Capítulo 5: Puertas cerradas, verdades amargas

Capítulo 5: Puertas cerradas, verdades amargas

El metal del pomo de la puerta crujió con un chasquido helado en medio del silencio sepulcral de la madrugada.
Renata reaccionó por puro instinto de supervivencia. En un movimiento felino y sigiloso, guardó el teléfono satelital en el bolsillo de su pantalón, cerró de golpe las carpetas de Grupo Valdés sobre el escritorio y tomó el bolígrafo de metal pesado que tenía a la mano, escondiéndolo dentro de su manga.
La puerta se abrió despacio, dejando entrar la sombra de una figura alta y delgada que se recortó contra la tenue luz del pasillo.
No era un asesino a sueldo ni su madre. Era una mujer joven, de no más de veintiocho años, dressed con un impecable traje de corte masculino color gris marengo. Tenía el cabello negro cortado en una melena asimétrica y unos ojos fríos y calculating que recordaban inevitablemente a los de Elena.
Era Valeria Valdés, su hermanastra.
—Vaya, la pequeña contadora de Iztapalapa no está durmiendo —dijo Valeria, apoyando el hombro contra el marco de la puerta y cruzándose de brazos con una sonrisa llena de altanería—. Me dijeron que te estabas preparando para el consejo de las ocho. Es tierno que pienses que vas a durar cinco minutos en esa mesa.
Renata no bajó la guardia. Mantuvo el bolígrafo oculto entre sus dedos, sintiendo cómo el metal frío le marcaba la palma de la mano.
—Valeria, supongo —dijo Renata, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Entrar a la habitación de alguien sin llamar a las tres de la mañana no demuestra superioridad. Demuestra desesperación. ¿Tan asustados están tú y tu hermano por mi llegada?
La sonrisa de Valeria se congeló por un milisegundo. Dio dos pasos lentos hacia el interior de la habitación, haciendo ressonar sus taconazos de aguja contra el piso de madera.

—¿Asustados? ¿De una marioneta a la que le hundieron la cara en un pastel de bodas hace unas horas? —Valeria dejó escapar una risita burlona, pero sus ojos permanecieron helados—. Elena te trajo aquí como un trofeo, Renata. Para recordar que ella siempre gana. Pero este imperio no es un juego de contabilidad para principiantes. Si crees que vas a quitarle la división de logística a Mateo o la de inversiones a mí, estás muy equivocada. Te mataremos financieramente antes de que termines de leer el primer reporte.
Renata dio un paso hacia ella, acortando la distancia con una compostura implacable.
—Mateo ya está muerto financieramente —soltó Renata con frialdad absoluta.
Valeria se detuvo en seco.
—¿De qué demonios hablas?
—El desfalco de cuatro millones de dólares trimestrales en la flota de carga del Pacífico —explicó Renata, señalando con la cabeza la carpeta que yacía sobre el escritorio—. Tu hermano es un torpe. Pensó que inflando las facturas de mantenimiento portuario nadie notaría las discrepancias en el flujo de caja. Mañana a las ocho, frente al consejo y frente a Elena, voy a presentar la auditoría que demuestra que Mateo ha estado desviando fondos a una cuenta privada en Panamá. ¿Quieres ser su cómplice o prefieres hacerte a un lado?
La palidez que cubrió el rostro de Valeria fue inmediata. Sus ojos volaron hacia la carpeta sobre el escritorio. Ella sabía perfectamente que Mateo estaba haciendo movimientos dudosos, pero no imaginaba que la "chica de barrio" hubiera descifrado el entramado en menos de dos horas de lectura.
—Tú… tú no sabes en lo que te estás metiendo —susurró Valeria, perdiendo por completo la arrogancia del inicio—. Elena nos puso a competir, sí, pero si destruyes a Mateo, la estructura entera de la empresa familiar se va a colapsar.

—A mí no me importa la familia Valdés —respondió Renata con voz baja y firme—. Me importa la verdad. Y ahora, si me haces el favor de salir de mi habitación, tengo un informe que terminar.
Valeria la miró con una mezcla de odio y temor disimulado. Dio un paso hacia atrás hacia la puerta, pero antes de salir, se giró levemente.
—Si de verdad te importa la verdad, deberías preguntarle a Elena por qué la fotografía de tu padre jamás estuvo en un altar familiar —murmuró Valeria con mala intención—. Ella dice que fue un suicida que la dejó en la quiebra… pero en la bóveda subterránea de esta casa hay un archivo confidencial de hace veinticuatro años que dice algo muy diferente.
Sin decir una palabra más, Valeria salió de la habitación y cerró la puerta de golpe.
El silencio volvió a instalarse en la estancia, pero el aire se había vuelto aún más pesado.
Renata sacó el teléfono satelital de su bolsillo. El mensaje de Alonso seguía brillando en la pantalla:
“Elena no destruyó a mi familia por venganza… ¡Ella mató a tu padre hace veinticuatro años para quedarse con su empresa!”
Las palabras de Alonso y la insinuación venenosa de Valeria encajaban de manera espeluznante.
¿Era posible que todo lo que Elena le había dicho en la limusina fuera una enorme cortina de humo? ¿Y si la caída de los Ibarra no era más que el cierre de un cabo suelto para silenciar a la familia que conocía la verdad sobre la muerte de su padre?
Renata miró la hora en el reloj de la pared: 3:42 AM.

Tenía poco más de cuatro horas antes de la reunión del consejo directivo. El traje blanco marfil esperaba sobre la cama, impecable, como la armadura de una guerrera a punto de entrar al matadero. Pero sabías que no podía ir a esa reunión a ciegas. Si quería sobrevivir a la trampa de Elena y a los ataques de sus hermanastros, necesitaba respuestas reales.
Y esas respuestas estaban en la bóveda subterránea de la mansión.
Guardó el teléfono satelital en su abrigo, tomó el bolígrafo de metal y salió al pasillo en penumbra.
La mansión Valdés era un laberinto de piedra, cuadros renacentistas y cámaras de seguridad con luces rojas parpadeantes. Avanzando con cautela, pegada a las paredes para evitar los sensores de movimiento que había aprendido a identificar durante sus años de contabilidad de seguridad, Renata descendió por la escalera de servicio hasta el sótano.
Al fondo del pasillo subterráneo, una enorme puerta de acero blindado con teclado numérico y escáner biométrico bloqueaba el paso. La bóveda central.
Renata se ocultó detrás de un pilar de piedra. Entrar ahí parecía imposible.
Sin embargo, a los pocos segundos, el eco de unos pasos pesados resonó en el pasillo.
Renata se pegó contra la pared, aguantando la respiración. Desde las sombras, vio aparecer a un hombre alto, maduro, de cabello cano y traje impecable. Era el médico privado de la familia Valdés, cargando un maletín negro. A su lado, dos guardias armados le abrieron paso hacia una puerta lateral que no conducía a la bóveda, sino a una habitación médica privada al final del corredor.
Cuando la puerta se abrió momentáneamente, Renata alcanzó a ver el interior.
Sobre una cama de hospital automatizada, rodeada de monitores cardíacos y tubos de oxígeno, yacía una mujer anciana, demacrada y frágil.

A pesar de su rostro desgastado por la enfermedad y los años, Renata reconoció de inmediato a la mujer. Sus ojos se abrieron con horror.
Era Doña Evangelina Ibarra.
No estaba en la celda del reclusorio norte. Tampoco había sufrido un infarto fatal. Elena Valdés la había sacado del sistema penitenciario esa misma noche mediante influencias oscuras y la tenía secuestrada en el sótano de su propia casa, conectada a soportes vitales.
En ese momento, Elena Valdés salió de la habitación médica, poniéndose un par de guantes de piel negra mientras conversaba con el doctor en tono bajo.
—Asegúrate de que no pierda el conocimiento del todo —escuchó Renata decir a su madre con una frialdad espeluznante—. Necesito que esté consciente mañana a las ocho. Evangelina va a firmar la cesión total de los activos de la firma Ibarra antes de que la regresen a la cárcel… o antes de que su corazón sufra un 'paro cardiorrespiratorio accidental'.
El médico asintió en silencio y entró a la habitación.
Elena se quedó sola en el pasillo durante unos segundos. Sacó su teléfono móvil y marcó un número.
—Habla Elena —dijo la mujer, caminando lentamente justo en dirección al pilar donde Renata estaba escondida—. La muchacha ya cayó en la trampa. Se creyó el cuento de que los Ibarra eran sus únicos enemigos. Mañana, en cuanto termine la reunión de consejo y firme los documentos de traspaso, preparen el traslado de Renata. Haremos que parezca un trágico accidente de auto camino al aeropuerto. Nadie sospechará nada.
El corazón de Renata latía con tanta fuerza que temió que Elena pudiera escucharlo a través de la piedra.
Las pisadas de Elena se detuvieron a menos de un metro de su escondite.

Un silencio aterrador se apoderó del sótano.
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De pronto, la mano enlucida de Elena con los guantes de piel se apoyó directamente sobre el borde del pilar donde Renata se ocultaba, mientras su voz resonó justo detrás de su oreja:
—Sé que estás ahí, hijita…