Capítulo 6 - El río no olvida

El hombre acercó la llama al rastro de gasolina.
El fuego avanzó sobre el asfalto como una serpiente amarilla.
—¡Rompe la ventana! —gritó Elena.
Lucía se quitó el cinturón y golpeó el cristal con ambos pies. La ventanilla vibró, pero no se rompió. El automóvil continuaba suspendido sobre el borde del puente, sostenido únicamente por una parte deformada de la barrera metálica.
Cada movimiento hacía que la carrocería descendiera unos centímetros más.
El fuego alcanzó el maletero.
Una explosión seca sacudió el vehículo.
Elena golpeó el cristal con el codo. El dolor le recorrió todo el brazo. Volvió a intentarlo, pero solo consiguió dejar una pequeña grieta.
—¡Usa el reposacabezas! —dijo Lucía.
Elena tiró del reposacabezas del asiento delantero. Las varillas metálicas salieron después de varios intentos. Introdujo una de ellas contra una esquina de la ventana y golpeó con todas sus fuerzas.
El cristal estalló.
Una corriente de aire frío llenó el automóvil.
—Sal tú primero —ordenó Lucía.
—No pienso dejarte.
—Elena, el tanque está ardiendo.
Fuera del vehículo, los hombres enviados por Victor observaban la escena. Ninguno intentaba acercarse. Esperaban que el fuego hiciera su trabajo.
Elena sacó la cabeza por la ventana rota. La puerta trasera estaba a menos de un metro de la barrera del puente. Si conseguían subir al techo, quizá podrían saltar.
Pero en cuanto Elena apoyó el peso sobre el borde de la ventana, el automóvil descendió bruscamente.
Lucía gritó.
La parte delantera quedó completamente suspendida sobre el río.
Elena volvió al interior.
—No podemos subir.
—Entonces saltaremos al agua.
El río estaba casi quince metros debajo de ellas. La corriente era rápida y oscura. El impacto podía dejarlas inconscientes.
Detrás, uno de los atacantes levantó una pistola.
—¡Se acabó el tiempo! —gritó.
Disparó hacia la ventana.
La bala atravesó el parabrisas y se incrustó en el asiento.
Lucía se agachó.
—Prefiero el río.
Elena tomó la memoria USB y el teléfono desechable. Los introdujo en una pequeña bolsa impermeable que Julian había guardado en la guantera.
—A la cuenta de tres.
Lucía asintió.
Pero antes de que Elena comenzara a contar, se escuchó el rugido de un motor.
El vehículo de Julian apareció al otro extremo del puente.
Aceleró directamente hacia los atacantes.
Dos hombres saltaron a un lado. El tercero no tuvo tiempo de apartarse y fue golpeado por el capó. Cayó sobre el asfalto mientras Julian giraba el volante y colocaba su automóvil entre los pistoleros y el vehículo suspendido.
—¡Ahora! —gritó a través de la ventanilla.
Julian salió con una barra metálica.
Uno de los atacantes le disparó.
La bala golpeó la puerta del vehículo. Julian se cubrió detrás del motor y lanzó la barra hacia el hombre. No acertó, pero consiguió obligarlo a retroceder.
Elena miró a Lucía.
—Saltamos.
Salieron por la ventana rota.
Elena fue primero. Se sostuvo del marco exterior y dejó caer el cuerpo hacia el vacío. El automóvil se inclinó todavía más.
Durante un segundo quedó colgando de ambas manos.
Lucía apareció detrás.
—¡Suéltate!
Elena miró el agua.
Pensó en Mateo.
Pensó en las manos diminutas de su hijo cerrándose alrededor de su dedo.
Se soltó.
El aire helado le golpeó el rostro. El río se acercó con una velocidad aterradora. Elena intentó mantener los pies juntos y los brazos pegados al cuerpo.
El impacto le arrancó el aire.
El agua la envolvió.
No sabía dónde estaba la superficie. La corriente la arrastró bajo el puente mientras el dolor se extendía desde sus piernas hasta su espalda.
Abrió los ojos.
Solo vio oscuridad y burbujas.
Nadó hacia la luz.
Cuando finalmente salió a la superficie, escuchó otra explosión.
El automóvil cayó desde el puente envuelto en llamas. Golpeó el río a pocos metros de ella y desapareció entre una nube de vapor.
—¡Lucía! —gritó Elena.
No hubo respuesta.
La corriente la arrastraba hacia una zona de rocas. Elena intentó nadar contra ella, pero su ropa estaba empapada y pesada.
Entonces vio una mano.
Lucía apareció brevemente antes de hundirse otra vez.
Elena se dejó llevar hasta alcanzarla. Agarró su chaqueta y tiró de ella hacia la superficie.
Lucía estaba inconsciente.
—¡No me hagas esto!
Elena rodeó su pecho con un brazo y nadó hacia la orilla. Cada movimiento resultaba más difícil. Sus músculos comenzaban a entumecerse.
Una figura apareció entre los árboles.
Elena pensó que era otro hombre de Victor.
Buscó una piedra con la mano libre.
—No te acerques.
La figura levantó ambos brazos.
—Si quisiera matarte, te dejaría congelarte.
Era Carter Wren.
El jefe de seguridad descendió por la orilla y entró en el agua hasta las rodillas. Tomó a Lucía por los hombros y ayudó a sacarla.
Elena cayó sobre el barro.
—¿Qué haces aquí?
Carter no respondió. Colocó a Lucía boca arriba, comprobó su respiración y comenzó a presionar su pecho.
Después de varios intentos, Lucía expulsó agua y empezó a toser.
Elena se inclinó sobre ella.
—Respira. Estoy aquí.
Carter miró hacia el puente.
Se escuchaban disparos.
—Tenemos menos de dos minutos antes de que bajen.
—Son tus hombres.
—Ya no.
Carter se quitó la chaqueta y la colocó sobre Lucía.
Elena retrocedió.
—¿Por qué debería confiar en ti?
—No deberías.
Sacó un teléfono y se lo entregó.
En la pantalla había una fotografía de una niña de cabello rojizo sentada en una silla de ruedas. Junto a ella aparecía un informe médico.
—Mi hija se llama Emily. Tenías razón sobre el ensayo VM-47.
Elena examinó el documento.
Carter había accedido a los archivos internos de Valmont Medical. Los informes demostraban que la empresa conocía los efectos secundarios antes de administrar el medicamento.
—Victor pagó la operación de Emily —dijo Carter—. Durante años creí que estaba salvándola. En realidad estaba comprando mi silencio.
—¿Y ahora quieres vengarte?
—Quiero sacarla del país antes de que descubran que abrí los archivos.
Lucía, todavía débil, levantó la cabeza.
—¿Dónde está Mateo?
Carter observó a Elena.
—Estuvo en Saint Claire.
—¿Estuvo?
—Lo trasladaron hace cuatro horas.
Elena se puso de pie pese al dolor.
—¿Adónde?
—No lo sé. Victor no comparte esa información conmigo.
—Entonces no nos sirves.
Carter soportó la mirada.
—Sé quién ordenó el traslado.
—Victor.
—No.
Elena sintió un escalofrío que no procedía del agua.
—Beatrice.
—Tampoco.
Carter miró hacia la carretera mientras unas linternas aparecían entre los árboles.
—Fue Adrian.
Elena se quedó inmóvil.
—Estás mintiendo.
—La autorización lleva su firma biométrica. También solicitó un avión privado con destino a Montreal.
Elena recordó la expresión de su marido durante la gala. Recordó sus labios formando las palabras: Ya está fuera.
—¿Adrian está llevando a nuestro hijo a Canadá?
—Eso parece.
Julian apareció descendiendo por la orilla. Tenía sangre en una manga, pero caminaba por sus propios medios.
—Tenemos que movernos —dijo—. Derribé a dos, pero vienen más.
Carter señaló un camino entre los árboles.
—Hay una cabaña de mantenimiento a quinientos metros. Dejé un vehículo allí.
Julian levantó su pistola hacia él.
—¿Por qué deberíamos seguirte?
—Porque el helicóptero de Victor llegará en seis minutos.
Como si quisiera confirmar sus palabras, un ruido lejano comenzó a crecer sobre las montañas.
Elena ayudó a Lucía a levantarse.
Los cuatro avanzaron por el bosque.
La cabaña era pequeña y estaba abandonada. Carter había dejado ropa seca, comida, un botiquín y las llaves de una camioneta.
Mientras Lucía cambiaba sus prendas mojadas, Elena se acercó a Carter.
—Quiero ver la orden firmada por Adrian.
Carter abrió un archivo en su teléfono.
La autorización mostraba el nombre de Adrian Valmont, su identificación y una marca de verificación biométrica.
Destino inicial: aeropuerto privado de Burlington.
Destino final: Montreal.
Pasajero registrado: Charles Victor Valmont II.
Elena apretó los dientes.
Incluso en los documentos habían eliminado el nombre Mateo.
—¿A qué hora despegó el avión?
—No despegó.
—¿Por qué?
—El piloto informó de una avería técnica. El niño continúa en Vermont.
Elena sintió que podía respirar de nuevo.
—Entonces todavía tenemos una oportunidad.
Carter negó con la cabeza.
—Hay algo más.
Abrió otra fotografía tomada por una cámara de seguridad de Saint Claire.
Adrian aparecía entrando en la clínica.
No estaba solo.
A su lado caminaba una mujer joven de cabello rubio, vestido oscuro y rasgos europeos. Elena la reconoció.
Se llamaba Camille Laurent.
Era la hija de un banquero suizo y había sido la prometida de Adrian antes de que él conociera a Elena.
Camille sostenía una carpeta contra el pecho.
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En la portada podían leerse dos palabras:
Certificado de adopción.