Chapter 7 - El hijo del hermano muerto

La policía detuvo a Mauricio dentro de la mansión.
Sin embargo, el abogado fue liberado tres horas después.
Su equipo presentó documentos que afirmaban que la grabación había sido manipulada y que los mensajes contra Valentina provenían de una cuenta imposible de vincular directamente con él. También argumentaron que su presencia en la biblioteca formaba parte de una investigación interna autorizada por Augusto.
—Ha utilizado tu firma —dijo Sebastián a su padre.
Los tres estaban en una sala privada del hospital donde los médicos examinaban a Valentina.
Augusto permanecía junto a la ventana.
—Firmé una autorización para investigar posibles filtraciones. No para secuestrar a Daniela ni para drogar a Valentina.
—Pero ese documento le ha permitido salir.
—Lo sé.
—Todo lo que haces para proteger la familia termina protegiendo a la persona que intenta destruirla.
Augusto recibió la acusación sin responder.
Valentina observaba los resultados de la ecografía. El bebé estaba sano, aunque el estrés había provocado contracciones prematuras.
—Quiero una nueva prueba genética —dijo.
—El hospital ya ha tomado las muestras —respondió la doctora.
—No en un centro vinculado a los Alcázar.
—Este hospital es independiente.
Valentina miró a Augusto.
—¿Cuántos médicos están realmente fuera de tu control?
El patriarca bajó los ojos.
—Menos de los que creía.
La doctora salió después de prometer que enviaría las muestras a tres laboratorios diferentes.
Sebastián se sentó junto a su esposa.
—No sabía nada.
—Eso no cambia lo que ocurrió.
—No intento utilizarlo como defensa.
Valentina tocó su vientre.
Durante siete meses había hablado con aquel niño creyendo que era fruto de su matrimonio. Había imaginado los ojos de Sebastián, su sonrisa y la forma en que lo sostendría después del nacimiento.
La genética no eliminaba el vínculo que ya sentía.
Pero alguien había tomado una decisión sobre su cuerpo sin pedir permiso.
—¿Gabriel almacenó material genético? —preguntó.
Augusto asintió.
—Antes de un tratamiento médico.
—¿Estaba enfermo?
—Le diagnosticaron una alteración cardíaca. Temía que una operación afectara su fertilidad.
—¿Autorizó que utilizaran las muestras después de su muerte?
Augusto guardó silencio.
Sebastián se levantó.
—Respóndele.
—No.
La palabra cayó como una piedra.
—Entonces lo violaste también a él —dijo Valentina.
—Gabriel iba a heredar la mayoría de las acciones. Después del accidente, varios miembros del consejo intentaron dividir la compañía. Necesitaba mantener la posibilidad de un descendiente suyo.
—¿Necesitabas un heredero o un instrumento?
Augusto apretó la mandíbula.
—La familia Alcázar da trabajo a más de cuarenta mil personas.
—Y esa cifra se convierte en tu excusa para hacer cualquier cosa.
Sebastián recordó algo.
—El fideicomiso de Gabriel.
Según el testamento de su abuelo, si Gabriel moría sin descendencia, sus acciones pasarían a Sebastián. Pero si aparecía un hijo biológico antes de cinco años, la participación quedaría reservada para ese niño.
Faltaban tres meses para que terminara el plazo.
El bebé de Valentina nacería antes.
—Por eso implantasteis el embrión ahora —dijo Sebastián—. Necesitabais que naciera antes del aniversario de su muerte.
—El consejo preparaba una venta hostil —respondió Augusto—. Las acciones de Gabriel eran la única barrera.
—Podías confiar en mí.
—Eras demasiado impulsivo.
—Preferiste utilizar el cuerpo de mi esposa.
—Creí que la clínica obtendría su consentimiento.
Valentina soltó una risa amarga.
—¿Cómo iban a explicarme que querían convertir mi útero en una extensión del consejo directivo?
Augusto parecía envejecido.
—No sabía que Mauricio había sustituido el formulario.
—Pero aceptaste no hacer preguntas.
La puerta se abrió.
Lucía entró acompañada por una mujer joven.
Tenía cabello oscuro, el rostro pálido y marcas rojas alrededor de las muñecas.
Valentina se levantó.
—Daniela.
Las hermanas se abrazaron.
Daniela comenzó a llorar.
Había escapado de Santa Aurelia durante el caos provocado por la transmisión. Una enfermera la ayudó a salir por una zona de lavandería.
—¿Por qué te llevaron? —preguntó Valentina.
—Encontré algo dentro del archivo de Gabriel.
Daniela trabajaba como restauradora digital. Un mes antes, Sebastián le pidió recuperar fotografías de un disco antiguo perteneciente a su hermano. Entre los archivos encontró vídeos de Santa Aurelia.
Gabriel grabó reuniones con Mauricio y el director de la clínica.
—Sabía que utilizaban muestras sin consentimiento —dijo Daniela—. Pensaba denunciarlos.
—Murió una semana después —respondió Sebastián.
El accidente ocurrió cuando el automóvil de Gabriel perdió los frenos en una carretera de montaña.
La familia aceptó la explicación de un fallo mecánico.
—No fue un accidente —dijo Valentina.
Daniela entregó una pequeña tarjeta.
—Gabriel dejó un vídeo programado para abrirse si alguien introducía la fecha correcta.
Sebastián conectó la tarjeta.
Su hermano apareció sentado dentro de un vehículo.
—Si estáis viendo esto, significa que no conseguí detener Proyecto Linaje.
Augusto se dejó caer sobre una silla.
Gabriel explicó que Santa Aurelia conservaba muestras de pacientes, empleados y miembros de familias poderosas. Mauricio seleccionaba combinaciones genéticas capaces de producir herederos para fideicomisos bloqueados.
—No crean niños para familias —decía Gabriel—. Crean llaves para fortunas.
Había identificado seis embarazos.
Algunas madres pensaban recibir embriones de sus esposos. Otras nunca supieron que fueron sometidas a procedimientos.
—He ordenado destruir mis muestras —continuó—. Si nace un niño con mi material, significa que Mauricio y mi padre ignoraron mi decisión.
Augusto apartó la mirada.
Gabriel hablaba directamente hacia la cámara:
—Padre, proteger una empresa no te da derecho a fabricar una vida para gobernarla.
Valentina cerró los ojos.
El hombre muerto había anticipado exactamente lo que ocurriría.
—La lista completa está en el archivo de la clínica —decía Gabriel—. La contraseña es el nombre que mamá quería ponerle a su primera hija.
La grabación terminó.
Sebastián miró a Augusto.
Su madre, Helena Alcázar, murió cuando él tenía diez años. Nunca tuvieron una hija.
—¿Cuál era el nombre?
Augusto no respondió.
Lucía dio un paso.
—Alma.
Todos la miraron.
—La señora Helena quería llamar Alma a la niña que perdió antes de Gabriel.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sebastián.
Lucía tocó una cadena alrededor de su cuello.
—Porque yo estaba con ella cuando ocurrió.
Abrió el colgante.
Dentro había una fotografía de Helena sosteniendo a un bebé recién nacido.
No estaba muerto.
Era una niña.
—¿Quién es? —preguntó Sebastián.
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Lucía comenzó a llorar.
—La primera heredera que vuestra familia decidió borrar.