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QUEMARÉ VUESTRO IMPERIO / Chapter 11 / 15

Capítulo 11 - La verdadera emperatriz

La pistola permanecía apuntada a la cabeza de Mateo.

Elena podía escuchar la respiración de su hijo contra su pecho. El bebé no entendía el peligro. Movía una mano pequeña bajo la manta, buscando instintivamente el calor de su madre.

—Baja el arma —dijo Elena.

Su voz no tembló.

Beatrice sonrió.

—Durante cuatro años fingiste ser una esposa obediente. Debo admitir que casi llegué a creerlo.

—Y durante treinta años tú fingiste ser la esposa de un hombre poderoso.

Elena miró a Victor.

—Pero él nunca fue quien dirigía el imperio.

Victor apretó los dientes.

—No la escuches.

—Cállate —ordenó Beatrice.

Una sola palabra bastó para silenciarlo.

Adrian observó a la mujer que lo había criado. Tenía sangre en la camisa por el disparo ocurrido durante la pelea con Victor, aunque la bala solo había rozado su costado.

—¿Todo fue obra tuya? —preguntó—. ¿Phoenix, Saint Claire, las adopciones?

—No todo —respondió Beatrice—. Victor siempre tuvo talento para la crueldad. Yo simplemente le enseñé a convertirla en beneficios.

Rafael avanzó un paso.

—Tú ordenaste utilizar materiales defectuosos en los sistemas de calefacción.

—Los materiales eran más baratos.

—Murieron familias enteras.

—Las empresas no se construyen con sentimientos.

—Cuando descubrí los informes, convenciste a Victor de incendiar el almacén.

Beatrice lo miró sin remordimiento.

—Tú ibas a destruir años de trabajo.

—Intentaba impedir que muriera más gente.

—Querías ser un héroe.

Rafael señaló las cicatrices de su rostro.

—Y tú convertiste a veintitrés trabajadores en cenizas.

Elena mantenía ambos brazos alrededor de Mateo. Sabía que no podía correr. Beatrice dispararía antes de que llegara a la puerta.

Lucía permanecía cerca de la entrada del camarote. Su cámara principal había caído durante la pelea, pero Elena recordó que llevaba un transmisor diminuto escondido en el botón de su chaqueta.

Quizá la emisión continuaba.

Quizá alguien estaba escuchando.

—¿Por qué mantener vivo a Rafael? —preguntó Elena, intentando ganar tiempo.

Beatrice dirigió la pistola un poco más cerca del bebé.

—Porque el libro que robó no solo contenía pruebas de nuestros delitos. También contenía códigos de cuentas, nombres de socios y rutas financieras. Victor quería destruirlo. Yo comprendí que tenía más valor intacto.

—Lo utilizaste para chantajear a políticos.

—Y empresarios, jueces, banqueros y ministros.

Victor soltó una risa amarga.

—Siempre creyó que era más inteligente que todos.

—Lo era.

Beatrice lo miró.

—Tú te dedicabas a aparecer en portadas mientras yo construía las empresas que te hicieron famoso.

—Sin mi apellido no eras nadie.

—Sin mí seguirías administrando tres fábricas heredadas de tu padre.

Adrian apoyó una mano en la mesa para mantenerse de pie.

—¿Y Saint Claire?

Beatrice no mostró ninguna vergüenza.

—Algunas mujeres tenían hijos que no podían cuidar. Otras pertenecían a familias que pagaban para evitar escándalos. Nosotros ofrecíamos soluciones.

—Robabais bebés —dijo Elena.

—Los entregábamos a personas capaces de proporcionarles una vida mejor.

—También intentaste robarme a Mateo.

—Mateo es diferente.

Por primera vez, la expresión de Beatrice cambió. No parecía odio ni afecto. Parecía ambición.

—Es descendiente de los Márquez y heredero legal de los Valmont. Su existencia conecta dos estructuras financieras que llevan décadas separadas.

Rafael comprendió antes que Elena.

—El fideicomiso de Isabel.

Beatrice sonrió.

—Por fin.

Elena miró a su padre.

—¿Qué fideicomiso?

—Tu madre creó una estructura legal después del incendio —explicó Rafael—. Temía que Victor viniera por ti. Colocó en ella las compensaciones recibidas por algunas familias y varias inversiones.

—No eran simples inversiones —dijo Beatrice—. Isabel compró deuda de las primeras compañías Valmont mediante intermediarios. Durante años nadie lo notó.

—¿Qué tiene que ver Mateo? —preguntó Elena.

—El fideicomiso debía pasar a ti cuando se demostrara públicamente la responsabilidad de los Valmont en Phoenix. Si tú morías, pasaría a tu hijo.

Elena sintió náuseas.

—Por eso preparasteis mi diagnóstico. Queríais controlar al beneficiario.

—Victor quería internarte. Yo prefería un procedimiento más elegante.

—¿Adoptar a Mateo mediante Camille?

—Camille nunca fue más que una distracción. Su investigación sobre Saint Claire la hacía útil y peligrosa al mismo tiempo.

Adrian miró a Beatrice con repulsión.

—También utilizaste a Margaret. A mi verdadera madre.

Beatrice endureció la expresión.

—Margaret era débil.

—Murió dando a luz.

—Murió porque se negó a seguir las instrucciones de los médicos.

—¿También controlabas a esos médicos?

Beatrice no respondió.

El silencio fue suficiente.

Adrian avanzó hacia ella.

—Tú la mataste.

—No seas dramático.

—Era tu hermana.

—Y yo crié a su hijo. Te di un apellido, educación y un imperio.

—Me diste una mentira.

Beatrice giró la pistola hacia Adrian.

Elena aprovechó aquel segundo.

Se dejó caer detrás de la mesa con Mateo protegido entre sus brazos.

Rafael lanzó la caja metálica contra Beatrice. La pistola se disparó y la bala atravesó una lámpara.

El camarote quedó a oscuras.

Victor se abalanzó hacia el arma que había quedado en el suelo. Adrian lo golpeó con el hombro y ambos chocaron contra la pared.

Lucía tomó a Elena del brazo.

—¡La transmisión sigue activa!

—¿La policía está cerca?

—A menos de tres minutos.

Beatrice apareció entre las sombras y agarró a Lucía por el cabello. Le golpeó la cabeza contra una columna y arrancó el transmisor de su chaqueta.

—Siempre tan previsible —dijo.

Lo pisó hasta destruirlo.

Después activó un panel de emergencia.

Una alarma comenzó a sonar.

—¿Qué has hecho? —preguntó Rafael.

—He abierto las válvulas de combustible.

El olor penetrante llegó desde el corredor.

—El barco explotará en diez minutos —continuó Beatrice—. Suficiente tiempo para que yo abandone la embarcación.

—Morirás con nosotros —dijo Elena.

—Hay una lancha de emergencia en la cubierta inferior.

Beatrice apuntó nuevamente hacia Mateo.

—Entrégame al niño.

—Nunca.

—Entonces morirá contigo.

Elena miró hacia una ventana. Las luces de las patrullas marítimas ya podían verse sobre el agua.

—No necesitas a Mateo —dijo—. Necesitas que yo firme los documentos del fideicomiso.

Beatrice dudó.

—Entrégame a mi hijo y firmaré todo.

—Elena, no —advirtió Rafael.

Ella lo ignoró.

—Tendrás el dinero, las acciones y las cuentas. Podrás culpar a Victor por el incendio y presentarte como otra víctima.

Victor se volvió hacia su esposa.

—¿Ese era tu plan?

Beatrice no lo miró.

—Tú irás a prisión de cualquier manera.

Victor se abalanzó sobre ella.

Beatrice disparó.

La bala alcanzó a Victor en el hombro. Cayó junto a la mesa, gritando.

Elena colocó cuidadosamente a Mateo en los brazos de Adrian.

—Llévalo fuera.

—No voy a dejarte.

—Por una vez, Adrian, haz exactamente lo que te digo.

Él comprendió por la mirada de Elena que tenía un plan.

Tomó a Mateo y salió con Lucía.

Beatrice mantuvo la pistola sobre Elena.

—Ahora tú y yo iremos a la lancha.

—Primero Rafael.

—¿Qué pasa con él?

—Tiene los códigos que necesitas.

Beatrice miró al hombre de las cicatrices.

—Es cierto.

Rafael negó con la cabeza.

—No pienso ayudarte.

Elena se acercó a su padre.

—Lo siento.

Antes de que pudiera reaccionar, le quitó la pequeña unidad electrónica que llevaba oculta en el cinturón. Era el dispositivo que Rafael había utilizado para acceder a las cuentas de North Harbor.

Elena se lo mostró a Beatrice.

—Aquí están tus códigos.

La mujer bajó ligeramente la pistola.

Elena lanzó el dispositivo hacia el corredor.

Beatrice se giró instintivamente.

Rafael golpeó su muñeca.

La pistola cayó.

Elena la recogió.

Por primera vez, Beatrice Ashcroft Valmont estaba desarmada.

—Se acabó —dijo Elena.

Beatrice no parecía asustada.

Miró el reloj.

—No. Quedan seis minutos.

Una explosión sacudió la parte trasera del yate.

Las paredes temblaron. El humo comenzó a entrar en el camarote.

Elena podía disparar a Beatrice.

Podía vengar a los trabajadores, a Isabel, a Margaret y a todas las madres de Saint Claire.

Pero bajó el arma.

—Vas a vivir —dijo—. Vivirás lo suficiente para ver cómo desaparece todo lo que construiste.

Rafael tomó a Beatrice por los brazos.

La policía marítima abordó el yate mientras el fuego avanzaba desde la sala de máquinas.

Victor fue evacuado en una camilla.

Lucía apareció entre el humo.

—¡Elena! ¡Tenemos que saltar!

Llegaron a la cubierta. Adrian ya estaba en una lancha policial con Mateo.

Rafael empujó a Beatrice hacia los agentes.

Entonces una segunda explosión partió una sección del yate.

El suelo desapareció bajo los pies de Elena.

Cayó al agua.

Mientras descendía en la oscuridad, sintió que alguien agarraba su mano.

Era Adrian.

Había saltado detrás de ella.

Los dos salieron a la superficie mientras el Evangeline ardía sobre el mar.

Elena miró hacia la lancha.

Mateo estaba a salvo en brazos de Lucía.

Beatrice y Victor se encontraban esposados en extremos opuestos de la cubierta.

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El imperio Valmont todavía existía.

Pero su reina y su rey acababan de perder el trono.

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