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Chapter 6 - La hija que nunca existió

La sala del consejo quedó bajo custodia policial.

Nadie podía abandonar el piso mientras los agentes recogían documentos, teléfonos y grabaciones. Álvaro había sido trasladado a dependencias judiciales. Ricardo permanecía junto a la ventana, rodeado por sus abogados, fingiendo que la confesión escuchada minutos antes no tenía relación con él.

Elena no apartaba los ojos de Beatriz.

Su madre estaba viva.

Podía tocar su mano, escuchar su respiración y reconocer el pequeño movimiento que hacía con los labios cuando intentaba contener el llanto. Sin embargo, once años de ausencia impedían que el reencuentro fuese sencillo.

Alba permanecía abrazada a Rosa.

La niña miraba a Beatriz con curiosidad, pero no corría hacia ella. Para Alba, su madre era la mujer que la había peinado antes de ir a la escuela, la que preparaba chocolate cuando tenía fiebre y la que la acompañaba cada noche.

Esa mujer era Rosa.

Beatriz pareció comprenderlo.

Se arrodilló a unos pasos de la niña.

—No voy a pedirte que me llames mamá.

Alba levantó la mirada hacia Rosa.

—¿Es verdad lo que ha dicho?

Rosa se secó las lágrimas.

—Sí, pequeña.

—¿Entonces tú no eres mi madre?

Rosa se inclinó frente a ella.

—Soy la persona que tuvo la suerte de criarte. Eso no cambiará.

—¿Y ella?

Beatriz respondió con voz temblorosa:

—Yo soy la mujer que te dio a luz y que nunca dejó de buscar la manera de regresar a ti.

Alba apretó con fuerza la mano de Rosa.

—¿Por qué me dejaste?

La pregunta hizo que Beatriz cerrara los ojos.

—Porque estaba encerrada. Porque había personas vigilándonos. Y porque Rosa fue más valiente que todos los adultos que debían protegerte.

Ricardo avanzó.

—No permitiremos que una mujer traumatizada confunda a una niña con historias imposibles.

Elena se volvió hacia él.

—Las pruebas de ADN confirmarán todo.

—No existe ninguna prueba todavía.

Irene sacó una carpeta.

—Las muestras preliminares fueron comparadas mientras la señora Beatriz recibía atención médica. Existe coincidencia de maternidad superior al noventa y nueve por ciento.

Ricardo miró a sus abogados.

—Una prueba obtenida sin supervisión judicial no tiene valor.

—Entonces realizaremos otra —respondió Elena—. También compararemos el ADN de Alba con el tuyo.

Su padre se quedó inmóvil.

Beatriz se puso de pie lentamente.

—Dile la verdad.

—No sé de qué hablas.

—Yo estaba embarazada cuando ordenaste el accidente.

El silencio ocupó toda la sala.

Elena miró a su madre.

—¿Ya esperabas a Alba?

Beatriz asintió.

Tres semanas antes de la falsa muerte, había descubierto que estaba embarazada. No quiso contárselo inmediatamente a Ricardo porque llevaba meses reuniendo pruebas sobre el blanqueo de dinero dentro del Grupo Valdés. Temía que él utilizara al bebé para obligarla a guardar silencio.

—Pensaba denunciarlo y marcharme contigo —explicó a Elena—. Quería alejaros a las dos antes de que Ricardo supiera que yo tenía los documentos.

—Pero se enteró —dijo Irene.

—Álvaro encontró los análisis médicos dentro de mi despacho. En aquella época era el abogado más joven del grupo y quería demostrar que podía resolver cualquier problema.

Ricardo golpeó la mesa.

—No escuchéis sus delirios.

Beatriz continuó sin mirarlo.

La noche del supuesto accidente, un conductor enviado por Ricardo recogió su vehículo. Beatriz fue obligada a entrar en otra furgoneta y trasladada al Centro San Gabriel. Clara Ferrer ocupó su lugar dentro del coche que cayó por el acantilado.

—¿Clara estaba viva cuando la metieron en el vehículo? —preguntó Elena.

Beatriz bajó los ojos.

—No lo sé. Solo recuerdo que Julián lloraba mientras Álvaro le entregaba unos documentos.

Clara había descubierto que su esposo falsificaba historiales psiquiátricos para declarar incapaces a mujeres con importantes patrimonios. Intentó entregar pruebas a Beatriz. Ricardo decidió utilizar su cuerpo porque Julián Ferrer no se atrevería a cuestionar la identificación sin revelar sus propios delitos.

Durante los primeros meses en San Gabriel, Beatriz recibió medicamentos que alteraban su memoria. A veces olvidaba su nombre. Otras veces creía que Elena todavía era una niña.

—¿Cómo sobrevivió Alba? —preguntó Elena.

Rosa habló por primera vez.

Trabajaba entonces como auxiliar de limpieza en la clínica. Descubrió que Beatriz estaba embarazada y comenzó a reducir en secreto algunos de los medicamentos que podían dañar al bebé.

—Cuando nació —explicó Rosa—, Álvaro ordenó registrar a la niña como fallecida.

Alba enterró el rostro contra su abrigo.

—Pero estaba viva.

—Sí, mi amor.

Rosa consiguió sacar a la bebé dentro de un carrito de lavandería. Con ayuda de una enfermera llamada Celia Vega, falsificó documentos para registrarla como hija propia.

—¿Por qué no acudiste a la policía? —preguntó Elena.

—Dos días después, Celia desapareció. Un hombre vino a mi casa y me enseñó fotografías tuyas. Dijo que, si hablaba, la siguiente persona enterrada sería Elena.

Beatriz miró a Rosa.

—Ella perdió su trabajo, su familia y su vida anterior para proteger a Alba.

Elena se acercó a Rosa.

—Gracias.

Rosa negó con la cabeza.

—No lo hice por agradecimiento. Lo hice porque una niña no debía pagar por los crímenes de los adultos.

Un técnico de la fiscalía entró con un sobre.

Las pruebas rápidas habían comparado el ADN de Ricardo con el de Alba a partir de una copa utilizada durante la reunión.

Irene leyó el resultado.

—Ricardo Valdés es el padre biológico de Alba.

Varios miembros del consejo se volvieron hacia él.

Ricardo dejó de fingir sorpresa.

—Aunque sea mi hija, eso no modifica el control del grupo.

Beatriz sacó el documento que había llevado a la reunión.

—Sí lo modifica.

El fideicomiso secreto establecía que el cincuenta y uno por ciento de las acciones quedaría dividido entre todas las hijas biológicas de Beatriz cuando la menor cumpliera dieciocho años. Mientras una de ellas fuera menor, ninguna transferencia podía realizarse sin la aprobación de un protector independiente.

—¿Quién es el protector? —preguntó Elena.

Beatriz miró a Rosa.

Ricardo soltó una risa amarga.

—¿Entregaste el control a una empleada doméstica?

—Se lo entregué a la única persona que protegió a nuestra hija.

El matrimonio entre Elena y Álvaro habría cambiado la situación. El contrato convertía a Álvaro en representante de Elena y permitía solicitar la incapacidad de Beatriz. Después, podrían impugnar la existencia de Alba y recuperar las acciones.

Por eso debían celebrar la boda antes de que Beatriz apareciera.

—Todo estaba preparado —murmuró Elena.

—Desde hace años —confirmó su madre.

Los agentes se acercaron a Ricardo.

—Señor Valdés, deberá acompañarnos.

Una alarma de incendios comenzó a sonar.

Las luces se apagaron.

Elena escuchó una puerta abrirse y varios pasos corriendo. Daniel trató de alcanzar a Ricardo, pero una columna de humo salió del sistema de ventilación y obligó a todos a retroceder.

Cuando se encendieron las luces de emergencia, Ricardo había desaparecido.

Uno de sus abogados y dos guardias también faltaban.

Los agentes encontraron una puerta oculta detrás de la biblioteca. Conducía a un ascensor privado que descendía hasta el aparcamiento.

Ricardo había utilizado una salida construida para su familia.

Elena recibió un mensaje en el teléfono recuperado:

Crees que has encontrado a tu madre. En realidad, has liberado el mayor error de nuestra familia.

Debajo aparecía una fotografía antigua.

Beatriz era una niña de diez años. A su lado había una adolescente que se parecía extraordinariamente a ella.

Elena mostró la imagen.

Su madre perdió todo el color del rostro.

—¿Quién es? —preguntó Elena.

Beatriz tomó el teléfono.

—Mi hermana Carmen.

—Nunca me hablaste de ella.

—Porque murió antes de que tú nacieras.

El mensaje contenía una segunda frase:

Pregunta a Beatriz quién construyó realmente San Gabriel.

Beatriz dejó caer el teléfono.

—Eso es imposible.

—¿Qué ocurre?

Su madre miró la fotografía de la adolescente.

—Carmen murió en un incendio hace treinta y dos años.

Elena observó el mensaje enviado por Ricardo.

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Once años antes también había creído que Beatriz estaba muerta.

Ahora sabía que, dentro de aquella familia, una tumba nunca demostraba que alguien hubiera desaparecido realmente.

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