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QUEMARÉ VUESTRO IMPERIO / Chapter 5 / 15

Capítulo 5 - La primera chispa

Saint Claire podía ser un hospital, una escuela, una iglesia o una persona.

Durante las horas siguientes, Lucía buscó registros de propiedades, clínicas privadas y fundaciones relacionadas con los Valmont. Encontró diecinueve lugares que llevaban aquel nombre.

Elena permanecía sentada en el taller mientras Julian limpiaba los cortes de sus brazos.

—Deberías ir a un hospital —dijo él.

—Los Valmont controlan los hospitales.

—No todos.

—Solo necesitan controlar uno para encontrarme.

Julian cubrió una herida con una venda.

—¿Qué contenía la memoria?

Elena la conectó a un ordenador aislado de internet.

Aparecieron treinta y siete carpetas.

Había correos entre Beatrice y el doctor Crane, transferencias a jueces, informes manipulados y contratos vinculados a Phoenix Fourteen Holdings.

Pero faltaba el archivo más importante: la fotografía de Victor con Rafael.

—Alguien abrió la memoria después de que la escondí —dijo Elena.

Lucía se acercó.

—Adrian pudo borrar archivos.

Elena recordó el mensaje que advertía que no confiara en Lucía.

—O pudo añadirlos.

La periodista levantó una ceja.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada todavía.

Julian abrió los correos del doctor Crane.

—Esto basta para impugnar la orden de custodia.

—No basta para recuperar a Mateo —respondió Elena—. Mientras discutimos ante un juez, Victor puede sacarlo del país.

Lucía encontró una carpeta protegida mediante contraseña.

El nombre era RM_1998.

Elena probó fechas, nombres y lugares. Ninguno funcionó.

Recordó la brújula rota de su padre.

En la parte trasera tenía grabadas cuatro letras: NSEO.

Introdujo las letras.

La carpeta se abrió.

Dentro había una grabación de audio.

La voz de Victor Valmont, veinticinco años más joven, llenó el taller.

—El incendio eliminará los registros. Después culparemos al sistema eléctrico.

Otra voz respondió:

—Hay trabajadores en el turno nocturno.

—Entonces tendremos víctimas. Será más convincente.

Elena sintió que el aire abandonaba la habitación.

La segunda voz pertenecía a Beatrice.

—Rafael estará allí.

—Ese es el objetivo.

La grabación terminó.

Nadie habló durante varios segundos.

Elena cerró los ojos.

Había pasado toda su vida creyendo que su padre murió en un accidente. Ahora escuchaba a las personas que habían planeado su muerte.

—Publicaremos esto —dijo Lucía.

—No todavía.

—Elena, es una confesión.

—También es nuestra única ventaja.

Lucía golpeó la mesa.

—Cada hora que esperemos, Victor destruirá más pruebas.

—Y cada movimiento que hagamos puede poner a Mateo en peligro.

Julian intervino.

—Podemos publicar una parte de los documentos sin revelar la grabación. Algo suficiente para presionar las acciones de Valmont y obligarlos a reaccionar.

Elena miró las cuentas.

Encontró pagos a tres empresas ficticias relacionadas con contratos públicos. Si aquella información llegaba a los medios financieros, los reguladores tendrían que investigar.

—Una primera chispa —dijo.

Lucía sonrió por primera vez.

—Exactamente.

A las nueve de la mañana, el New York Ledger publicó un artículo firmado por Lucía Vega:

“Documentos secretos revelan una red de pagos no declarados dentro del Grupo Valmont.”

No mencionaba a Elena.

Incluía copias de transferencias y nombres de empresas fantasma.

En treinta minutos, las acciones de Valmont cayeron un cuatro por ciento.

A las diez, dos senadores exigieron explicaciones.

A las once, Victor apareció en televisión.

—Estos documentos son falsos —declaró—. Forman parte de una campaña de extorsión organizada por una antigua empleada emocionalmente inestable.

Aunque no pronunció su nombre, todos entendieron que hablaba de Elena.

La reacción fue inmediata.

Fotografías privadas de Elena comenzaron a circular en internet. En algunas aparecía llorando durante el embarazo. En otras discutía con Adrian.

Los vídeos habían sido editados para eliminar los insultos de Beatrice y mostrar únicamente las respuestas de Elena.

Un antiguo empleado declaró que ella había arrojado una copa contra una pared.

No explicó que Victor acababa de amenazar con despedir a Clara por permitir que Elena sostuviera a su propio bebé.

A mediodía, miles de personas llamaban a Elena “la nuera psicótica”.

Lucía cerró el ordenador.

—Están utilizando una empresa de relaciones públicas. La campaña es demasiado coordinada.

El teléfono desechable vibró.

Esta vez apareció una dirección:

1187 Saint Claire Road, Vermont.

Debajo había una frase:

Lleva la grabación de Phoenix. Ven sola.

Julian leyó el mensaje.

—Es una trampa.

—Mateo podría estar allí.

—Precisamente por eso es una trampa.

Elena introdujo la dirección en el mapa. Se encontraba a más de cinco horas de distancia, cerca de la frontera canadiense.

Lucía revisó los registros.

—La propiedad pertenece a una organización religiosa llamada Hermanas de Saint Claire. Hace quince años fue comprada por una filial de Valmont Medical.

—Es una clínica —dijo Elena.

—Oficialmente, un centro de recuperación para mujeres con problemas psicológicos.

Elena comprendió el plan.

No solo habían trasladado a Mateo.

Pretendían encerrarla.

Si acudía sola, podían ingresarla por la fuerza, fabricar una crisis y obtener una declaración permanente de incapacidad.

—No iremos siguiendo sus reglas —dijo.

Julian negó con la cabeza.

—No deberíamos ir.

—Mi hijo está allí.

—No tenemos confirmación.

—Entonces la conseguiremos.

Elena señaló las cuentas de la clínica. Saint Claire recibía suministros médicos mediante una empresa local. Los vehículos entraban cada jueves por la tarde.

Era jueves.

Lucía llamó a un contacto en Vermont. Una hora después tenían matrículas, horarios y el nombre del conductor habitual.

Elena elaboró un plan.

Viajarían en dos vehículos. Julian se quedaría fuera con copias de los documentos. Lucía entraría disfrazada como asistente de la empresa de suministros.

Elena utilizaría el uniforme del conductor.

—Demasiado peligroso —dijo Julian.

—Victor cree que la esposa obediente que vivió en su casa durante cuatro años sigue existiendo.

Elena tomó una chaqueta oscura.

—Utilizaremos ese error.

Salieron de Nueva York a primera hora de la tarde.

Durante el trayecto, Elena observó por última vez el vídeo de la gala.

Vio su rostro desencajado, sus brazos extendidos y a Adrian alejándose con el muñeco envuelto en la manta.

Detuvo la imagen en el momento en que su marido miraba hacia ella.

Amplió el rostro.

Adrian no estaba mirando a Elena.

Miraba a una mujer situada detrás de las cámaras.

Elena reconoció el cabello rubio plateado de Beatrice.

Adrian movía los labios.

Elena reprodujo el fragmento varias veces.

No había sonido suficiente para escuchar sus palabras, pero podía leerlas.

“Ya está fuera.”

Elena sintió un escalofrío.

¿Fuera de qué?

¿De la mansión?

¿De la ciudad?

¿O de peligro?

Antes de que pudiera continuar, Lucía redujo la velocidad.

Un automóvil negro apareció detrás de ellas.

Después otro.

—Nos siguen —dijo Julian desde el segundo vehículo mediante el comunicador.

Los automóviles se acercaron por ambos lados.

El conductor del primero bajó la ventanilla.

Elena reconoció a uno de los hombres de Carter Wren.

—Agárrate —dijo Lucía.

Giró bruscamente hacia una salida.

Los vehículos negros las siguieron.

La carretera se estrechó entre árboles. Lucía aumentó la velocidad, pero uno de los perseguidores golpeó la parte trasera del automóvil.

Elena se sujetó al asiento.

—Quieren sacarnos de la carretera.

—No —respondió Lucía, mirando el espejo—. Quieren obligarnos a detenernos.

Otro impacto hizo que el automóvil derrapara.

Lucía recuperó el control.

Al frente apareció un puente estrecho.

Julian gritó por el comunicador:

—¡No crucéis! Hay otro vehículo bloqueando la salida.

Lucía pisó el freno.

Demasiado tarde.

El automóvil negro chocó contra ellas.

El vehículo de Lucía rompió la barrera del puente y quedó suspendido sobre el río.

Elena sintió cómo la parte delantera descendía lentamente.

El cinturón de seguridad se clavó en su pecho.

Lucía intentó abrir la puerta.

Estaba bloqueada.

Detrás de ellas, los hombres de Victor salieron de sus vehículos.

Uno llevaba una lata de gasolina.

Elena lo vio acercarse.

—No vienen a capturarnos —susurró.

El hombre comenzó a rociar combustible sobre el maletero.

Lucía golpeó la ventanilla con los pies.

—¡Elena, sal!

El hombre encendió un mechero.

Por primera vez desde la gala, Elena recordó su propia promesa.

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Había jurado quemar el imperio de los Valmont.

Pero Victor parecía decidido a quemarla primero.

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