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QUEMARÉ VUESTRO IMPERIO / Chapter 4 / 15

Capítulo 4 - La casa sin ventanas

A las tres de la madrugada, Elena estaba tendida entre cajas de herramientas en la parte trasera de una camioneta.

Julian conducía. Lucía iba a su lado revisando imágenes de tráfico.

El plan era simple en teoría: entrar en la finca Valmont por el antiguo invernadero, recuperar la memoria USB y salir antes del cambio de guardia.

En la práctica, Elena sabía que un solo error podía enviarla a prisión.

La radio informó sobre ella cada pocos minutos.

—La familia Valmont ha solicitado ayuda para localizar a Elena Márquez —anunció una presentadora—. Según fuentes cercanas, la joven madre abandonó el Hotel Beaumont después de sufrir un episodio psicológico.

Lucía apagó la radio.

—Ya distribuyeron tu fotografía en aeropuertos y estaciones.

—No quieren encontrarme —dijo Elena—. Quieren que tenga miedo de moverme.

La finca ocupaba más de ochenta hectáreas junto al río Connecticut. Había sido construida por el bisabuelo de Adrian y ampliada durante generaciones.

Elena solía pensar que era hermosa.

Aquella noche parecía una fortaleza.

Julian detuvo la camioneta en un camino forestal. Desde allí continuaron a pie.

Clara se había quedado en el taller para intentar localizar a Mateo mediante contactos en clínicas privadas. Antes de separarse, entregó a Elena la tarjeta electrónica.

—La robé del despacho de Beatrice. Da acceso al ascensor privado.

Elena avanzó entre los árboles.

Llevaba ropa oscura prestada por Lucía y zapatos demasiado grandes. La lluvia había cesado, pero el suelo estaba cubierto de barro.

Llegaron al invernadero poco antes de las cuatro.

Las puertas principales tenían sensores nuevos.

—Dijiste que no funcionaban —susurró Julian.

—No funcionaban hace tres meses.

Lucía examinó el sistema.

—Puedo cortar la electricidad, pero aparecerá una alerta.

Elena observó los cristales.

Recordó que Clara abría una ventana lateral para dejar entrar aire durante el verano. El pestillo estaba roto.

La encontraron detrás de un rosal.

Elena introdujo el brazo y levantó el marco.

Entraron uno por uno.

El olor a tierra húmeda y flores nocturnas llenaba el invernadero. Elena pasó junto al banco donde Adrian le había pedido matrimonio durante una cena preparada por veinte empleados.

Ahora comprendía que incluso aquel momento pudo haber sido organizado por Beatrice.

La entrada al túnel estaba debajo de una mesa de piedra.

Bajaron por una escalera estrecha hasta la bodega. Desde allí podían acceder a la casa mediante los corredores utilizados antiguamente por el servicio.

Elena conocía los horarios de los guardias.

Esperaron a que dos hombres pasaran y cruzaron hacia el ala familiar.

Cada habitación estaba equipada con cámaras, excepto la de Mateo. Elena había insistido en que no quería que su hijo creciera bajo vigilancia.

Llegaron sin ser vistos.

La puerta estaba abierta.

Dentro, la habitación había sido destruida.

Los cajones estaban en el suelo. Los libros infantiles habían sido rasgados. El colchón de la cuna estaba cortado.

El caballo de madera permanecía junto a la ventana.

Elena corrió hacia él.

Introdujo los dedos en una pequeña abertura debajo de la cola.

La memoria USB había desaparecido.

—Llegamos tarde —susurró.

Lucía examinó el suelo.

—Quizá no.

Señaló una marca cerca de la cuna. Alguien había escrito una letra con lápiz.

A.

Elena conocía aquella caligrafía.

—Adrian.

Siguió las marcas. Había otra letra junto al armario y una tercera debajo de la alfombra.

Formaban una palabra.

ALTILLO.

El antiguo altillo estaba encima de la biblioteca, en el ala más vieja de la casa.

—Es una trampa —advirtió Julian.

—O intenta ayudarme.

Lucía la miró.

—¿Después de humillarte delante del mundo?

—Adrian estaba asustado.

—También tenía a un muñeco en los brazos mientras fingía quitarte a tu hijo.

Elena no respondió.

No sabía si su marido era un cobarde, un enemigo o ambas cosas.

Avanzaron hacia la biblioteca.

Al otro lado del corredor se escucharon voces.

Victor y Beatrice entraron en el salón contiguo.

Elena hizo una señal a los demás y se ocultaron detrás de una puerta.

—No debiste organizar aquella escena —decía Beatrice.

—Era necesario —respondió Victor—. Ahora todos la consideran inestable.

—Mencionó Phoenix.

—Está repitiendo cosas que encontró en archivos incompletos.

—¿Y si Rafael habló con Isabel antes de desaparecer?

Elena contuvo la respiración.

Victor bajó la voz.

—Isabel murió sin revelar nada.

—La hija puede haber heredado el libro.

—Si lo tuviera, ya lo habría utilizado.

Beatrice guardó silencio.

—¿Dónde está Mateo?

—En un lugar seguro.

—Pregunté dónde.

—No necesitas saberlo.

—Es mi nieto.

—Es el heredero. Hay una diferencia.

Beatrice se acercó a su esposo.

—No permitiré que le hagas lo mismo que hiciste con Rafael.

Victor la agarró por el cuello.

Elena vio la escena a través de una abertura.

—Nunca vuelvas a pronunciar ese nombre como si te importara —dijo Victor—. Tú me ayudaste a encontrarlo. Tú lo convenciste de ir al almacén.

Beatrice apartó su mano.

—No sabía que ibas a incendiarlo.

—Pero aceptaste el dinero.

Victor salió del salón.

Beatrice permaneció sola durante unos segundos. Su rostro había perdido toda elegancia. Parecía una mujer agotada y aterrorizada.

Luego sacó un teléfono pequeño de su vestido.

—Tenemos un problema —dijo—. Victor ha movido al niño antes de lo previsto. Activa el protocolo Saint Claire.

Elena retrocedió.

Lucía le indicó que continuaran.

Llegaron a la biblioteca y subieron por una escalera oculta detrás de un retrato.

El altillo estaba lleno de muebles cubiertos con sábanas. Elena buscó entre cajas hasta encontrar un pequeño baúl de madera.

Dentro estaba la memoria USB.

También había un teléfono desechable.

El teléfono comenzó a vibrar en cuanto Elena lo tocó.

En la pantalla apareció un mensaje:

No confíes en Lucía Vega.

Elena miró a la periodista, que estaba al otro lado del altillo.

Antes de que pudiera reaccionar, se encendieron las luces.

—No se muevan —ordenó una voz.

Seis guardias aparecieron en la entrada.

Al frente estaba Carter Wren, jefe de seguridad de Victor.

Era un exmilitar de cabeza rapada y más de un metro noventa de altura. Apuntaba una pistola directamente al pecho de Elena.

—El señor Valmont quiere hablar con usted.

Julian levantó las manos.

—Mi cliente tiene derecho a representación legal.

Carter le dio un golpe en el estómago con la culata del arma.

Julian cayó de rodillas.

Lucía intentó sacar su pistola, pero dos guardias la inmovilizaron.

Elena escondió la memoria USB dentro de su manga.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó.

Carter no respondió.

—Victor te ordenó encontrar el libro de mi padre, ¿verdad?

Por primera vez, el hombre mostró una reacción.

Elena comprendió que había acertado.

—Victor no te considera parte de su familia —continuó—. Cuando todo salga a la luz, dirá que tú actuaste solo.

—Cállese.

—Te enviará a prisión para protegerse.

Carter se acercó.

—No conoce nada sobre mí.

—Sé que tienes una hija.

Elena lo había visto una vez visitando la mansión. Una adolescente de cabello rojizo que caminaba con muletas.

—Valmont Medical pagó su tratamiento —dijo Elena—. Por eso trabajas para Victor.

Carter apretó la mandíbula.

—Mi hija está viva gracias a esa familia.

—¿O enferma por culpa de ella?

Carter quedó inmóvil.

Elena recordó un informe que había encontrado en los archivos de la fundación. Un medicamento experimental había provocado daños neurológicos en varios pacientes. La empresa había pagado acuerdos secretos.

—El tratamiento de tu hija formaba parte del ensayo VM-47 —dijo—. Victor sabía que causaba parálisis parcial.

Carter levantó el arma.

—Está mintiendo.

—Tengo los documentos.

Un guardia miró a Carter con incertidumbre.

En aquel instante, Lucía golpeó al hombre que la sujetaba. Julian tiró una lámpara contra otro guardia.

El altillo quedó sumido en caos.

Elena corrió hacia una ventana.

Un guardia la agarró del cabello. Ella giró, clavó el codo en su rostro y le golpeó la rodilla. El hombre cayó.

Carter disparó.

La bala rompió el cristal junto a la cabeza de Elena.

Ella saltó por la ventana.

Cayó sobre el tejado inclinado de la biblioteca y comenzó a deslizarse. Logró agarrarse a una canaleta.

Debajo había una caída de más de ocho metros.

Lucía apareció en la ventana.

—¡Dame la mano!

Otro disparo resonó.

La canaleta se separó de la pared.

Elena cayó.

Aterrizó sobre el techo de cristal del invernadero. El material se quebró bajo su cuerpo y ella atravesó una lluvia de fragmentos.

Golpeó una mesa cubierta de plantas.

Durante unos segundos no pudo respirar.

Escuchó a los guardias acercándose.

Se obligó a ponerse de pie.

Julian llegó por el túnel con sangre en la frente. Lucía lo seguía.

Los tres corrieron hacia el bosque.

Detrás de ellos se encendieron todas las luces de la finca.

Cuando alcanzaron la camioneta, Elena comprobó su manga.

La memoria USB seguía allí.

También el teléfono desechable.

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En la pantalla había un nuevo mensaje.

Mateo está en Saint Claire. No tienes más de cuarenta y ocho horas.

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