Chapter 10 - La gala de las mujeres muertas

La gala de la Fundación Eterna se celebró en el Hotel Imperial, una de las propiedades más antiguas del Grupo Valdés.
Carmen había elegido deliberadamente un edificio fundado por su padre. Quería demostrar que, aunque la familia creyera haberla enterrado, ella siempre había permanecido dentro de su imperio.
Elena llegó acompañada por Beatriz.
Alba permanecía bajo protección junto a Rosa. Elena se negó a llevarla, pese a que la invitación de Carmen exigía la presencia de “todas las herederas”.
Irene, Daniel y varios agentes se encontraban distribuidos entre los invitados.
El salón estaba lleno de empresarios, políticos y representantes de fundaciones internacionales. Muchos conocían a Carmen como Carmen de la Vega, una filántropa dedicada a preservar edificios históricos.
Nadie parecía saber que legalmente había muerto hacía treinta y dos años.
Victoria Serrano estaba junto al escenario.
No había sido detenida todavía porque sus abogados alegaban que la grabación del incendio no demostraba su participación directa. Sin embargo, llevaba un dispositivo de vigilancia colocado por orden judicial.
Al ver a Elena, sonrió.
—La boda no se celebró, pero al menos conservaste el vestido blanco.
—Esta noche no he venido como novia.
—No. Has venido como una niña buscando respuestas de mujeres mayores que tú.
Beatriz se acercó.
Victoria perdió parte de su sonrisa.
—Siempre fuiste difícil de sedar —dijo.
Elena dio un paso, pero su madre levantó una mano.
—Y tú siempre fuiste valiente únicamente cuando había médicos, jueces y hombres armados detrás de ti.
Las luces disminuyeron.
Carmen apareció en el escenario.
El parecido con Beatriz era innegable. Compartían la forma de los ojos y el gesto de inclinar ligeramente la cabeza antes de hablar. Sin embargo, Carmen transmitía una frialdad que convertía cada sonrisa en una advertencia.
—Bienvenidos —comenzó—. Esta fundación nació para rescatar patrimonios que familias irresponsables estaban destinadas a perder.
Elena escuchó la palabra rescatar con repulsión.
Carmen habló de hoteles salvados, clínicas reorganizadas y empresas protegidas de herederos incapaces. Nunca mencionó que muchas propietarias habían sido encerradas, medicadas o declaradas muertas.
Después invitó a Beatriz al escenario.
—Mi hermana pequeña ha regresado.
Los invitados aplaudieron, creyendo presenciar un reencuentro emocionante.
Beatriz subió.
—No regresé gracias a ti.
—Sobreviviste gracias al sistema que construí.
—Me mantuviste prisionera.
—Ricardo solicitó tu ingreso.
—Y tú lo autorizaste.
Carmen miró al público.
—Beatriz atravesaba una crisis emocional. Quería destruir el grupo, denunciar a su esposo y abandonar a sus empleados.
—Quería impedir que utilizarais nuestros hoteles para lavar dinero y robar propiedades.
Elena hizo una señal a Irene.
Las pantallas comenzaron a mostrar los archivos encontrados bajo el altar: los certificados falsos, las fotografías de San Gabriel y los nombres de las mujeres desaparecidas.
Los invitados dejaron de aplaudir.
Victoria corrió hacia el equipo técnico, pero Daniel bloqueó su camino.
Celia Vega entró en el salón acompañada por varias supervivientes.
Una de ellas había sido declarada muerta diecisiete años antes. Otra perdió sus acciones después de un diagnóstico falso firmado por Julián Ferrer.
—Estas son las mujeres que vuestra fundación “rescató” —dijo Elena.
Carmen no perdió la calma.
—Algunas decisiones fueron excesivas.
—Las encerraste.
—Evité la desaparición de empresas que alimentaban a miles de familias.
—Una empresa que solo sobrevive destruyendo a su propietaria no merece sobrevivir.
Carmen observó a Elena con una mezcla de interés y orgullo.
—Tienes la misma debilidad de Beatriz. Crees que la moral y el poder pueden separarse.
—No. Creo que el poder revela qué clase de persona decides ser.
La policía avanzó hacia Victoria.
Ella intentó abandonar el escenario, pero uno de los supervivientes la señaló.
—Esa mujer estaba en San Gabriel.
Los agentes la detuvieron por incendio provocado, secuestro y falsificación.
Victoria miró a Carmen.
—Dijiste que nos protegerías.
Carmen la observó como si fuera una empleada desconocida.
—Nunca prometo protección a quien permite que la graben.
Victoria comprendió que había sido abandonada.
—¡Ella ordenó todo! —gritó mientras la esposaban—. ¡Carmen eligió a las mujeres, los cuerpos y las familias!
Carmen no lo negó.
En cambio, colocó sobre el atril varios certificados de acciones.
—Todo esto es dramático, pero no modifica la propiedad legal del Grupo Valdés. La Fundación Eterna posee suficientes derechos para exigir su disolución.
Irene examinó los documentos desde una pantalla.
Parecían auténticos.
—Si se ejecutan —explicó—, Carmen controlará más del cincuenta por ciento.
Beatriz sacó el Registro de las Ausentes.
—No mientras se demuestre que esas acciones fueron obtenidas mediante delitos.
—Los procesos durarán años —respondió Carmen—. Mientras tanto, los bancos congelarán el grupo y miles de trabajadores perderán sus empleos.
Utilizaba a los empleados como escudo.
Exactamente igual que Ricardo.
—¿Qué quieres? —preguntó Elena.
—Que tú y Beatriz renunciéis públicamente a cualquier demanda. Alba será reconocida como heredera y recibirá una parte protegida.
—No pronuncies su nombre.
—Es mi sobrina.
—Intentaste sacarla del país.
—Quería evitar que Victoria la utilizara.
Elena comprendió que Carmen transformaba cada delito en una supuesta protección.
—¿Y el archivo llamado Tercera hija?
Por primera vez, la expresión de Carmen cambió.
Beatriz miró a Elena.
—¿Qué archivo?
—Ricardo llevaba una memoria. Dijo que Carmen tenía una heredera que desconocía su identidad.
Carmen cerró lentamente la carpeta de acciones.
—Ricardo siempre hablaba demasiado cuando tenía miedo.
—¿Quién es la tercera hija?
Una explosión sacudió la parte trasera del salón.
Las luces se apagaron.
Los invitados gritaron mientras se activaban los sistemas de emergencia. El humo cubrió el escenario. Daniel corrió hacia Elena y Beatriz.
Cuando la visibilidad regresó, Carmen había desaparecido.
Una puerta detrás del escenario conducía a un antiguo túnel utilizado por el personal del hotel. Los agentes encontraron su abrigo, pero no los certificados originales.
Sobre el suelo había dejado una tarjeta.
Elena la recogió.
Querida sobrina:
Tu madre no fue la única mujer de nuestra familia a la que obligaron a entregar una hija.
Debajo aparecía una dirección en Portugal y una fecha situada cinco días después.
En el reverso, Carmen había escrito otra frase:
Cuando abras el archivo Tercera hija, descubrirás por qué Ricardo prefería que Beatriz permaneciera muerta.
Elena levantó la mirada.
Beatriz estaba pálida.
—Mamá, ¿qué significa?
Su madre observó la tarjeta durante varios segundos.
—Durante los primeros años en San Gabriel había otra niña.
—¿Alba?
—No.
Beatriz llevó una mano a su boca.
—Una niña mayor. La escuchaba llorar en la habitación contigua, pero los medicamentos me impedían recordar su rostro.
—¿Era tu hija?
—No lo sé.
Elena pensó en el archivo protegido, en la heredera desconocida y en Carmen escapando con los certificados capaces de destruir el grupo.
Álvaro estaba detenido.
Victoria acababa de caer.
Ricardo permanecía entre la vida y la muerte.
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Pero la persona que había construido San Gabriel continuaba libre.
Y llevaba treinta y dos años perfeccionando el arte de convertir a las mujeres de su propia familia en fantasmas.