Chapter 4 - El contrato de las dos firmas

El encuentro debía celebrarse en las oficinas centrales del Grupo Valdés.
La persona que envió el mensaje exigía que Elena firmara el contrato matrimonial y una transferencia temporal de sus acciones a favor de Álvaro. Después recibiría instrucciones para encontrar a Beatriz.
Irene quería que la policía preparara una operación completa.
—No sabemos quién tiene a tu madre ni dónde la retienen.
—Por eso asistiré.
—Pueden secuestrarte también.
—Esperan que esté asustada y sola.
Elena observó el contrato.
Había descubierto una cláusula que nunca aparecía en el resumen entregado antes de la boda. Si Elena era declarada incapaz, desaparecía o moría durante los siguientes cinco años, Álvaro recibiría el derecho de administrar sus acciones.
El contrato no era una protección matrimonial.
Era un plan de sucesión.
—Quieren mi firma porque el documento original de mamá todavía me protege —dijo.
Entre los papeles encontrados en la habitación 314 aparecía una copia incompleta del testamento de Beatriz. El texto prohibía que Ricardo controlara las acciones heredadas por Elena. También impedía transferirlas sin la aprobación personal de Beatriz.
Mientras la mujer estuviera legalmente muerta, aquella condición no tenía importancia.
Pero si aparecía viva, todas las decisiones tomadas durante los últimos once años podían ser anuladas.
Ricardo y Álvaro necesitaban mantenerla desaparecida hasta completar la transferencia.
Elena decidió aparentar obediencia.
Llegó a la sede a las diez en punto, acompañada únicamente por Irene, quien fingía haber aceptado negociar.
Álvaro esperaba dentro de la sala del consejo.
Ricardo no estaba presente.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó Elena.
—No participa en esto.
—Su nombre aparece en todas las sociedades que pagaron la clínica.
—Ricardo te ha mentido durante años. Yo intento salvar a tu madre.
Álvaro colocó el contrato sobre la mesa.
—Firma y recibirás una ubicación.
—Primero quiero verla.
Él mostró una transmisión en directo desde una tableta.
Beatriz estaba sentada en una habitación oscura. Tenía las muñecas atadas y una herida sobre la ceja.
—Mamá.
La mujer levantó el rostro.
—Elena, no firmes.
Un hombre situado detrás de la cámara la golpeó.
Elena avanzó, pero Irene la sujetó.
Álvaro apagó la imagen.
—La próxima vez no será un golpe.
—Me dijiste que no sabías que estaba viva.
—Mentí para protegerte.
—¿De quién?
—De tu padre.
Álvaro aseguró que Ricardo había encerrado a Beatriz después de descubrir que planeaba vender su parte del grupo y denunciar movimientos financieros ilegales. Él, entonces un abogado joven, recibió la orden de preparar la documentación del falso accidente.
—Pude negarme —admitió—, pero tu padre habría destruido a mi familia.
—Después utilizaste ese secreto para convertirte en su socio.
—Utilicé la oportunidad para acercarme a ti.
—¿Nuestro primer encuentro también fue preparado?
Álvaro no respondió.
Elena sintió que los últimos seis años se desmoronaban.
Las cenas, los viajes y las conversaciones nocturnas habían comenzado como una misión. Tal vez él había desarrollado sentimientos reales, pero su amor siempre convivió con un objetivo.
—Firma —repitió—. Cuando tengamos el control, podremos enfrentarnos a Ricardo juntos.
—¿Por qué confiaría en el hombre que ayudó a borrar a mi madre?
—Porque soy el único dispuesto a mantenerla viva.
Elena tomó el bolígrafo.
Álvaro relajó los hombros.
No sabía que Irene había sustituido el contrato por una copia con un sistema de rastreo digital. Tampoco sabía que la transmisión había permitido a Daniel identificar el servidor utilizado.
Elena firmó únicamente la primera página.
—La ubicación.
—Completa todas las firmas.
—Primero una prueba.
Álvaro le envió una dirección.
Era una finca situada al norte de Madrid, propiedad de una sociedad relacionada con Ricardo.
—Ahora termina.
Elena escribió nuevamente, pero utilizó una firma ligeramente diferente. Habían acordado que cualquier documento firmado de aquella manera se consideraría realizado bajo coacción.
Álvaro recogió las páginas.
—Siempre supe que tomarías la decisión correcta.
Elena dejó el bolígrafo.
—No confundas obediencia con confianza.
Salió acompañada por Irene.
Daniel y la policía ya se dirigían hacia la finca.
Sin embargo, cuando llegaron, encontraron la casa vacía.
En el sótano había una silla, cuerdas y la cámara utilizada para la transmisión. La sangre sobre el suelo pertenecía a Beatriz, pero la habían trasladado pocos minutos antes.
Un ordenador continuaba encendido.
Daniel examinó las últimas conexiones.
—Alguien avisó de que veníamos.
—Álvaro —dijo Irene.
Elena negó con la cabeza.
—No. Él estaba convencido de que había ganado.
El rastreo mostraba una llamada realizada desde el teléfono del fiscal que dirigía la operación.
La red de Ricardo también estaba dentro de la policía.
En el sótano encontraron varias fotografías de Elena tomadas durante los últimos años. Algunas mostraban reuniones privadas, viajes e incluso el interior de su dormitorio.
Habían vigilado toda su relación.
Junto a las imágenes había expedientes médicos falsos que describían episodios de paranoia, agresividad y confusión.
—Quieren hacer contigo lo mismo que hicieron con Beatriz —dijo Irene.
Una grabadora comenzó a reproducirse automáticamente.
La voz de Ricardo llenó la habitación.
—Elena, sé que estás escuchando. Tu madre siempre cometió el mismo error: pensaba que la verdad era suficiente para protegerla.
Elena tomó la grabadora.
—Mañana se celebrará una reunión del consejo. Álvaro presentará el contrato firmado y yo solicitaré que seas apartada temporalmente por inestabilidad emocional.
Ricardo continuó:
—Puedes asistir, entregar el collar y aceptar una vida tranquila. O puedes seguir buscando a una mujer que te abandonó hace once años.
La grabación terminó.
Elena miró los expedientes.
Su padre no solo quería las acciones.
Quería destruir públicamente su credibilidad antes de que Beatriz pudiera hablar.
Daniel encontró algo bajo la silla: un trozo de tela gris con varias palabras escritas con sangre.
No fue Ricardo quien eligió el cuerpo.
La letra pertenecía a Beatriz.
Elena recordó la pulsera de Clara Ferrer dentro del ataúd.
Si Ricardo no había seleccionado a la mujer asesinada, alguien más participó directamente en la falsa muerte.
Álvaro tenía veintiséis años cuando ocurrió.
Era él quien había gestionado los documentos, el traslado y la identificación.
Tal vez Ricardo creó el plan.
Pero Álvaro había elegido quién debía morir para ocupar el lugar de Beatriz.
Elena guardó la tela.
—Mañana iremos a la reunión del consejo.
—Quieren declararte incapaz —advirtió Irene.
—Entonces dejaremos que presenten cada mentira.
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Elena miró las fotografías de vigilancia.
—Cuando todos hayan tomado posición, sabremos exactamente quién pertenece a su red.