Chapter 12 - La madre que no tenía derecho a ese nombre

El avión privado de la Fundación Eterna despegó de Madrid antes de que la policía pudiera impedirlo.
Rosa había acudido voluntariamente al aeropuerto después de recibir un vídeo de Alba dentro de un automóvil. La niña había sido secuestrada durante un traslado entre casas seguras. Dos agentes resultaron heridos y el conductor desapareció.
Las cámaras mostraban a Rosa entregándose a tres personas en la pista.
Después, el avión partió hacia Portugal.
Elena sintió que la rabia le quemaba el pecho.
—Carmen prometió conocer a su hija —dijo—. Lo primero que hizo fue secuestrar a su nieta.
Beatriz observaba la imagen del avión.
—Para Carmen, el amor siempre ha significado posesión.
La policía portuguesa localizó la aeronave en un pequeño aeropuerto cercano a Sintra. Sin embargo, cuando llegaron, Rosa, Alba y sus captores ya habían abandonado el lugar.
La dirección de la invitación conducía a una propiedad llamada Quinta da Névoa, una antigua residencia rodeada de bosques y acantilados.
Oficialmente pertenecía a una organización de protección del patrimonio.
En realidad, era el centro desde el que Carmen administraba la Fundación Eterna.
Elena, Beatriz, Irene y Daniel viajaron con una unidad conjunta de la policía. No podían entrar abiertamente porque Carmen había amenazado con activar transferencias automáticas y destruir información sobre cientos de víctimas.
—Quiere negociar —dijo Beatriz.
—No —respondió Elena—. Quiere que pensemos que negocia mientras prepara otra salida.
Carmen envió un mensaje.
Beatriz y Elena pueden entrar. Nadie más. Si veo policías, Alba desaparecerá como desaparecieron tantas mujeres antes que ella.
Daniel colocó transmisores ocultos en la ropa de ambas.
—La señal puede fallar dentro de la casa. Necesito que lleguéis hasta una ventana o un espacio abierto.
La Quinta da Névoa parecía un palacio detenido en otro siglo. Muros de piedra, jardines geométricos y estatuas cubiertas de musgo rodeaban el edificio principal.
Carmen esperaba en la entrada.
Vestía un traje verde oscuro y sostenía un bastón decorativo.
—Mi hermana pequeña —dijo al ver a Beatriz—. Y mi sobrina favorita.
—Solo tienes una sobrina adulta —respondió Elena.
—Por eso resulta fácil elegir.
Dos guardias las registraron y retiraron sus teléfonos. No encontraron los transmisores.
Carmen las condujo a una biblioteca.
Rosa estaba sentada junto a una mesa. No parecía herida, pero tenía las muñecas marcadas. Alba permanecía a su lado, abrazada a un cojín.
—Elena —gritó la niña.
Carmen levantó una mano.
—Nadie necesita sufrir si mantenemos una conversación civilizada.
Rosa se puso de pie.
—Suéltala.
—Cuando firmes.
—No eres mi madre.
Por primera vez, el rostro de Carmen mostró dolor.
—Te robaron de mis brazos.
—Eso fue terrible. Pero no te dio derecho a robar a la hija de otra mujer.
—Alba pertenece a nuestra sangre.
Rosa avanzó.
—Alba no pertenece a nadie.
Carmen observó a Beatriz.
—La criaste bien.
—Rosa se crio sin nosotras —respondió Beatriz—. Todo lo bueno que es no te pertenece.
La frase hirió a Carmen más que cualquier acusación legal.
Sobre la mesa había varios documentos. El primero reconocía a Rosa como Marina Valdés, hija biológica de Carmen. El segundo le transfería el control de la Fundación Eterna. El tercero autorizaba la fusión con el Grupo Valdés.
—Firma los dos primeros si quieres —dijo Elena—. El tercero es la razón por la que secuestraste a Alba.
—La fusión protegerá miles de empleos.
—También borrará el origen de las propiedades robadas.
Carmen se acercó a Elena.
—Eres joven. Todavía crees que la justicia puede existir sin destruir a los inocentes.
—Los inocentes ya fueron destruidos para construir tu fundación.
—Yo rescaté empresas abandonadas por mujeres incapaces.
Rosa golpeó la mesa.
—Deja de llamarlas incapaces. Las drogaste, las encerraste y les quitaste sus nombres.
—Algunas habrían perdido todo.
—Era su derecho perderlo.
Carmen giró lentamente hacia ella.
—Hablas como si nunca hubieras tenido poder.
—He criado a Alba con un sueldo pequeño y miedo constante. Sé lo que significa no tener poder. Por eso no quiero el tuyo.
—Puedes cambiar la fundación desde dentro.
—Entonces entrégamela sin condiciones y libera a Alba.
Carmen guardó silencio.
La respuesta era evidente.
No buscaba una heredera capaz de corregir su obra. Quería una hija que la legitimara.
Beatriz se acercó al documento.
—Yo también creí durante años que podía proteger a Elena ocultándole la verdad. Cada mentira la dejó más vulnerable.
—Tú siempre fuiste sentimental.
—Y tú convertiste tu herida en una religión.
Carmen apretó el bastón.
—Padre dijo que mi hija había nacido muerta. Me encerró durante semanas para impedir que buscara el cuerpo. Cuando salí, ya habían borrado todos los registros.
—Lo que te hicieron fue monstruoso —dijo Elena—. Lo que hiciste después también.
—No son comparables.
—Para las mujeres de San Gabriel sí.
Carmen miró a Alba.
—¿Sabes quién soy?
La niña negó con la cabeza.
—Soy tu abuela.
—Rosa es mi mamá.
—Rosa es mi hija.
Alba se aferró a ella.
—Entonces deberías querer que esté feliz.
La sencillez de la respuesta dejó a Carmen inmóvil.
Rosa tomó el bolígrafo.
—Liberas a Alba y firmas una confesión completa. A cambio, reconoceré públicamente que eres mi madre biológica.
Carmen sonrió.
—También firmarás la fusión.
—No.
—Entonces la niña no saldrá.
Rosa dejó el bolígrafo.
—En ese caso nunca escucharás que te llame madre.
La sonrisa de Carmen desapareció.
Uno de los guardias entró apresuradamente.
—Tenemos movimiento en el bosque.
Carmen miró a Elena.
—Trajiste a la policía.
—Sabías que lo haría.
Carmen presionó un botón del bastón.
Las puertas se cerraron y unas persianas metálicas cubrieron las ventanas.
—La casa posee un sistema de seguridad conectado con el archivo principal —explicó—. Si alguien entra, todos los documentos serán destruidos.
Un sonido mecánico surgió bajo el suelo.
La biblioteca comenzó a descender.
Era un ascensor oculto.
El nivel inferior contenía servidores, cajas fuertes y un largo corredor que conducía hacia el acantilado.
Carmen ordenó a los guardias trasladar a Alba.
Rosa se lanzó contra uno de ellos. Beatriz empujó la mesa y Elena tomó el bastón de Carmen.
Durante la lucha, se oyó un disparo.
Beatriz cayó.
—¡Mamá!
Elena corrió hacia ella.
La bala había rozado su hombro, pero la sangre cubría rápidamente su vestido.
Rosa consiguió quitarle el arma al guardia. Alba se escondió detrás de una caja.
Carmen retrocedió hacia el corredor.
—No quería que esto ocurriera.
Beatriz, tendida en el suelo, la miró.
—Nunca quieres que ocurra aquello que tú misma ordenas.
Las puertas del nivel inferior comenzaron a cerrarse.
Carmen huyó con uno de los guardias y una maleta metálica.
Daniel consiguió comunicarse a través del transmisor.
—Estamos entrando. ¿Dónde estáis?
Elena presionó la herida de Beatriz.
—Debajo de la casa. Carmen se dirige hacia el acantilado.
Rosa tomó a Alba en brazos.
—Hay un túnel hacia el mar.
Elena miró a su madre.
—Quédate con ella.
Beatriz sujetó su muñeca.
—No persigas a Carmen sola.
—Se lleva el archivo.
—Tú eres más importante que cualquier documento.
Elena recordó todas las veces en que su familia había elegido el poder antes que una persona.
Besó la frente de Beatriz.
—Por eso primero voy a asegurarme de que estés a salvo.
Esperó hasta que Daniel y los médicos llegaron.
Solo entonces entró en el túnel junto a la policía.
Al fondo se escuchaba el motor de una lancha.
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Carmen todavía podía escapar.
Pero por primera vez en treinta y dos años, ninguna de las mujeres de su familia pensaba obedecerla.