando—. ¡Acelere ahora mismo!

El chofer pisó el acelerador a fondo. El motor rugió y la camioneta blindada se lanzó a más de ciento sesenta kilómetros por hora entre la niebla nocturna de la sierra.

A las 3:45 AM, la caravana se detuvo en un camino de terracería rodeado por un denso bosque de pinos.

Al fondo, oculto tras unos muros altos de piedra cubierta de musgo y alambre de púas, la silueta tenebrosa del Sanatorio Psiquiátrico San Gabriel se recortaba contra el cielo plomizo. El edificio, una estructura de tres pisos de estilo neoclásico en ruinas, parecía un fantasma olvidado en medio de la nada.

Un portón de hierro destruido permanecía entornado. En el suelo barroco, las marcas frescas de las llantas de dos vehículos de gran tonelaje delataban que alguien había ingresado pocos minutos antes.

Gabriel desenfundó su arma táctica y dio la señal a los cuatro agentes especiales que los acompañaban.

—Equipo Bravo, cubran el perímetro trasero —ordenó Gabriel por el radio—. Nadie entra, nadie sale. Renata… te quedas en el vehículo con el chofer hasta que aseguremos el edificio.

Renata tomó la llave de hierro número 314 y la guardó en el bolsillo interior de su abrigo. Miró a Gabriel a los ojos con una firmeza que no admitía discusiones.

—Mi padre ha esperado veinticuatro años en esa celda, Gabriel. No voy a quedarme en una camioneta a esperar que alguien me diga si sigue respirando.

Gabriel suspiró con resignación, sabiendo que era imposible detener a la mujer en la que se había convertido.

—Pegada a mi espalda —advirtió él, cargando su arma con un sonido seco—. Y al primer disparo, te cubres.

Avanzaron en silencio a través del patio principal, donde la hierba alta y los escombros de concreto obstruían el paso. El olor a humedad, medicamentos vencidos y vegetación podrida impregnaba el ambiente.

La puerta principal de madera de la fachada principal había sido forzada.

Al cruzar el umbral del vestíbulo abandonado, los haces de luz de las linternas tácticas iluminaron paredes descascaradas, camillas oxidadas tiradas por el suelo y letreros de advertencia médica descoloridos por el tiempo.

De pronto, un gemido agudo y lejano resonó desde las profundidades del edificio, descendiendo por las escaleras de servicio.

—Viene del sótano —susurró el capitán del equipo táctico, ajustando su visor nocturno.

Descendieron sigilosamente por una escalera de caracol de hierro forjado que conducía a las galerías subterráneas. El aire se volvió más frío, denso, cargado de un zumbido eléctrico constante: el ruido de un generador de diésel trabajando a marchas forzadas.

Al llegar al final del pasillo del sótano, los haces de luz revelaron una serie de puertas metálicas con pequeñas mirillas de cristal blindado.

Frente a la celda marcada con el número 314, dos hombres vestidos con trajes de protección biológica y armados con pistolas con silenciador intentaban manipular el panel eléctrico de la puerta.

Junto a ellos, sentada en una silla de ruedas y cubierta con una manta de piel, Doña Evangelina Ibarra observaba la escena con una sonrisa macabra en su rostro ajado. A su lado, un abogado de aspecto pulcro sostenía un maletín de piel con los documentos notariales de la tutoría.

—¡Policía Federal! ¡Tiren las armas! —retumbó la voz de Gabriel mientras el equipo táctico iluminaba directamente a los mercenarios.

Los dos hombres armados giraron violentamente para disparar, pero la respuesta de las fuerzas especiales fue instantánea y mortífera.

¡TAP! ¡TAP!

Dos disparos certeros con silenciador impactaron en los pechos de los dos mercenarios, quienes cayeron desplomados sobre el piso de concreto sin emitir un solo alarido.

El abogado soltó el maletín y levantó las manos en pánico, temblando de horror.

Doña Evangelina, sin embargo, no se inmutó. Giró la silla de ruedas lentamente hacia la luz de las linternas. Sus ojos, rodeados de ojeras profundas y llenos de una rabia senil, se fijaron en la figura de Renata.

—Llegas tarde, zorra de Iztapalapa… —escupió Evangelina con una voz rasposa, podrida por el odio—. El temporizador del soporte vital fue alterado hace diez minutos. A las cuatro de la mañana la dosis de cloruro de potasio se liberará en su torrente sanguíneo. Aunque tengas la llave… no podrás detener el sistema automático desde afuera.

Renata miró el reloj en su muñeca: 3:52 AM. Quedaban exactamente ocho minutos.

Renata no perdió un segundo en responder a las provocaciones de la anciana. Caminó a paso firme hacia la puerta blindada de la celda 314, sacó la llave de hierro de su abrigo y la introdujo en la cerradura pesada.

¡CLAC!

El mecanismo de acero rugió tras dos décadas de óxido acumulado. Renata empujó la pesada puerta de metal.

El interior de la celda estaba iluminado únicamente por la luz verde de los monitores médicos. En el centro de la habitación, sobre una cama clínica automatizada, un hombre delgado, de cabello cano y rostro pálido, yació conectado a un respirador artificial y a tres bombas de infusión intravenosa.

Renata se paralizó en el umbral.

A pesar de las arrugas, el desgaste de los años y el coma prolongado, los rasgos de aquel hombre eran inconfundibles. Era el mismo rostro sonriente de la fotografía del reloj de plata: su padre, Guillermo Valdés.

Un pitido rojo y acelerado comenzó a resonar en la pantalla de la bomba de infusión central:

ADVERTENCIA: LIBERACIÓN DE DOSIS LETHAL EN 05:00 MINUTOS.

—¡Renata! —gritó Gabriel desde el pasillo—. ¡El sistema está encriptado! Si desconectamos los tubos sin el código de anulación, el corazón se le detendrá de inmediato por el choque térmico.

Renata miró el panel de control de la máquina. Un teclado numérico pedía un código de seguridad de ocho dígitos para cancelar el proceso.

En el pasillo, Doña Evangelina comenzó a reírse con un sonido seco, desgarrador, que resonó en las paredes de piedra del sótano.

—¡Ese código solo lo sabía Elena! —chilló la anciana con crueldad—. ¡Tu madre diseñó la máquina para que nadie pudiera salvarlo si ella no estaba presente! ¡Vas a ver morir a tu padre frente a tus ojos sin poder hacer nada!

Renata miró la pantalla que marcaba 03:45 minutos. Su mente contable, capaz de encontrar patrones en la oscuridad de miles de números, comenzó a trabajar a una velocidad sobrehumana.

Elena Valdés no usaba números al azar. Toda su vida, cada contraseña, cada cuenta bancaria y cada clave de encriptación estaba vinculada a las fechas en que ejecutó sus grandes traiciones.

Renata recordó el reloj de plata de su padre. Recordó la hora exacta en que el mecanismo se había detenido hace veinticuatro años: 03:15. Y recordó la fecha en que Elena la entregó al orfanato de Iztapalapa: 12 de octubre.

0-3-1-5-1-0-1-2

Con dedos firmes y helados, Renata digitó los ocho números en el panel táctil de la máquina.

¡BEEP!

El pitido rojo de advertencia se detuvo instantáneamente. Un mensaje en verde iluminó la pantalla:

PROCESO DE INFUSIÓN CANCELADO. SISTEMA REINICIADO.

El respirador artificial emitió un silbido suave y rítmico, estabilizando el pulso cardíaco del hombre en la cama.

En el pasillo, la risa de Doña Evangelina se congeló. La anciana abrió la boca en un gesto de incredulidad absoluta, mientras el abogado a su lado caía de rodillas, completamente derrotado.

Renata se acercó a la cama. Con manos temblorosas, tomó la mano flaca y fría de su padre.

En ese preciso instante, los párpados del hombre temblaron levemente. Lenta, muy lentamente, los ojos de Guillermo Valdés se abrieron por primera vez en veinticuatro años, fijando su mirada confusa en el rostro de la mujer que estaba frente a él.

—Re… Renata… —susurró el hombre en un hilo de voz casi imperceptible.

Lágrimas silenciosas corrieron por las mejillas de Renata, pero en su rostro se dibujó una sonrisa de victoria absoluta.

Gabriel entró a la celda, mirando la escena con una emoción profunda, antes de volverse hacia el pasillo donde la policía rodeaba a Evangelina Ibarra.

—El fiscal Ramírez está afuera con las ambulancias médicas de la Marina —informó Gabriel—. Evangelina Ibarra será trasladada directamente al pabellón psiquiátrico del penal de Santa Martha. Esta vez, sin derecho a ninguna tutoría ni beneficio legal.

Renata se inclinó sobre su padre, besándole la frente con ternura.

—Ya estás a salvo, papá —susurró Renata—. Se acabó la pesadilla.

Sin embargo, en ese preciso momento, el teléfono satelital que Gabriel llevaba en el chaleco táctico emitió una alerta de máxima prioridad.

Gabriel contestó la llamada. Escuchó durante cinco segundos antes de que su rostro se tornara de una palidez cadavérica.

—¿Qué pasó, Gabriel? —preguntó Renata, incorporándose de inmediato.

Gabriel la miró con los ojos abiertos de par en par, sosteniendo el teléfono con la mano temblorosa.

—Renata… hubo una explosión en el pabellón de máxima seguridad de Santa Martha Acatitla hace diez minutos.

Renata sintió que el aire se le congelaba de nuevo.

—¿Elena?

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—Elena no estaba en la celda —informó Gabriel con la voz cortada—. La mujer que estaba adentro y que murió en la explosión era una suplente con una máscara quirúrgica. Elena nunca pisó la cárcel, Renata… ¡La mujer que arrestamos en la sala de juntas era un señuelo! La verdadera Elena Valdés estuvo fuera todo el tiempo… y acaba de tomar la torre corporativa de Corporación V&S con un ejército de mercenarios.

CONTINUARÁ

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