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Chapter 8 - La madre del novio

Victoria Serrano apareció públicamente al día siguiente.

Convocó una rueda de prensa delante de la sede de su fundación médica. Vestía de negro, llevaba una insignia contra la violencia familiar y hablaba como una madre devastada por los delitos de su propio hijo.

—Álvaro ha cometido errores que deberán ser investigados —declaró—. Pero mi familia también ha sido víctima de una campaña de manipulación dirigida por Elena Valdés y una mujer cuya estabilidad mental no ha sido comprobada.

No pronunció el nombre de Beatriz.

La describió como una paciente vulnerable utilizada por personas interesadas en tomar el control del Grupo Valdés.

También afirmó que Alba se encontraba en peligro.

Dos horas después, los abogados de Victoria presentaron una solicitud urgente para retirar temporalmente la custodia a Rosa. Argumentaban que había falsificado documentos, ocultado el nacimiento de la niña y colaborado en su secuestro.

—Quiere controlar a Alba legalmente —dijo Irene.

—No puede conseguirlo —respondió Elena.

—Tiene jueces, informes médicos y una fundación dedicada a la protección infantil. Puede crear una apariencia convincente.

Beatriz caminaba de un lado a otro en la casa segura.

—No permitiré que la encierren como hicieron conmigo.

—No ocurrirá —dijo Elena.

—Tú no sabes lo que pueden hacer.

La frase salió con mayor dureza de la que Beatriz pretendía.

Elena guardó silencio.

Su madre se llevó una mano al rostro.

—Perdóname.

—No tienes que pedirme perdón por tener miedo.

—No es solo miedo. Durante once años pensé que, si algún día regresaba, sabría exactamente qué hacer. Ahora Alba me mira como a una desconocida y tú tienes que salvarnos a las dos.

Elena se acercó.

—No tienes que convertirte inmediatamente en la madre que eras.

—Tú necesitabas una madre durante once años.

—Sí.

Beatriz levantó los ojos.

—¿Me odias?

La pregunta permaneció entre ambas.

Elena quiso ofrecer una respuesta sencilla, pero ya había aprendido que las respuestas sencillas protegían demasiadas mentiras.

—Una parte de mí está enfadada —admitió—. Sé que estabas prisionera. Sé que te amenazaron. Pero también sé que, durante algunos años, recuperaste parte de tu memoria y no regresaste.

Beatriz comenzó a llorar.

—Intenté salir dos veces. La primera encontraron a la enfermera que me ayudó. La segunda enviaron una fotografía tuya entrando en la universidad. Sobre tu rostro habían dibujado una cruz.

—Lo entiendo.

—Pero no puedes sentirlo como yo.

—No. Igual que tú no puedes sentir cómo fue enterrarte y vivir once años creyendo que ya no existías.

Beatriz asintió.

—Entonces tendremos que aprender a conocernos de nuevo.

Elena tomó su mano.

—Sí.

Alba entró acompañada por Rosa.

Llevaba un dibujo entre las manos. Había representado a tres mujeres bajo un árbol: Rosa, Beatriz y Elena.

—No sabía dónde ponerme —dijo.

Beatriz se arrodilló.

—Puedes colocarte donde quieras.

La niña dibujó una figura pequeña entre Rosa y Beatriz.

—No quiero elegir.

Rosa la abrazó.

—Nadie te lo pedirá.

Aquella misma tarde, Irene recibió una llamada de Álvaro desde prisión. Quería colaborar a cambio de protección frente a Victoria.

Elena aceptó escucharlo, pero no negociar una inmunidad.

La reunión se celebró detrás de un cristal.

Álvaro parecía no haber dormido. Ya no llevaba el traje perfecto de la boda. Vestía ropa gris y tenía una pequeña herida junto a la ceja.

—Mi madre intentó enviar a un hombre a mi celda —dijo—. Quería saber qué había contado.

—¿Te sorprende? —preguntó Elena.

—No conoces a Victoria.

—Conozco a una mujer que incendió una clínica llena de pruebas.

Álvaro apoyó las manos sobre la mesa.

—Ella tampoco controla todo.

—¿Carmen?

El rostro de Álvaro confirmó la respuesta.

—Solo la vi dos veces —explicó—. Utiliza el nombre de Carmen de la Vega. Dirige una fundación internacional dedicada a recuperar propiedades históricas.

Irene conocía la organización. La Fundación Eterna compraba hoteles, clínicas y edificios pertenecientes a familias en crisis.

—Adquiere los bienes robados por San Gabriel —comprendió.

—A precios ridículos —respondió Álvaro—. Después los mantiene dentro de sociedades que nadie relaciona con ella.

—¿Mi padre trabaja para Carmen?

—Ricardo creyó durante años que eran socios. En realidad, ella conserva pruebas suficientes para destruirlo.

—¿Por qué lo ayudó a encerrar a Beatriz?

—Porque tu madre descubrió quién era Carmen. Quería anunciar públicamente que su hermana estaba viva y recuperar las propiedades de las víctimas.

Elena se inclinó hacia el cristal.

—¿Dónde está Carmen?

—No lo sé. Pero mi madre guarda el Archivo Blanco.

—¿Qué contiene?

—Los originales de cada certificado de incapacidad, grabaciones de jueces y pruebas de las identidades falsas. También contiene el contrato que demuestra quién controla realmente el Grupo Valdés.

—¿Dónde?

Álvaro miró a Elena.

—En el lugar donde debía comenzar nuestro matrimonio.

—¿El Palacio de Valdés?

—Debajo de la capilla.

La antigua capilla familiar estaba conectada con el salón de bodas. Bajo el altar existía una cripta cerrada desde hacía décadas.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó Elena.

—Porque mi madre va a eliminarme.

—No por arrepentimiento.

Álvaro bajó los ojos.

—No sé si todavía soy capaz de distinguir el arrepentimiento del miedo.

—Entonces empieza aceptando que ambos pueden existir y que ninguno borra lo que hiciste.

Al salir de la prisión, Elena recibió una llamada urgente de Rosa.

Dos mujeres con identificaciones del servicio de protección infantil habían llegado a la casa segura con una orden judicial para llevarse a Alba.

Irene verificó el documento.

La firma pertenecía a un juez real, pero la orden no aparecía en el sistema oficial.

—Son falsas —dijo.

Elena llamó a Daniel.

Cuando llegaron, las supuestas funcionarias ya estaban dentro. Una sostenía a Alba por el brazo mientras Rosa bloqueaba la puerta.

—La menor debe acompañarnos —afirmó la mujer—. Tenemos autorización.

Elena tomó la orden.

—¿Quién os envió?

—El tribunal de familia.

—Este documento utiliza el apellido anterior del juez. Lo cambió hace seis meses.

Las mujeres intentaron salir.

Daniel y los agentes las detuvieron.

Dentro del vehículo encontraron sedantes, pasaportes infantiles y un billete de avión con destino a Suiza.

Victoria no quería obtener la custodia.

Quería sacar a Alba del país.

Una de las detenidas pidió hablar con Elena.

—No trabajamos para Victoria —dijo.

—La grabación de San Gabriel demuestra que ella está implicada.

—Victoria pagó, pero recibió instrucciones de otra mujer.

—¿Carmen?

La detenida sonrió con nerviosismo.

—La señora Carmen quiere conocer a su sobrina.

Elena sintió un escalofrío.

—Dile que tendrá que venir personalmente.

La mujer bajó la voz.

—Eso hará.

Sacó del bolsillo una tarjeta blanca que los agentes no habían encontrado.

En ella aparecía la fecha de una gala organizada por la Fundación Eterna.

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Debajo había una frase escrita a mano:

Querida Elena: traiga a mi hermana y le devolveré la historia que su padre robó.

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