Capítulo 10: Fuego en Vallejo

Capítulo 10: Fuego en Vallejo

El cielo sobre la zona industrial de Vallejo se tiñó de un negro ceniza a medida que la noche caía sobre la capital. La lluvia volvió a manifestarse, no como la tormenta eléctrica de Polanco, sino como una llovizna fina y persistente que convertía los charcos de aceite y hollín del suelo en espejos oscuros.
El almacén abandonado de la familia Ibarra se erigía como una mole de concreto y lámina acanalada de tres pisos, rodeada por bodegas vacías y trailers abandonados.
A cuatro cuadras de distancia, resguardados dentro de una camioneta blindada de transporte táctico de la Marina, Renata y Gabriel ajustaban los últimos detalles del operativo.
En la pantalla táctil central del vehículo, el mapa térmico en tiempo real transmitido por los drones de reconocimiento de las fuerzas especiales mostraba la estructura interna del almacén.
—Tenemos al menos doce firmas térmicas dentro del edificio —explicó el capitán al mando de la unidad táctica, señalando los puntos rojos que parpadeaban en el monitor—. Cuatro mercenarios en el perímetro exterior con armamento pesado, seis en el nivel superior rodeando a la Sra. Elena Valdés, y dos rehenes en la planta baja.
Renata miró fijamente los dos puntos térmicos más débiles que yacían en el suelo del primer piso.
—Alonso y Evangelina —dedujo Renata en voz baja.
—El cerco está listo, contadora —aseguró el capitán—. El equipo Alfa entrará por los tragaluces del techo. El equipo Bravo volará los portones principales con explosivos de brecha. En noventa segundos tomamos el control del recinto.
—No —intervino Renata, haciendo que el capitán y Gabriel la miraran sorprendidos—. Si irrumpen con explosivos desde el exterior, el primer instinto de Elena será ejecutar a los rehenes y destruir las unidades de disco duro con la información de los servidores ocultos. Necesito que esa información se conserve intacta para desmantelar las filiales internacionales.
—Renata, es demasiado arriesgado —advirtió Gabriel, poniéndole una mano firme sobre el hombro—. Elena te quiere a ti. Si no te ve entrar por ese portón, sabrá que la emboscada está en marcha.
Renata sonrió con una frialdad calculada, ajustando la solapa de su abrigo camel sobre el traje blanco marfil que vestía desde la mañana.
—Por eso mismo voy a entrar por la puerta principal —dijo Renata.
—¡Estás loca! —exclamó Gabriel—. ¡No voy a dejar que camines directo hacia doce mercenarios armados!
—No voy a caminar sola, Gabriel —dijo ella, sacando el estuche de nogal con el reloj de su padre y el microchip de la cuenta Fénix—. Voy a entrar con la única cosa que Elena desea más que mi muerte. Les daré cinco minutos de distracción. Cuando esté frente a ella y confirme la ubicación de los servidores centrales, daré la señal. En ese momento, entran ustedes.
Gabriel la miró a los ojos, buscando algún rastro de duda o temblor en su rostro. No encontró nada. Solo una determinación de acero tallada por años de desprecio y traición.
—Cinco minutos, Renata —sentenció Gabriel con la voz tensa, entregándole un pequeño auricular de silicona indetectable que ella se colocó en el oído derecho—. A la menor amenaza directa a tu vida, ordeno el fuego a discreción.

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Dos minutos después, los pasos firmes de Renata resonaban dentro de la inmensidad del almacén abandonado.
El aire olía a moho, gasolina y polvo acumulado. La luz de unos reflectores halógenos industriales iluminaba el centro de la nave principal, proyectando sombras gigantescas contra las paredes de lámina.
En el centro del espacio, atados a dos sillas de metal oxidadas y cubiertos de polvo y sangre seca, estaban Alonso y Doña Evangelina.
Alonso tenía el ojo izquierdo hinchado y los labios partidos; el traje elegante de diseñador que llevaba en el restaurante de Polanco estaba desgarrado y manchado. A su lado, Evangelina, aún con la bata de hospital con la que fue sacada del sótano, lloraba en silencio, sin rastro alguno de la arrogancia aristocrática con la que solía humillar a su nora.
Al fondo, sobre un mezzanine de acero a cinco metros de altura, Elena Valdés permanecía de pie, rodeada por tres mercenarios armados con fusiles de asalto. Vestía un abrigo de piel negro y sostenía una copa de vino, imperturbable como una reina en su castillo de chatarra.
—Puntual como siempre, mi niña —resonó la voz de Elena, amplificada por el eco del almacén de concreto—. Sabía que la curiosidad y tu ridículo sentido de la justicia te traerían aquí.
Alonso levantó la cabeza con dificultad, mirando a Renata con los ojos abiertos de par en par.
—¡Renata! —gritó Alonso con una voz desgarrada, ahogándose con su propia saliva—. ¡Perdóname! ¡Por favor, dile que le entregas el dinero! ¡Nos van a matar! ¡Mi mamá no va a aguantar otro golpe!
Renata ni siquiera miró a Alonso. Mantuvo sus ojos fijos en la figura de su madre en el mezzanine.
—Suéltalos, Elena —ordenó Renata con voz firme, haciendo eco en las vigas del techo—. El juego era entre tú y yo. Ellos ya no tienen nada. Son dos cadáveres financieros que no le sirven a nadie.
Elena dejó escapar una risa burlona, dando un sorbo a su copa.
—¿Cadáveres financieros? Oh, Renata… Evangelina y su hijo fueron los idiotas útiles que me permitieron mantenerte oculta durante seis años mientras preparaba la toma hostil de sus activos. Pero ahora que tengo los servidores de respaldo de Ibarra Financiera detrás de mí… solo necesito tu firma para la cuenta Fénix.
Elena hizo un ademán con la mano. Dos mercenarios bajaron por la escalera de metal del mezzanine y se posicionaron a los lados de Renata, encañonándola directamente a la cabeza.
—Muéstrame el microchip —exigió Elena.
Renata metió la mano lentamente en el bolsillo interior de su abrigo. Sacó la pequeña caja de nogal, la abrió y sostuvo el microchip de plata entre el pulgar y el índice, dejando que el destello del reflector halógeno se reflejara en el metal.
—Aquí está —dijo Renata—. Quinientos millones de dólares. El legado que mi padre y Esteban Salazar dejaron para destruir tu red de lavado de dinero.
A Elena se le encendió una chispa de codicia salvaje en los ojos.
—Traélo arriba —ordenó a uno de los mercenarios—. Y asegúrate de que firme la transferencia biométrica en la laptop antes de romperle el cuello.
El mercenario dio un paso hacia Renata con la mano extendida para arrebatarle el chip.
Renata no retrocedió. Miró fijamente la cámara de seguridad interna del almacén colocada en la viga superior, donde sabía que el dron de la Marina y Gabriel estaban observando la transmisión.
Llevó el auricular de silicona en su oído a la frecuencia activa y susurró dos palabras imperceptibles para los hombres que la rodeaban:

—*Fuego ahora.*
¡BOOM!
El techo de lámina acanalada del almacén se colapsó en una explosión ensordecedora de chispas y vidrio roto cuando cuatro granadas aturdidoras de la Marina cayeron directamente sobre el mezzanine.
El destello de luz blanca y el estruendo de doscientos decibelios cegaron y ensordecieron instantáneamente a los mercenarios de Elena.
—¡Entren, entren! ¡Marina de México! —retumbó el grito de las fuerzas especiales mientras decenas de cables de rapel descendían desde los tragaluces.
En medio del caos, del humo denso y de los disparos tácticos que comenzaron a resonar en la parte superior, el mercenario que estaba frente a Renata intentó levantar su fusil para dispararle.
Renata reaccionó con la velocidad que la furia le otorgó. Sacó el bolígrafo de acero pesado que llevaba en su manga y se lo clavó con todas sus fuerzas en la yugular al mercenario. El hombre soltó un alarido de dolor, tirando la furgoneta al suelo mientras caía de rodillas sangrando profusamente.
Renata recogió el fusil del suelo, se escondió detrás de una columna de concreto y apuntó hacia el mezzanine.
A través del humo, vio a Elena Valdés corriendo desesperadamente hacia la puerta de salida trasera del segundo piso, cargando una maleta de piel con las unidades de disco duro de los servidores.
—¡Elena! —gritó Renata, haciendo que su voz cortara el ruido de las detonaciones.
Elena se detuvo en seco en el pasillo de metal elevado. Giró la cabeza lentamente. La cara de la mujer poderosa estaba manchada de hollín, su abrigo de piel desgarrado y sus ojos desencajados por la furia de ver su imperio caer por segunda vez a manos de su propia hija.
—¡Eres una maldita bastarda! —rugió Elena, sacando un revólver cromado de su bolso y apuntando directamente al pecho de Renata.
Pero antes de que Elena pudiera presionar el gatillo, el disparo seco y certero de un francotirador de la Marina desde el techo impactó directamente en la muñeca derecha de Elena.
El revólver salió volando por los aires, estrellándose contra el suelo de concreto cinco metros abajo.
Elena soltó un alarido de agonía, sujetándose la muñeca destrozada mientras caía de rodillas sobre las láminas de acero del mezzanine.
Gabriel e irrumpieron por el portón principal con las armas en alto, asegurando el perímetro y liberando a Alonso y Evangelina de sus ataduras.

Renata subió lentamente las escaleras de metal del mezzanine. Cada paso sonaba pesado, definitivo.
Llegó hasta donde Elena yacía sangrando, respirando con dificultad y mirándola con un odio puro, sin filtro.
—Ganaste… —escupió Elena con un hilo de sangre en la boca—. Ganaste, hijita… ¿Vas a dispararme ahora? ¿Vas a convertirte en una asesina como yo?
Renata bajó el fusil de asalto. Miró a la mujer que la había engendrado, destruido y manipulado toda su vida.
—No, Elena —dijo Renata con una voz helada que resonó en todo el almacén—. No te voy a disparar. Vas a vivir muchos años en una celda de alta seguridad… sabiendo que la hija de Iztapalapa a la que regalaste como chivo expiatorio es la nueva dueña absoluta de todo lo que construiste con sangre.
El fiscal Ramírez subió al mezzanine acompañado por dos oficiales, colocándole las esposas a Elena Valdés con brutal precisión.
Renata bajó del mezzanine sin mirar atrás.
En la planta baja, Alonso, llorando en el suelo mientras los paramédicos lo atendían, intentó estirar la mano para tocar el dobladillo del abrigo de Renata.
—Renata… por favor… dime que nos vas a ayudar… somos tu familia… —suplicó Alonso, temblando de miedo.
Renata se detuvo a su lado. Lo miró desde arriba, con la misma mirada con la que un juez observa a un criminal sentenciado.
—Tú dejaste de ser mi familia la noche que te reíste mientras tu madre me hundía la cara en el pastel, Alonso —sentenció Renata—. Disfruta tu condena.
Caminó hacia la salida del almacén, donde Gabriel Salazar la esperaba bajo la lluvia con un paraguas abierto.
Gabriel le ofreció el brazo. Renata lo tomó con paso firme, dejando atrás los escombros de la familia Ibarra y la sombra de Elena Valdés, lista para asumir el mando supremo del nuevo imperio financiero que ahora llevaba su nombre.
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FIN DE LA PRIMERA PARTE