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Capítulo 21: El dragón de Hong Kong

Capítulo 21: El dragón de Hong Kong

El silencio dentro de la oficina de Iztapalapa se volvió denso como el plomo. La voz de Victoria Valdés, transmitida desde una línea satelital en Asia, flotaba en el aire con una calidez majestuosa que ocultaba una amenaza milimétrica.

Guillermo Valdés dio un paso al frente, apretando el puño sobre la empuñadura de su bastón hasta que las articulaciones de sus dedos se tornaron blancas.

—Victoria… —murmuró el anciano con la voz quebrada por el horror—. Dios mío… estás viva.

Una risa suave, modulada y llena de un encanto aristocrático sonó al otro lado de la línea.

—Hola, mi querido hermano Guillermo —respondió la mujer desde Hong Kong—. Lamento interrumpir la conmovedora vida de caridad que construiste con tu hija en ese barrio marginal. Veinticuatro años de coma inducido parecen no haber afectado tu memoria.

Renata se colocó suavemente frente a su padre, protegiéndolo con su cuerpo mientras miraba la pantalla del teléfono.

—Tu nombre no figura en ningún registro de la familia Valdés —sentenció Renata sin que su voz temblara—. Elena borró cada rastro tuyo del árbol genealógico antes de que yo naciera.

—Elena era una sirvienta con ínfulas de reina, mi niña —corrigió Victoria con desprecio elegante—. Tu madre pensó que al casarse con Guillermo y usar la firma de los Ibarra se convertiría en la dueña del Sindicato de la Orquídea. No entendió que los verdaderos dueños del capital nunca nos exponemos en los periódicos de Polanco ni salimos en las fotos de las reuniones de consejo.

Gabriel Salazar dio un paso al frente, ajustando su arma táctica.

—Si estás en Hong Kong, Victoria, no tienes jurisdicción ni poder para tocar un solo centavo de esta fundación —intervino Gabriel—. Las cuentas de la Fundación Guillermo Valdés están blindadas por la Comisión Nacional Bancaria y por la Interpol.

—¿La Interpol? Qué tierno eres, Salazar —se burló Victoria—. Tu padre, Esteban, decía exactamente lo mismo antes de que su avión privado tuviera ese trágico problema de altitud sobre el Golfo de México. No confíes tanto en las instituciones que mi dinero financia desde antes de que nacieras.

Renat tomó el teléfono y quitó el altavoz, pegándolo a su oreja.

—Dime qué quieres, Victoria.

—Quiero lo que me pertenece por derecho de primogenitura, Renata —dijo la tía con voz firme—. La cuenta Fénix no era un fondo de reserva para huérfanas; era el corazón financiero del Sindicato de la Orquídea. Quinientos millones de dólares destinados a la expansión del consorcio en América Latina. Elena te usó para desbloquear el microchip porque ella no tenía la huella genética directa de los Valdés. Tú hiciste el trabajo sucio por mí.

—Ese dinero está invertido en escuelas, hospitales y refugios en México —respondió Renata con una frialdad implacable—. No verás un solo centavo.

—Te equivocas, sobrina —susurró Victoria con una tranquilidad aterradora—. Si no transfieres la titularidad del fondo a la terminal de Hong Kong antes de las doce de la noche de hoy… los inspectores de la aduana marítima de Manzanillo encontrarán tres toneladas de sustancias ilícitas ocultas en los contenedores de carga de la Fundación Guillermo Valdés. Y esta vez, no habrá fiscal Ramírez ni abogado en el mundo que pueda evitar que tú y tu padre pasen el resto de sus vidas en una prisión federal por tráfico internacional.

¡CLIC!

La llamada se cortó abruptamente.

El fiscal Ramírez miró a Renata con el rostro bañado en un sudor frío.

—Voy a llamar a la aduana de Manzanillo de inmediato para ordenar un cateo preventivo —dijo Ramírez, sacando su teléfono.

—No sirvió de nada, fiscal —dijo Renata, mirando la pequeña orquídea esculpida en la lámina interior del reloj de su padre—. La aduana de Manzanillo ya está bajo el control de Victoria. Ella no quiere negociar… quiere destruir la fundación antes de que el sol nazca.

Gabriel caminó hacia Renata, tomándola de las manos con una determinación feroz.

—No vamos a permitir que esa mujer destruya lo que construimos, Renata. Vamos a pelear.

Renata miró el reloj de plata en su muñeca. El tic-tac constante le recordó cada batalla ganada, cada cicatriz superada. Sonrió con la afilada serenidad de quien ha nacido para gobernar la tormenta.

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—Tienes razón, Gabriel —dijo Renata—. Victoria piensa que soy la misma chica asustada de Iztapalapa a la que Elena manipuló. Va a descubrir que las mujeres de esta familia no cedemos ante las sombras.

CONTINUARÁ

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