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Chapter 13 - El nombre de todas las ausentes

El túnel terminaba en una plataforma construida dentro del acantilado.

El océano golpeaba las rocas con violencia. Una lancha negra esperaba junto al muelle y dos hombres cargaban cajas en su interior.

Carmen se encontraba frente a un panel de control.

La maleta metálica estaba abierta. Dentro había certificados, discos duros y el libro original de la Fundación Eterna.

Elena llegó acompañada por Daniel y varios agentes.

—¡Apártese del panel! —ordenó la policía portuguesa.

Carmen levantó un pequeño dispositivo.

—Si disparan, el archivo se borrará y las cajas caerán al mar.

Daniel hizo una señal para que nadie avanzara.

—No podrás escapar —dijo Elena.

—He escapado de mi propia muerte. Esto es más sencillo.

—Rosa no firmará.

Carmen miró hacia el túnel.

—Cambiará de opinión.

—La secuestraste, amenazaste a su hija y dispararon a tu hermana delante de ella.

—Beatriz está viva.

—No gracias a ti.

Carmen apretó el dispositivo.

—Si destruyo estos archivos, nadie podrá demostrar qué propiedades pertenecían a quién. Los tribunales tardarán décadas.

—También destruirás la única prueba de lo que te hizo tu padre.

La mano de Carmen tembló ligeramente.

Elena comprendió que aquel era el centro de todo. Carmen había construido un imperio criminal, pero todavía deseaba demostrar que alguna vez fue una víctima.

—Los documentos sobre mi hija están en otra parte.

—No. Ricardo guardó copias, pero los originales están en esa maleta. Sin ellos, solo quedará tu palabra.

Carmen levantó la barbilla.

—Rosa me creerá.

—Rosa cree que te robaron. Lo que no acepta es que utilizaras ese dolor para robar la vida de otras mujeres.

—No comprendes lo que significa que te quiten una hija.

Elena sintió la rabia subir por su cuerpo.

—Mi madre fue enterrada cuando yo tenía veintiún años. Pasé once años hablándole a una tumba falsa. Alba fue arrancada de Beatriz al nacer. Rosa ha vivido con miedo de perderla. Todas comprendemos la pérdida.

Dio un paso.

—La diferencia es que ninguna decidió construir una prisión para llenar el vacío.

Carmen miró el océano.

—Cuando encontré San Gabriel, era una clínica pequeña utilizada por hombres para encerrar a esposas incómodas. Yo no inventé el sistema.

—Lo perfeccionaste.

—Lo controlé.

—Y eso te convirtió en ellos.

Las sirenas se escuchaban sobre el acantilado.

Uno de los hombres de Carmen subió a la lancha. El otro dejó caer una caja y levantó las manos.

—No pienso morir por esto —dijo.

Carmen lo miró con desprecio.

—Cobarde.

—Usted dijo que habría una salida.

—Siempre existe una salida para quien la merece.

El hombre se rindió a la policía.

Carmen comenzó a retroceder hacia la lancha.

Entonces Rosa apareció en el túnel.

Alba no estaba con ella. La niña había quedado bajo protección junto a Beatriz.

—Rosa, vuelve atrás —ordenó Elena.

—Esto también es mío.

Carmen bajó el dispositivo.

—Hija.

—No me llames así.

—Tengo fotografías tuyas desde que tenías siete años. Te vi entrar en la escuela, graduarte y cargar a Alba por primera vez.

Rosa se quedó inmóvil.

—Me vigilaste.

—Te protegía.

—Podías haberte acercado.

—Ricardo te utilizaba como cebo.

—Después murió su poder y aun así no viniste.

—Necesitaba preparar el momento correcto.

Rosa rio con tristeza.

—Esperaste a que mi vida pudiera servirte.

—Quería entregarte un imperio.

—Yo necesitaba una madre cuando tenía fiebre, cuando Teresa Jiménez murió y cuando tuve que criar sola a una niña que todos buscaban. El imperio llegó treinta años tarde.

Carmen apretó los labios.

—Puedo compensarte.

—No.

Rosa extendió la mano.

—Dame los archivos. Declara la verdad. Permite que las familias recuperen sus nombres.

—¿Y después?

—Después enfrentarás un juicio.

—¿Eso es lo que deseas para tu madre?

—Deseo que dejes de utilizar esa palabra para evitar las consecuencias.

Carmen miró el dispositivo.

—Si pulso este botón, nada de esto podrá juzgarse.

—Entonces confirmarás que nunca me buscaste por amor —respondió Rosa—. Solo querías una heredera que protegiera tu obra.

Durante varios segundos, únicamente se escuchó el mar.

Carmen parecía debatirse entre entregar el control y destruir aquello que había construido.

Finalmente, dejó caer el dispositivo.

Daniel avanzó.

Pero antes de que pudiera alcanzarla, Victoria Serrano apareció desde una puerta lateral del túnel.

Había escapado durante su traslado judicial con ayuda de un agente corrupto.

Llevaba una pistola.

—¡Nadie tocará esos archivos!

Carmen se volvió.

—Siempre fuiste impulsiva.

—Me abandonaste en la gala.

—Te dejaste grabar.

Victoria apuntó hacia Rosa.

—Ella no merece lo que construimos.

Carmen se interpuso por instinto.

Victoria disparó.

La bala impactó contra el costado de Carmen.

Los agentes respondieron y redujeron a Victoria antes de que pudiera disparar nuevamente.

Carmen cayó junto a la maleta.

Rosa corrió hacia ella.

—Llamen a un médico.

Carmen la miró con sorpresa.

—Después de todo… ¿quieres salvarme?

Rosa presionó la herida.

—No quiero otra muerta utilizada como excusa.

Carmen comenzó a llorar.

—Te busqué todos los días.

—Entonces vive y cuéntalo delante de un tribunal.

Los médicos llegaron desde la casa. Carmen fue trasladada en estado grave, pero sobrevivió a la operación.

La policía recuperó la maleta, los servidores y los certificados originales.

El archivo contenía los nombres de cuatrocientas diecisiete mujeres declaradas incapaces, desaparecidas o muertas mediante documentos falsos.

Algunas seguían vivas en clínicas y residencias privadas.

En las semanas siguientes, unidades de varios países localizaron a decenas de ellas.

El Registro de las Ausentes se convirtió en la prueba principal de una investigación internacional.

Ricardo firmó una confesión para evitar ser acusado de más asesinatos. Álvaro entregó la ubicación de cuentas ocultas. Julián Ferrer fue detenido cuando intentaba cruzar la frontera francesa.

Victoria permaneció bajo custodia por el intento de asesinato de Carmen, el incendio de San Gabriel y su participación en la red.

Carmen, desde el hospital, pidió ver a Rosa.

La conversación duró menos de diez minutos.

—No puedo llamarte mamá —dijo Rosa.

—Lo sé.

—Tampoco puedo perdonarte porque me entregues una fortuna.

—Lo sé.

—Pero testificaré que te quitaron cuando eras joven y que viviste creyendo que yo estaba muerta.

Carmen cerró los ojos.

—Eso no me hará inocente.

—No.

Por primera vez, ninguna de las dos intentó convertir la verdad en algo más cómodo.

Antes de marcharse, Rosa dejó sobre la mesa una fotografía de Alba.

—Ella quiere saber si vas a mejorar.

Carmen tomó la imagen.

—¿Qué le dijiste?

—Que mejorar no significa evitar un castigo. Significa dejar de hacer daño aunque el castigo llegue de todos modos.

Rosa salió de la habitación.

En el corredor, Elena esperaba junto a Beatriz, cuyo brazo permanecía inmovilizado.

Las tres mujeres se miraron.

No eran una familia reparada.

Todavía no.

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Pero ya no eran ausentes.

Y sus nombres nunca volverían a quedar encerrados detrás de una puerta sin ventanas.

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