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Chapter 3 - El salvador de las manos sucias

Lucía llevó a Camila a una casa situada cerca de la costa de Rhode Island.

La propiedad pertenecía a una organización de protección de testigos corporativos. No aparecía vinculada a ninguna cuenta de Lucía y las ventanas tenían sensores independientes.

Camila pasó la primera noche sin dormir.

Cada movimiento de la niña le recordaba que dentro de pocas semanas comenzaría una batalla legal. Sebastián reclamaría derechos como padre. Arthur intentaría controlar el fideicomiso. Victoria utilizaría el historial psicológico falso.

Y Marisol continuaba apareciendo en su mente.

Su madre no había sido una contable.

Había sido cofundadora de Caldwell Biotechnics y propietaria de una participación oculta.

A la mañana siguiente, Camila llamó a Sebastián desde un teléfono cifrado.

—¿Sabías quién era mi madre?

Silencio.

—Sí.

—¿Antes de conocerme?

—Sí.

Camila cerró los ojos.

—¿Arthur te ordenó acercarte a mí?

—Fue Victoria.

—Tu madre.

—Ella encontró los documentos de Marisol. Creía que tú podías reclamar las acciones.

—¿Por eso apareciste en aquella conferencia?

Tres años antes, Sebastián se sentó junto a Camila durante una charla sobre fraude farmacéutico. Derramó café sobre sus notas, se ofreció a comprarle otras y terminó invitándola a cenar.

Camila había contado aquella historia muchas veces como una coincidencia romántica.

Ahora comprendía que él conocía su nombre antes de entrar en la sala.

—Mi madre quería que averiguara si tenías copias de los archivos —dijo.

—¿Y el matrimonio?

—No estaba planeado.

—¿Cuándo dejé de ser una investigación?

—La segunda semana.

—Eso suena preparado.

—Me enamoré de ti.

—Pero continuaste mintiendo durante tres años.

—Pensé que, si te lo contaba, te marcharías.

—Así que me quitaste la posibilidad de elegir.

Sebastián respiró con dificultad.

—No existe una respuesta capaz de arreglarlo.

—No.

—Quiero declarar contra mis padres.

—¿Por qué ahora?

—Porque mi madre falsificó el informe psicológico.

—¿Esa es la línea que no puede cruzar? No el fraude, no la muerte de mi madre, no obligarme a firmar. Un documento falso.

—No sabía lo del ensayo clínico.

—Siempre descubres una parte después de cometer la anterior.

Sebastián pidió verla.

Camila se negó.

—Tengo algo que necesitas —dijo él.

—Todos los Caldwell utilizan esa frase.

—Una llave del archivo de Marisol.

—Entrégasela a Lucía.

—Solo funciona con una muestra de tu sangre.

Camila miró a su amiga.

Lucía negó con la cabeza.

—¿Dónde está el archivo?

—En la antigua casa del lago de Arthur.

—¿Quién controla la propiedad?

—Mi padre.

—Entonces es una trampa.

—Probablemente.

La sinceridad la sorprendió.

—¿Por qué iría?

—Porque dentro también hay grabaciones de la noche en que murió tu madre.

Camila sintió una presión en el pecho.

—¿Las has visto?

—Solo una parte.

—¿Quién conducía el automóvil?

Sebastián guardó silencio.

—Respóndeme.

—Arthur.

El patriarca afirmó que Marisol huía de Victoria.

No mencionó que él estaba con ella cuando ocurrió el accidente.

—¿Arthur la mató?

—No lo sé. La grabación termina antes del choque.

Camila cortó la llamada.

Durante varias horas revisó documentos. La participación de Marisol había sido transferida a una sociedad llamada Reyes Biomedical Trust. El beneficiario no aparecía identificado.

Lucía encontró una cláusula.

La titularidad se activaría cuando la descendiente directa de Marisol estuviera embarazada del primer heredero Caldwell.

—Esto fue diseñado antes de que conocieras a Sebastián —dijo.

—Mi matrimonio no fue la primera parte del plan.

—Alguien esperaba que una descendiente de Marisol tuviera un hijo con un Caldwell.

Camila sintió náuseas.

—Mi madre preparó la cláusula.

—O alguien utilizó su firma.

El timbre de seguridad sonó.

Un vehículo estaba detenido frente a la casa.

No era Arthur ni Sebastián.

Victoria Caldwell descendió sola.

Llevaba pantalones oscuros, un abrigo beige y una caja pequeña.

Lucía habló mediante el intercomunicador.

—No puede entrar.

—Traigo el original del informe psicológico —respondió Victoria—. También la prueba de que Arthur ordenó falsificarlo.

Camila observó a la mujer por la cámara.

—Puede dejarlo en la puerta.

Victoria levantó la caja.

—Incluye una grabación de Marisol.

Camila dudó.

Lucía volvió a negar.

—Cada miembro de esa familia llega con una pieza que solo puede enseñarte en persona.

—Porque quieren medir mi reacción.

—O localizarte.

Registraron a Victoria antes de permitirle entrar. No llevaba armas ni dispositivos electrónicos.

Se sentó frente a Camila.

—Te ves mejor de lo que Arthur esperaba.

—¿Esperaba que empeorara?

—Esperaba que el miedo te hiciera aceptar su protección.

Victoria abrió la caja.

Dentro había un casete antiguo, documentos médicos y una carta.

—El doctor Monroe trabajaba para Arthur —dijo—. Creó el informe hace dos años, antes del embarazo.

—¿Por qué?

—Arthur quería preparar una forma de declararte incapaz si te negabas a entregar las acciones de Marisol.

—¿Y tú no participaste?

—Descubrí el informe después.

—Pero ofreciste dinero para que abortara.

Victoria no desvió la mirada.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sabía que, cuando naciera la niña, Arthur tendría suficiente poder para reactivar el Programa Génesis.

—¿Qué es?

Victoria señaló el casete.

—La razón por la que Marisol murió.

Lucía encontró un reproductor antiguo. La voz de Marisol surgió entre interferencias.

—Arthur, no firmaré otra versión de los resultados. Las pacientes no sabían que el compuesto podía afectar a sus hijos. Victoria tiene razón en una cosa: debemos cerrar Génesis.

Camila miró a la mujer.

—¿Trabajabas con mi madre?

—Al principio.

La grabación continuó.

Arthur respondía que el tratamiento cambiaría la medicina reproductiva y que cuarenta y tres muertes no podían destruir años de investigación.

Marisol amenazó con denunciarlo.

Después se escuchó la voz de Victoria:

—Si publicas los archivos, Arthur utilizará a tu hija.

Camila dejó de respirar.

Marisol preguntó:

—¿Qué tiene que ver Camila?

—Su sangre contiene el marcador que el compuesto necesita.

La grabación terminó.

Victoria cerró la caja.

—Tu madre descubrió que el tratamiento había alterado una proteína hereditaria en algunas familias. Tú naciste con esa variación.

—¿Y mi hija?

—Puede haberla heredado.

—¿Arthur quiere utilizarla para reactivar el programa?

—Sí.

Camila apoyó las manos sobre el vientre.

El fideicomiso no era únicamente financiero.

La niña representaba una muestra biológica que Caldwell Biotechnics llevaba décadas intentando recuperar.

—¿Por qué debería creer que tú intentabas protegerla?

Victoria respondió sin suavizar la verdad:

—No quería protegerte. Quería impedir que Arthur volviera a controlar la empresa.

—Entonces todos queréis utilizar a mi hija por razones diferentes.

—Sí.

Aquella honestidad resultaba más aterradora que una mentira.

—¿Dónde está el archivo completo de Marisol?

—En la casa del lago.

—Sebastián dijo lo mismo.

—Mi hijo no sabe que Arthur ya lo espera allí.

Camila miró el reloj.

—¿Cómo sabes que habló conmigo?

Victoria sonrió débilmente.

—Porque el teléfono que utilizó pertenece a la red de Arthur.

Camila comprendió que la casa segura ya no era segura.

Antes de que pudiera levantarse, las luces se apagaron.

El sistema de alarma emitió un sonido breve.

Después quedó en silencio.

Victoria miró hacia las ventanas.

—Ha llegado antes de lo que esperaba.

—¿Arthur?

—No.

Se escuchó un golpe contra la puerta trasera.

Victoria tomó la mano de Camila.

—El hombre que viene no trabaja para ningún Caldwell.

—¿Quién es?

—El abogado que ha mantenido a nuestra familia obediente durante treinta años.

La puerta se abrió.

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Charles Voss, asesor general de Caldwell Biotechnics, entró acompañado por cuatro hombres.

—Señoras —dijo—. El consejo considera que esta conversación ha durado demasiado.

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