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Chapter 7 - El pabellón de las ausentes

El Centro San Gabriel fue registrado por segunda vez aquella misma tarde.

La primera operación solo había revisado las habitaciones visibles, el sótano y las zonas destruidas por el incendio. Sin embargo, Beatriz recordaba un ascensor que descendía por debajo del nivel donde Alba había estado encerrada.

—Nunca. Sin embargo, Beatriz recordaba un ascensor que descendía por veía el exterior cuando me trasladaban —explicó—. Pero escuchaba un generador y agua corriendo detrás de las paredes.

Los planos oficiales no mostraban más plantas.

Daniel encontró documentos de una reforma realizada treinta años antes. Según ellos, bajo la clínica existía un antiguo refugio militar conectado con un depósito de agua.

Elena, Irene y Beatriz llegaron acompañadas por fiscales y una unidad especializada. Rosa y Alba fueron trasladadas a un lugar protegido.

Dentro del edificio, Beatriz se detuvo varias veces.

El olor a desinfectante y los corredores blancos despertaban recuerdos fragmentados. En una de las paredes todavía aparecían marcas hechas con las uñas.

—Contaba los días —murmuró—. Después dejé de saber qué día era.

Elena quiso tomarle la mano, pero dudó. No sabía si aquel gesto ayudaría o haría que su madre se sintiera observada.

Beatriz fue quien extendió la mano primero.

Caminaron juntas.

Daniel localizó un panel eléctrico detrás de una antigua farmacia. Al introducir el código encontrado en los documentos de la habitación 314, una sección de la pared se desplazó.

Detrás había un ascensor pequeño.

Descendieron dos niveles.

Las puertas se abrieron hacia un corredor sin ventanas. A ambos lados aparecían habitaciones numeradas, todas con cerraduras exteriores. Algunas contenían camas, correas médicas y cámaras antiguas.

Sobre las puertas no había nombres.

Solo números.

Beatriz se detuvo frente a la habitación 27.

—Aquí nació Alba.

Elena entró.

En la pared, casi borradas, aparecían dos iniciales:

B. V.

Debajo, una línea mucho más pequeña:

A. vive.

Rosa debía haberla escrito antes de sacar a la niña.

Los agentes comenzaron a recoger pruebas. Encontraron medicamentos caducados, informes clínicos y fotografías de mujeres ingresadas con identidades falsas.

No todas pertenecían a la familia Valdés.

Había herederas, empresarias, viudas y mujeres que controlaban propiedades valiosas. Muchas habían sido declaradas incapaces después de negarse a firmar ventas o transferencias.

—San Gabriel era una fábrica de desapariciones legales —dijo Irene.

No siempre las mataban.

En algunos casos, las mantenían medicadas hasta que las familias o los esposos obtenían el control de sus bienes. Después podían ser trasladadas, abandonadas o registradas como fallecidas.

Daniel encontró una puerta reforzada al final del corredor.

Dentro había archivos organizados por colores.

Las carpetas negras correspondían a pacientes fallecidas.

Las grises, a mujeres todavía recluidas en otras instituciones.

Las blancas contenían nombres de personas que habían colaborado.

Sobre una mesa descansaba un libro encuadernado en cuero.

En la portada aparecía una frase:

Registro de las Ausentes.

Beatriz comenzó a revisar las páginas.

Encontró su nombre.

Beatriz Valdés. Ingreso autorizado por R. V. Gestión legal: A. S. Supervisión médica: J. F. Estado: traslado externo.

Debajo aparecía una nota escrita años después:

La paciente conserva recuerdos. Riesgo para la operación Herencia.

Elena siguió pasando páginas.

Clara Ferrer figuraba como fallecida la noche del accidente.

Celia Vega aparecía registrada como “retirada”.

—La enfermera que ayudó a Rosa —dijo Beatriz.

Daniel buscó su expediente.

Dentro había una dirección reciente y una fotografía tomada meses antes. Celia podía continuar viva.

Un ruido metálico surgió detrás de una de las habitaciones.

Los agentes levantaron sus armas.

—¡Policía! ¿Hay alguien ahí?

La puerta estaba cerrada y no figuraba en los planos. Después de romperla, encontraron una pequeña sala con alimentos, mantas y medicamentos recientes.

Una mujer permanecía escondida detrás de un armario.

Tenía el cabello completamente blanco y una cicatriz que atravesaba su mejilla.

Beatriz la reconoció.

—Celia.

La mujer levantó lentamente el rostro.

—Pensé que nunca volverías.

Beatriz corrió hacia ella.

Celia había vivido escondida dentro de la clínica durante meses. Regresó después del cierre para recuperar los archivos y encontrar pruebas contra quienes dirigían la red. No confiaba en la policía porque muchos agentes habían participado en los traslados.

—¿Quién ordenaba todo? —preguntó Irene.

Celia señaló las carpetas blancas.

—La Directora.

—¿Ricardo?

—Ricardo controlaba el Grupo Valdés. Pero San Gabriel existía antes de que él tuviera poder.

Celia sacó una fotografía de uno de los archivos.

Mostraba a Victoria Serrano, la madre de Álvaro, junto a Julián Ferrer y varios médicos. La imagen tenía veintisiete años.

—Victoria organizaba los diagnósticos, los jueces y los matrimonios —explicó—. Elegía mujeres cuyos bienes podían ser absorbidos por sus esposos o familiares.

Elena recordó cómo Victoria había intentado continuar la ceremonia cuando Alba mostró el collar.

—¿Álvaro trabajaba para su madre?

—Desde que terminó la universidad.

Beatriz preguntó por Carmen.

Celia la miró con miedo.

—No deberías pronunciar ese nombre aquí.

—Ricardo afirma que Carmen construyó San Gabriel.

—No exactamente.

Celia abrió el Registro de las Ausentes en una página cercana al inicio.

Allí aparecía una fotografía de Carmen Valdés a los diecinueve años.

El estado no decía fallecida.

Decía:

Fundadora.

Beatriz tuvo que apoyarse en la mesa.

—Mi hermana murió en el incendio de un internado.

—El incendio fue preparado —respondió Celia—. Carmen necesitaba desaparecer para crear una identidad nueva.

—¿Por qué?

—Tu padre iba a excluirla de la herencia. Decía que una mujer no podía dirigir el grupo. Carmen comprendió que, si legalmente estaba muerta, podía controlar sociedades sin que nadie relacionara su nombre con ellas.

Elena observó la fotografía.

—¿Victoria trabajaba para Carmen?

—Al principio.

—¿Y después?

—Se convirtieron en socias. Carmen encontraba las fortunas. Victoria se ocupaba de declarar incapaces a sus propietarias.

Beatriz cerró los ojos.

—¿Carmen ordenó que me encerraran?

Celia no respondió inmediatamente.

—Ricardo solicitó tu desaparición. Victoria organizó los documentos. Pero la autorización final llevaba el símbolo de Carmen.

Un olor a humo entró en la sala.

Daniel corrió hacia el corredor.

Las llamas aparecían cerca del ascensor. Alguien había activado un incendio desde la planta superior.

—¡Están quemando el archivo!

Los agentes repartieron las carpetas más importantes. Elena tomó el Registro de las Ausentes mientras Daniel ayudaba a Celia a caminar.

El ascensor dejó de funcionar.

Debían utilizar un túnel de mantenimiento que conducía al depósito de agua. El corredor era estrecho y el humo avanzaba rápidamente.

Parte del techo cayó detrás de ellos.

Beatriz tropezó.

Elena regresó para levantarla.

—No me dejes —susurró su madre, atrapada dentro de un recuerdo.

—No voy a hacerlo.

Llegaron al depósito y salieron por una compuerta situada detrás del edificio. Los bomberos controlaron el incendio, pero gran parte del pabellón quedó destruida.

Daniel había recuperado una de las cámaras exteriores.

En la grabación aparecía una mujer vestida con un abrigo rojo ordenando a dos hombres que vertieran combustible.

Victoria Serrano.

La madre de Álvaro no había huido del país.

Continuaba en Madrid y estaba dispuesta a quemar cualquier prueba relacionada con Carmen.

Celia observó la grabación.

—Victoria no teme que descubráis a Ricardo.

—¿Entonces a quién teme? —preguntó Elena.

La mujer miró el Registro de las Ausentes.

—A Carmen.

—Pero Carmen es quien creó la red.

—Precisamente.

Celia tomó la mano de Beatriz.

—Tu hermana no castiga a quienes la traicionan enviándolos a prisión.

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Su voz descendió hasta convertirse en un susurro.

—Los convierte en pacientes.

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