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QUEMARÉ VUESTRO IMPERIO / Chapter 8 / 15

Capítulo 8 - La voz detrás de la pared

La intervención de Saint Claire apareció en todos los noticieros antes de medianoche.

Las autoridades encontraron medicamentos ilegales, historiales falsificados y documentos relacionados con al menos cuarenta y tres adopciones internacionales.

Grupo Valmont negó cualquier participación.

Victor apareció ante las cámaras acompañado por sus abogados.

—Saint Claire era una institución independiente —declaró—. Estamos horrorizados por los descubrimientos y colaboraremos plenamente con la investigación.

Elena observó la transmisión desde una casa segura perteneciente a Julian.

—Miente sin parpadear —dijo.

—Lleva cincuenta años practicando —respondió Lucía.

Las pacientes rescatadas estaban bajo protección estatal. Los bebés habían sido trasladados a un hospital público, donde se realizarían pruebas de ADN antes de devolverlos a sus madres.

Sofía Santos había identificado a dos médicos y a una trabajadora social implicados en la venta de su hijo.

Sin embargo, nadie sabía dónde estaba Mateo.

Adrian permanecía esposado a una silla.

Carter insistió en que no podían confiar en él. Julian estuvo de acuerdo.

Elena se sentó frente a su marido.

Sobre la mesa colocó la fotografía de Rafael.

—Empieza a hablar.

Adrian miró las esposas.

—¿Es necesario?

—Sí.

—Mi padre descubrió que yo investigaba Saint Claire hace seis meses. Desde entonces vigila todos mis movimientos.

—No has respondido a la pregunta.

—Encontré la fotografía en una cuenta privada de Beatrice. Junto a ella había pagos mensuales a una propiedad llamada North Harbor.

Lucía abrió un mapa.

—North Harbor pertenece a una empresa registrada en Delaware.

—La empresa es controlada por Victor —dijo Adrian—. La propiedad se encuentra en una isla privada cerca de la costa de Maine.

Elena señaló el rostro de Rafael.

—¿Por qué lo mantendría vivo?

—Porque tu padre escondió el libro original antes del incendio. Victor cree que solo Rafael sabe dónde está.

—Después de veinticinco años, ¿por qué no lo mató?

Adrian guardó silencio.

Elena comprendió que había algo más.

—Dímelo.

—Porque Beatrice no se lo permitió.

La habitación quedó en silencio.

Adrian explicó que, antes de casarse con Victor, Beatrice había trabajado como secretaria en la fábrica de Phoenix. Allí conoció a Rafael.

—Se enamoraron —dijo.

Elena sintió una presión en el pecho.

—¿Mi padre tuvo una relación con Beatrice?

—Según las cartas que encontré, sí. Querían revelar juntos los delitos de Victor. Pero Beatrice cambió de opinión cuando descubrió que estaba embarazada.

Elena miró a Adrian.

—¿Embarazada de quién?

Adrian no respondió.

La respuesta era evidente.

—Tú —susurró Elena.

Adrian bajó la mirada.

—No lo sé con certeza.

—¿Rafael podría ser tu padre?

—Las fechas coinciden. Victor y Beatrice se casaron rápidamente. Siete meses después nací yo.

Elena se levantó de golpe.

La silla cayó detrás de ella.

—Entonces tú y yo…

—No somos hermanos.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Hice una prueba genética antes de casarnos.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Antes de casarnos?

—Beatrice me contó una parte de la historia cuando supo que estaba enamorado de ti. Dijo que Rafael podía ser mi padre. Conseguí una muestra tuya y la comparé con la mía.

Elena sintió ganas de abofetearlo.

—¿Tomaste mi ADN sin permiso?

—Necesitaba saberlo.

—¿Y qué descubriste?

—No compartimos relación de hermanos ni de primos cercanos.

—Eso no demuestra que Rafael no sea tu padre.

—No. Pero Beatrice admitió después que había mentido.

Lucía intervino.

—¿Por qué mentiría sobre algo así?

—Para separarnos. Cuando no funcionó, convenció a Victor de que Elena podía saber dónde estaba el libro.

Elena caminó hasta la ventana.

Su matrimonio había comenzado dentro de una red de mentiras que existía desde antes de su nacimiento.

—¿Beatrice ama a mi padre?

—No sé si alguna vez amó a alguien —respondió Adrian—. Pero le teme a Victor y se culpa por lo ocurrido en Phoenix.

Carter apoyó una mano sobre la mesa.

—Eso no explica por qué secuestró a Mateo.

—Mi madre cree que el niño es la única persona que puede obligar a Elena y a Rafael a entregar el libro.

El teléfono desechable comenzó a vibrar.

Todos se quedaron quietos.

Elena lo tomó.

Era una videollamada.

Aceptó.

La imagen apareció oscura al principio. Después se iluminó una habitación con paredes blancas.

Beatrice estaba sentada en una silla.

Llevaba el mismo vestido que había usado durante la gala, pero ya no tenía joyas. Sostenía a Mateo entre los brazos.

Elena acercó el teléfono.

—Déjame verlo.

Beatrice giró la cámara.

Mateo dormía. Parecía sano.

—Si le haces daño…

—No quiero hacerle daño.

—Entonces devuélvemelo.

—Trae la grabación de Phoenix y la memoria USB.

Elena miró a Lucía.

—¿Dónde?

—Mañana, a las ocho de la noche. Antigua estación de tren de Blackwood. Ven sola.

—Quiero hablar con Adrian —añadió Beatrice.

Elena giró el teléfono hacia él.

Adrian se inclinó.

—Madre, esto ha terminado.

Beatrice sonrió tristemente.

—No, hijo. Apenas está comenzando.

—Victor va a matarte cuando descubra que tienes al niño.

—Victor ya lo sabe.

—Entonces estás trabajando con él.

—He trabajado para él desde que tenía veintidós años. No significa que siempre lo haga voluntariamente.

Beatrice miró directamente a Elena.

—Hay cosas que Rafael nunca te contó. Cosas que tu madre prefirió llevarse a la tumba.

—Mi padre lleva veinticinco años encerrado.

—¿Eso te dijo Adrian?

Elena observó a su marido.

Beatrice continuó:

—Tu padre no es prisionero en North Harbor.

—Estás mintiendo.

—Rafael es el dueño.

La llamada terminó.

Durante varios segundos nadie habló.

Lucía tomó el teléfono y examinó la señal.

—La llamada rebotó en tres servidores. No podemos localizarla.

Elena se volvió hacia Adrian.

—¿Qué significa que mi padre es el dueño?

—No lo sé.

—¿Has estado en North Harbor?

—No.

—Entonces solo sabes lo que encontraste en documentos que Beatrice podía controlar.

Adrian no tuvo respuesta.

Julian abrió la carpeta de registros corporativos.

—La empresa propietaria de North Harbor se llama Ashcroft Maritime. Su beneficiario real está oculto mediante un fideicomiso.

Lucía escribió el nombre en su ordenador.

—Ashcroft era el apellido de soltera de Beatrice.

Elena recordó la fotografía de Rafael sentado junto a una ventana. No parecía estar atado ni vigilado. Llevaba ropa limpia. En una mesa cercana había libros y una taza de café.

Tal vez no era un prisionero.

—Tenemos dos objetivos —dijo Elena—. Recuperar a Mateo y descubrir qué ocurre en North Harbor.

Julian negó con la cabeza.

—La estación de Blackwood será una emboscada.

—Lo sé.

—No puedes entregarles la grabación original.

—No lo haré.

Elena conectó la memoria USB a un ordenador. Creó varias copias y comenzó a modificar una de ellas.

—Les daré exactamente lo que esperan encontrar.

Lucía observó la pantalla.

—¿Qué estás preparando?

—Una puerta.

Elena insertó un programa que enviaría automáticamente todos los archivos internos del dispositivo al servidor de Lucía en cuanto fuera conectado a un ordenador de Valmont.

—Cuando intenten comprobar la memoria, nosotros entraremos en su sistema.

Carter sonrió por primera vez.

—Victor cree que está comprando silencio.

—En realidad —dijo Elena—, nos abrirá las puertas de su imperio.

A la mañana siguiente, Adrian fue liberado de las esposas, aunque Carter continuó vigilándolo.

Elena pasó el día preparando el intercambio.

A las siete de la tarde se vistió con ropa oscura y colocó una copia falsa de la grabación en el bolsillo interior de su chaqueta.

Antes de salir, Adrian la detuvo.

—No vayas sola.

—Eso es lo que Beatrice pidió.

—Mi madre nunca pide algo sin preparar tres alternativas.

Elena sostuvo su mirada.

—¿La sigues amando?

Adrian tardó en responder.

—Es mi madre.

—No pregunté eso.

—Una parte de mí todavía recuerda a la mujer que me protegía cuando Victor estaba furioso. Otra parte sabe que utilizó a nuestro hijo.

Elena abrió la puerta.

—Entonces será mejor que decidas cuál de esas mujeres es real.

La antigua estación de Blackwood estaba abandonada desde hacía décadas. Sus ventanas estaban rotas y las vías cubiertas de maleza.

Elena llegó a las ocho en punto.

Beatrice esperaba bajo el reloj detenido del andén.

Mateo estaba en un cochecito a su lado.

Elena avanzó lentamente.

—Primero, mi hijo.

—Primero, la grabación.

Elena levantó la memoria.

—Aquí está todo.

Beatrice extendió la mano.

Antes de que pudiera tomarla, un disparo resonó.

El cochecito se volcó.

Elena gritó y corrió hacia Mateo.

Beatrice cayó al suelo con sangre en el hombro.

Desde las sombras aparecieron hombres armados.

No eran agentes de Carter.

Eran los guardias personales de Victor.

Elena levantó el cochecito.

Dentro no había un bebé.

Solo otra manta y un altavoz reproduciendo el llanto de Mateo.

Victor salió de una antigua sala de espera.

—Las dos habéis sido muy decepcionantes —dijo.

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Miró a su esposa herida.

—Pero al menos una de vosotras todavía puede llevarme hasta Rafael.

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