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Capítulo 18: La trampa de humo

Capítulo 18: La trampa de humo

El aire en la oficina privada se volvió helado. La luz de la pantalla iluminaba el rostro demacrado de Elena Valdés, cuyos ojos desprendían un brillo de locura pura.

—¿Sorprendida, Renata? —preguntó Elena a través del monitor, esbozando una sonrisa deforme—. Pensaste que tus numeritos contables y tus contactos en la Marina me mantendrían huyendo en una isla tropical el resto de mi vida. Pero olvidaste de dónde venimos. En las colinas de Polanco todo se compra con cheques; aquí en el barro de Iztapalapa, todo se paga con sangre.

Renata dio un paso hacia la pantalla, manteniendo la vista fija en la mujer que la engendró.

—Las salidas están bloqueadas —dijo Renata con una voz glacial que no mostró un solo rastro de pavor—. Hay más de doscientas personas en este centro, Elena. Niños, mujeres, mi padre… Si intentas hacer estallar este edificio, la policía no te va a llevar a una celda; te van a cazar como a un animal rabioso en la calle.

—¿Crees que me importa lo que haga la policía? —rugió Elena, perdiendo la compostura y acercando su rostro a la cámara—. ¡Me quitaste la empresa! ¡Me quitaste la cuenta Fénix! ¡Le devolviste la vida a tu inútil padre y convertiste mi legado en una escuela de caridad para indigentes! ¡Si yo no puedo tener este imperio, nadie lo tendrá!

Gabriel sacó sigilosamente su radio táctico, pero la voz de Elena resonó con un tono de advertencia mortal:

—Ni se te ocurra presionar esa frecuencia, Salazar. En el sótano de este edificio hay cuatro tanques de gas industrial que la constructora dejó para el sistema de calefacción. Mis hombres colocaron cargas plásticas de C-4 en los reguladores. Al menor intento de cortar la energía o de romper los portones por la fuerza, presiono este botón y este centro se convertirá en la pira funeraria de los Valdés.

Gabriel detuvo la mano en el cinturón, intercambiando una mirada de tensión extrema con Renata.

—¿Qué quieres, Elena? —exigió Renata en tono neutro—. Diles a tus hombres que abran los portones para que salgan los niños y la gente inocente. Yo me quedo aquí.

—Tan noble… —se burló Elena—. Exactamente igual de estúpida que tu padre. Quieres ser la mártir de Iztapalapa, ¿verdad? Muy bien. Te daré cinco minutos para que bajes sola al sótano de las calderas. Trae la llave de la cuenta Fénix y los códigos de acceso a los fideicomisos de la fundación. Si veo a un solo oficial o a Gabriel Salazar detrás de ti, presiono el detonador.

La pantalla se apaguó de golpe, dejando la habitación en una penumbra sofocante.

En el vestíbulo principal del centro comunitario, el pánico comenzaba a apoderarse de la gente al notar que las puertas metálicas de seguridad no respondían a los paneles manuales.

Guillermo Valdés, apoyado en su bastón, intentaba calmar a un grupo de niños asustados cuando vio a su hija descender por las escaleras laterales.

—¡Renata! —exclamó Guillermo, interceptándola con la voz llena de angustia—. ¿Qué está pasando? La luz se cortó y las salidas están bloqueadas…

Renata tomó las manos de su padre. Le miró los ojos cansados, los mismos ojos que habían pasado veinticuatro años en la penumbra de un sanatorio por culpa de la ambición desmedida de Elena.

—Papá, necesito que escuches con atención —dijo Renata en un murmullo firme—. Gabriel va a usar la ruta de servicio del techo para sacar a la gente por la chimenea de ventilación trasera. Necesito que guíes a los niños hacia el patio posterior en silencio.

—Renata… es ella, ¿verdad? —preguntó Guillermo, sintiendo cómo un escalofrío le recorría el cuerpo—. Elena está aquí.

—Elena se termina hoy, papá —prometió Renata, dándole un beso en la frente—. Ve con Gabriel.

Gabriel se acercó por el pasillo lateral, sosteniendo un intercomunicador de frecuencia corta que no emitía señal de radio.

—Tengo a tres hombres del equipo táctico posicionados en la azotea —susurró Gabriel a Renata—. Si bajas sola al sótano, estás caminando directo a una ejecución.

—Elena no me va a disparar hasta no tener las claves de la fundación en la mano —explicó Renata con su frialdad matemática habitual—. Sus hombres en el Caribe la abandonaron porque se quedó sin dinero. Necesita las claves para transferir los fondos antes de escapar hacia la frontera sur. Esos cinco minutos son el único tiempo que tienes para evacuar el edificio.

—No voy a dejarte sola con esa loca —insistió Gabriel, tomándola del brazo.

Renata lo miró a los ojos y esbozó una pequeña sonrisa llena de una convicción indestructible.

—No estoy sola, Gabriel. Traigo la memoria de todo lo que nos hicieron. Ahora ve y saca a mi padre.

Sin esperar réplica, Renata abrió la puerta pesada de acero que conducía a las escaleras del sótano y comenzó a descender hacia las profundidades del edificio.

El sótano de calderas olía a diésel, humedad y gas acumulado. El zumbido intermitente de las tuberías creaba un eco siniestro en el espacio de paredes de concreto crudo.

Al fondo de la galería, iluminada por la luz roja de una lámpara de emergencia, Elena Valdés esperaba de pie junto a los gigantescos tanques de gas. Tenía una pistola en la mano izquierda y el detonador remoto en la derecha. Dos mercenarios armados con fusiles de asalto montaban guardia a sus lados.

Renata caminó con paso firme, deteniéndose a cinco metros de ella.

—Veo que cumpliste tu palabra, mi niña —dijo Elena, recorriéndola con la mirada—. Sola. Sin tus protectores.

—Los códigos están aquí —dijo Renata, sacando del bolsillo interior de su saco una tarjeta de memoria plateada y el reloj de plata de su padre—. Es todo lo que necesitas para desbloquear los activos de la fundación. Suelta el detonador y déjame activar la secuencia frente a ti.

Elena soltó una risa seca, desquiciada.

—¿Crees que soy imbécil, Renata? En cuanto active esa tarjeta en tu terminal portátil, tus amigos de la Marina van a volar el techo de este sótano. No vine a negociar la mitad de la empresa. Vine a recuperar lo que es mío y a asegurarme de que aprendas tu última lección.

Elena hizo un ademán a uno de los mercenarios.

—Asegúrala a la columna de concreto —ordenó Elena con una frialdad absoluta—. Cuando la transferencia se complete, abriremos las válvulas de gas y dejaremos que este lugar arda.

El mercenario dio un paso hacia Renata con una cadena de acero.

En ese preciso instante, el reloj de plata que Renata sostenía en la mano emitió un chasquido metálico seco:

¡CLIC!

No era un mecanismo antiguo de cuerda. Era el temporizador del dispositivo de interferencia electromagnética de corto alcance que Gabriel había instalado en la caja del reloj en Zúrich.

Una onda de alta frecuencia invisible saturó la habitación.

La luz roja del detonador remoto que Elena sostenía en la mano se apagó de golpe, junto con las pantallas de las armas tácticas de los mercenarios.

—¡¿Qué demonios?! —gritó Elena, presionando compulsivamente el botón del detonador, pero el dispositivo estaba completamente muerto.

—Tú dijiste que en Polanco todo se compra con cheques y en Iztapalapa todo se paga con sangre —sentenció Renata, dando un paso al frente mientras sacaba de su manga el bolígrafo de acero pesado—. Pero olvidaste que en Iztapalapa aprendemos a pelear en la oscuridad.

¡BOOM!

La puerta de acero del sótano cayó derribada por una carga de brecha. Los haces de luz de los rifles tácticos de Gabriel y las fuerzas especiales inundaron la habitación.

—¡Marina de México! ¡Tiren las armas! —retumbó la voz de Gabriel.

Los dos mercenarios, cegados por la luz y con sus detonadores anulados, tiraron los fusiles al suelo y levantaron las manos de inmediato.

Elena, fuera de sí por la rabia de ver su último plan frustrado, levantó la pistola con la mano temblorosa apuntando directamente al pecho de Renata.

—¡Te voy a matar! —rugió Elena.

¡TAP!

Un disparo certero de silenciador resonó en el sótano. El proyectil impactó directamente en el hombro de Elena, haciendo que el arma saliera volando por los aires y se estrellara contra el piso de concreto.

Elena cayó de rodillas, sujetándose la herida sangrante y emitiendo un alarido de agonía y frustración absoluta.

Gabriel corrió hacia Renata, cubriéndola con su cuerpo mientras los agentes sometían a Elena contra el suelo, colocándole las esposas metálicas de máxima seguridad.

Renata se acercó lentamente a la mujer caída. Miró a su madre desde arriba, con la misma frialdad con la que había observado el colapso de los Ibarra.

—Se acabó, Elena —dijo Renata en un murmullo helado—. Esta vez no hay suplentes, no hay cuentas secretas y no hay escapes. Tu imperio de mentiras murió hoy en el mismo suelo de Iztapalapa donde me abandonaste.

Elena, con el rostro manchado de hollín y sangre, levantó la cabeza para mirarla con los ojos llenos de una rabia impotente.

—Me venciste… —susurró Elena con la voz quebrada.

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—No te vencí yo —corregió Renata, ajustándose el saco perla—. Te venció tu propia codicia.

CONTINUARÁ

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