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Chapter 1 - El collar de la muerta

La música comenzó a sonar a las cinco en punto de la tarde.

En el gran salón del Palacio de Valdés, más de doscientos invitados se pusieron de pie para recibir a Elena Valdés. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas blancas, miles de rosas decoraban el corredor central y un cuarteto interpretaba la canción favorita de su madre.

Aquella última elección había sido idea de Ricardo Valdés, el padre de Elena.

—A Beatriz le habría gustado escucharla durante tu boda —le había dicho.

Elena no estaba segura de que fuese verdad.

Su madre había muerto once años antes, cuando el coche en el que viajaba cayó por un acantilado y se incendió. El cuerpo quedó tan dañado que la familia recibió un ataúd cerrado. Elena tenía entonces veintiún años y nunca pudo despedirse de ella.

Durante años había conservado una imagen incompleta de Beatriz: sus manos perfumadas, su voz cantando junto al piano y el brillo azul del collar que siempre llevaba alrededor del cuello.

Aquel collar era una pieza antigua con un zafiro ovalado rodeado por pequeños diamantes. Según Beatriz, había pertenecido a varias generaciones de mujeres de su familia.

Elena había pedido que lo enterraran con ella.

Ahora caminaba hacia el altar para casarse con Álvaro Serrano, el hombre que la había acompañado durante los seis años más difíciles de su vida.

Álvaro la esperaba con un traje oscuro y una sonrisa impecable. Era abogado corporativo y asesor principal del Grupo Valdés, la empresa hotelera y tecnológica fundada originalmente por Beatriz. Después de la muerte de la mujer, Ricardo asumió la presidencia, pero Elena conservaba el cuarenta y nueve por ciento de las acciones.

El matrimonio debía convertirlos en la pareja más poderosa del mundo empresarial español.

Al menos, eso repetían los periódicos.

Elena avanzó acompañada por su padre. A pocos metros del altar se encontraba Alba, la hija de ocho años de Rosa Jiménez, una antigua empleada de Beatriz. La niña había sido elegida para llevar las flores porque Elena la conocía desde que era un bebé.

Alba estaba inmóvil.

No arrojaba los pétalos ni sonreía como había hecho durante el ensayo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y escondía algo entre las manos.

Cuando Elena pasó junto a ella, escuchó un susurro:

—No te cases.

Elena se detuvo.

Los músicos continuaron tocando, aunque varios invitados comenzaron a mirarse.

—¿Qué has dicho? —preguntó Elena.

Alba retrocedió.

Rosa se levantó rápidamente desde una de las últimas filas.

—Perdónela, señora. Está nerviosa.

Elena observó a la niña. Algo brillante sobresalía entre sus dedos.

—Alba, ¿qué tienes ahí?

La pequeña cerró las manos con más fuerza.

—Me pidió que te lo diera cuando estuvieras frente a él.

—¿Quién?

Antes de que Alba pudiera contestar, Victoria Serrano, la madre de Álvaro, se acercó desde la primera fila.

—No permitamos que una niña interrumpa la ceremonia.

Elena ignoró el comentario y se arrodilló delante de Alba.

—No estás en problemas. Enséñamelo.

La niña abrió lentamente la mano.

El salón desapareció para Elena.

Sobre la palma de Alba descansaba un zafiro ovalado rodeado por pequeños diamantes. Una cadena plateada colgaba entre sus dedos.

Era el collar de Beatriz.

El mismo que Elena había visto sobre el cuello de su madre durante toda su infancia.

El mismo que había colocado personalmente dentro del ataúd antes del funeral.

Elena lo tomó con manos temblorosas.

En la parte posterior aparecían grabadas tres palabras:

Para mi pequeña Elena.

No existía ninguna posibilidad de confundirlo con una copia.

—¿Dónde encontraste esto? —preguntó.

Alba empezó a llorar.

—No lo robé.

—Nadie ha dicho que lo hicieras.

Victoria se inclinó para observar la joya.

—Seguramente pertenece a una de las invitadas.

—Era de mi madre —respondió Elena.

Álvaro bajó del altar.

Al ver el collar, su rostro cambió durante un instante. La expresión desapareció tan rápido que nadie más pareció advertirla.

—Elena, debe de ser una imitación.

—No lo es.

—Tu madre fue enterrada con él.

—Lo sé.

Alba señaló hacia el corredor lateral.

—Ella me lo dio.

Elena volvió la cabeza.

—¿Quién te lo dio?

—La señora del vestido gris. Dijo que era tuyo y que no debía permitir que te casaras hasta que abrieras la parte de atrás.

Un murmullo recorrió el salón.

Álvaro sujetó a Elena por el brazo.

—No hay ninguna mujer con vestido gris.

—Estaba junto a la escalera —insistió Alba—. Tenía una cicatriz aquí.

La niña señaló su sien izquierda.

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Su madre tenía una cicatriz exactamente en aquel lugar, recuerdo de un accidente ocurrido cuando Elena era pequeña.

—¿Cómo era su rostro?

—Se parecía a ti.

Ricardo avanzó con expresión severa.

—Ya es suficiente. Rosa, lleva a tu hija fuera.

Rosa tomó a Alba por los hombros, pero Elena se interpuso.

—Nadie se la lleva.

Su padre bajó la voz.

—Esta niña ha robado una joya y está inventando una historia para evitar las consecuencias.

—No la robé —sollozó Alba—. La señora dijo que su hija estaba en peligro.

Elena miró nuevamente el collar.

En uno de los laterales había una pequeña abertura que nunca había visto. Presionó con la uña y la cubierta posterior se abrió.

Dentro no había una fotografía.

Había una llave diminuta y un trozo de papel cuidadosamente doblado.

Elena desplegó el mensaje.

Solo contenía una frase:

El hombre que espera en el altar ayudó a enterrarme viva.

Elena dejó de respirar.

Álvaro intentó quitarle el papel.

Ella apartó la mano.

—¿Qué dice?

Elena levantó los ojos hacia el hombre con quien estaba a punto de casarse.

—Dice que mi madre no murió.

El salón quedó completamente en silencio.

Ricardo tomó la hoja y la leyó. Su rostro perdió el color.

—Esto es una broma cruel.

—Mi madre fue enterrada hace once años —dijo Elena, elevando la voz—. Yo misma vi este collar dentro del ataúd.

—Precisamente —respondió Álvaro—. Por eso quien escribió esto quiere manipularte.

Alba señaló nuevamente el corredor.

—¡Ahí está!

Todos se volvieron.

Durante un segundo, Elena vio la silueta de una mujer detrás de una columna. Llevaba un vestido gris y un pañuelo cubría parte de su cabello.

La mujer levantó una mano hacia Elena.

Después las luces se apagaron.

Los invitados gritaron.

Se escuchó el sonido de cristales rompiéndose, pasos rápidos y una puerta cerrándose. Álvaro rodeó la cintura de Elena e intentó apartarla del corredor.

—Quédate conmigo.

Ella lo empujó.

—¡Alba!

Las luces de emergencia se encendieron unos segundos después.

La niña había desaparecido.

Rosa estaba en el suelo, inconsciente. Una pequeña mancha de sangre aparecía junto a su cabeza.

Dos hombres del equipo de seguridad corrían hacia la salida lateral.

Elena levantó su vestido y fue tras ellos.

—¡Cierren todas las puertas!

Álvaro la alcanzó antes de que llegara al corredor.

—No puedes salir así.

—Una niña acaba de desaparecer.

—La seguridad se encargará.

Elena se liberó de su mano.

—¿Por qué te asustaste cuando viste el collar?

—No me asusté.

—Lo reconociste.

—Todos conocemos las fotografías de tu madre.

Elena levantó el mensaje.

—¿Qué significa que ayudaste a enterrarla viva?

Álvaro abrió la boca, pero no respondió inmediatamente.

En aquel silencio, Elena comprendió algo que no quería aceptar.

Su prometido no estaba sorprendido por la posibilidad de que Beatriz siguiera viva.

Estaba preocupado porque alguien lo había descubierto.

Desde los altavoces del salón surgió un sonido distorsionado. Después apareció la voz de una mujer.

—Elena, no firmes el contrato matrimonial.

Elena sintió que las rodillas casi cedían.

Conocía aquella voz.

La había escuchado en sueños durante once años.

—Mamá…

Los altavoces continuaron:

—No confíes en Ricardo. No confíes en Álvaro. Busca la habitación número 314 antes de que encuentren a Alba.

La grabación terminó.

Elena se volvió hacia su padre.

Ricardo la observaba con una expresión que ya no podía confundirse con dolor.

Era miedo.

Elena se quitó el velo y lo dejó caer en medio del corredor.

—La boda ha terminado.

Álvaro intentó detenerla.

—No tomes una decisión mientras estás alterada.

Ella lo miró con una frialdad que lo obligó a soltarla.

—Mi madre fue enterrada hace once años. Una niña acaba de entregarme su collar y después ha sido secuestrada dentro de mi propia boda.

Guardó la llave dentro del escote del vestido.

—No estoy alterada, Álvaro.

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Señaló las puertas cerradas.

—Estoy empezando a despertar.

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