Capítulo 7 - La clínica de las madres olvidadas

Saint Claire se alzaba sobre una colina cubierta de pinos.
Desde la carretera parecía un monasterio antiguo. Sus paredes de piedra estaban rodeadas por jardines perfectamente cuidados y una verja de hierro de casi cuatro metros.
No había carteles que identificaran el lugar.
Carter detuvo la camioneta a un kilómetro de distancia.
—Hay cámaras térmicas en el bosque y sensores bajo la verja.
—¿Cuántos guardias? —preguntó Julian.
—Doce durante el día. Dieciocho por la noche.
Lucía revisó el equipo que había conseguido mediante su contacto local.
—También hay una señal de interferencia. No tendremos teléfonos dentro.
Elena observó el edificio.
Mateo había estado allí. Quizá continuaba dentro.
La imagen de Adrian con Camille se repetía en su mente. Durante años, Beatrice había comparado a Elena con aquella mujer.
Camille provenía de una familia rica, hablaba cinco idiomas y conocía las reglas de la aristocracia europea. Era exactamente la esposa que los Valmont querían para Adrian.
—¿Qué clase de adopción puede hacerse sin mi consentimiento? —preguntó Elena.
Julian respondió:
—Ninguna adopción legal. Pero si te declaran incapaz y Adrian conserva la custodia exclusiva, podría permitir que otra persona se convierta en tutora. Después podrían llevar al niño a una jurisdicción extranjera.
—Camille vive en Ginebra.
—Y su padre controla uno de los bancos utilizados por Victor —añadió Lucía.
Carter desplegó un plano de Saint Claire.
—Hay tres edificios. La clínica principal, la residencia del personal y un ala subterránea construida hace ocho años.
—¿Qué guardan debajo? —preguntó Elena.
—Pacientes que no deben aparecer en los registros.
La camioneta de suministros llegó a las cinco y veinte de la tarde.
Carter bloqueó la carretera utilizando un vehículo abandonado. Cuando el conductor bajó para apartarlo, Julian apareció con una placa falsa.
No hubo violencia. Convencieron al hombre de que existía una fuga de gas y le pidieron que esperara a los servicios de emergencia.
Diez minutos después, Elena conducía la camioneta vestida con el uniforme de la empresa de suministros.
Lucía iba oculta entre las cajas. Carter llevaba una gorra y una identificación perteneciente al conductor. Julian permanecería fuera para controlar la carretera y enviar los documentos a la prensa si no salían antes de una hora.
Al llegar a la verja, un guardia escaneó la identificación.
—No es el conductor habitual.
—Su hija está enferma —respondió Carter—. Nos pidió que cubriéramos la ruta.
El guardia miró a Elena.
—¿Y ella?
—Nueva empleada.
Elena mantuvo la cabeza baja.
El guardia abrió la parte trasera. Lucía estaba escondida detrás de un doble fondo preparado bajo las cajas.
Después de una inspección rápida, les permitió entrar.
El patio interior estaba demasiado silencioso. No se escuchaban conversaciones ni pasos. Solo el sonido de una campana lejana.
Una mujer con uniforme blanco los recibió.
—Las cajas médicas van al sótano. Los alimentos, a la cocina.
Carter empujó el carro mientras Elena lo seguía.
En los corredores vieron a varias pacientes. Todas eran mujeres. Algunas caminaban lentamente acompañadas por enfermeras. Otras permanecían sentadas frente a las ventanas con la mirada perdida.
Una joven latina pasó junto a Elena.
Tendría unos veinte años. Llevaba marcas recientes en las muñecas.
—Ayúdame —susurró sin mover apenas los labios.
Una enfermera tiró de ella.
—No hables con los proveedores, señorita Santos.
Elena la observó desaparecer.
—Este lugar no es una clínica —murmuró.
—Es una prisión —respondió Carter.
Llegaron al ascensor de servicio.
Carter utilizó la tarjeta que había robado Clara. La luz cambió de rojo a verde.
Descendieron al nivel subterráneo.
Lucía salió de su escondite cuando las puertas se cerraron.
—Tenemos cuarenta minutos.
El nivel inferior estaba iluminado con luces blancas. Había puertas metálicas a ambos lados y cámaras en cada esquina.
Carter conectó un dispositivo al panel. Las imágenes de las cámaras se congelaron durante noventa segundos.
Avanzaron.
En la primera sala encontraron archivos médicos. En la segunda había estanterías llenas de medicamentos sin etiquetas.
La tercera contenía cunas.
Elena sintió que el corazón se detenía.
Había siete bebés.
Corrió de una cuna a otra.
Ninguno era Mateo.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Lucía.
Elena tomó una ficha.
La madre del bebé aparecía registrada como paciente incapaz. El tutor legal era una fundación privada. El destino previsto figuraba como “familia internacional aprobada”.
—Están robando hijos —dijo—. Declaran inestables a las madres y entregan los bebés a familias ricas.
Lucía fotografió todos los documentos.
De repente, una voz salió de un altavoz.
—Señora Márquez, sabíamos que vendría.
Las puertas se bloquearon.
Las luces cambiaron a rojo.
Carter sacó su arma.
Una pared de cristal situada al fondo de la sala se iluminó. Detrás apareció Adrian.
Elena corrió hacia él.
—¿Dónde está Mateo?
Adrian colocó una mano sobre el cristal.
—Está vivo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No puedo decírtelo mientras ellos escuchen.
—¿Ellos? Tú firmaste su traslado.
—Tenía que hacerlo.
Elena golpeó el cristal.
—¡Siempre tienes que hacerlo! Firmaste los informes, aceptaste la orden de custodia y fingiste arrebatarme a nuestro hijo delante de cientos de personas.
—Porque mi padre iba a detenerte esa noche.
—¿Detenerme?
—Había ordenado que sufrieras un accidente camino a casa.
Elena recordó los hombres del puente.
—Podrías haberme advertido.
—Todos tus teléfonos estaban intervenidos. También vigilaban a Clara. La gala era el único lugar con suficiente prensa para impedir que te llevaran en silencio.
Lucía se acercó.
—¿El muñeco formaba parte de tu plan?
Adrian asintió.
—Necesitaba que Victor creyera que Mateo estaba bajo su control mientras Clara lo sacaba de la mansión.
Elena sintió una mezcla de esperanza y furia.
—Pero Clara no lo tenía.
—Alguien interceptó el vehículo antes de que llegara al punto acordado.
—¿Quién?
Adrian miró hacia una cámara.
—Mi madre.
—Carter dice que tú ordenaste traerlo aquí.
—Después de descubrir que Beatrice lo tenía, firmé el traslado para evitar que lo enviara directamente a Europa. Pensé que podía mantenerlo protegido en Saint Claire.
Elena recordó a Camille.
—¿Y los documentos de adopción?
El rostro de Adrian cambió.
—No eran para Mateo.
—Vi la carpeta.
—Camille está trabajando conmigo.
Lucía soltó una risa incrédula.
—Qué conveniente.
—Su hermana desapareció hace doce años después de dar a luz —dijo Adrian—. La ingresaron aquí. Camille lleva años intentando demostrar que su sobrino fue vendido mediante una adopción ilegal.
Elena miró las cunas.
Las piezas comenzaban a encajar.
—¿Dónde está Mateo ahora?
—Beatrice lo sacó hace cuatro horas. Cuando comprendió que yo estaba investigando Saint Claire, cambió el plan.
—Carter dijo que el avión no había despegado.
—Porque Mateo nunca estuvo en ese avión.
Un ruido metálico sonó detrás de ellos.
Varias puertas se abrieron.
Guardias armados entraron en el corredor.
—¡Al suelo! —ordenó uno.
Carter disparó contra las luces. La habitación quedó casi a oscuras.
Lucía tomó las fichas de las cunas y las guardó en su mochila.
Elena vio que Adrian introducía un código en un panel al otro lado del cristal.
Una puerta lateral se abrió.
—¡Por aquí! —gritó él.
Carter cubrió la retirada mientras Elena y Lucía atravesaban la puerta. Adrian las esperaba en un corredor estrecho.
Elena lo empujó contra la pared.
—Dame una razón para no dejarte aquí.
—Porque sé dónde está tu padre.
Elena dejó de respirar.
—Mi padre está muerto.
—No murió en Phoenix.
—¿Cómo lo sabes?
Adrian sacó una fotografía doblada del bolsillo.
Mostraba a un hombre mayor sentado junto a una ventana. Tenía el rostro parcialmente desfigurado por quemaduras, pero Elena reconoció sus ojos.
Eran sus propios ojos.
En la parte inferior de la fotografía aparecía una fecha.
Había sido tomada tres semanas antes.
—Victor lo ha mantenido encerrado durante veinticinco años —dijo Adrian—. Rafael Márquez está en una propiedad de los Valmont en Maine.
Una alarma comenzó a sonar.
Adrian tomó la mano de Elena.
—Podemos discutir después. Ahora tenemos que sacar a los bebés.
Durante los siguientes minutos, el corredor se convirtió en un caos.
Carter y Adrian empujaron las cunas hacia el ascensor de carga. Lucía activó el sistema contra incendios. El agua cayó desde el techo y varias puertas de seguridad se abrieron automáticamente.
Las pacientes comenzaron a salir de sus habitaciones.
Elena encontró a la joven latina que le había pedido ayuda.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—¿Tienes un hijo aquí?
La muchacha señaló una de las cunas.
—Gabriel.
Elena colocó al bebé en sus brazos.
Sofía comenzó a llorar.
Los guardias se acercaban desde ambas direcciones.
Adrian condujo al grupo hacia un túnel de evacuación. Según él, comunicaba con una capilla situada fuera de los muros.
Carter cerró una puerta blindada detrás de ellos.
—No resistirá más de cinco minutos.
Avanzaron por el túnel con siete bebés y once pacientes.
Cuando llegaron a la capilla, Julian esperaba con dos vehículos y varios agentes estatales.
Había recibido los documentos enviados por Lucía y contactado con una fiscal que no pertenecía a la red de Victor.
Los agentes entraron en Saint Claire.
Elena pensó que habían ganado su primera batalla.
Entonces Adrian miró las cunas.
Su rostro palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
Adrian tomó una de las mantas.
Debajo había una pequeña pulsera de hospital.
Llevaba escrito un nombre:
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Mateo Márquez Valmont.
Pero la cuna estaba vacía.