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Capítulo 17: El eco de la cuna

Capítulo 17: El eco de la cuna

Seis meses después.

El sol del mediodía caía implacable sobre los techos de lámina y el concreto del barrio de San Miguel, en el corazón de Iztapalapa. Donde antes se levantaba un predio abandonado por el crimen organizado, hoy resplandecía la fachada moderna de cristal y estructura de acero del Centro de Capacitación y Desarrollo Financiero Guillermo Valdés.

El complejo, financiado íntegramente por la Fundación Guillermo Valdés, abría sus puertas para brindar educación contable, asesoría legal gratuita y refugio a miles de jóvenes huérfanos y mujeres sobrevivientes de violencia intrafamiliar.

Renata estaba de pie en la explanada principal.

Vestía un traje blanco perla, sencillo pero elegante, sin la rigidez de los sacos que usaba para las batallas en las salas de juntas de Polanco. A su lado, su padre, Guillermo, visiblemente recuperado y caminando con la ayuda de un bastón de empuñadura de plata, miraba la placa inaugural con los ojos empañados de orgullo.

—Pensé que jamás volvería a ver este lugar, Renata —dijo Guillermo en tono suave—. Aquí fue donde tu madre te escondió cuando era apenas una bebé.

—Aquí fue donde aprendí a sobrevivir, papá —respondió Renata, sonriendo mientras un grupo de niñas del centro la saludaba a la distancia—. Iztapalapa no es un estigma ni un insulto, como Evangelina e Ibarra pretendían hacerme creer. Fue la fortaleza que me dio la astucia para destruirlos.

Gabriel Salazar se acercó a ellos, vistiendo una camisa de lino abierta en el cuello y gafas de sol. Sostenía dos expedientes en la mano.

—La ceremonia de inauguración está lista para comenzar, directora —dijo Gabriel con un giño divertido—. Los medios de comunicación están esperando tus palabras.

—¿Alguna novedad del tribunal federal? —preguntó Renata, caminando con ellos hacia el presídium.

—Alonso Ibarra intentó tramitar un recurso de apelación esta mañana desde el penal de Santa Martha —informó Gabriel en voz baja—. Alegó inestabilidad mental debido al 'trauma' de haber perdido sus bienes. El juez tardó exactamente tres minutos en desechar el recurso. Cumplirá sus veintidós años completos tras las rejas. Evangelina, por su parte, permanece aislada en el pabellón médico; su salud mental se ha deteriorado tanto que ya no reconoce ni a su propio abogado.

Renata asintió en silencio. Las cuentas con los Ibarra estaban cerradas para siempre.

Sin embargo, al llegar al estrado para pronunciar su discurso frente a cientos de vecinos y periodistas, el teléfono personal de Gabriel vibró en su bolsillo con una señal de alerta máxima.

Gabriel miró la pantalla táctil. La alerta venía directamente de la oficina de Inteligencia de la Marina en el Caribe.

Le hizo una señal discreta a Renata antes de que ella tomara el micrófono. Renata disimuló su inquietud, pronunció un discurso impecable y breve que provocó una ovación de pie entre la gente de su antiguo barrio, y de inmediato se retiró al área VIP del centro comunitario.

En la oficina privada del complejo, Gabriel cerró la puerta con llave y conectó su tableta a la pantalla de la pared.

El fiscal Eduardo Ramírez apareció en la videollamada desde el centro de mando operativo de la Policía Federal. Su rostro reflejaba una tensión sepulcral.

—¿Qué ocurre, Ramírez? —preguntó Renata, quitándose el saco del traje perla.

La búsqueda internacional de Elena Valdés ha tomado un giro extremadamente peligroso, Renata —explicó el fiscal con voz grave—. Hace doce horas, la marina de Colombia y la Guardia Costera de los Estados Unidos interceptaron un submarino de carga en aguas internacionales cerca de la isla de Aruba.

—¿Elena estaba a bordo? —intervino Gabriel.

No —respondió Ramírez—. El submarino pertenecía al Cartel del Golfo. A bordo viajaban tres ejecutivos del Consorcio Caimán que intentaban huir a Europa. Bajo interrogatorio, confesaron que Elena Valdés no huyó al extranjero tras la toma de la torre.

Renata arrugó el entrecejo, sintiendo un leve frío recorrerle la espalda.

—¿De qué estás hablando, Ramírez? La Interpol confirmó su rastro en las Islas Caimán.

El rastro en el Caribe fue otra cortina de humo —reveló el fiscal Ramírez, mostrando una serie de imágenes térmicas y registros de entrada en la frontera sur—. Elena nunca salió de México. Pagó diez millones de dólares a la red del cartel para fingir su huida al extranjero mientras regresaba a la capital por vía terrestre hace una semana.

El silencio en la oficina se volvió denso, sofocante.

—¿Dónde está Elena ahora? —demandó Renata, apretando los puños.

No lo sabemos con certeza —admitió Ramírez con frustración—. Pero las confesiones de los tripulantes del submarino revelaron la última orden que Elena dio antes de cortar comunicaciones con la red del Caribe: 'Si no puedo gobernar la cima, voy a quemar la cuna'.

Renata abrió los ojos de par en par. Miró por el ventanal de la oficina hacia el patio central de Iztapalapa, donde cientos de personas, incluidos su padre y los niños del refugio, celebraban la fiesta de apertura del centro.

—La cuna… —murmuró Renata en un hilo de voz—. Ella no vino por las oficinas de Polanco. Vino a Iztapalapa.

En ese preciso instante, las luces del complejo comunitario parpadearon dos veces y se apagaron por completo.

Un zumbido metálico y sordo resonó desde el sótano del edificio, seguido por el sonido de las puertas electromagnéticas de emergencia cerrándose de golpe y bloqueando todas las salidas del centro.

Las pantallas de la sala de conferencias se encendieron simultáneamente, mostrando el rostro de Elena Valdés.

Esta vez no había actrices de reemplazo ni dobles de cirugía plástica. Era la verdadera Elena: despeinada, con los ojos hundidos en ojeras oscuras y una mirada de demencia absoluta que helaba la sangre. Vestía una chamarra militar verde oliva y sostenía un detonador remoto en la mano.

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—Hola, mi niña… —sonrió Elena desde la pantalla con una voz rasposa que hizo temblar las paredes—. Bienvenida de vuelta a tu verdadero hogar.

CONTINUARÁ

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