Capítulo 1 - La maldición en el salón de cristal

El Salón Imperial del Hotel Beaumont resplandecía bajo doce lámparas de cristal traídas desde Venecia. Más de cuatrocientas personas, vestidas con esmóquines negros, vestidos de seda y joyas capaces de pagar una casa entera, habían acudido a celebrar el centenario del Grupo Valmont.
En el centro de aquella multitud se encontraba Elena Márquez.
Tenía veintinueve años, piel dorada, ojos color avellana y el cabello castaño recogido en un moño que comenzaba a deshacerse. Su vestido de flores pálidas había sido elegido por su suegra para que pareciera delicada, dócil y, sobre todo, inofensiva.
Pero aquella noche Elena no parecía ninguna de esas cosas.
Lloraba con una desesperación tan profunda que varios invitados apartaron la mirada.
—¡Devuélveme a mi hijo! —gritó.
Adrian Valmont sostenía al bebé contra su pecho.
Alto, de cabello negro cuidadosamente peinado y facciones europeas heredadas de su familia francesa, Adrian parecía el retrato perfecto del heredero de una dinastía. Su esmoquin no tenía una sola arruga. Su expresión, sin embargo, era fría y tensa.
El pequeño Mateo, de apenas cuatro meses, estaba envuelto en una manta gris. Sus movimientos eran débiles bajo la tela mientras su madre extendía los brazos hacia él.
—Adrian, por favor —suplicó Elena—. Está asustado. Necesita que lo amamante.
Adrian retrocedió.
—Ya no tienes derecho a acercarte a él.
Elena se quedó inmóvil.
Un murmullo recorrió el salón.
A pocos pasos, Beatrice Valmont observaba la escena con una serenidad inquietante. Tenía sesenta y tres años, cabello rubio plateado, ojos azules y un collar de diamantes que había pertenecido a una princesa belga. Su rostro no mostraba compasión.
Junto a ella estaba Victor Valmont, fundador y presidente del grupo empresarial. Era un hombre de hombros anchos, cabello blanco y una mirada que parecía medir el precio de todo lo que tocaba.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Elena.
Adrian no respondió de inmediato.
Sacó un documento del bolsillo interior de su chaqueta y lo mostró ante los invitados.
—Esta mañana, un juez emitió una orden temporal de custodia. Mateo permanecerá bajo la protección de la familia Valmont hasta que se determine si eres mentalmente apta para ser su madre.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Mentalmente apta?
Beatrice avanzó con elegancia.
—Has sufrido episodios de ansiedad, ataques de ira y comportamientos impredecibles desde el nacimiento del niño.
—Eso es mentira.
—Hay médicos que opinan lo contrario.
—¡Médicos que tú pagaste!
Dos hombres de seguridad se acercaron a Elena.
Ella miró alrededor buscando a alguien que pudiera ayudarla. Reconoció empresarios, políticos, actores y periodistas. Muchos habían cenado en su casa. Algunos la habían felicitado por el nacimiento de Mateo.
Nadie dio un paso adelante.
—Adrian —dijo Elena, bajando la voz—. Mírame.
Él evitó sus ojos.
—Mírame y dime que crees que soy peligrosa para nuestro hijo.
Adrian apretó la manta gris.
Por un instante, su máscara de frialdad se quebró. Elena creyó ver miedo en su rostro.
Pero entonces Victor colocó una mano sobre el hombro de su hijo.
Adrian levantó la barbilla.
—Creo que Mateo estará mejor lejos de ti.
Elena dejó escapar un sonido que no parecía humano.
Se abalanzó hacia el bebé, pero los guardias la sujetaron por los brazos. Ella se revolvió con desesperación.
—¡No! ¡Mateo! ¡Soy tu madre! ¡Estoy aquí!
El bebé comenzó a llorar.
Adrian se dio la vuelta.
Elena vio cómo se alejaba con su hijo mientras Beatrice sonreía ante las cámaras. Para los fotógrafos, la familia Valmont estaba protegiendo a un niño de una madre desequilibrada.
Para Elena, estaban arrancándole el corazón delante de cuatrocientas personas.
—Señora Márquez —dijo uno de los guardias—, tiene que acompañarnos.
Beatrice levantó una mano.
—Esperen.
Se acercó hasta quedar frente a Elena.
—Podríamos haber solucionado esto discretamente —susurró—. Pero te negaste a firmar los documentos.
—Querías que renunciara a mi hijo.
—Queríamos evitar un escándalo.
Elena tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.
—Esto no terminará aquí.
Beatrice sonrió.
—Ya ha terminado. No tienes dinero, no tienes contactos y, desde esta noche, tampoco tienes reputación. Tu contrato matrimonial te impide reclamar acciones de la familia. Tus cuentas están congeladas. Incluso el apartamento donde vivías pertenece a una filial del grupo.
Elena la miró fijamente.
Beatrice se inclinó hacia ella.
—Volverás a Texas sin nada. Dentro de un año, nadie recordará que fuiste esposa de Adrian Valmont.
Los invitados guardaban silencio.
Las cámaras seguían grabando.
Elena dejó de forcejear.
Su respiración se hizo más lenta.
Los guardias aflojaron ligeramente las manos, convencidos de que se había rendido.
Entonces Elena levantó el rostro.
El dolor seguía allí, pero algo más había aparecido detrás de sus ojos. Algo que Beatrice no había visto durante los cuatro años de matrimonio.
No era miedo.
Era odio.
—Tienes razón en una cosa —dijo Elena—. Yo no tengo vuestra fortuna. No tengo vuestros jueces, vuestros periódicos ni vuestros abogados.
Beatrice frunció apenas el ceño.
—Pero sé cómo construisteis este imperio.
Victor se tensó.
Elena lo vio.
Fue una reacción mínima, casi imperceptible, pero suficiente.
—No sabes nada —dijo Victor.
—Sé lo que ocurrió en Phoenix.
El color desapareció del rostro del patriarca.
Beatrice miró rápidamente a su esposo.
—¿De qué está hablando?
Elena sonrió entre lágrimas.
—Pregúntale por el almacén número catorce. Pregúntale por los trabajadores que murieron en el incendio. Pregúntale por Rafael Márquez.
Victor avanzó.
—Sáquenla de aquí.
—Durante cuatro años —continuó Elena— lavé vuestra ropa, sonreí a vuestros invitados, soporté vuestros insultos y fingí no escuchar las conversaciones detrás de las puertas. Creíais que era una mujer ignorante porque hablaba con acento cuando estaba nerviosa. Creíais que una hija de inmigrantes debía sentirse agradecida por sentarse en vuestra mesa.
Los guardias intentaron arrastrarla.
Elena clavó los talones en el suelo.
—¡Pero yo vi las transferencias! —gritó—. ¡Vi las empresas fantasma! ¡Vi los pagos a jueces, médicos y políticos!
Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.
Victor señaló las puertas.
—¡Fuera! ¡Todos los periodistas, fuera!
Demasiado tarde.
La escena estaba siendo transmitida en directo por tres canales financieros.
Elena fijó los ojos en Adrian, que se había detenido junto a la salida con Mateo entre los brazos.
—Escúchame bien —dijo—. Voy a recuperar a mi hijo.
Adrian no se movió.
—Y después voy a quemar todo vuestro imperio hasta los cimientos.
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón.
Elena señaló las lámparas, las mesas cubiertas de oro, el enorme emblema de la familia Valmont proyectado en la pared.
—No necesitaré gasolina. No tocaré una sola cerilla. Haré algo mucho peor.
Victor parecía dispuesto a golpearla.
—Haré que el mundo conozca la verdad.
Los guardias la sacaron del salón.
Al atravesar las puertas, Elena todavía escuchaba el llanto de Mateo.
En la calle, una lluvia helada cubría Manhattan. No llevaba abrigo, bolso ni teléfono. Sus zapatos se rompieron cuando bajó los escalones del hotel.
A su espalda, los invitados continuaban celebrando el aniversario de un imperio valorado en diecisiete mil millones de dólares.
Elena caminó sin rumbo durante varias calles.
En una pantalla publicitaria apareció la imagen de Beatrice Valmont abrazando a Adrian. El titular decía:
“Tragedia familiar durante la gala del siglo: los Valmont protegen a su heredero de una madre inestable.”
Elena se detuvo.
Observó su propio rostro lloroso en una esquina de la pantalla.
La habían convertido en una amenaza.
Habían planeado cada detalle.
Pero habían cometido un error.
La habían dejado viva.
Un automóvil negro se detuvo junto a la acera. Elena retrocedió, temiendo que los guardias de Victor hubieran regresado.
La ventanilla descendió.
Detrás del volante había una mujer de cabello negro, piel morena y ojos oscuros. Elena la reconoció como Lucía Vega, periodista de investigación del New York Ledger.
—Sube —dijo Lucía—. Antes de que la gente de Victor te encuentre.
Elena no se movió.
—¿Por qué quieres ayudarme?
Lucía sostuvo su mirada.
—Porque Rafael Márquez era mi padrino.
Elena sintió un golpe en el pecho.
—Mi padre murió hace veinticinco años.
—Eso es lo que los Valmont quieren que creas.
Las puertas del hotel se abrieron a lo lejos. Dos hombres de seguridad salieron bajo la lluvia.
Lucía desbloqueó la puerta.
—Tienes diez segundos para decidir si quieres seguir siendo su víctima o convertirte en la mujer que destruya su apellido.
Elena miró una última vez hacia el hotel donde tenían a su hijo.
Luego subió al automóvil.
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Mientras se alejaban, la imagen dorada del emblema Valmont desapareció detrás de la lluvia.
Y por primera vez aquella noche, Elena dejó de llorar.