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Chapter 5 - La mujer que atravesó las puertas

La reunión extraordinaria comenzó a las nueve de la mañana.

Doce miembros del consejo ocuparon sus lugares alrededor de una mesa ovalada. Ricardo presidía la sesión. Álvaro se encontraba a su derecha, con el contrato firmado dentro de una carpeta.

Elena entró acompañada por Irene.

Llevaba un traje blanco.

No había elegido aquel color para recordar la boda interrumpida. Lo había elegido porque Ricardo esperaba verla vestida de negro, llorando por su madre y comportándose como la mujer frágil descrita en los informes falsos.

—Gracias por venir —dijo su padre—. Sabemos que atraviesas una situación difícil.

—Una niña fue secuestrada, encontramos una clínica ilegal y la tumba de mamá contiene el cuerpo de otra mujer. “Difícil” parece una palabra insuficiente.

Varios consejeros bajaron la mirada.

Ricardo abrió la reunión presentando el falso historial psicológico. Afirmó que Elena sufría episodios de paranoia desde el supuesto regreso de su madre.

El doctor Julián Ferrer apareció por videollamada.

—La señora Valdés muestra una incapacidad temporal para diferenciar hechos de interpretaciones emocionales —declaró.

Elena dejó que terminara.

Después Álvaro mostró el contrato matrimonial.

—Elena firmó voluntariamente la transferencia de sus derechos de voto.

—La boda nunca se celebró —dijo Irene.

—La cláusula empresarial funciona de manera independiente.

Dos consejeros aliados con Ricardo propusieron reconocer a Álvaro como representante temporal de las acciones de Elena.

—Antes de votar —dijo ella—, quiero hacer tres preguntas.

Ricardo intentó interrumpirla.

—Tendrás oportunidad de responder después.

—Soy la principal accionista presente. Hablaré ahora.

Se volvió hacia Ferrer.

—Doctor, ¿identificó usted el cuerpo de mi madre hace once años?

El médico dudó.

—Revisé sus registros dentales.

—¿También firmó el ingreso psiquiátrico de una paciente llamada Isabel Márquez?

—No recuerdo todos mis expedientes.

Elena proyectó ambos documentos.

La firma era idéntica.

—La paciente era Beatriz Valdés.

Ferrer terminó la conexión.

—Una reacción interesante para un hombre inocente —comentó Irene.

Elena mostró después la prueba de ADN que confirmaba que el cuerpo enterrado no pertenecía a su madre.

—La mujer de la tumba se llamaba Clara Ferrer, esposa del médico que certificó la muerte.

Los consejeros comenzaron a hablar entre ellos.

Ricardo golpeó la mesa.

—Eso no demuestra que Beatriz esté viva.

Elena proyectó la fotografía reciente y el vídeo de la habitación oscura.

—Esta mujer fue secuestrada ayer después de intentar impedir mi matrimonio.

Álvaro se levantó.

—Es una grabación preparada por quienes quieren controlar el grupo.

—Tú me enviaste el vídeo.

El silencio fue inmediato.

Álvaro se dio cuenta de su error.

Irene reprodujo la conversación registrada durante la firma. La voz de Álvaro confirmaba que sabía dónde estaba Beatriz y que había participado en su desaparición.

—La grabación fue obtenida ilegalmente —protestó.

—Eso lo decidirá un tribunal —respondió Irene—. La fiscalía ya tiene una copia.

Los agentes entraron en la sala.

No pertenecían a la unidad dirigida por el fiscal corrupto. Irene había acudido directamente a la Audiencia Nacional con las pruebas.

Álvaro retrocedió.

—No pueden detenerme por una conversación.

—También investigarán la muerte de Clara Ferrer —dijo Elena.

Por primera vez, él perdió completamente el control.

—¡Ricardo la eligió!

Todos miraron al padre de Elena.

Ricardo se levantó lentamente.

—Estás desesperado.

—Me entregaste su fotografía y dijiste que nadie la buscaría.

—Mientes.

—¡Era la esposa del médico! ¡Tú dijiste que Ferrer necesitaba una razón para guardar silencio!

Elena sintió frío.

Los dos hombres estaban confesando mientras intentaban culparse mutuamente.

Un agente se acercó a Álvaro.

Antes de ser esposado, él miró a Elena.

—Tu madre no es inocente.

—Eso no te convierte en inocente a ti.

—Pregúntale por qué Ricardo quiso enterrarla.

—Porque descubrió su fraude.

Álvaro sonrió con desesperación.

—Eso fue solo una parte.

Los agentes lo sacaron.

Ricardo intentó suspender la sesión, pero Irene presentó una orden que bloqueaba temporalmente las transferencias del grupo.

—No controlarás la empresa utilizando un documento firmado bajo amenaza —dijo Elena.

Su padre la miró con odio.

—Has destruido el nombre de tu familia delante de todos.

—Tú lo destruiste hace once años. Yo solo he abierto el ataúd.

Un ruido surgió fuera de la sala.

Las puertas se abrieron.

Una mujer vestida con ropa oscura apareció entre dos agentes. Tenía el rostro pálido, el cabello corto y una venda alrededor del brazo.

Elena dejó de respirar.

Beatriz permaneció inmóvil al verla.

Durante once años, Elena había imaginado aquel encuentro de cientos de maneras. Pensaba que correría hacia su madre, que la abrazaría y que todas las preguntas desaparecerían por unos segundos.

Pero había demasiados secretos entre ambas.

Beatriz dio el primer paso.

—Mi pequeña Elena.

Elena cruzó la sala y la abrazó.

El cuerpo de su madre era real. Estaba caliente, respiraba y temblaba entre sus brazos.

—Pensé que estabas muerta.

—Lo sé.

—¿Por qué no volviste?

Beatriz cerró los ojos.

—Porque durante mucho tiempo no recordaba quién era. Después, cuando lo recordé, amenazaron con matarte.

Elena se apartó para mirarla.

—¿Quién te sacó de la finca?

—Una enfermera que trabajó en San Gabriel. Ella me escondió después de que Álvaro ordenara trasladarme.

—¿Dónde está?

—Muerta.

La sala quedó en silencio.

Beatriz observó a Ricardo.

El hombre parecía incapaz de moverse.

—Once años —dijo ella—. Me robaste once años con mi hija.

Ricardo recuperó parte de su seguridad.

—Tú ibas a destruir todo lo que habíamos construido.

—Iba a denunciar que utilizabas nuestros hoteles para blanquear dinero.

—El grupo habría desaparecido.

—Preferiste hacerme desaparecer a mí.

Elena tomó la mano de su madre.

—Álvaro dijo que había otra razón.

Beatriz miró a Ricardo, después a los miembros del consejo.

—Sí.

—¿Cuál?

Ricardo intervino:

—No lo hagas.

La voz de Beatriz se volvió firme.

—Durante años, Ricardo creyó que el Grupo Valdés le pertenecía porque era mi esposo. Pero las acciones principales nunca fueron suyas.

—Eso ya lo sabemos —dijo Elena.

—No todas están a tu nombre.

Beatriz abrió su bolso y sacó un documento protegido dentro de una funda.

—Antes de desaparecer, transferí el cincuenta y uno por ciento del grupo a un fideicomiso secreto. El beneficiario debía recibirlo al cumplir dieciocho años.

—¿Quién es el beneficiario?

Beatriz miró hacia la puerta.

Rosa entró acompañada por Alba.

La niña corrió hacia Elena, pero después se quedó observando a Beatriz.

La mujer extendió una mano hacia ella.

—Alba no es solamente la hija de Rosa.

Rosa comenzó a llorar.

Elena sintió que una nueva verdad se acercaba.

—¿Qué quieres decir?

Beatriz respiró profundamente.

—Rosa la crió para protegerla. Pero Alba nació mientras yo estaba prisionera en San Gabriel.

Elena miró a la niña.

Ocho años.

Su madre había desaparecido hacía once.

—¿Es tu hija?

Beatriz asintió.

—Alba es tu hermana.

Ricardo golpeó la mesa.

—¡Eso es mentira!

—Las pruebas de ADN ya están en manos de la fiscalía.

Elena observó a su padre.

—¿Quién es el padre de Alba?

Beatriz no respondió inmediatamente.

La niña se aferró a la mano de Rosa.

Finalmente, Beatriz miró a Álvaro, que todavía podía verse al otro lado de las puertas de cristal mientras los agentes lo conducían hacia el ascensor.

—Álvaro conoce la respuesta.

Elena sintió que el horror regresaba.

Beatriz continuó:

—Y por eso, después de mantenerme viva durante once años, decidió que debía morir antes de tu boda.

Las puertas del ascensor se cerraron detrás de Álvaro.

La reunión había terminado, pero la verdad apenas comenzaba.

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Porque el misterio más terrible no era que Beatriz hubiera sobrevivido a su propio entierro.

Era lo que había ocurrido dentro de la clínica mientras todos creían que estaba muerta.

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