Capítulo 3 - El hombre que murió en Phoenix

Lucía Vega condujo durante veinte minutos sin encender la radio.
Elena observaba las calles mojadas de Manhattan a través de la ventanilla. No podía dejar de pensar en Mateo. Imaginaba a su hijo llorando en brazos de Beatrice, buscando el olor de su madre.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—A un lugar donde Victor no controla las cámaras.
—Quiero ir a la policía.
Lucía negó con la cabeza.
—El jefe de la unidad que recibiría tu denuncia juega al golf con Victor.
—Entonces iré a otro distrito.
—La orden de custodia es legal. Si intentas recuperar al niño por tu cuenta, te acusarán de secuestro.
Elena golpeó el tablero.
—¡Es mi hijo!
—Lo sé.
Lucía no levantó la voz.
—Pero ellos llevan meses construyendo un expediente contra ti. Tienen testimonios médicos, grabaciones editadas y empleados dispuestos a decir que eres violenta. Si actúas impulsivamente, les entregarás exactamente lo que necesitan.
Elena apoyó la frente contra el cristal.
—Dijiste que mi padre era tu padrino.
Lucía apretó el volante.
—Mi madre trabajó con él.
—¿Dónde?
—En Phoenix.
El automóvil entró en un estacionamiento subterráneo de Queens. Lucía condujo hasta el nivel más bajo y se detuvo junto a una puerta metálica.
Tras comprobar que nadie las seguía, abrió la puerta con una llave.
El lugar parecía un antiguo taller mecánico. Había cajas de archivos, tres ordenadores, mapas en las paredes y fotografías conectadas mediante hilos rojos.
En el centro se encontraba un hombre de unos cincuenta años.
Era alto, de cabello castaño con canas y acento británico. Vestía pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas remangadas.
—Elena Márquez —dijo—. Soy Julian Cross.
—¿Abogado?
—Lo era, hasta que Grupo Valmont consiguió que me expulsaran de dos firmas.
Elena miró a Lucía.
—¿Todo esto estaba preparado?
—Llevamos siete años investigando a los Valmont —respondió la periodista—. Pero siempre nos faltaba alguien que pudiera entrar en la familia.
—¿Me utilizasteis?
—No sabíamos que te casarías con Adrian.
Julian señaló una silla.
—Antes de continuar, necesitamos saber qué pruebas tienes.
Elena soltó una risa amarga.
—Mis cuentas están bloqueadas, me quitaron el teléfono y probablemente registraron todas mis cosas.
—¿Guardaste copias fuera de la mansión?
Elena pensó en los documentos que había fotografiado.
Había intentado enviarlos, pero la red estaba vigilada. También había copiado algunos archivos en una memoria USB.
La memoria seguía escondida dentro de un caballo de madera en la habitación de Mateo.
—Están en la casa.
Lucía maldijo.
Julian colocó una carpeta frente a Elena.
Dentro había fotografías del incendio de Phoenix.
El almacén número catorce aparecía envuelto en llamas. Los bomberos sacaban cuerpos cubiertos con lonas plateadas. En una imagen, Isabel Márquez, la madre de Elena, gritaba mientras dos policías la sujetaban.
Elena cerró la carpeta.
—No puedo ver esto.
—Debes conocer lo ocurrido —dijo Lucía.
—Tenía cuatro años.
—Precisamente por eso te mintieron.
Lucía abrió otra caja.
Sacó una copia del informe oficial. Veintitrés trabajadores habían muerto. Rafael Márquez figuraba entre las víctimas, aunque su cuerpo nunca fue identificado.
—Mi padre estaba dentro —dijo Elena.
—Eso afirmó Victor Valmont.
Julian mostró un registro de llamadas.
—A las once y cuarenta de aquella noche, doce minutos después de comenzar el incendio, alguien llamó desde un teléfono público situado a nueve kilómetros de la fábrica.
El número marcado pertenecía a Isabel Márquez.
Elena leyó el documento varias veces.
—¿Mi padre llamó a mi madre?
—La llamada duró cuarenta y siete segundos —respondió Lucía—. Tu madre nunca explicó qué le dijo.
—Porque murió.
Isabel había fallecido de cáncer cuando Elena tenía diecinueve años.
Lucía guardó silencio.
—Mi madre recibió una carta de Isabel poco antes de su muerte. Decía que Rafael había descubierto cuentas secretas utilizadas para ocultar pruebas de productos defectuosos. La fábrica fabricaba componentes para sistemas de calefacción. Victor sabía que podían provocar incendios domésticos.
—Mi padre iba a denunciarlo.
—Tenía un libro contable original. No una copia digital. Un libro escrito a mano con firmas, códigos y números de cuentas.
Elena recordó la nota que había encontrado.
R. M. conserva una copia del libro.
—Victor quemó el almacén para destruirlo.
—Y para matar a Rafael —dijo Julian—. Pero nunca encontraron su cuerpo.
Elena miró las fotografías de la pared.
Había una imagen borrosa de un hombre saliendo de un hospital de Arizona semanas después del incendio. Llevaba vendas en el rostro.
—¿Creéis que sobrevivió?
—Creemos que alguien lo ayudó a desaparecer.
—¿Quién?
Lucía señaló una fotografía de una mujer joven.
Elena reconoció de inmediato los ojos azules y el cabello rubio.
—Beatrice.
En la imagen, Beatrice Valmont tenía poco más de treinta años. Estaba sentada en un restaurante frente a Rafael Márquez.
—Esto fue tomado seis meses antes del incendio —explicó Lucía—. Tu padre y Beatrice se reunieron al menos cinco veces.
—¿Eran amantes?
—No lo sabemos.
Elena sintió náuseas.
Todo lo que conocía sobre su familia parecía romperse.
Julian se sentó frente a ella.
—Los Valmont no te eligieron por casualidad.
—Adrian me conoció en el centro comunitario.
—La fundación nunca había organizado campañas en ese centro antes de aquel año. El evento fue aprobado personalmente por Beatrice.
Elena recordó la primera vez que vio a su suegra. Beatrice la había observado durante varios segundos antes de abrazarla.
En aquel momento Elena creyó que la mujer estaba evaluando su vestido.
Ahora comprendía que quizá la había reconocido.
—¿Por qué permitir que Adrian se casara conmigo?
—Tal vez querían vigilarte —dijo Lucía—. O encontrar algo que creían que habías heredado.
—El libro.
Julian asintió.
—Tu madre pudo haberlo escondido.
Elena pensó en la pequeña casa de El Paso, vendida después de la muerte de Isabel. Pensó en las cajas que había guardado en un almacén y en las pocas pertenencias de su padre: una brújula rota, fotografías familiares y una caja de herramientas.
Nunca había visto ningún libro contable.
—No tengo nada.
—Los Valmont no lo saben —dijo Lucía—. Por eso te mantuvieron cerca.
Un teléfono sonó.
Julian contestó. Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Cuándo? —preguntó—. Entendido. No hagas nada hasta que lleguemos.
Colgó.
—Era una empleada de la mansión. Victor ha ordenado registrar todas las habitaciones. Están quemando documentos en la chimenea del ala oeste.
Elena se levantó.
—La memoria está en la habitación de Mateo.
—No puedes regresar —dijo Julian.
—Contiene transferencias, correos y la fotografía de mi padre.
—La casa tiene treinta guardias.
—Entonces tendremos que entrar sin que sepan que estoy allí.
Lucía negó con la cabeza.
—Elena, hace una hora apenas podías caminar.
—Hace una hora todavía creía que debía pedirles misericordia.
Elena se acercó al mapa de la finca Valmont.
Había vivido allí durante cuatro años. Conocía cada corredor, cada escalera de servicio y cada puerta que Beatrice creía que una nuera nunca utilizaría.
Señaló un túnel que comunicaba el antiguo invernadero con la bodega.
—La entrada está cubierta por rosales. Las cámaras no funcionan desde la última inundación.
Julian observó el plano.
—Incluso si recuperamos la memoria, necesitamos algo más fuerte que copias digitales. Victor dirá que fueron manipuladas.
—Entonces buscaremos el libro de mi padre.
—¿Dónde?
Elena recordó una frase que Isabel repetía cuando ella era niña:
Cuando todo arde, busca donde el agua no puede entrar.
Durante años había pensado que era una referencia al incendio.
Ahora recordó la brújula rota que su madre guardaba en una caja impermeable.
—En Texas —dijo.
Lucía la miró.
—¿Estás segura?
—No. Pero mi madre intentó decirme algo.
En aquel momento llamaron tres veces a la puerta metálica.
Julian apagó las luces.
Lucía sacó una pistola de un cajón.
Elena contuvo la respiración.
Se escucharon otras dos llamadas, seguidas de una pausa y una última llamada.
Julian relajó los hombros.
—Es la señal acordada.
Abrió la puerta.
Clara Hayes entró cubierta por un abrigo oscuro.
Llevaba en los brazos una manta gris.
La misma manta con la que Adrian había sacado a Mateo del salón.
Elena corrió hacia ella.
—¡Mateo!
Intentó tomar el bulto.
Clara se lo permitió.
Elena apartó la tela.
No había ningún bebé.
Solo un muñeco de silicona con los ojos cerrados.
Elena levantó el rostro lentamente.
—¿Dónde está mi hijo?
Clara comenzó a llorar.
—Adrian nunca llevó a Mateo a la gala.
—¿Qué?
—El bebé que todos vieron era un muñeco utilizado para las fotografías prenatales de la fundación.
Elena sintió que las piernas le fallaban.
—¿Dónde está Mateo?
Clara miró a Julian y a Lucía antes de responder.
—Victor lo trasladó esta mañana.
—¿Adónde?
—No lo sé. Pero escuché algo antes de escapar.
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Clara sacó una tarjeta electrónica del bolsillo.
—Beatrice dijo que el niño no podía permanecer en Estados Unidos.