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QUEMARÉ VUESTRO IMPERIO / Chapter 14 / 15

Capítulo 14 - El incendio final

Elena intentó abrir la puerta del túnel.

—¡Papá!

Golpeó el metal con ambas manos.

Desde el otro lado no llegó ninguna respuesta.

Adrian la sujetó por la cintura.

—Tenemos que continuar.

—Está herido.

—Y faltan menos de ocho minutos.

Elena quiso regresar, pero Lucía señaló a los agentes heridos que avanzaban con dificultad por el túnel.

—Si volvemos, todos morirán.

La decisión la desgarró.

Había pasado veinticinco años odiando la ausencia de Rafael. Después de encontrarlo, apenas había tenido tiempo para comprender quién era realmente.

No sabía si quería perdonarlo.

Pero tampoco quería verlo morir.

Aun así, siguió avanzando.

El túnel descendía bajo la isla y terminaba en una cueva junto al mar. Había dos lanchas de emergencia amarradas a una plataforma.

Adrian ayudó a subir a los agentes.

Julian encendió el primer motor.

Lucía intentó comunicarse con la Guardia Costera.

—La interferencia ha desaparecido. Vienen hacia aquí.

Elena miró el túnel.

No podía abandonar a Rafael.

—Llevaos a los heridos —dijo—. Yo esperaré en la segunda lancha.

—Me quedo contigo —respondió Adrian.

—Mateo te necesita.

—También te necesita a ti.

—Entonces asegúrate de que al menos uno de nosotros vuelva con él.

Adrian se acercó.

—No voy a obedecerte esta vez.

Antes de que Elena pudiera discutir, escucharon pasos.

Una figura apareció al final del túnel.

Era Rafael.

Caminaba apoyándose contra la pared, con una mano presionada sobre el abdomen. La sangre empapaba su camisa.

Elena corrió hacia él.

—Pensé que estabas muerto.

—Beatrice nunca fue buena apuntando cuando estaba furiosa.

—¿Dónde está ella?

—Intentando copiar los archivos.

—El edificio arderá.

—Lo sabe.

Rafael cayó de rodillas.

Adrian y Elena lo ayudaron a llegar a la lancha.

Quedaban menos de cuatro minutos.

Los primeros helicópteros de la Guardia Costera aparecieron sobre la costa.

Julian arrancó la embarcación.

La lancha se alejó de la cueva.

Elena observó la mansión situada sobre el acantilado.

Las ventanas comenzaron a iluminarse de color naranja.

—Beatrice sigue dentro —dijo Lucía.

Rafael negó con la cabeza.

—No.

Una pequeña puerta se abrió en la parte posterior de la isla.

Una lancha rápida salió disparada hacia el mar.

Beatrice estaba al volante.

Llevaba una unidad de almacenamiento colgada del cuello.

—Ha copiado los archivos —dijo Rafael.

Beatrice avanzó hacia aguas internacionales.

Una patrullera intentó interceptarla, pero la lancha cambió de dirección y atravesó una zona de rocas donde el barco más grande no podía seguirla.

—Se escapará —dijo Lucía.

Elena tomó el volante de la segunda lancha.

—No.

—Elena, espera.

—En ese dispositivo están nombres de víctimas, testigos y personas protegidas. Si lo conserva, podrá reconstruir su red.

Adrian saltó a la embarcación junto a ella.

—No vas sola.

Rafael intentó detenerlos.

—Dejad que la Guardia Costera se encargue.

Elena encendió el motor.

—Ellos no conocen estas aguas.

—Tú tampoco.

—Pero Beatrice cree que la estamos persiguiendo para recuperar los archivos.

—¿No es así?

Elena sostuvo la mirada de su padre.

—La estoy guiando.

Aceleró.

La persecución avanzó entre la niebla. Beatrice miraba constantemente hacia atrás, calculando la distancia.

Elena no intentó alcanzarla. Se mantuvo lo bastante cerca para obligarla a continuar en dirección norte.

—¿Adónde la llevas? —preguntó Adrian.

Elena recordó el mapa de North Harbor. Había visto una zona marcada como depósito antiguo.

—Hacia el canal minero.

—Está cerrado.

—Exactamente.

Beatrice entró en el canal estrecho sin darse cuenta de que terminaba frente a una barrera de piedra.

Cuando comprendió la trampa, intentó girar.

Elena colocó su lancha en la única salida.

Beatrice levantó una pistola.

—Apártate.

—Entrégate.

—¿Crees que has ganado porque controlas un fideicomiso?

—No. Gané cuando recuperé a mi hijo.

Beatrice apuntó hacia Adrian.

—Puedo quitarte otra cosa.

Disparó.

Adrian empujó a Elena al suelo. La bala pasó sobre sus cabezas.

La lancha de Beatrice chocó contra las rocas.

El dispositivo de almacenamiento cayó al agua.

Beatrice intentó saltar para recuperarlo, pero Elena se lanzó desde su embarcación y la sujetó por la chaqueta.

Ambas cayeron sobre la cubierta.

Beatrice golpeó a Elena en el rostro.

Elena respondió con el codo.

La mujer mayor era más fuerte de lo que aparentaba. Agarró el cabello de Elena e intentó empujarla hacia el borde.

—Podrías haber tenido todo —dijo Beatrice—. Solo tenías que conocer tu lugar.

Elena golpeó su brazo hasta liberarse.

—Ese fue vuestro error.

—¿Cuál?

—Creer que una mujer silenciosa es una mujer débil.

Beatrice tomó un cuchillo de emergencia.

Adrian intentó subir a la embarcación, pero ella lo amenazó con la hoja.

—Un paso más y la mato.

Elena retrocedió hasta quedar junto al borde.

—No saldrás de aquí.

—Tengo cuentas en seis países y aliados que ni siquiera Rafael conoce.

—Ya no.

—No sabes lo que contenía ese dispositivo.

—Sí lo sé.

Elena levantó su teléfono.

Antes de iniciar la persecución había activado la conexión con el sistema del fideicomiso. Cuando Beatrice copió los archivos, también copió un programa preparado por Lucía.

—En cuanto tu dispositivo entró en contacto con una red externa, envió todo a los fiscales.

Beatrice perdió su sonrisa.

—Estás mintiendo.

Lucía apareció en la pantalla del teléfono.

—Los archivos están publicados y protegidos en catorce servidores.

Beatrice miró el agua donde había caído la unidad.

Por primera vez pareció derrotada.

A lo lejos, la mansión de North Harbor explotó.

Una columna de fuego se elevó sobre la isla.

La onda expansiva cruzó el mar.

Beatrice perdió el equilibrio.

Elena pudo dejarla caer.

Durante un segundo recordó la gala, el llanto de Mateo y todos los momentos en que aquella mujer la había tratado como si no valiera nada.

Después extendió la mano.

Sujetó a Beatrice antes de que desapareciera entre las rocas.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Elena la arrastró de nuevo a la cubierta.

—Porque no voy a convertirme en ti.

La Guardia Costera llegó pocos minutos después.

Beatrice fue esposada.

Mientras la llevaban, observó el incendio que consumía North Harbor.

—Has quemado las pruebas de tu propio padre.

—No —respondió Elena—. He quemado su trono.

Cuando regresaron a la primera lancha, Rafael estaba inconsciente.

Elena se arrodilló junto a él.

Los paramédicos trabajaban para detener la hemorragia.

Rafael abrió los ojos débilmente.

—¿Los archivos?

—Están seguros.

—¿Beatrice?

—Viva.

Rafael cerró los ojos.

—Isabel habría hecho lo mismo.

—No sabes lo que habría hecho mi madre.

Él aceptó el reproche.

—No.

Elena sostuvo su mano.

—Pero todavía puedes decirme la verdad.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo.

Rafael respiró con dificultad.

—Hay una última cosa que debes saber sobre el fideicomiso.

—¿Qué cosa?

—Yo nunca fui su creador.

—Ya sé que fue mamá.

Rafael negó lentamente.

—Isabel tampoco actuó sola.

Los paramédicos lo subieron al helicóptero antes de que pudiera continuar.

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En la isla, el fuego comenzaba a apagarse bajo la lluvia.

Pero Elena comprendió que aún quedaba una última verdad escondida bajo las cenizas.

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