Capítulo 12 - El segundo imperio

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el mundo conoció una parte de la verdad.
La transmisión de Lucía había sido interrumpida, pero más de once minutos quedaron grabados. En ellos se escuchaba a Beatrice admitir que conocía las empresas fantasma, los materiales defectuosos y las operaciones de Saint Claire.
Victor aparecía amenazando a Elena y exigiendo el libro de Phoenix.
Ambos fueron detenidos.
Los abogados del Grupo Valmont intentaron calificarlos como víctimas de una conspiración, pero la cantidad de pruebas resultaba imposible de contener.
Las acciones de la empresa cayeron un treinta y ocho por ciento.
Varios bancos congelaron líneas de crédito.
Agentes federales registraron oficinas en Nueva York, Boston, Phoenix y Washington.
Sin embargo, Elena no celebró.
Permanecía en una habitación protegida del hospital con Mateo dormido sobre su pecho.
Había recuperado a su hijo.
Eso era lo único que importaba.
Adrian se encontraba en la habitación contigua recuperándose de sus heridas. La policía todavía no sabía si tratarlo como testigo, cómplice o víctima.
Elena tampoco sabía cómo verlo.
La había ayudado a rescatar a Mateo, pero también había firmado documentos contra ella y ocultado secretos durante años.
Clara llegó por la mañana.
Cuando vio al bebé, comenzó a llorar.
—Pensé que nunca volvería a sostenerlo.
Elena le permitió tomarlo.
—Tú intentaste sacarlo de la mansión.
—Adrian me pidió que lo llevara a un apartamento seguro. Pero hombres de Beatrice bloquearon el vehículo.
—¿Por qué llevaste el muñeco a Lucía?
—Necesitaba que comprendierais que la gala había sido una actuación. No podía hablar por teléfono. Carter vigilaba todas las llamadas.
Elena miró a Clara.
—¿Trabajabas para mi padre?
Clara se quedó inmóvil.
—¿Quién te lo dijo?
—Nadie. Pero sabías demasiado.
La mujer se sentó lentamente.
—Conocí a Rafael hace dieciocho años. Mi hermana murió después de utilizar uno de los sistemas de calefacción defectuosos fabricados por Valmont. Él me ayudó a demostrarlo.
—¿Te pidió que entraras en mi casa?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del nacimiento de Mateo.
Elena cerró los ojos.
Otra persona que había estado a su lado bajo órdenes de un hombre al que ella creía muerto.
—¿Alguna parte de lo que hiciste fue por mí?
Clara miró al bebé.
—Al principio era una misión. Después te vi soportar a esa familia. Te vi cantar a Mateo incluso cuando estabas tan cansada que apenas podías mantenerte de pie. Lo que hice después fue por ti.
Elena quería creerla.
Pero ya no sabía si podía confiar en nadie.
Rafael llegó acompañado por dos agentes.
No estaba detenido, pero las autoridades le habían retirado el pasaporte mientras investigaban la red de North Harbor.
Elena entregó a Mateo a Clara.
—Quiero hablar con él a solas.
Cuando la puerta se cerró, padre e hija se observaron durante un largo momento.
—Has crecido pareciéndote a Isabel —dijo Rafael.
—No hables de ella como si hubieras estado presente.
—Pensé en vosotras todos los días.
—Pensar no es lo mismo que estar.
Rafael bajó la mirada.
—Si hubiera regresado, Victor os habría matado.
—Eso ocurrió hace veinticinco años. Tuviste tiempo para construir una isla, cuentas secretas y una red internacional. También tuviste tiempo para enviarme una carta.
—Las cartas podían ser interceptadas.
—Lucía podía haberme hablado.
—Yo se lo prohibí.
—Clara vivía bajo el mismo techo que yo.
—Necesitaba que estuvieras protegida.
Elena golpeó la mesa con la mano.
—¡Deja de utilizar esa palabra!
Rafael guardó silencio.
—Todos me protegíais —continuó Elena—. Adrian me protegía mientras permitía que me declararan inestable. Beatrice protegía el apellido robándome a mi hijo. Lucía me protegía ocultando que mi padre estaba vivo. Tú me protegías observando cómo me casaba con la familia que destruyó a mi madre.
—No sabía que Adrian se enamoraría de ti.
—Pero organizasteis el encuentro.
Rafael no lo negó.
Elena sintió un dolor diferente al que había experimentado en la gala.
—El centro comunitario.
—Necesitábamos que alguien cercano a los Valmont revisara las cuentas de la fundación. Lucía sugirió una campaña en el Bronx. No planeamos el matrimonio.
—Pero cuando ocurrió, lo utilizaste.
—Sí.
La honestidad de la respuesta fue más dolorosa que otra mentira.
—¿Sabías que estaban preparando un diagnóstico contra mí?
—Lo descubrimos tarde.
—¿Antes de la gala?
Rafael tardó demasiado en responder.
—Sí.
Elena se levantó.
—Pudiste advertirme.
—Si lo hacíamos, habrías huido con Mateo. Victor habría cerrado las cuentas, destruido los archivos y trasladado Saint Claire.
—Entonces permitiste que me humillaran para proteger tu investigación.
—Necesitábamos que Victor actuara públicamente.
—Yo no era tu hija. Era una pieza.
Rafael también se puso de pie.
—Todo lo que hice fue para destruirlos.
—No.
Elena lo miró directamente.
—Todo lo que hiciste fue para ganar.
Aquella tarde, Rafael aceptó llevarlos a North Harbor. Según él, allí se encontraba la copia completa de las pruebas y los registros financieros del fideicomiso de Isabel.
La isla estaba situada a varios kilómetros de la costa de Maine. Solo era accesible por barco o helicóptero.
Elena viajó con Lucía, Julian y dos agentes federales. Adrian insistió en acompañarlos.
Mateo permaneció bajo la protección de Clara y varios oficiales.
Durante el trayecto, nadie habló demasiado.
North Harbor apareció entre la niebla como una masa oscura cubierta de pinos. En el centro se levantaba una mansión de piedra y cristal.
El interior no parecía la vivienda de un fugitivo.
Era un centro de operaciones.
Había decenas de pantallas, servidores, archivos y mapas que mostraban las propiedades del Grupo Valmont en todo el mundo.
Elena encontró fotografías de su graduación, su primer trabajo, su boda y el nacimiento de Mateo.
Rafael había observado cada etapa de su vida.
En una sala lateral había expedientes con los nombres de empleados, periodistas y jueces.
Lucía abrió uno.
—Estos no son solo aliados.
—¿Qué son? —preguntó Elena.
Julian examinó los documentos.
—Información comprometedora.
Rafael había acumulado pruebas contra cientos de personas. Algunas estaban relacionadas con Valmont. Otras no.
—Construiste tu propio sistema de chantaje —dijo Elena.
—Necesitaba influencia.
—Te convertiste en ellos.
—Nunca dañé a inocentes.
Adrian tomó un expediente.
—Aquí hay información médica sobre la hija de Carter.
Rafael evitó su mirada.
—Era necesario saber si seguiría siendo leal a Victor.
—Utilizaste la enfermedad de una niña como instrumento —dijo Elena.
Rafael alzó la voz.
—¡Estaba luchando contra un imperio!
—Y por eso decidiste construir otro.
Una alarma interrumpió la discusión.
Las pantallas se apagaron.
Las puertas de acero comenzaron a cerrarse.
Rafael corrió hacia el panel de control.
—Alguien ha accedido al sistema principal.
En las pantallas apareció el rostro de Beatrice.
No estaba en prisión.
Vestía ropa oscura y se encontraba en el interior de un helicóptero.
—Gracias por abrirme las puertas de North Harbor —dijo.
Elena miró a los agentes.
—¿Cómo salió del hospital?
Uno de ellos comprobó su teléfono.
—El convoy fue atacado hace veinte minutos.
Beatrice sonrió desde la pantalla.
—Rafael siempre creyó que esta isla era su fortaleza. En realidad, fue mi caja fuerte.
Detrás del helicóptero aparecían otras tres aeronaves.
—Evacuen el edificio —ordenó Rafael.
—No podéis —respondió Beatrice—. He bloqueado todas las salidas.
Una cuenta regresiva apareció en las pantallas.
00:29:59
—¿Qué ocurre cuando llegue a cero? —preguntó Elena.
Rafael palideció.
—El sistema térmico destruirá los servidores.
—¿Solo los servidores?
—La temperatura incendiará todo el edificio.
Beatrice inclinó la cabeza.
—Siempre dijiste que quemarías nuestro imperio, Elena.
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La cuenta regresiva descendió.
—Veamos cuál de los dos arde primero.