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Capítulo 4: La guarida de la loba

Capítulo 4: La guarida de la loba

La puerta de la limusina se cerró con un sonido sordo, hermético, aislando por completo el rugido de la tormenta y el ulular distante de las sirenas policiales. El interior del vehículo olía a cuero costoso, tabaco rubio y un perfume de jazmín tan penetrante que a Renata le produjo un instante de náusea.

Frente a ella, sentada con las piernas cruzadas y una copa de cristal fino con whisky en la mano, estaba Elena Valdés.

La mujer no se movió. Su mirada gris, transparente y desprovista de cualquier calidez materna, recorrió a Renata desde el cabello todavía húmedo y pegajoso por la crema pastelera hasta los dobladillos manchados de su vestido de seda.

—Límpiate —dijo Elena, indicando con un ademán indolente una toalla de lino blanco doblada sobre el asiento de piel—. Apestas a la miseria de los Ibarra y a pastel barato de Polanco.

Renata no tocó la toalla. Mantuvo la espalda recta, los hombros firmes y la mirada clavada en los ojos de la mujer que la había engendrado y luego entregado como chivo expiatorio a una familia de buitres.

—No vine aquí a ponerme cómoda, Elena —respondió Renata con una voz glacial—. Liberaste al fiscal Ramírez. Cumple tu parte del trato.

Elena dejó escapar una risita grave, rasposa por el humo. Dio un sorbo a su bebida y miró por la ventana oscurecida cómo la patrulla del fiscal Ramírez se alejaba velozmente en la noche.

—El fiscal recuperó a su hijita intacta hace cinco minutos. Yo cumplo mis promesas, Renata… cuando la gente a mi alrededor sabe cuál es su lugar. —La mujer se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. El destello de un anillo de diamantes de diez quilates cortó la penumbra del vehículo—. Dijiste hace un momento que ibas a aprender de mí para después quitarme todo. Cuéntame, ¿cómo piensas destruirme si ni siquiera sabes dónde estás parada?

—Sé perfectamente dónde estoy —dijo Renata sin parpadear—. Estoy en el auto de una cobarde que necesitó veinticuatro años y una red de fraudes para probar si su propia hija podía sobrevivir a la humillación. Pensaste que los Ibarra me romperían. Pensaste que aceptaría ser la víctima perfecta para que tu nombre quedara limpio. Pero cometiste un error.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Me dejaste estudiar contabilidad forense —sentenció Renata, inclinándose hacia ella con la misma aura amenazante—. Me dejaste ver cómo se mueven las entrañas de los números. Y si pude desmantelar en seis meses la red de noventa y seis empresas fantasma que Alonso y su madre tardaron una década en construir… imagina lo que puedo hacer con tus balances cuando tenga acceso a tus oficinas.

Por primera vez en toda la noche, una chispa de auténtico interés atravesó la mirada helada de Elena. La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa fría.

—Eso espero, hijita. Eso espero. Porque a partir de mañana a las ocho de la mañana, no vas a competir contra idiotas como Alonso Ibarra. Vas a entrar al nido de víboras de Grupo Valdés International. Y créeme, tus hermanastros no van a recibirte con flores.

El corazón de Renata dio un vuelco sutil, pero no dejó que se reflejara en su rostro.

—¿Hermanastros?

—Mateo y Valeria —dijo Elena, sirviéndose otro trago—. Los hijos que crié bajo mi techo mientras tú crecías en el orfanato de Iztapalapa. Ellos han administrado las divisiones de inversión y logística del grupo durante los últimos cinco años. Ambos saben que el apellido Valdés no se hereda por sangre, sino por capacidad de sobrevivencia. Llevan semanas sabiendo que tú regresarías si lograbas encarcelar a los Ibarra.

—Les diste mi cabeza en una bandeja de plata antes de que siquiera pisara tu casa —dedujo Renata.

—Les di la oportunidad de defender lo suyo. Si eres tan fuerte como presumes, los aplastarás y tomarás sus puestos. Si eres débil… te destruirán antes del fin de semana y me habrás ahorrado el trabajo de incluirte en mi testamento.

La limusina aminoró la marcha y cruzó unos enormes portones de hierro forjado que se abrieron automáticamente. Entraron en una residencia monumental en las colinas más exclusivas de la ciudad, un palacio de piedra oscura y ventanales blindados rodeado por un bosque privado y guardias de seguridad armados.

El vehículo se detuvo frente a la escalinata principal.

—Bienvenida a la residencia Valdés —dijo Elena, poniéndose de pie con elegancia imperial—. Ve a la habitación del tercer piso. Hay ropa limpia, un baño caliente y los expedientes financieros de las filiales que Mateo y Valeria dirigen. Tienes seis horas para memorizarlos antes de la reunión de consejo de mañana.

Renata abrió la puerta del auto. La lluvia había cesado, dejando un aire helado y limpio. Antes de subir el primer escalón, se giró hacia su madre.

—Una última pregunta, Elena.

La mujer se detuvo en el umbral de la entrada, sin girarse por completo.

—Dime.

—¿Por qué los Ibarra? —preguntó Renata, apretando el sobre rojo que aún llevaba consigo—. De todas las familias aristocráticas en ruinas con las que podías aliarte para ponerme a prueba… ¿por qué elegiste a la familia de Evangelina?

Elena giró el rostro lentamente. En la penumbra de la entrada, sus ojos grises parecieron dos trozos de hielo.

—Porque hace veinticuatro años, cuando tu padre quebró y se quitó la vida, la mujer que compró sus hipotecas y nos dejó en la calle sin un centavo fue Evangelina Ibarra —confesó Elena con un tono bajo, cargado de un rencor añejado durante décadas—. Ella te usó como servilleta esta noche, Renata… pero fui yo quien la eligió a ella para que pagara la deuda. Tú solo fuiste el instrumento perfecto.

Sin esperar respuesta, Elena se adentró en la mansión.

Renata permaneció unos segundos en la escalinata, sintiendo cómo el frío de la noche le calaba los huesos. La verdad era más retorcida de lo que jamás imaginó. No había sido un matrimonio por amor. Tampoco había sido una simple coincidencia de la vida. Todo su dolor, cada lágrima derramada en la mesa de los Ibarra, había sido parte de una vendetta familiar orquestada antes de que ella aprendiera a caminar.

Subió al tercer piso de la mansión. La habitación era gigantesca, minimalista y fría como una celda de lujo. Sobre la cama de sábanas de seda negra descansaba un traje sastre impecable de color blanco marfil y, al lado, dos gruesas carpetas de cuero con los sellos confidenciales de Grupo Valdés.

Renata no perdió un segundo. Entró al baño, dejó que el agua hirviendo lavara los restos de pastel, el sudor y la humillación de su piel hasta dejarla al rojo vivo. Se cambió, se amarró el cabello húmedo en una coleta tirante y se sentó en el escritorio frente a las carpetas.

Abrió la primera carpeta: División de Logística Marítima - Director: Mateo Valdés.

Al revisar la tercera página de los estados de cuenta, los ojos de contadora experta de Renata detectaron una anomalía de inmediato. Había un desfase constante de cuatro millones de dólares trimestrales etiquetados como "mantenimiento de flota de carga" en puertos del Pacífico. Una discrepancia burda, cubierta con facturas infladas que cualquier auditor novato pasaría por alto, pero que para ella olía a lavado de dinero a gran escala.

Sonrió en la soledad de la noche. Un destello de depredadora nació en su mirada.

—Mateo… cometiste el mismo error que Alonso —murmuró para sí misma, tomando un bolígrafo rojo y trazando una línea firme sobre las cifras falsificadas.

El sonido intermitente de una vibración la distrajo. Sobre la mesa, un teléfono celular satelital que no era el suyo comenzó a parpadear. Alguien lo había dejado dentro del cajón del escritorio.

Renata lo tomó. La pantalla mostraba un mensaje entrante de un número no registrado dentro del reclusorio norte de la ciudad.

Abrió el texto:

“Renata… soy Alonso. Mi mamá sufrio un infarto en la celda hace una hora. Está grave. No sé cómo conseguí este teléfono, pero necesitas escucharme. Elena Valdés te está mintiendo. Ella no destruyó a mi familia por venganza… ¡Ella mató a tu padre hace veinticuatro años para quedarse con su empresa! Si no sales de esa casa esta noche, tú vas a ser la siguiente.”

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Renata se quedó paralizada, sosteniendo el teléfono contra su pecho mientras el reloj de la pared marcaba las tres de la mañana.

De pronto, el pomo de la puerta de su habitación comenzó a girar lentamente desde el exterior.

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