Chapter 2 - La novia que abandonó el altar

La policía llegó al Palacio de Valdés veinte minutos después de la desaparición de Alba.
Para entonces, los invitados habían sido conducidos al jardín y los guardias revisaban cada habitación. Nadie podía abandonar la propiedad hasta prestar declaración.
Rosa recuperó la conciencia en una sala privada. Tenía una herida en la nuca y no recordaba quién la había golpeado.
—Alba estaba junto a mí —repetía—. Se apagaron las luces y alguien me sujetó por detrás.
Elena permanecía a su lado, todavía vestida de novia. Se había quitado los zapatos y sostenía entre los dedos el collar de Beatriz.
—¿Sabías que iba a entregarme esto?
Rosa negó con la cabeza.
—Yo no lo había visto antes.
—¿Habló con alguien esta mañana?
—Desapareció durante unos minutos mientras preparaban las fotografías. Cuando regresó, estaba nerviosa.
—¿Mencionó a una mujer?
—Dijo que había conocido a una señora buena. Pensé que hablaba de una invitada.
El inspector Martín Lozano entró acompañado por Ricardo y Álvaro.
Martín había trabajado durante años con la familia Valdés. Aquello no tranquilizó a Elena. Su padre conocía a demasiados policías, jueces y funcionarios.
—Necesitamos hablar con la señora Jiménez a solas —dijo el inspector.
—Me quedaré —respondió Elena.
—Usted también debe declarar.
—Declararé aquí.
Ricardo intervino:
—Elena, permite que hagan su trabajo.
—Una niña desapareció durante mi boda, después de entregarme una prueba relacionada con la muerte de mi madre. No me separaré de Rosa.
El inspector observó a Ricardo, esperando instrucciones.
Aquel pequeño gesto confirmó las sospechas de Elena.
—¿Han revisado las cámaras? —preguntó.
—El sistema dejó de funcionar durante el apagón.
—¿Cuánto tiempo?
—Cuarenta y siete segundos.
—El tiempo suficiente para sacar a una niña por el corredor de servicio.
Álvaro se acercó.
—Tal vez Alba huyó asustada.
Rosa intentó levantarse.
—Mi hija no habría salido sola.
—No estoy acusándola —dijo Álvaro—. Solo intento considerar todas las posibilidades.
Elena abrió la cubierta posterior del collar y mostró el mensaje.
—¿También consideras la posibilidad de que mi madre esté viva?
Ricardo dio un paso.
—Ese papel pudo escribirlo cualquiera.
—La mujer que habló por los altavoces tenía su voz.
—Existen programas capaces de imitar voces.
—¿Quién tendría acceso a grabaciones privadas de mamá?
Ninguno respondió.
El inspector extendió la mano.
—Necesito recoger el collar como prueba.
Elena cerró los dedos.
—Primero quiero un recibo oficial y un perito independiente.
—No puede conservar una posible evidencia.
—Tampoco puedo entregarla a un hombre que recibe órdenes de mi padre con la mirada.
El rostro de Martín se endureció.
—Tenga cuidado con sus acusaciones.
—Tenga cuidado con la manera en que conduce esta investigación.
Irene Salgado, amiga de Elena y abogada especializada en delitos financieros, llegó al palacio poco después. Elena la había llamado desde el teléfono de una empleada porque su propio dispositivo había desaparecido durante el apagón.
Irene entró en la habitación con una carpeta bajo el brazo.
—A partir de este momento, toda comunicación con Elena y Rosa se realizará en mi presencia.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Esto es una tragedia familiar, no una guerra legal.
—Una niña secuestrada no es una tragedia familiar —respondió Irene—. Es un delito.
Elena le entregó discretamente el collar. Irene lo guardó dentro de una bolsa transparente y fotografió cada parte.
—La llave tiene un número grabado —dijo.
Elena no lo había notado.
Bajo la luz se distinguían tres cifras:
314.
La habitación mencionada en la grabación.
—¿El Palacio de Valdés tiene una habitación 314? —preguntó Irene.
Ricardo respondió demasiado rápido:
—No.
El palacio solo tenía dos plantas, pero la familia poseía hoteles, clínicas, oficinas y residencias en toda España.
Álvaro miró el número.
—Puede corresponder a cualquier cosa.
—Mi madre dijo que debía buscarla antes de que encontraran a Alba —dijo Elena—. Por tanto, está en algún lugar relacionado con ella.
Irene comenzó a revisar antiguos registros empresariales.
Beatriz había fundado varios hoteles antes de su supuesta muerte. Uno de ellos, el Hotel Mirador, estaba cerrado desde hacía cinco años.
La suite donde Beatriz vivía durante las primeras reformas era la 314.
—Vamos allí —decidió Elena.
Ricardo bloqueó la puerta.
—No irás a ninguna parte.
La habitación quedó en silencio.
Elena miró a su padre.
—Apártate.
—Estás conmocionada. La ceremonia, el secuestro y esa grabación han afectado tu capacidad para pensar.
Álvaro adoptó un tono suave.
—Deja que la policía investigue. Nosotros podemos hablar en privado.
—¿Sobre qué? ¿Sobre el mensaje que dice que ayudaste a enterrar viva a mi madre?
—Sobre la persona que intenta destruirnos.
—Tal vez esa persona no está intentando destruirme a mí.
Elena se acercó a Ricardo.
—La boda debía celebrarse hoy porque mañana entraría en vigor el nuevo fideicomiso, ¿verdad?
Su padre se tensó.
El contrato matrimonial incluía una cláusula que otorgaba a Álvaro derechos de voto sobre una parte de las acciones de Elena. Ricardo había insistido en que era una medida temporal para evitar conflictos empresariales si ella tenía hijos.
Hasta ese momento, Elena no había cuestionado demasiado el documento.
Ahora comprendía que su madre había interrumpido la boda antes de la firma.
—No tiene relación con esto —dijo Ricardo.
—Todo tiene relación.
Irene se interpuso entre ellos.
—Mi clienta abandonará el palacio.
—No mientras la policía esté tomando declaraciones —respondió Martín.
Irene mostró su teléfono.
—Acabo de informar del secuestro a la Unidad Central y he enviado copias de la grabación a dos fiscales. Si intentan retenerla sin una orden, deberán explicarlo delante de ellos.
Ricardo miró a su hija.
—Si sales por esa puerta, convertirás una situación controlable en un escándalo público.
Elena sintió que aquellas palabras resumían toda su infancia. Para Ricardo, lo peor nunca era el daño. Lo peor era que alguien pudiera verlo.
—Mi madre desapareció durante once años y una niña ha sido secuestrada.
Tomó el abrigo de Irene y cubrió su vestido.
—La situación ya no está bajo tu control.
Salieron por una puerta lateral.
Un coche negro comenzó a seguirlas antes de que abandonaran la propiedad. Irene lo detectó en el espejo.
—No es de la policía.
—Mi padre quiere la llave.
—O Álvaro.
Elena miró la carretera.
—¿Puedes perderlos?
—No conduzco como en las películas.
—Entonces llama a alguien que sí.
Irene telefoneó a su hermano Daniel, antiguo investigador militar que ahora trabajaba en seguridad privada. Él les indicó una ruta alternativa a través de calles estrechas y aparcamientos subterráneos.
Después de varios cambios de dirección, el vehículo negro desapareció.
Llegaron al Hotel Mirador poco antes de medianoche.
El edificio llevaba años abandonado. La fachada estaba cubierta por andamios y las ventanas superiores permanecían oscuras. Una cadena protegía la entrada, pero Irene encontró una puerta de servicio sin cerrar.
El interior olía a humedad.
Subieron por las escaleras porque el ascensor no funcionaba. Elena tuvo que sujetar el vestido para no tropezar.
La habitación 314 se encontraba al final de un corredor cubierto de polvo.
La llave encajó.
Dentro no había muebles, salvo un armario de madera y una cama protegida por una sábana. Sobre la pared aparecían fotografías antiguas del hotel.
Elena encendió la linterna de Irene.
—Alba no está aquí.
—Tu madre dijo que buscaras la habitación antes de que la encontraran.
La pequeña llave no había quedado atrapada en la puerta principal. Debía abrir otra cosa.
Revisaron los cajones, el armario y el baño.
Elena encontró una cerradura diminuta detrás de un espejo.
Introdujo la llave.
Parte de la pared se abrió, revelando una caja metálica.
Dentro había documentos, una memoria digital, una fotografía reciente de Beatriz y un teléfono antiguo.
La fecha impresa en la fotografía correspondía a tres meses antes.
Beatriz estaba viva.
Aparecía sentada junto a una ventana, extremadamente delgada, con el cabello corto y una cicatriz nueva en el cuello. Sostenía un periódico para demostrar la fecha.
En el reverso había escrito:
Álvaro conoce el lugar donde me tuvieron. Ricardo conoce la razón.
El teléfono comenzó a sonar.
Elena casi lo dejó caer.
Respondió.
—¿Mamá?
Al otro lado se escuchó una respiración agitada.
Después habló Alba.
—Elena, estoy encerrada.
—¿Dónde estás?
—No lo sé. Hay muchas camas y huele a medicina.
Una voz masculina gritó a lo lejos.
La niña susurró:
—La señora gris dijo que buscara una puerta con un sol rojo.
—Alba, escúchame. Escóndete y no hagas ruido.
—Están viniendo.
La llamada se cortó.
Irene examinó los documentos de la caja.
En varios aparecía el nombre de una clínica privada:
Centro San Gabriel de Rehabilitación Psiquiátrica.
Su logotipo era un sol rojo.
Elena guardó la fotografía.
—Ahí tuvieron a mi madre.
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Miró el teléfono apagado.
—Y ahí tienen a Alba.