peak

Chapter 3 - La tumba sin nombre

Antes de dirigirse al Centro San Gabriel, Irene insistió en copiar todos los documentos encontrados en el Hotel Mirador.

Había facturas médicas, informes firmados por doctores y pagos realizados desde una sociedad vinculada con el Grupo Valdés. La paciente aparecía registrada como Isabel Márquez, una mujer sin familiares diagnosticada con psicosis grave.

Sin embargo, la fotografía del expediente era de Beatriz.

—La mantuvieron con una identidad falsa —dijo Elena.

—Necesitamos pruebas de que esos documentos son auténticos.

—La encontraré y ella hablará.

Irene señaló una firma situada al final de una orden de ingreso.

Pertenecía a Álvaro Serrano.

La fecha correspondía a once años antes, cuando él todavía era un joven abogado que trabajaba para Ricardo.

—Álvaro autorizó el traslado —murmuró Elena.

—Según este documento, actuaba como representante legal de la familia.

—Me dijo que había conocido a mi padre dos años después de la muerte de mamá.

Otra mentira.

Un ruido apareció en el corredor.

Irene apagó la linterna.

Dos hombres entraron en el hotel. Sus pasos subían rápidamente por las escaleras.

Elena tomó la memoria digital y el teléfono. Irene guardó varios documentos bajo el abrigo.

Salieron por una puerta que comunicaba con la antigua lavandería. El pasillo estaba bloqueado por cajas, pero consiguieron llegar hasta una escalera de incendios.

Cuando bajaban, uno de los hombres apareció sobre ellas.

—¡Deténganse!

Elena descendió los últimos peldaños de un salto. Irene la siguió. Cruzaron el patio y corrieron hacia el coche.

Una piedra rompió la ventanilla trasera cuando Irene puso el motor en marcha.

—Ya saben lo que encontramos —dijo.

—Álvaro reconoció la llave.

—Entonces también sabe que vamos hacia la clínica.

El Centro San Gabriel se encontraba a una hora y media de Madrid, en una zona montañosa. Antes de acercarse, Irene llamó al fiscal con quien había trabajado anteriormente.

El hombre prometió enviar una unidad, pero les advirtió que no entraran solas.

Elena no pensaba esperar.

La voz de Alba había sonado aterrorizada.

A mitad del camino, recibieron una llamada de Daniel, el hermano de Irene.

—La clínica fue cerrada oficialmente hace seis meses.

—¿Por qué?

—Un incendio destruyó parte del edificio. Según los registros, no había pacientes dentro.

—Alba dijo que vio camas y olía a medicina.

—Alguien continúa utilizándola.

Daniel también había investigado la muerte de Beatriz. El informe policial afirmaba que el cuerpo fue identificado mediante objetos personales y registros dentales.

No se realizó una prueba de ADN.

—¿Quién confirmó la dentadura? —preguntó Elena.

—El doctor Julián Ferrer.

El mismo médico que firmaba los informes psiquiátricos de Isabel Márquez.

—Utilizaron al mismo hombre para declarar muerta a mi madre y después encerrarla con otro nombre.

Irene miró a Elena.

—Debemos solicitar la exhumación.

—Mi padre nunca lo permitirá.

—No necesitamos su permiso si presentamos pruebas de falsificación.

Llegaron cerca de San Gabriel poco antes del amanecer. Dejaron el coche entre árboles y caminaron hacia el edificio.

La clínica parecía abandonada. Parte del techo estaba quemado y las ventanas permanecían protegidas con tablas. Sin embargo, una luz se movía en el sótano.

Daniel las esperaba junto a la verja.

—He visto tres guardias —dijo—. Uno lleva uniforme médico.

Elena le explicó la llamada de Alba.

—Entraremos por la zona destruida —decidió él—. Pero cuando encontremos a la niña, salimos. No intentaremos registrar todo el lugar.

Entraron por una ventana rota del primer piso.

El corredor estaba cubierto de ceniza, pero aparecían huellas recientes sobre el suelo. El olor a desinfectante confirmaba que alguien seguía utilizando el edificio.

Bajaron al sótano.

Detrás de una puerta metálica encontraron varias habitaciones limpias, cámaras de seguridad y un pequeño almacén médico.

En una pared aparecía el símbolo del sol rojo.

—Alba —susurró Elena.

Escuchó un golpe procedente de una de las habitaciones.

La puerta estaba cerrada.

Daniel utilizó una herramienta para romper la cerradura.

Alba permanecía escondida debajo de una cama. Tenía las manos atadas con una cinta plástica y una marca roja en la mejilla.

Elena se arrodilló.

—Estás a salvo.

La niña se aferró a ella.

—Se llevaron a la señora.

—¿Era Beatriz?

Alba asintió.

—Dijo que era tu mamá.

Irene cortó las ataduras.

—¿Quién os trajo aquí?

—Dos hombres. Uno la llamaba señora Valdés. Ella me dijo que no tuviera miedo.

—¿Dónde está ahora?

—Escuché un coche.

Un guardia apareció al final del corredor.

Daniel lo redujo antes de que pudiera pedir ayuda, pero las alarmas comenzaron a sonar.

Salieron por una puerta trasera mientras otros hombres corrían hacia el sótano. Daniel condujo el vehículo y consiguió abandonar el camino antes de que cerraran la verja.

Alba se durmió entre los brazos de Elena.

—¿Qué ocurrió en la boda? —preguntó Irene.

La niña explicó que la mujer gris la había encontrado cerca del baño. Le entregó el collar y le pidió que se lo diera a Elena.

—Dijo que los hombres vigilaban a todos los adultos. Pensó que nadie sospecharía de mí.

Durante el apagón, uno de los camareros falsos la sacó por el corredor. Beatriz intentó detenerlos, pero también fue capturada.

—Tu madre fue a la boda sabiendo que podían reconocerla —dijo Irene.

—Quería impedir que firmara.

Al amanecer, Alba fue reunida con Rosa en una comisaría bajo protección del fiscal. La noticia de su aparición todavía no se hizo pública.

La policía registró San Gabriel, pero el edificio ya estaba vacío. Los guardias habían desaparecido y varios archivos fueron quemados.

Aun así, encontraron restos de medicamentos, cadenas en algunas habitaciones y muestras de sangre.

Elena solicitó formalmente la exhumación del ataúd de Beatriz.

El procedimiento se realizó dos días después.

Ricardo intentó detenerlo mediante sus abogados. Álvaro emitió un comunicado afirmando que Elena estaba siendo manipulada por personas interesadas en destruir a la familia.

Ella no respondió públicamente.

Permaneció junto a la tumba mientras los trabajadores levantaban el ataúd.

Cuando abrieron la tapa, el collar ya no estaba.

En realidad, no había ningún objeto que Elena recordara haber colocado allí.

Los especialistas examinaron los restos.

Pertenecían a una mujer, pero su estructura ósea no coincidía con la altura ni con la edad de Beatriz.

La prueba genética confirmó la verdad.

La mujer enterrada bajo el nombre de Beatriz Valdés no era su madre.

Elena miró a Ricardo, que había acudido con sus abogados.

—¿Quién está en esa tumba?

Su padre no respondió.

—¿A quién enterraste en lugar de mamá?

Ricardo se acercó.

—No conocía el engaño.

—El informe fue firmado por tu médico y el entierro fue organizado por tu empresa.

—Álvaro gestionó los documentos.

Elena volvió la cabeza hacia su prometido.

Álvaro estaba al otro lado del cementerio.

Había escuchado la acusación.

—Ricardo me entregó el certificado —dijo—. Yo solo cumplí órdenes.

Ambos hombres comenzaron a culparse frente a la tumba de una mujer desconocida.

Elena comprendió que la alianza entre ellos no era tan sólida como parecía.

Se acercó al ataúd.

En la muñeca de los restos había una pulsera de cobre. Los investigadores la retiraron cuidadosamente.

En la parte interior aparecía un nombre:

Clara Ferrer.

El apellido del médico que certificó la muerte de Beatriz.

Elena buscó información inmediatamente.

Clara era la esposa de Julián Ferrer. Había desaparecido exactamente la misma noche del supuesto accidente de Beatriz.

No habían enterrado un cuerpo cualquiera.

Habían utilizado a una mujer asesinada para fabricar la muerte de su madre.

Aquella tarde, Elena recibió un mensaje enviado desde un número desconocido.

Contenía una fotografía de Beatriz dentro de un automóvil.

Un hombre sujetaba una pistola contra su costado.

May you like

Debajo aparecía una instrucción:

Firma el contrato matrimonial mañana a las diez o esta vez enterraremos a la mujer correcta.

Related Stories

Other posts