Capítulo 9 - El libro que nunca ardió

Victor ordenó a sus hombres que tomaran la memoria.
Elena permaneció junto al cochecito vacío mientras dos guardias la apuntaban.
Beatrice estaba en el suelo, presionando una mano contra la herida de su hombro.
—¿Dónde está Mateo? —preguntó Elena.
Victor examinó la memoria USB.
—A salvo.
—Esa palabra no significa nada cuando sale de tu boca.
Victor sonrió.
—Te pareces a Rafael cuando era joven. Él también confundía valentía con poder.
—Y tú confundías poder con miedo.
El rostro de Victor se endureció.
Uno de los guardias registró a Elena y encontró la copia de la grabación. Se la entregó a su jefe.
—¿Crees que con esto destruirás mi empresa? —preguntó Victor—. Puedo comprar expertos que la declaren falsa, periódicos que la ignoren y políticos que cambien de tema.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Victor no respondió.
Elena había acertado. La grabación lo asustaba.
No por su contenido, sino por lo que podía conducir a descubrir.
—Quieres el libro —dijo Elena—. Después de veinticinco años todavía no sabes dónde está.
Victor se acercó.
—Tu padre robó algo que me pertenecía.
—Las pruebas de tus crímenes nunca te pertenecieron.
—Rafael no era un héroe. Vendía información a nuestros competidores. Planeaba quedarse con millones.
Beatrice soltó una risa débil desde el suelo.
—Sigues contando la misma mentira.
Victor la miró con desprecio.
—Tú deberías estar muerta.
—Lo he estado desde que me casé contigo.
Victor levantó la mano para golpearla.
Elena se interpuso.
—Tócala y nunca encontrarás el libro.
Victor se detuvo.
—¿Sabes dónde está?
Elena pensó en las palabras de su madre:
Cuando todo arde, busca donde el agua no puede entrar.
Pensó en la brújula rota, en la caja impermeable y en la casa de El Paso.
Todavía no estaba segura. Pero Victor no necesitaba saberlo.
—Sí.
—Dímelo.
—Después de recuperar a Mateo.
Victor hizo una señal.
Uno de sus hombres mostró un teléfono. En la pantalla apareció una transmisión en directo.
Mateo dormía en una habitación desconocida. Una mujer vestida de enfermera estaba junto a él.
Elena estudió cada detalle: la ventana redonda, las paredes de madera, el movimiento leve de la habitación.
No era una casa.
Era un barco.
—Está en el agua —dijo.
Victor sonrió.
—Una embarcación puede cruzar a Canadá antes de que cualquier juez firme una orden.
—Si me haces algo, nunca tendrás el libro.
—Por eso vendrás conmigo.
Se escuchó el sonido de un tren a lo lejos.
Las vías estaban abandonadas. Ningún tren debía pasar por allí.
Victor giró la cabeza.
Un foco apareció en la oscuridad.
No era un tren de pasajeros, sino una locomotora de mantenimiento que avanzaba lentamente por la vía secundaria.
Cuando llegó junto al andén, Carter saltó de la cabina.
Disparó contra las luces.
La estación quedó a oscuras.
Lucía apareció desde el vagón trasero con una cámara transmitiendo en directo.
—¡Victor Valmont! —gritó—. Todo lo que diga está siendo enviado a seis medios internacionales.
Los guardias dudaron.
Victor levantó su arma hacia Lucía.
Adrian surgió detrás de él y golpeó su muñeca. El disparo se perdió en el techo.
Elena corrió hacia Beatrice.
Carter se enfrentó a dos guardias mientras Julian, oculto fuera de la estación, llamaba a la policía estatal.
Victor empujó a Adrian contra una columna.
—Siempre fuiste débil.
—Aprendí de ti.
Adrian recibió un golpe en el rostro, pero logró mantener a su padre lejos de Elena.
Beatrice agarró el brazo de Elena.
—El barco se llama Evangeline.
—¿Dónde está?
—Puerto de Greyhaven. Debe zarpar a medianoche.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque yo coloqué a Mateo allí.
Elena la miró con furia.
—Entonces tú también lo secuestraste.
—Lo saqué de Saint Claire antes de que Victor pudiera llevárselo. Pero uno de mis hombres me traicionó y le entregó la ubicación.
—Todo esto es culpa tuya.
—Lo sé.
Beatrice sacó una llave pequeña de su collar.
—El camarote está cerrado. Esta llave abre la puerta.
Elena la tomó.
Victor consiguió apartar a Adrian y corrió hacia una salida lateral. Carter intentó detenerlo, pero uno de los guardias disparó desde el suelo.
La bala alcanzó a Carter en la pierna.
Victor escapó en un vehículo que esperaba detrás de la estación.
Los demás hombres se rindieron cuando escucharon las sirenas.
Adrian ayudó a Beatrice a ponerse de pie.
—Necesita un hospital.
—No hay tiempo —dijo Elena—. Mateo zarpará en menos de cuatro horas.
Lucía examinó la memoria que Victor había dejado caer.
—El programa se activó.
En la pantalla de su ordenador comenzaron a aparecer carpetas procedentes de los servidores privados del Grupo Valmont.
Contratos secretos.
Pagos políticos.
Informes médicos.
Documentos relacionados con Phoenix.
Y una carpeta titulada:
PROYECTO HEREDERO.
Elena la abrió.
Contenía registros sobre Mateo desde antes de su nacimiento: ecografías, análisis genéticos y planes de custodia.
En uno de los informes aparecía una alerta marcada en rojo.
Incompatibilidad genética con Adrian Valmont.
Elena leyó la frase dos veces.
—Esto es falso.
Adrian se acercó.
—¿Qué ocurre?
Elena giró la pantalla.
Su marido perdió el color del rostro.
—Mateo es tu hijo —dijo ella.
—Nunca lo he dudado.
—Alguien hizo una prueba genética.
Adrian abrió el documento completo.
La muestra atribuida a él había sido recogida seis meses antes del nacimiento de Mateo. La muestra del bebé provenía del hospital.
Resultado: cero probabilidad de paternidad.
—Victor utilizó esto para justificar el plan —dijo Lucía—. Creía que el niño no era un Valmont.
Elena recordó la obsesión de Victor por controlar al bebé.
—Si creía que Mateo no era de Adrian, ¿por qué llamarlo heredero?
Beatrice, pálida por la pérdida de sangre, observó el informe.
—Porque no buscaba al hijo de Adrian.
—¿Qué significa eso?
Beatrice cerró los ojos.
—Victor sabía que Rafael estaba vivo. También sabía que tu madre había protegido parte de su identidad.
Elena agarró sus hombros.
—Habla con claridad.
—El análisis no compara a Mateo únicamente con Adrian.
Beatrice señaló un código situado al final del informe.
Lucía buscó el número en los archivos.
La muestra de referencia pertenecía a Rafael Márquez.
Había una coincidencia genética directa entre Rafael y Mateo, exactamente la esperada entre abuelo y nieto.
—Eso solo demuestra que Rafael es mi padre —dijo Elena.
—No —respondió Lucía—. Mira este segundo marcador.
Había otra coincidencia.
Una relación de parentesco entre Rafael y Adrian.
No era una relación de padre e hijo.
Era de tío y sobrino.
Adrian se quedó inmóvil.
Beatrice comenzó a llorar.
—Rafael tenía un hermano menor —dijo—. Se llamaba Samuel.
Elena jamás había escuchado aquel nombre.
—¿Qué tiene que ver con Adrian?
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Beatrice miró a su hijo.
—Samuel Márquez fue tu verdadero padre.