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Chapter 9 - La hermana que nunca tuvo apellido

Augusto detuvo el automóvil frente a una casa segura de la fiscalía.

Nadie habló durante el trayecto.

Sebastián observaba la fotografía de la doctora Adriana Soler. La había conocido durante años. Ella atendió a Valentina después de la pérdida, realizó los estudios previos al embarazo y asistió a varias reuniones familiares.

Nunca mostró una relación especial con Augusto.

—¿Sabías que era tu hija? —preguntó Sebastián.

—No hasta esta noche.

Lucía soltó una risa amarga.

—La viste por primera vez hace quince años.

Augusto giró hacia ella.

—¿Qué?

—Adriana solicitó una reunión. Quería saber quiénes eran sus padres biológicos.

—Nunca me informaron.

—Mauricio interceptó la solicitud.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me pidió que destruyera la carta.

—¿Lo hiciste?

Lucía bajó la mirada.

—Sí.

Sebastián se puso de pie.

—Todos habéis participado.

—Tenía miedo de perder mi trabajo.

—Una mujer pasó quince años creyendo que sus padres no querían conocerla.

—Lo sé.

—Y continuaste sirviendo la cena como si nada.

Lucía aceptó la acusación.

—Por eso ayudé a Gabriel. Intentaba corregirlo.

Valentina intervino:

—Corregirlo habría significado contar la verdad. Ayudar en secreto solo redujo tu culpa.

La casa quedó en silencio.

Nadie podía presentarse como completamente inocente.

Incluso las personas que intentaron detener Proyecto Linaje habían esperado demasiado.

La fiscal Irene organizó protección. Augusto fue separado para declarar. Sebastián y Valentina permanecieron juntos en una habitación vigilada.

—Necesito preguntarte algo —dijo él.

—Hazlo.

—Si hubieras sabido que el embrión pertenecía a Gabriel, ¿habrías continuado el embarazo?

Valentina tocó su vientre.

—No lo sé.

—¿Lo ves como mi hijo?

—Lo veo como nuestro porque hemos esperado su llegada juntos. Pero la verdad cambia la forma en que entiendo esa palabra.

Sebastián asintió.

—No quiero que Gabriel se convierta en un fantasma entre nosotros.

—Entonces no intentes borrar que es su padre biológico.

—No lo haré.

—Y tampoco permitiré que Augusto utilice al bebé para controlar sus acciones.

—Estoy de acuerdo.

Una alarma interrumpió la conversación.

Las cámaras exteriores mostraban varios vehículos acercándose.

Irene ordenó evacuar la casa.

Antes de que pudieran salir, todas las pantallas se encendieron.

Adriana Soler apareció mediante videollamada.

—No tenéis que huir.

Valentina miró a la doctora.

—¿Trabajas con Mauricio?

—Trabajaba.

—Utilizaste el material de Gabriel.

—Sí.

—Sin mi consentimiento.

—Sí.

Adriana no intentó negarlo.

—¿Por qué?

—Porque Mauricio me dijo que el nacimiento obligaría a Augusto a reconocer el proyecto y abriría los archivos sobre mi identidad.

—Utilizaste mi cuerpo para encontrar a tu padre.

—Creí que habías firmado.

—Viste los documentos.

—Vi una firma.

—Y nunca hablaste conmigo.

Adriana bajó la mirada.

—No.

—Entonces no eres diferente de Augusto.

La doctora recibió las palabras con dolor.

—Lo sé ahora.

—¿Qué quieres?

—Mauricio está trasladando a las seis madres y a cuatro niños. Saldrán del país esta noche mediante un aeropuerto privado.

Irene pidió la ubicación.

—Primero quiero inmunidad.

—No puedes negociar después de participar en procedimientos ilegales.

—Sin mi información no los encontraréis.

Valentina se acercó a la pantalla.

—También sabes dónde está el servidor completo.

Adriana guardó silencio.

—Gabriel dejó algo para ti —continuó Valentina—. Por eso sabías la contraseña.

La doctora mostró una caja.

Dentro había una segunda memoria.

—Gabriel me encontró dos semanas antes de morir. Descubrió que yo era su hermana.

Sebastián sintió que el aire desaparecía.

Gabriel conocía la verdad.

—¿Por qué no nos dijo nada?

—Quería confirmar los documentos y sacar a las madres antes de enfrentar a Augusto.

—Después murió.

—Mauricio saboteó su automóvil.

Adriana tenía pruebas: mensajes, pagos al mecánico y una grabación donde el abogado ordenaba modificar los frenos.

—Entrega todo —dijo Irene.

—Cuando las madres estén seguras.

Dio la ubicación del aeropuerto.

El equipo salió inmediatamente.

Valentina permaneció en un vehículo médico mientras Sebastián, Irene y agentes federales se acercaban a los hangares.

Dentro encontraron dos aviones.

Las madres estaban sedadas dentro del primero. Los niños permanecían en una zona cerrada del segundo.

Mauricio no aparecía.

Adriana estaba junto a la pista.

Levantó las manos al ver a los agentes.

—Llegáis tarde.

Una explosión destruyó el hangar de servidores.

Mauricio había activado la carga a distancia.

Sebastián corrió hacia Adriana.

—¿La memoria?

Ella mostró la caja.

—Conservé una copia.

Un disparo resonó.

Adriana cayó.

Mauricio apareció detrás de un vehículo con un rifle.

Disparó nuevamente hacia Sebastián.

Augusto salió del automóvil de la fiscalía y se interpuso.

La bala alcanzó su hombro.

Los agentes respondieron.

Mauricio escapó hacia uno de los aviones pequeños y consiguió despegar antes de que cerraran la pista.

Adriana respiraba débilmente.

Valentina llegó en el vehículo médico y se arrodilló junto a ella.

—No cierres los ojos.

—No merezco que me salves.

—No estoy salvándote para perdonarte. Estoy salvándote para que respondas por lo que hiciste.

Adriana sonrió con dolor.

—Eres más fuerte de lo que Gabriel imaginó.

Le entregó la caja.

—El archivo contiene la última voluntad de mi madre.

—Helena?

—No murió por una enfermedad.

Augusto, herido a pocos metros, levantó la cabeza.

Adriana continuó:

—Descubrió Proyecto Linaje y quiso recuperar a su hija. Mauricio la envenenó lentamente.

La familia Alcázar no había perdido únicamente a Gabriel por investigar la clínica.

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También habían asesinado a Helena.

El proyecto llevaba décadas eliminando a cualquier persona que intentara detenerlo.

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