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Chapter 14 - El juicio de los que enterraban la verdad

El proceso judicial comenzó catorce meses después.

Debido al número de víctimas y países implicados, las causas fueron divididas. Sin embargo, Carmen, Ricardo, Victoria, Álvaro y Julián Ferrer comparecieron en el juicio principal celebrado en Madrid.

Las cámaras rodearon el edificio desde el amanecer.

Elena entró acompañada por Beatriz, Rosa e Irene. Alba permaneció fuera de la sala durante las declaraciones más difíciles, protegida por especialistas.

Carmen llegó en silla de ruedas. La herida provocada por Victoria le había dejado secuelas permanentes. Su aspecto frágil no redujo la gravedad de los cargos.

Ricardo evitó mirar a Beatriz.

Álvaro sí buscó los ojos de Elena, pero ella no respondió.

La fiscalía presentó primero el Registro de las Ausentes. Cada página representaba una mujer despojada de su identidad, sus propiedades o su libertad.

Las supervivientes declararon una tras otra.

Una empresaria italiana explicó que su esposo la internó después de que se negara a vender una fábrica. Pasó siete años medicada bajo otro nombre.

Una viuda francesa contó que sus hijos creyeron que había muerto mientras la Fundación Eterna compraba sus edificios.

Celia Vega relató el nacimiento de Alba y la salida de la bebé dentro de un carrito de lavandería.

—¿Por qué arriesgó su vida? —preguntó el fiscal.

—Porque todos los demás adultos habían decidido que obedecer era más seguro que proteger a una niña.

Julián Ferrer admitió haber falsificado informes y certificados de defunción. Intentó responsabilizar a Victoria y Ricardo.

La fiscalía reprodujo una grabación en la que él sugería utilizar el cuerpo de Clara.

La voz de su esposa llenó la sala:

—Si algo me ocurre, Julián sabrá exactamente por qué.

El médico bajó la cabeza.

Álvaro reconoció que organizó el traslado de Beatriz y preparó los documentos del accidente. También confesó haber iniciado su relación con Elena para vigilarla.

—¿Llegó a amarla? —preguntó su abogado.

—Sí.

Elena sintió una herida antigua, pero no permitió que aquella respuesta modificara lo ocurrido.

La fiscalía preguntó:

—¿Ese amor le impidió preparar un contrato para apropiarse de sus acciones?

—No.

—¿Le impidió mantener en secreto que su madre estaba viva?

—No.

—Entonces sus sentimientos no protegieron a la persona que afirma haber amado.

Álvaro miró a Elena.

—No tengo una explicación que no suene como otra mentira.

Ricardo declaró después.

Reconoció haber solicitado la desaparición de Beatriz, pero aseguró que Carmen y Victoria transformaron el plan en una red internacional.

Beatriz fue llamada al estrado.

—¿Su esposo creía que estaba protegiendo el grupo? —preguntó la defensa.

—Ricardo confundía el grupo con su derecho a poseerlo.

—¿Usted pensaba denunciar operaciones que podían destruir miles de empleos?

—Sí.

—¿No era irresponsable?

Beatriz miró al tribunal.

—Una empresa que necesita secuestrar a su fundadora para conservar empleos ya está destruida. Solo tarda más tiempo en admitirlo.

Elena declaró durante dos días.

Habló del collar, de la boda interrumpida, de Alba y de la tumba de Clara Ferrer. También reconoció que había ignorado señales sobre el control de su padre y la influencia de Álvaro.

—¿Se considera víctima? —preguntó uno de los abogados.

—Sí. Pero ser víctima no me convierte automáticamente en una persona que tomó siempre buenas decisiones.

—¿Está diciendo que tuvo responsabilidad en los delitos?

—No en los delitos. Sí en haber confiado demasiado tiempo en estructuras que me beneficiaban y no cuestioné.

Carmen fue la última acusada en declarar.

No negó haber dirigido San Gabriel.

—Me quitaron a mi hija y me declararon incapaz antes de cumplir dieciocho años —dijo—. Construí poder para que ningún hombre pudiera volver a decidir mi vida.

El fiscal respondió:

—Y después utilizó ese poder para decidir la vida de otras mujeres.

Carmen guardó silencio.

—¿Ordenó internamientos falsos?

—Sí.

—¿Autorizó el uso del cuerpo de Clara Ferrer?

Carmen cerró los ojos.

—Sí.

—¿Secuestró a Alba para obligar a Rosa a firmar?

—Sí.

Rosa la observaba desde la primera fila.

—¿Se arrepiente? —preguntó el fiscal.

Carmen miró a su hija.

—Me arrepiento de haber convertido lo que me hicieron en una razón para hacer lo mismo.

Las condenas fueron leídas tres meses después.

Carmen recibió una pena que garantizaba que pasaría el resto de su vida bajo custodia, aunque podría recibir atención médica especializada.

Ricardo fue condenado por secuestro, conspiración, fraude, blanqueo, falsificación y participación en la muerte de Clara.

Victoria recibió una condena similar, además de intento de homicidio e incendio provocado.

Álvaro fue condenado por secuestro, coacción, falsificación, fraude y colaboración con la red.

Julián Ferrer fue condenado por la muerte de su esposa, falsificación médica y privación ilegal de libertad.

El Grupo Valdés no quedó en manos de ninguna de las familias.

Por decisión de Beatriz, Elena y Rosa, la mayoría de las acciones se transfirió a un fondo de reparación dirigido por supervivientes, trabajadores y representantes independientes.

Una parte quedó protegida para Alba, pero no podría ser administrada por una sola persona.

—Estás regalando nuestro patrimonio —dijo Ricardo antes de ser retirado.

Elena se acercó al cristal que los separaba.

—No era nuestro. Una parte fue construida con propiedades robadas.

—Tu abuelo habría preferido ver el grupo destruido.

—Por eso ya no decide.

Después del juicio, Rosa visitó a Carmen una vez.

—La fundación utilizará tus propiedades para indemnizar a las víctimas —le informó.

—Lo sé.

—Alba pregunta por ti algunas veces.

Carmen levantó la mirada.

—¿Puedo escribirle?

—Puedes escribir. Yo decidiré cuándo está preparada para leerlo.

Carmen asintió.

—Gracias.

Rosa se levantó.

—No es perdón.

—Lo sé.

En otra prisión, Álvaro envió a Elena una carta.

Ella no la abrió.

La entregó a Irene para que quedara archivada junto con los documentos judiciales.

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No necesitaba escuchar una nueva versión del hombre que la había esperado en el altar.

Su futuro ya no dependía de comprender cada una de sus mentiras.

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