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Chapter 5 - La hermana enterrada sin cadáver

Sebastián miró a Adriana como si estuviera observando un fantasma.

La última vez que la vio, él tenía dieciocho años. Adriana era la heredera más prometedora de la familia, una investigadora brillante que trabajaba dentro de Caldwell Biotechnics.

Después de un incendio en Bellemont, Arthur anunció que su hija había muerto intentando rescatar pacientes.

No hubo funeral abierto.

La familia aseguró que el cuerpo estaba demasiado dañado.

—Te vi dentro del ataúd —susurró Sebastián.

—Viste una caja cerrada.

Adriana caminó junto a Charles Voss.

No llevaba cadenas ni parecía retenida. Vestía un traje oscuro y sostenía una carpeta contra el pecho.

—¿Trabajas para él? —preguntó Sebastián.

—Trabajo para asegurarme de que Génesis no quede en manos de ninguno de vosotros.

Arthur levantó el bastón.

—Voss te ha manipulado.

Adriana soltó una risa.

—Me encerraste durante quince años y todavía culpas a otro hombre.

Camila observó la expresión de Arthur.

El patriarca no negó la acusación.

—¿Dónde estuviste? —preguntó Sebastián.

—En Bellemont.

—El centro estaba cerrado.

—La parte superior. Los laboratorios continuaron bajo tierra.

Camila miró a Voss.

—¿Por qué la trae ahora?

—Porque Arthur ha perdido el control del consejo y Victoria ha comenzado a filtrar documentos. Necesitamos una transición.

—¿Quién es “necesitamos”?

Voss señaló a Adriana.

—La heredera legítima.

Arthur poseía el treinta y uno por ciento. Sebastián, el dieciocho. La niña recibiría el veintisiete. Camila podía reclamar el doce.

Pero Adriana conservaba el dieciséis por ciento que Arthur administraba tras su supuesta muerte.

Si regresaba legalmente, el equilibrio cambiaba.

—No vine a reclamar una silla —dijo Adriana—. Vine por las muestras de Marisol.

Camila se colocó delante del ordenador.

—No existen.

—Tu sangre demuestra lo contrario.

Sebastián se interpuso.

—No te acercarás a ella.

Adriana lo miró.

—¿Ahora la proteges? He visto la grabación de la biblioteca.

Él bajó la mirada.

—No tengo derecho a pedirte que confíes en mí.

—Al menos has aprendido una frase útil.

Voss ordenó a sus hombres recoger el disco.

Lucía levantó el teléfono.

—Todo está siendo transmitido.

—No hay señal en esta casa —respondió Voss.

—No necesito señal inmediata. El dispositivo enviará cuando salga.

Un guardia intentó quitárselo.

Sebastián lo golpeó.

Arthur abrió un cajón y sacó una pistola.

La situación cambió en un segundo.

El patriarca apuntó hacia Voss.

—Sal de mi casa.

—Esta propiedad pertenece al fideicomiso.

—Mientras yo respire, me pertenece.

Adriana se colocó frente a Voss.

—Dispara.

Arthur bajó ligeramente el arma.

—No quiero hacerte daño.

—Me declaraste muerta.

—Para protegerte.

—Me encerraste después de que encontrara a Marisol en Bellemont.

Arthur guardó silencio.

Camila sintió una nueva pieza encajar.

Adriana no trabajaba con Voss cuando apareció en la grabación. Era una testigo.

—¿Qué ocurrió con mi madre? —preguntó.

Adriana miró a Camila.

—Marisol llegó viva. Voss quería que revelara dónde había guardado los archivos. Victoria intentó sacarla.

Arthur la interrumpió:

—No escuches.

—¿Victoria intentó ayudarla?

—Sí.

Adriana explicó que la madre de Sebastián provocó el choque intentando detener el automóvil, pero después comprendió que Voss llevaría a Marisol a Bellemont. Entró para liberarla.

Arthur llegó horas después.

No para salvar a Marisol.

Para negociar.

—Ofreció entregar las patentes a Voss si destruía las pruebas de las muertes —dijo Adriana—. Marisol se negó a guardar silencio.

Camila miró al patriarca.

—¿La dejó morir?

Arthur apretó el arma.

—Estaba gravemente herida.

—¿Quién ordenó retirar el tratamiento?

Adriana respondió:

—Arthur.

Sebastián cerró los ojos.

Camila no sintió la explosión de rabia que esperaba.

Solo una claridad fría.

El hombre que llegó a la biblioteca fingiendo salvarla había permitido la muerte de su madre para proteger la empresa.

—¿Por qué te encerró? —preguntó Camila a Adriana.

—Porque lo vi firmar.

Voss negó.

—Arthur no podía permitir que su propia hija testificara. Me pidió preparar una identidad nueva y trasladarla.

—Tú controlaste el encierro —dijo Adriana.

—Te mantuve viva.

—No lo conviertas en un favor.

Arthur apuntó hacia su hija.

Su mano temblaba.

—Todos estáis destruyendo algo que no comprendéis.

—Comprendemos suficiente —respondió Camila—. Cada vez que una mujer encontraba pruebas, la declarabais enferma, muerta o incapaz.

Arthur miró su vientre.

—Tu hija puede cambiar la medicina.

—Mi hija no es un laboratorio.

—Podría evitar enfermedades hereditarias.

—No te pertenece.

—Marisol pensaba como tú. Murió sin comprender el alcance de lo que estaba destruyendo.

Camila avanzó.

—Mi madre comprendía exactamente quién eras.

Arthur dirigió el arma hacia ella.

Sebastián se colocó en medio.

—Baja el arma.

—Apártate.

—No.

Arthur observó a su hijo.

—Después de todo lo que hice para darte un imperio.

—Nunca me preguntaste si quería heredarlo.

Voss hizo una señal.

Sus hombres se movieron.

Lucía apagó las luces desde el panel lateral.

Se escucharon golpes, disparos y cristales rompiéndose.

Camila cayó al suelo, protegiendo el vientre.

Sebastián la cubrió con su cuerpo.

Cuando las luces de emergencia regresaron, Voss había desaparecido con el disco. Adriana también.

Arthur estaba herido en el brazo.

Uno de los investigadores de Lucía yacía inconsciente, pero respiraba.

—Se la llevaron —dijo Sebastián.

Camila negó.

—Adriana fue con ellos.

En el suelo había quedado la carpeta que ella sostenía.

Dentro aparecía un plano de Bellemont y una nota escrita a mano:

NO CONFÍES EN VOSS. ME OBLIGÓ A VENIR. ENCUENTRA LA HABITACIÓN 317.

Camila miró la hora.

Faltaban menos de cuatro semanas para el nacimiento.

Bellemont tenía a Adriana, las pruebas de Marisol y los laboratorios de Génesis.

Arthur quería recuperar el control.

Voss quería continuar el programa.

Victoria permanecía detenida.

Sebastián había cometido una agresión que ya no podía borrar.

Y Camila llevaba dentro la única muestra que todos necesitaban.

Por primera vez comprendió que esconderse no sería suficiente.

Tendría que entrar voluntariamente en Bellemont.

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No como paciente.

Como la persona que decidiría si el imperio Caldwell sobrevivía.

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