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Chapter 11 - La tercera hija

La memoria que Ricardo llevaba consigo estaba protegida por tres niveles de cifrado.

Daniel y un equipo de especialistas trabajaron durante toda la noche para abrirla. Elena permaneció en la casa segura junto a Beatriz, Rosa y Alba. Ninguna consiguió dormir.

El mensaje de Carmen había cambiado nuevamente el centro de la historia.

Tu madre no fue la única mujer de nuestra familia a la que obligaron a entregar una hija.

Beatriz intentaba reconstruir los recuerdos fragmentados de San Gabriel. Hablaba de una niña que lloraba detrás de una pared, de una canción repetida cada noche y de una enfermera que pronunciaba el nombre “Marina”.

—¿Crees que tuviste otra hija? —preguntó Elena.

—No lo sé. Los medicamentos confundían el tiempo. Algunas veces soñaba que eras tú quien estaba encerrada junto a mí.

—Alba nació allí y no la olvidaste por completo.

—Recordaba un bebé. Pero tardé años en comprender que era real.

Rosa permanecía junto a la ventana. Desde que Carmen había mencionado a una tercera heredera, parecía inquieta.

—Quizá la niña no tenía relación con Beatriz —dijo—. San Gabriel estaba lleno de pacientes.

Beatriz la miró.

—¿Tu madre te contó algo sobre tu nacimiento?

Rosa tardó en responder.

—Murió cuando yo tenía dieciséis años. Siempre decía que me había dado a luz en Portugal, pero no existe ningún certificado anterior a mi adopción.

Elena levantó la cabeza.

—¿Fuiste adoptada?

—Legalmente, sí. Pensé que ya lo sabías.

—Nunca me lo dijiste.

—No era importante.

En aquel momento, Daniel entró con el ordenador.

—Hemos abierto el archivo.

Todas se reunieron alrededor de la mesa.

La primera carpeta contenía documentos de una clínica portuguesa fechados treinta y siete años antes. La paciente había ingresado bajo el nombre de Carmen de la Vega.

Tenía diecisiete años.

El informe afirmaba que había dado a luz a una niña y autorizado una adopción privada. Sin embargo, la firma de Carmen era falsa.

La niña aparecía registrada con otro nombre:

Marina Valdés.

Una fotografía mostraba a una recién nacida envuelta en una manta amarilla.

En la siguiente página aparecía una anotación escrita por el abuelo de Beatriz y Carmen:

La niña será entregada a la familia Jiménez. Carmen debe creer que murió. Ninguna hija ilegítima heredará el Grupo Valdés.

Rosa dejó de respirar.

—Mi madre adoptiva se llamaba Teresa Jiménez.

Daniel abrió una fotografía posterior. Mostraba a una niña de seis años junto a Teresa.

Era Rosa.

Alba tomó la mano de la mujer que la había criado.

—Entonces Carmen es tu mamá.

Rosa se apartó de la pantalla.

—No.

—Los documentos dicen—

—Los documentos dicen que me dio a luz. No dicen que sea mi madre.

Beatriz cerró los ojos.

—Carmen creció creyendo que su hija había muerto.

Elena comprendió de pronto la raíz de toda aquella obsesión. El padre de Carmen le había quitado a su hija, la había declarado muerta y después intentó excluirla del patrimonio familiar.

Carmen aprendió que una muerte legal podía utilizarse como arma.

Años más tarde repitió el mismo método con otras mujeres.

—Construyó San Gabriel para hacer a otras lo que le hicieron a ella —dijo Elena.

—Quizá al principio quería encontrar pruebas —respondió Beatriz—. Después descubrió que podía utilizar el sistema para controlar fortunas.

Daniel abrió el segundo grupo de archivos.

Había cartas escritas por Carmen durante décadas. En ellas buscaba a la familia Jiménez sin conocer su ubicación exacta. Ricardo encontró los documentos once años antes y comprendió que Rosa trabajaba cerca de Beatriz.

—Ricardo sabía quién era yo —murmuró Rosa.

Beatriz asintió lentamente.

—Por eso te contrató en San Gabriel.

—Yo pensé que había sido casualidad.

Ricardo había colocado a Rosa dentro de la clínica para observar si Carmen intentaba contactarla. Pero Beatriz descubrió la verdad y comenzó a confiar en ella.

Elena miró a su madre.

—Por eso nombraste a Rosa protectora del fideicomiso.

—Sí.

Rosa retrocedió.

—Me utilizaste.

—Quería protegerte.

—Me convertiste en objetivo sin decirme por qué.

—Si conocías tu identidad, Ricardo podía demostrar que yo había contactado con la heredera de Carmen. Habría tomado a Alba antes de que naciera.

—Todos en esta familia utilizan la palabra protección para justificar una mentira.

Beatriz recibió la acusación en silencio.

El archivo incluía también el testamento original del fundador del Grupo Valdés. Las acciones debían dividirse entre sus descendientes femeninas: Carmen, Beatriz y cualquier hija de ambas.

Al declarar muerta a Carmen, Ricardo y el padre de las hermanas eliminaron legalmente su rama familiar.

Pero Rosa seguía viva.

Si se reconocía su identidad, una parte importante del grupo le pertenecía.

—Ricardo temía que Beatriz revelara que Rosa era heredera —explicó Irene—. Eso habría reducido su control incluso aunque consiguiera apartar a Elena.

—Por eso prefería que mamá siguiera muerta —dijo Elena.

La última carpeta contenía una grabación reciente.

Carmen aparecía sentada frente al océano.

—Rosa, si estás viendo esto, ya conoces la verdad. No te abandoné. Me dijeron que habías muerto antes de que pudiera sostenerte.

Rosa miró la pantalla sin expresión.

—Construí todo lo que tengo para recuperar el poder que nos robaron. Cada empresa, cada propiedad y cada persona que puse bajo control formaba parte de una guerra que comenzó cuando te quitaron de mis brazos.

Carmen levantó un documento.

—Ven a Portugal. Firma el reconocimiento de maternidad y recibirás el control de la Fundación Eterna. Juntas podemos gobernar lo que siempre debió pertenecernos.

La pantalla se oscureció.

Alba miró a Rosa.

—¿Vas a ir?

—Sí.

Beatriz se acercó.

—Puede ser una trampa.

—Lo es.

Rosa sostuvo su mirada.

—Pero Carmen ha pasado treinta y siete años convirtiendo mi existencia en una excusa para destruir a otras mujeres. Quiero decírselo a la cara.

Elena tomó el documento con la dirección portuguesa.

—No irás sola.

Aquella tarde, el hospital informó que Ricardo había recuperado la conciencia.

La policía permitió que Elena lo interrogara en presencia de un fiscal.

Ricardo estaba esposado a la cama. El disparo había dañado un pulmón, pero los médicos creían que sobreviviría.

—Carmen ordenó el ataque —dijo.

—Tú ayudaste a convertirla en lo que es.

—Yo no le quité a Rosa.

—Pero descubriste la verdad y utilizaste a su hija para vigilarla.

Ricardo cerró los ojos.

—Carmen me prometió que controlaría la red financiera del grupo. Después comprendí que guardaba pruebas contra todos.

—¿Quién organizó la falsa muerte de mamá?

—Yo solicité que desapareciera. Victoria y Álvaro eligieron el método. Carmen autorizó el uso de Clara.

—¿Y Alba?

—No sabía que Beatriz estaba embarazada.

—Cuando lo descubriste, intentaste apropiarte de la niña.

Ricardo no contestó.

Elena se inclinó hacia él.

—Mírame.

Él abrió los ojos.

—Durante once años me acompañaste a la tumba de una mujer que sabías viva.

—Si Beatriz regresaba, todos habríamos ido a prisión.

—Eso habría sido justicia.

—Yo había construido una empresa, una familia y una reputación.

—Construiste una habitación sin ventanas y llamaste hogar a todo lo que había fuera.

Ricardo respiró con dificultad.

—Carmen no quiere únicamente a Rosa. Necesita su firma.

—¿Para qué?

—El fundador creó una cláusula que impide disolver el grupo si las tres ramas femeninas no están de acuerdo. Beatriz representa una. Rosa representa la de Carmen. Elena y Alba forman la tercera generación.

—¿Qué ocurrirá si Rosa firma?

—Carmen podrá fusionar la Fundación Eterna con el Grupo Valdés y borrar el origen criminal de todas sus propiedades.

Elena se levantó.

—Entonces se asegurará de que no firme.

Ricardo rio débilmente.

—Todavía no comprendes a tu tía.

—¿Qué no comprendo?

—Carmen no invita a las personas para convencerlas.

Miró hacia la puerta.

—Las invita para descubrir qué deben perder antes de obedecer.

Cuando Elena regresó a la casa segura, Rosa y Alba habían desaparecido.

Sobre la mesa había una nota escrita por Rosa:

No permitiré que arriesguéis otra vida por mi historia. Terminaré esto sola.

Junto a la nota se encontraba la tarjeta de la gala portuguesa.

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Carmen ya había encontrado aquello que Rosa no estaba dispuesta a perder.

Alba.

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